Ataques

Ataques

Aquel libro le trajo intensas resonancias acerca de su decisión, del sendero emprendido (que necesariamente cancelaba alternativas) y de la renuncia a una existencia heroica o lúgubre, tanto da. En ese país, incorporarse al trabajo de campo como estudiante universitario lo enfrentó de lleno a la miseria y la desesperanza. Él en su burbuja higiénica, bastión de pulcritud y uñas maquilladas; mientras que ellos, los otros, subsisten desde siempre entre el lodo y las lluvias de desechos. Un aire opaco, carente de oportunidades, los conmina a robar si la pobreza insiste, una orden que ocurre con frecuencia y sin previo aviso. Los atavismos morales son irrelevantes, el hambre dicta la cotidianidad y cualquier certeza.

Desde las primeras jornadas vio miradas suplicantes, sintió en carne herida la suspicacia:  – Tú te irás a dormir en tu cuarto ventilado, después de un baño de esponja, aterciopelado – parecían repetirle.

La culpa y la vergüenza. Justificarse ante sí y la ignominia.

Trató con el sindicalismo independiente durante un tiempo pero, ajeno a ese lenguaje, optó por seguir el rumbo de Galeno, transitar por la vida más que por la tragedia. El silencio lo mantuvo a flote y a medida que se sumergía más hondo en los derroteros de la enfermedad y el sufrimiento, sintió que resarcía su vocación. De alguna forma, su militancia se vio transformada en gesta asistencial; un paso atrás, para no inmolarse, si bien difícil de reconciliar con sus emociones.

La novela “The attack” de Yasmina Khadra es una toma de conciencia y una trampa mortal. No hay salida para la disyuntiva política. Si quiero salvarme, debo dar la espalda a la realidad y al oprobio. Me exijo a cambio una existencia neutral, blanda y cómoda, donde lo material subsana la falta y pretende alejar la pestilencia de la desigualdad o lo incierto del origen. Pero, inevitablemente, la injusticia es un murmullo que no cesa, que se cuela por rendijas y bajo alfombras, que nos despierta en la madrugada y nos exige respuestas.

El protagonista, Amin, joven cirujano nacido en Jenin y laureado en Tel Aviv, quien ha adoptado la nacionalidad israelí para injertarse en la comunidad pequeño-burguesa, descubre con rabia indecible que su esposa de tres lustros se ha detonado con una carga explosiva en un ataque terrorista. El hecho, inexplicable desde cualquier perspectiva, lo desmorona. Pasa de ser un sospechoso (¡¿Cómo es posible que desconociera sus intenciones?!), vilipendiado por sus vecinos y colegas, a ser un hombre sin rumbo, deseoso de encontrar las razones y recobrar la verdadera naturaleza de su compañera de vida, una extraña que le ocultó por años su deseo de venganza.

Lo que descubre, como cabría esperar, es un mundo sórdido de intolerancia, donde la muerte y el sacrificio se justifican por motivos religiosos y opresivos. Cansados de vivir bajo el yugo de un poder autoritario, los habitantes del Israel ocupado – la ignota Palestina – han decidido tomar la justicia en propia mano. Lo que es decir, escupir, tirar piedras, desconocer las leyes judías, rechazar a los invasores y en última instancia, inmolarse para dar testimonio de la abyección a la que se ven cotidianamente sometidos.

El médico Amin Jaafari, extirpado de sus insignias, arrastrado por el alcohol, el tabaquismo y el insomnio, vuelve a su pueblo confiado de que ahí podrá rescatar la memoria de su amada Sihem, atar los cabos sueltos y poner en paz su alma para siempre. Lo que encuentra, para no desalentar al lector, es una explicación, una causa y un efecto a la vez, una vorágine donde todo se alimenta del odio fraternal y la vendetta.

Para quienes hemos transitado entre el amor y la muerte, para aquellos que salimos diariamente a la conquista de la verdad y la salud antes diezmada, éste es un documento sobrecogedor. Nos confronta con la máxima de “Primum non nocere” por encima de ideologías o credos, y nos obliga a reflexionar, porque más allá del balcón donde arrojamos nuestros sueños, la gente sufre por montones y nadie hace nada más que cerrar las ventanas contra el frío.

 

Bibliografía.

Yasmina Khadra. The attack. Anchor Books, New York 2007.

 

 

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El extranjero

El extranjero

Ese verano rieron sin parar. Ella lo había ido a buscar en un auto de alquiler, sabiendo que enloquecería con ese vestido ligero y sus largas piernas enfundadas en medias pese al calor. Quería deslumbrarlo y lo logró con creces. De un tirón, el recién llegado abrió la portezuela, que chirrió al tiempo que subía extasiado, admirando los rizos etéreos sobre sus hombros, su figura en el talle y los senos ceñidos. No la recordaba tan hermosa – enunció para sí.

Se sentó a su lado y se arrojó en sus brazos. El chofer los oteaba indiscreto por el espejo, pero Víctor la besaba y la acariciaba ajeno al mundo y al día radiante de Junio.

– ¿Cómo has estado, cómo…? – indagaba, sin esperar respuesta.

Sonia reía atropellada por sus besos, tratando de explicarse. El trayecto de media hora desde el aeropuerto se hizo imposible. Habían pasado tan sólo unas semanas, pero ambos lo sufrieron una eternidad. Sin decirlo, habían urdido su escapatoria de aquella muralla ignominiosa que los separaba.

Todavía tuvieron que esperar al chofer para que les explicara con toda parsimonia el mecanismo obsoleto del Skoda, a fin de echarlo a andar si fallaba en el recorrido.

– ¿Y no tienes un neumático de repuesto? – le preguntó, petulante, sin dejar de mirarla y sonreírle.

Cuando tomaron la carretera hacia su pueblo, estaban poderosamente excitados. Ella se quitó las medias de nylon deslizando las manos para seducirlo y blandiendo ese brillo incesante con los ojos. Víctor la miraba y tocaba con suavidad los muslos, atónito, sin atreverse a pronunciar palabra alguna. El ruido del viejo motor acompasaba su delirio.

Afuera, imágenes de gente que esperaba un autobús interminablemente o manoteaba al paso de cualquier vehículo, resguardándose del sol bajo los viejos puentes. Había que estar atento al camino; baches e irregularidades por doquier, ciclistas que se atravesaban sin reparo, camiones desvencijados y varados cuyos conductores ofrecían sus bidones vacíos rogando por combustible. Un escenario apocalíptico – pensó Víctor, sin perturbar a Sonia que le narraba las últimas vicisitudes del hospital y su trabajo.

Recorrieron tramos donde parecía que la existencia humana se había esfumado. Paisajes enteros con hierbas y árboles creciendo en desorden, ausencia de veredas, excepto esa carretera horadada que seguía recta entre fantasmas. A lo lejos, una cordillera ondulaba el horizonte y él se preguntaba si conducía hacia tierra de nadie, mientras Sonia hablaba y canturreaba con su acento melodioso. Por momentos, pensó en detenerse, indagar si se había equivocado de país, de latitudes. Escuchar otras voces tal vez, asegurarse de que seguían vivos.

– Supongo que hay territorios que se han perdido en el tiempo – dijo, casi en susurro, para desconcierto mutuo.

– ¿Estás bien, cariño? – inquirió ella.

– Sólo un poco cansado del viaje – dijo – quiero llegar a casa y hacerte el amor. Es todo.

Ella lo observó largamente, tratando de descifrar su estado de ánimo. Tendría que aceptar que lo conocía poco; sus encuentros furtivos no bastaban para hacerse una idea clara de aquellas cavilaciones. Además, su mundo, por mucho que él le hubiese relatado, seguía siendo bastante enigmático. Ella nunca había cruzado esas fronteras de hierro.

– Él, en cambio, es un viajero constante, un marinero que deja un amor en cada puerto – pensó, con disgusto.

Entretanto, Víctor se recompuso. Encendió el móvil y a falta de señal, accedió a su biblioteca para mostrarle canciones que había seleccionado para ella. Sonia se había enrarecido en sus pensamientos y correspondia retomar el vínculo, la ligereza.

Por fin, se estrechó el asfalto y avistaron una torre de concreto que anunciaba cierto esbozo de civilización. Sonia le pidió que virara para mostrarle la escuela de medicina, un edificio de color indescifrable con un gran emblema político sobre la verja.

– Fui la mejor de mi generación – profirió con orgullo. Me otorgaron el premio (y un nombre de un prócer desconocido).

El hombre detuvo el coche y la abrazó, conmovido por su ingenuidad, tan atractiva como insólita. Recorrieron con lentitud las calles; ella señalando lugares comunes, él sobrecogido por la desolación y la pobreza. De tanto en cuanto, emergían bicicletas y transeúntes de algunos cruces y callejas; un hormiguero incesante de hombres y mujeres grises, ávidos de cambio o de emociones.

Su casa yacía en un bloque de apartamentos de hormigón y tabique, carentes de estilo arquitectónico alguno; bloques como colmenas, uno tras otro. Había llovido y el entorno olía a suciedad y olvido. Niños sin camisa jugaban entre los charcos y se veía ropa tendida en los balcones despintados, algunos rotos y reparados con cascajo. Todas las paredes mostraban grietas o fracturas. No había ningún jardín a la redonda, ningún elemento conocido; columpios, balancines o canastas de basquetbol, algo a qué aferrarse. A la distancia pudo adivinar una pista de aterrizaje, un precario avión militar, cercas de alambre y algunas torres de electricidad, herrumbre en todas partes.

Aparcó el auto frente a los niños que interrumpieron su juego de inmediato y corrieron a recibirlos. Sonia los abrazó con cariño esbozando algunos nombres e introduciendo al forastero. Una mujer delgada, rubia y con profuso acné en las mejillas, salió a su encuentro desde el umbral en penumbra.

– Camila, qué bueno que viniste – gritó Sonia, abalanzándose sobre ella.

– ¿Es él? – dijo Camila, asomada sobre su hombro y escudriñándole.

Al desprenderse, Víctor pudo apreciarla en mayor detalle. Parecía una adolescente, vestía una falda corta y sandalias; pero tenía un cuerpo hermoso, cuyas nalgas resaltaban y le daban un acento de sensualidad inesperada. Lo más atractivo era su sonrisa franca, como si fuese absolutamente impermeable al ambiente mísero que la envolvía.

Su esposo Giovanni, a quien conoció esa tarde, era un pintor exiliado que pulsaba el óleo con torpeza y cuyos cuadros – elogiados por conmiseración entre los amigos –  mostraban escenas de contenido libertario y sutilmente críticas del régimen.

Aprendió a quererles en pocos días, como una nueva familia, henchida de esperanza frente al mar y la asfixia. Camila en especial, porque una tarde, cuando se congregaron en torno a una guitarra y malos licores, él cantó una vieja tonada de protesta, que hablaba de una pareja cuyo destino había quebrantado la guerra. Cuando rasgó el último acorde, miró en su derredor y descubrió que Camila lloraba en silencio, largas lágrimas de afecto y solidaridad, sabedora de que esa instancia no se repetiría más.

La tercera noche se agolparon en el auto rentado y subieron una colina en total oscuridad para ver las estrellas. Era luna nueva y la vía láctea se vertía sobre sus caras como un baño de luces y misterios. Sonia y los otros, más habituados al insondable espectáculo, le permitieron admirarlo unos minutos, boquiabierto y en cuclillas al borde del camino.

– Me llevaré esta impresión en el alma, esta noche exquisita…- les espetó, inconcluso, exento de palabras.

Sonia y Víctor bailaron la víspera de su partida en el vestíbulo de una fonda, amparados por la música entrecortada de un radio de transistores. Habían cenado langosta, extraída clandestinamente del litoral oriental. La cocinera se esmeró en deleitarlos con un arroz salvaje y puré de boniato. Camila los dejó solos un buen rato, atenta a los escasos comensales que se despedian. Luego les trajo vino blanco de Sajonia, fresco y con la etiqueta enmohecida.

Cuando terminaron, besándose entre bocados, los abrazó y les confió que estaba encinta, que el sueño de Giovanni de emigrar se vería truncado, pero – al fin y al cabo es una bendición – dijo, siempre sonriente, frotándose la barriga. Con ojos y labios húmedos, la vieron alejarse, oronda, dueña quizá del espacio y del futuro.

Esa madrugada hicieron el amor en un galpón transformado en motel, el coche de alquiler tocando apenas las cortinas roídas. Besó con devoción su lunar escarchado en el bajo vientre y trazó la curvatura de sus pechos níveos para retenerlos. Ella se acomodó en su abrazo y exaltó su virilidad para que resistiera el sueño y el amanecer que despuntaba. Nunca se quisieron tanto, anticipando que la vida, ese inefable discurrir, los apartaría en senderos opuestos.

 

Un hombre triste

Un hombre triste

Ring the bells that still can ring
Forget your perfect offering
There is a crack in everything
That’s how the light gets in…    Leonard Cohen

Acude envuelto en una gabardina que coloca con toda la humedad y su incierto peso en la silla vecina. Parece que cada movimiento requiere un esfuerzo adicional, como si mi presencia fuera la de un verdugo al que habrá que someterse, anticipando el veredicto.

  • Buenas tardes – dice, esquivando la mirada.
  • ¿En qué le puedo servir? – replico, empleando un tono habitual.

Aquí levanta la vista, los ojos acuosos, como si tal invitación le resultase inusitada. Me relata, con titubeos e interrumpiéndose para hilar los recuerdos, una historia lamentable de pérdidas y vacío. Ha navegado por una existencia que se antoja sórdida y llagada de emociones. Dos divorcios, hijos distanciados y resentidos, un negocio fallido y una carrera burocrática que se truncó por la edad y el desdén. Es diabético, medianamente controlado, y teme que su enfisema esté por albergar un cáncer. Ha perdido dos tallas y el hambre alcanza apenas para mantenerlo a flote. Se expresa con soltura, sin alardear de su evidente inteligencia, pero la voz lo traiciona: es un lamento tenue, del héroe fracasado, de quien arrojó las promesas por la borda y dejó que el oleaje lo sofocara.

  • Ajeno al mundo, preso de una hiriente melancolía – pienso, evocando el aire poético que convida.

Para mi sorpresa, irrumpe en el consultorio una mujer de cabello entrecano, vestida con sencillez que, sin anunciarse, le toca el hombro y se sienta frente a mí a su lado.

  • Mi esposa – profiere, ensayando una sonrisa tímida.

Lo había imaginado solo, incapaz de prodigar cariño, así que me conmueve reconvenir mi prejuicio, al tiempo que la saludo con cordialidad, explorando sus reacciones. Está maquillada con delicadeza, lo suficiente para ocultar arrugas y otorgarle un dejo de elegancia. Hacen una pareja extraña; él desangelado, ella entera, algo rígida y distante. Advierto que no llevan argollas, pero su complicidad es patente. La diferencia de edad es tan ostensible como el carácter. Sin embargo, mientras él retoma su perorata, ella lo atiende con ternura, como si verlo envejecer y quejarse le quemara en propia piel.

Sin interrumpir su narración, permito que elabore, salvo para precisar fechas que anoto mentalmente. Su lenguaje corporal es pobre, como si todo lo hubiese vertido a lo largo de este cansancio perenne y no queda lugar para gesticulación alguna.

Suelo hacer inferencias diagnósticas con cierta celeridad en mi trabajo, si bien no me dejo arrastrar por la soberbia o la experiencia, porque eso da pie a reiteradas equivocaciones. Menos aún en este caso. El paciente ha ido delineando su perfil y puedo detectar que procede de una guerra, una larga contienda interna, para ser más precisos.

Cuando estoy por revisarlo, insiste en dejarme pasar antes a la sala de exploración, casi con una reverencia, un gesto curioso de humildad. Observa el entorno con diligencia, parece que estimara la complejidad que requiere entrar a este recinto arcano, donde habrá que desnudarse y mostrar sus temores o evidencias. A manera de disuasión, me cuenta que siguió de cerca las recientes elecciones en el país del norte. Que le acongoja la decepción de constatar que en la espesura de un pueblo educado, siguen habiendo voces que reclaman sangre y tierra, que excluyen a todos cuantos piensan o visten diferente, que prefieren la arrogancia por encima de la magnanimidad.

  • Temo que nos esperan años aciagos – me confiesa, inclinando más la cabeza. Y no sé bien si habla de sí mismo o del clima político que nos atañe.

Lo miro mientras le brindo apoyo para incorporarse al camastro. Me precio de respetar la autonomía de mis enfermos, tanto como de ofrecer mi ayuda si se hace necesario. De momento percibo que representa a todos los hombres dolientes que me ha tocado cuidar. Algunos que pasaron de largo, esperando mi consuelo y obtuvieron una ratificación y no un presagio; otros que comulgaron con mi comprensión y mi cuidado, hasta que la muerte nos separó, entrañablemente; y quizá también, otros – los menos – que se fueron decepcionados de mi incapacidad para obrar milagros, en busca de otras alas céreas para remontar abismos.

Hace unos años, otro Noviembre, perdí a mi padre. Más que su último aliento, que no pude contemplar o extender acaso, me queda el recuerdo grato de haberlo acompañado hasta su Alma Mater y disfrutar con nostalgia de aquellos espacios modificados por la renovación y el olvido. Gocé con él ese momento único en que su antigua compañera, Gracie, lo despidió con un beso rebosante de eterna gratitud. Ambos murieron unos meses después y en aquel encuentro se dieron la espalda como si lo anticiparan, intuitivamente; no por viejos sino porque fueron capaces de delinear con recato la amplitud de sus destinos.

Cuando regresábamos de tan añorado periplo, mientras yo conducía el auto alquilado, me contó de nuevo cómo se hizo hombre en esas latitudes, cómo segó la hojarasca que lo separaba de sí mismo y su estatura, cómo volvió – a pesar de todo – gallardo y dispuesto a crear un sitio digno para él y para los suyos.

Inmerso en mis pensamientos, tomo a mi paciente del brazo con suavidad para envolverlo con el manguito del baumanómetro.

– Déjeme tomar su presión, Guillermo – le digo con voz pausada. Y para mis adentros, en silencio agrego: – No hay razón para estar tristes, tenemos la inmensa fortuna de sentir y derramar afecto.

Extinción

Extinción

El rocío helado perla las magnolias y se advierte a lo lejos una densa neblina que no acaba de ascender bajo el sol tímido de invierno. Nicolás toma el yogurt con desgano, mirando los tordos que tiemblan tras la ventana; obvia el goteo en la tarja sobre los platos sucios y extiende la cucharada hacia la boca ensalivada de su mujer, Alejandra.

Tita, la de las sonrisas y el glamour. Ale la militante, la feminista, la que vociferaba y discutía contra todas las versiones. La rectitud, la ideología, la justicia ante todo. Alejandrina.

Frente a ese gesto, la mujer parpadea y deja caer la boca como una muñeca de ventrílocuo. Su mirada opaca, distante, no dice nada. Ausencia de resplandor, barrunto de muerte.

Agotado el recipiente, Nicolás se incorpora y limpia con esmero los restos cremosos en las comisuras labiales de su esposa, cuyos brazos penden a ambos lados como trapos. Destraba el cinturón que la sujeta a la silla del desayunador y la carga – con cierto esfuerzo, pese a su delgadez – para llevarla a cuestas al baño.

La sostiene sobre su hombro derecho, sube la bata y desliza el calzón hasta las rodillas, cuidando de retirar el pañal maloliente para tirarlo al cesto. La mujer no se inmuta, acaso murmura incoherencias y deja caer gotas de saliva en la nuca y espalda de Nicolás.

Con dulzura, suavemente, la deposita en el retrete, atento a que las nalgas péndulas caigan simétricamente y no se resbale. Es un ritual repetido tres o cuatro veces durante el día, al que sigue la limpieza con toallas húmedas, asegurarse que la vagina no se ensucie para evitar infecciones, así como recolocar el pañal y el pijama limpio para salvar el día.

Sin pronunciarse al respecto, es consciente de que esta es una forma de ternura, que gravita (y no compensa, porque no tiene valor ni peso comparables) en la misma tesitura que los mantuvo unidos estos cincuenta y tres años. Ha sollozado lo necesario – para sí, contra el cielo y el infierno – y jamás apeló a la espiritualidad para refugiarse o alejarse de este hado manifiesto. Los hechos son, como la carne y la voluntad, irrefutables. Se vive hasta que el cuerpo da de sí; se tiene lucidez hasta que el cerebro se fragmenta o se anquilosa. Como la voz, las texturas corporales, la propia autonomía, y, ¿porqué no?, cualquier dios que prometió no abandonarnos …

Escucha la voz de Claudia, su hija, que saluda desde la entrada.

  • Ya voy, estamos por salir – entona Nicolás, apurándose a vestirla.

Esa hija única que ha hecho su vida a espaldas del sufrimiento y a quien no puede reprochar tal displicencia.

  • Tiene derecho a salvarse – pensó alguna vez. – Este barco está varado y por hundirse.

La enmohecida silla de ruedas está lista con un cojín y una cubierta de plástico manchada de orina. Sale con una sonrisa forzada para encubrir su cansancio, empujando a la mujer marchita.

  • Hola mamá – dice Claudia, al tiempo que le planta un beso seco en la mejilla inerte. – ¿Cómo va todo, Pá?

La pregunta es tan retórica que merece una admonición, pero Nicolás está resfriado y con poco ánimo de entrar en conflicto.

  • Dice el médico que la memantina ya no tiene caso, no me la traigas más. Cree que podría beneficiarse de tomar un poco el sol cuando pase el invierno, para evitar fracturas, porque ya no traga y las pastillas de calcio, aunque las machaque bien, se le quedan en la lengua. ¿Cómo están los niños? ¿Vendrán para su cumpleaños?
  • Ay, papá, eso venía a decirte. Resulta que Mario tiene un viaje de negocios a Orlando y vamos a aprovechar para ir con él. ¿No te importa, verdad?

El hombre asiente, pero no puede evitar una mueca de desilusión.

  • Entiende, Papi – dice Claudia tomándolo del antebrazo – los niños tienen apenas unos días de vacaciones. Les traemos un regalito de Disney. ¿OK?

Habiendo establecido lo anterior, Claudia toma su abrigo que yace revuelto en el vestíbulo, arremete con la bolsa y se despide con un roce de mejillas. – ¡Adiós, mamá, te quiero! – dice sin voltear.

La casa queda en silencio tras el portazo. Nicolás toca la frente de su mujer y advierte el golpe de frío que dejó la visita intempestiva de su hija. Acude por el gorro de lana ( – sabía tejer con tanta gracia – piensa, al sacarlo del cajón de suéteres) y lo coloca para cubrir la exigua cabellera blanca de su mujer, que apenas mueve la cabeza y atisba sin mirar a las paredes.

  • ¿Te apetece oír música, Tita?

La vieja tornamesa está un tanto empolvada, así que la sacude antes de colocar en LP de Geminiani. Prefiere los adagios de los Concerti Grossi, porque su mujer se adormece y deja pasar las horas. Tendrá tiempo para escribir alguna carta a los amigos lejanos, hojear el libro que recibió la Navidad pasada y acaso hacerse un café para salir al porche, enfundado en el roído Tweed que cuelga indefectible en el perchero.

La taza le escalfa las manos con artrosis, tensas desde el amanecer. Aprovecha para poner en orden los fármacos, empezando por las vitaminas, el anticoagulante, la tableta de la hipertensión (cuyo nombre ha olvidado por completo) y el alfa-bloqueador, que ha omitido dos noches seguidas. El pan está tieso como sus dedos, pero conserva algo de sabor después de tostarlo y agregarle mantequilla.

Deglute tranquilo, avistando el paso de los autos por la avenida contigua. De tanto en cuanto, se asoma por la ventana próxima para constatar que Alejandra duerme.

– Cada vida es en muchos días; día tras día – se repite en susurro, citando al Ulises de Joyce y su propio destino, tan trivial como esta mañana que persiste.

 

Posdata. Los conmino a ver la película “Amour” de Michael Haneke tanto como leer “La veillesse” de Simone de Beauvoir, antes de que el deterioro cognitivo nos obligue a transitar por la penumbra. Las imágenes creadas en este apunte surgen también de un extraordinario libro de ensayos, “Known and strange things” del escritor nigeriano/estadounidense Teju Cole (Random House, New York 2016), que recomiendo mucho.