El rocío helado perla las magnolias y se advierte a lo lejos una densa neblina que no acaba de ascender bajo el sol tímido de invierno. Nicolás toma el yogurt con desgano, mirando los tordos que tiemblan tras la ventana; obvia el goteo en la tarja sobre los platos sucios y extiende la cucharada hacia la boca ensalivada de su mujer, Alejandra.

Tita, la de las sonrisas y el glamour. Ale la militante, la feminista, la que vociferaba y discutía contra todas las versiones. La rectitud, la ideología, la justicia ante todo. Alejandrina.

Frente a ese gesto, la mujer parpadea y deja caer la boca como una muñeca de ventrílocuo. Su mirada opaca, distante, no dice nada. Ausencia de resplandor, barrunto de muerte.

Agotado el recipiente, Nicolás se incorpora y limpia con esmero los restos cremosos en las comisuras labiales de su esposa, cuyos brazos penden a ambos lados como trapos. Destraba el cinturón que la sujeta a la silla del desayunador y la carga – con cierto esfuerzo, pese a su delgadez – para llevarla a cuestas al baño.

La sostiene sobre su hombro derecho, sube la bata y desliza el calzón hasta las rodillas, cuidando de retirar el pañal maloliente para tirarlo al cesto. La mujer no se inmuta, acaso murmura incoherencias y deja caer gotas de saliva en la nuca y espalda de Nicolás.

Con dulzura, suavemente, la deposita en el retrete, atento a que las nalgas péndulas caigan simétricamente y no se resbale. Es un ritual repetido tres o cuatro veces durante el día, al que sigue la limpieza con toallas húmedas, asegurarse que la vagina no se ensucie para evitar infecciones, así como recolocar el pañal y el pijama limpio para salvar el día.

Sin pronunciarse al respecto, es consciente de que esta es una forma de ternura, que gravita (y no compensa, porque no tiene valor ni peso comparables) en la misma tesitura que los mantuvo unidos estos cincuenta y tres años. Ha sollozado lo necesario – para sí, contra el cielo y el infierno – y jamás apeló a la espiritualidad para refugiarse o alejarse de este hado manifiesto. Los hechos son, como la carne y la voluntad, irrefutables. Se vive hasta que el cuerpo da de sí; se tiene lucidez hasta que el cerebro se fragmenta o se anquilosa. Como la voz, las texturas corporales, la propia autonomía, y, ¿porqué no?, cualquier dios que prometió no abandonarnos …

Escucha la voz de Claudia, su hija, que saluda desde la entrada.

  • Ya voy, estamos por salir – entona Nicolás, apurándose a vestirla.

Esa hija única que ha hecho su vida a espaldas del sufrimiento y a quien no puede reprochar tal displicencia.

  • Tiene derecho a salvarse – pensó alguna vez. – Este barco está varado y por hundirse.

La enmohecida silla de ruedas está lista con un cojín y una cubierta de plástico manchada de orina. Sale con una sonrisa forzada para encubrir su cansancio, empujando a la mujer marchita.

  • Hola mamá – dice Claudia, al tiempo que le planta un beso seco en la mejilla inerte. – ¿Cómo va todo, Pá?

La pregunta es tan retórica que merece una admonición, pero Nicolás está resfriado y con poco ánimo de entrar en conflicto.

  • Dice el médico que la memantina ya no tiene caso, no me la traigas más. Cree que podría beneficiarse de tomar un poco el sol cuando pase el invierno, para evitar fracturas, porque ya no traga y las pastillas de calcio, aunque las machaque bien, se le quedan en la lengua. ¿Cómo están los niños? ¿Vendrán para su cumpleaños?
  • Ay, papá, eso venía a decirte. Resulta que Mario tiene un viaje de negocios a Orlando y vamos a aprovechar para ir con él. ¿No te importa, verdad?

El hombre asiente, pero no puede evitar una mueca de desilusión.

  • Entiende, Papi – dice Claudia tomándolo del antebrazo – los niños tienen apenas unos días de vacaciones. Les traemos un regalito de Disney. ¿OK?

Habiendo establecido lo anterior, Claudia toma su abrigo que yace revuelto en el vestíbulo, arremete con la bolsa y se despide con un roce de mejillas. – ¡Adiós, mamá, te quiero! – dice sin voltear.

La casa queda en silencio tras el portazo. Nicolás toca la frente de su mujer y advierte el golpe de frío que dejó la visita intempestiva de su hija. Acude por el gorro de lana ( – sabía tejer con tanta gracia – piensa, al sacarlo del cajón de suéteres) y lo coloca para cubrir la exigua cabellera blanca de su mujer, que apenas mueve la cabeza y atisba sin mirar a las paredes.

  • ¿Te apetece oír música, Tita?

La vieja tornamesa está un tanto empolvada, así que la sacude antes de colocar en LP de Geminiani. Prefiere los adagios de los Concerti Grossi, porque su mujer se adormece y deja pasar las horas. Tendrá tiempo para escribir alguna carta a los amigos lejanos, hojear el libro que recibió la Navidad pasada y acaso hacerse un café para salir al porche, enfundado en el roído Tweed que cuelga indefectible en el perchero.

La taza le escalfa las manos con artrosis, tensas desde el amanecer. Aprovecha para poner en orden los fármacos, empezando por las vitaminas, el anticoagulante, la tableta de la hipertensión (cuyo nombre ha olvidado por completo) y el alfa-bloqueador, que ha omitido dos noches seguidas. El pan está tieso como sus dedos, pero conserva algo de sabor después de tostarlo y agregarle mantequilla.

Deglute tranquilo, avistando el paso de los autos por la avenida contigua. De tanto en cuanto, se asoma por la ventana próxima para constatar que Alejandra duerme.

– Cada vida es en muchos días; día tras día – se repite en susurro, citando al Ulises de Joyce y su propio destino, tan trivial como esta mañana que persiste.

 

Posdata. Los conmino a ver la película “Amour” de Michael Haneke tanto como leer “La veillesse” de Simone de Beauvoir, antes de que el deterioro cognitivo nos obligue a transitar por la penumbra. Las imágenes creadas en este apunte surgen también de un extraordinario libro de ensayos, “Known and strange things” del escritor nigeriano/estadounidense Teju Cole (Random House, New York 2016), que recomiendo mucho.

 

 

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