Ese verano rieron sin parar. Ella lo había ido a buscar en un auto de alquiler, sabiendo que enloquecería con ese vestido ligero y sus largas piernas enfundadas en medias pese al calor. Quería deslumbrarlo y lo logró con creces. De un tirón, el recién llegado abrió la portezuela, que chirrió al tiempo que subía extasiado, admirando los rizos etéreos sobre sus hombros, su figura en el talle y los senos ceñidos. No la recordaba tan hermosa – enunció para sí.

Se sentó a su lado y se arrojó en sus brazos. El chofer los oteaba indiscreto por el espejo, pero Víctor la besaba y la acariciaba ajeno al mundo y al día radiante de Junio.

– ¿Cómo has estado, cómo…? – indagaba, sin esperar respuesta.

Sonia reía atropellada por sus besos, tratando de explicarse. El trayecto de media hora desde el aeropuerto se hizo imposible. Habían pasado tan sólo unas semanas, pero ambos lo sufrieron una eternidad. Sin decirlo, habían urdido su escapatoria de aquella muralla ignominiosa que los separaba.

Todavía tuvieron que esperar al chofer para que les explicara con toda parsimonia el mecanismo obsoleto del Skoda, a fin de echarlo a andar si fallaba en el recorrido.

– ¿Y no tienes un neumático de repuesto? – le preguntó, petulante, sin dejar de mirarla y sonreírle.

Cuando tomaron la carretera hacia su pueblo, estaban poderosamente excitados. Ella se quitó las medias de nylon deslizando las manos para seducirlo y blandiendo ese brillo incesante con los ojos. Víctor la miraba y tocaba con suavidad los muslos, atónito, sin atreverse a pronunciar palabra alguna. El ruido del viejo motor acompasaba su delirio.

Afuera, imágenes de gente que esperaba un autobús interminablemente o manoteaba al paso de cualquier vehículo, resguardándose del sol bajo los viejos puentes. Había que estar atento al camino; baches e irregularidades por doquier, ciclistas que se atravesaban sin reparo, camiones desvencijados y varados cuyos conductores ofrecían sus bidones vacíos rogando por combustible. Un escenario apocalíptico – pensó Víctor, sin perturbar a Sonia que le narraba las últimas vicisitudes del hospital y su trabajo.

Recorrieron tramos donde parecía que la existencia humana se había esfumado. Paisajes enteros con hierbas y árboles creciendo en desorden, ausencia de veredas, excepto esa carretera horadada que seguía recta entre fantasmas. A lo lejos, una cordillera ondulaba el horizonte y él se preguntaba si conducía hacia tierra de nadie, mientras Sonia hablaba y canturreaba con su acento melodioso. Por momentos, pensó en detenerse, indagar si se había equivocado de país, de latitudes. Escuchar otras voces tal vez, asegurarse de que seguían vivos.

– Supongo que hay territorios que se han perdido en el tiempo – dijo, casi en susurro, para desconcierto mutuo.

– ¿Estás bien, cariño? – inquirió ella.

– Sólo un poco cansado del viaje – dijo – quiero llegar a casa y hacerte el amor. Es todo.

Ella lo observó largamente, tratando de descifrar su estado de ánimo. Tendría que aceptar que lo conocía poco; sus encuentros furtivos no bastaban para hacerse una idea clara de aquellas cavilaciones. Además, su mundo, por mucho que él le hubiese relatado, seguía siendo bastante enigmático. Ella nunca había cruzado esas fronteras de hierro.

– Él, en cambio, es un viajero constante, un marinero que deja un amor en cada puerto – pensó, con disgusto.

Entretanto, Víctor se recompuso. Encendió el móvil y a falta de señal, accedió a su biblioteca para mostrarle canciones que había seleccionado para ella. Sonia se había enrarecido en sus pensamientos y correspondia retomar el vínculo, la ligereza.

Por fin, se estrechó el asfalto y avistaron una torre de concreto que anunciaba cierto esbozo de civilización. Sonia le pidió que virara para mostrarle la escuela de medicina, un edificio de color indescifrable con un gran emblema político sobre la verja.

– Fui la mejor de mi generación – profirió con orgullo. Me otorgaron el premio (y un nombre de un prócer desconocido).

El hombre detuvo el coche y la abrazó, conmovido por su ingenuidad, tan atractiva como insólita. Recorrieron con lentitud las calles; ella señalando lugares comunes, él sobrecogido por la desolación y la pobreza. De tanto en cuanto, emergían bicicletas y transeúntes de algunos cruces y callejas; un hormiguero incesante de hombres y mujeres grises, ávidos de cambio o de emociones.

Su casa yacía en un bloque de apartamentos de hormigón y tabique, carentes de estilo arquitectónico alguno; bloques como colmenas, uno tras otro. Había llovido y el entorno olía a suciedad y olvido. Niños sin camisa jugaban entre los charcos y se veía ropa tendida en los balcones despintados, algunos rotos y reparados con cascajo. Todas las paredes mostraban grietas o fracturas. No había ningún jardín a la redonda, ningún elemento conocido; columpios, balancines o canastas de basquetbol, algo a qué aferrarse. A la distancia pudo adivinar una pista de aterrizaje, un precario avión militar, cercas de alambre y algunas torres de electricidad, herrumbre en todas partes.

Aparcó el auto frente a los niños que interrumpieron su juego de inmediato y corrieron a recibirlos. Sonia los abrazó con cariño esbozando algunos nombres e introduciendo al forastero. Una mujer delgada, rubia y con profuso acné en las mejillas, salió a su encuentro desde el umbral en penumbra.

– Camila, qué bueno que viniste – gritó Sonia, abalanzándose sobre ella.

– ¿Es él? – dijo Camila, asomada sobre su hombro y escudriñándole.

Al desprenderse, Víctor pudo apreciarla en mayor detalle. Parecía una adolescente, vestía una falda corta y sandalias; pero tenía un cuerpo hermoso, cuyas nalgas resaltaban y le daban un acento de sensualidad inesperada. Lo más atractivo era su sonrisa franca, como si fuese absolutamente impermeable al ambiente mísero que la envolvía.

Su esposo Giovanni, a quien conoció esa tarde, era un pintor exiliado que pulsaba el óleo con torpeza y cuyos cuadros – elogiados por conmiseración entre los amigos –  mostraban escenas de contenido libertario y sutilmente críticas del régimen.

Aprendió a quererles en pocos días, como una nueva familia, henchida de esperanza frente al mar y la asfixia. Camila en especial, porque una tarde, cuando se congregaron en torno a una guitarra y malos licores, él cantó una vieja tonada de protesta, que hablaba de una pareja cuyo destino había quebrantado la guerra. Cuando rasgó el último acorde, miró en su derredor y descubrió que Camila lloraba en silencio, largas lágrimas de afecto y solidaridad, sabedora de que esa instancia no se repetiría más.

La tercera noche se agolparon en el auto rentado y subieron una colina en total oscuridad para ver las estrellas. Era luna nueva y la vía láctea se vertía sobre sus caras como un baño de luces y misterios. Sonia y los otros, más habituados al insondable espectáculo, le permitieron admirarlo unos minutos, boquiabierto y en cuclillas al borde del camino.

– Me llevaré esta impresión en el alma, esta noche exquisita…- les espetó, inconcluso, exento de palabras.

Sonia y Víctor bailaron la víspera de su partida en el vestíbulo de una fonda, amparados por la música entrecortada de un radio de transistores. Habían cenado langosta, extraída clandestinamente del litoral oriental. La cocinera se esmeró en deleitarlos con un arroz salvaje y puré de boniato. Camila los dejó solos un buen rato, atenta a los escasos comensales que se despedian. Luego les trajo vino blanco de Sajonia, fresco y con la etiqueta enmohecida.

Cuando terminaron, besándose entre bocados, los abrazó y les confió que estaba encinta, que el sueño de Giovanni de emigrar se vería truncado, pero – al fin y al cabo es una bendición – dijo, siempre sonriente, frotándose la barriga. Con ojos y labios húmedos, la vieron alejarse, oronda, dueña quizá del espacio y del futuro.

Esa madrugada hicieron el amor en un galpón transformado en motel, el coche de alquiler tocando apenas las cortinas roídas. Besó con devoción su lunar escarchado en el bajo vientre y trazó la curvatura de sus pechos níveos para retenerlos. Ella se acomodó en su abrazo y exaltó su virilidad para que resistiera el sueño y el amanecer que despuntaba. Nunca se quisieron tanto, anticipando que la vida, ese inefable discurrir, los apartaría en senderos opuestos.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s