El efecto muégano

El efecto muégano

Muégano: Dulce hecho con trocitos cuadrados de harina

de trigo fritos y pegados unos con otros con miel.

Una conducta que distingue a nuestra cultura es el temor conspicuo a la individuación. A diferencia de otras sociedades donde, para bien o para mal, los hijos son arrojados fuera del hogar en cuanto cumplen su periodo mínimo de escolaridad, en países como el nuestro, la crianza se extiende para satisfacer al binomio afectivo (usualmente madre-hija) como si se tratase de conservar un rehén a fin de mantener unida a la familia.

Las razones son múltiples. Escasez económica, dependencia emocional, limitantes en la oferta de trabajo, o simple temor a crecer e independizarse. Algunos o todos estos factores confluyen para mantener a la progenie en casa.

Naturalmente, el fenómeno se extiende a diversos ámbitos del comportamiento social. Recuerdo cómo mis colegas solían acudir a los congresos de nuestras filiales norteamericanas “en bloque”, como si al desplazarse en grupos pudieran protegerse de la vergüenza de interactuar en otro idioma. Atendían las conferencias juntos, comían en la misma mesa y recorrían las ciudades sede simultáneamente, además de viajar y volver en los mismos vuelos. Supongo que regresaban a sus hogares satisfechos de haber cumplido el compromiso y con un sentido renovado de emancipación.

La idea de “tener muchos amigos” o “provenir de una familia numerosa” es aún presunción relativa de éxito, porque lo emprendedor o “self-made” contraría los principios de adherencia. Un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada – cantaba Goytisolo. Estrofa que podría aplicarse a nuestra ontogénica resistencia a dejar el nido.

Resulta una tarea cada vez más compleja eso de independizarse, en buena medida por un mercado laboral cada día más exigente y selectivo, si bien debemos reconocer la falta de oportunidades que adolece gran parte de la población subempleada o en situación de miseria. Las escuelas técnicas no garantizan más un nivel de vida decoroso y una licenciatura por sí sola no asegura un ingreso estable. La globalización – tan vilipendiada como cuestionada – ha dejado grandes lagunas de insolvencia en el Tercer Mundo.

Pero al margen de atribuirlo exclusivamente a las diferencias de clase o  a la desigual distribución de la riqueza, que lo connotan pero no lo justifican, la falta de diferenciación es un fenómeno regresivo y atrofiante. Un sujeto que se queda en casa después de la juventud, por mucho que aporte materialmente a la estructura familiar, es un lastre al que hay que cuidar y consentir. Su presencia – de suyo sexualmente incómoda – violenta la intimidad. No es niño y, desde luego, no acepta el trato de dependencia que le impone la relación patente con sus progenitores. Para el padre es un rival tácito, para la madre es una extensión edípica que prolonga el lazo y lo pervierte.

La parodiada ideología de la “madrecita santa”, aunada al delirio del diez de Mayo, que se conecta en línea directa con la veneración de la virgen de Guadalupe – ubicua en talleres mecánicos, altares, coches de alquiler, bodegas y oficinas – es testimonio de que continuamos atados a nuestras progenitoras en una especie de cordón umbilical que nos perpetúa y nos protege. La invocación a la madre como un ser celestial que nos bendice cada mañana, hace las veces de un halo protector. En ese sentido, la religión católica ancló en la depuesta mitología prehispánica con un sincretismo idóneo: dios el inefable se expresa en los diversos santos que transitan en nuestra cotidianidad (la suerte, los amores perdidos o recobrados, los accidentes, el trabajo o el desempleo), y ante todo, habla mediante la madre omnímoda.

La voz de la madre, cabe decir, tan sutil o resonante como lo permita nuestro autogobierno y su propia capacidad para dejarnos crecer y aceptar nuestra naciente autonomía. Pero si eso la amenaza – porque tiene un marido evasivo o alcohólico, o porque su propia madre la secuestró – el hijo (habitualmente el primogénito o el benjamín) hace las veces de otro amor, sustituto y necesario. Suple a ese compañero ausente, violento e indiferente. Suple a aquella madre que no supo declinar, ni dar confianza o espacio. “Nadie me quiere como tú” – parece implorar tal reciprocidad.

El hijo en cuestión vive la necesidad de separación con una inmensa culpa. ¿Cómo atreverse a dejarla sola? De una u otra manera se mantiene atado, atento a sus carencias, obligado a cumplirlas para mitigar su ahogamiento. “Madura” a trompicones, acepta trabajos menores, se emancipa a medias o, mejor aún, consigue una pareja que se asemeje a su madre: celosa, impositiva, que lo libere en apariencia de aquel yugo, que sirva de continuidad y consuelo.

Como el amable lector puede inferir, la dinámica de sujeción trasciende las generaciones. Se aprende, se ramifica. Un hijo trae a su esposa a cohabitar con los padres, la nuera se convierte en una hija “postiza” como se suele decir, con todos los agravantes. Se les provee de una habitación o, cuando los espacios se traslapan, se dispone un cuarto aparte; construido o adosado al hogar familiar. Así, la tercera generación nace indiferenciada; la abuela deviene “Mamá Lucero” (Queen Mother para otras latitudes) en aposición a la madre biológica, y los nietos son absorbidos de manera perentoria. En turno lo son sus novias y así sucesivamente.

Cualquiera diría que no hay nada que objetar; la tribu se ayuda entre sí, multiplican su fuerza y sus recursos pecuniarios, establecen un orden moral inobjetable, porque los patriarcas lo imponen y vigilan su cumplimiento, ¿qué mal puede haber en eso?

Debo insistir. La familia no crece, se apelmaza. La madre continúa siendo la autoridad incontestable, su ley impera en ausencia de un varón que se ha desdibujado por su ausencia o su falta de verificación genética. “Los hijos vienen del vientre materno, cómo llegan ahí es mero accidente”- parece repetir el clamor ancestral.

Una madre así, permanente y celadora, “histeriza” todo vínculo en su entorno. Con ello quiero decir que se coloca en un lugar donde atrae la identificación de los demás con su deseo. Así, el hijo aprende a estar advertido de sus demandas (¿Qué se le ofrece, mamá?) y se pone a su servicio para intentar satisfacerlas, cosa que por definición no ocurre. La hija se siente desplazada; nunca será una mujer completa porque el deseo inconsciente de la madre es sojuzgarla y mantenerla cerca, y pese a que se rebela (más estruendosamente en la adolescencia), no logra distanciarse lo suficiente. ¿Podrá conseguir un marido que ella apruebe? ¿Tendrá hijos para ella, merecedores de su afecto? Una vez alertas, los nietos descubren primero en esa fragilidad una nota de asombro y después una fuente de melancolía que requiere ser alimentada. El deseo ha cerrado el círculo.

Ahora bien, la solución es harto compleja. Porque no depende del nivel educativo, aunque las oportunidades abunden; tampoco de enviar a los hijos lejos, porque el desamparo se acentúa y cobra su saldo emocional en otras esferas. Ahí está la incidencia de alcoholismo, drogadicción y hogares fracturados que sufren nuestros vecinos del norte.

La conciencia de que la función materna es complementaria y continente, si bien debe empoderar al padre frente a los hijos e incluirlo en el contexto edípico, no es algo que se aprenda con facilidad. Es más, podríamos decir que navega a contracorriente frente a la inercia cultural. En sociedades matriarcales como la nuestra, los hombres tienden a evadirse; lo fálico invita a la castración. Lo más atractivo es fugarse con los amigos, sumergirse como adicción en el trabajo o buscarse una amante, sedosa y opulenta, que lo embriague.

Más grave todavía es que en los tiempos que corren – literalmente – la gente no se detiene a reflexionar. Creen que el conocimiento y la capacidad de introspección se vende en Internet o se contagia si uno se aproxima a las personas con más habilidades o refinamiento. Ambas son falacias propias de una sociedad que prefiere evadirse en las pantallas antes que pensar o modificar el rumbo. Otra adicción, ni más ni menos.

Quedarse en casa como padre, detentando la ley, implica subvertir ese orden heredado. Darle amor a la madre para abonar su deseo e imprimir una distancia sexual con los hijos – hembras o machos -, es un cometido que requiere constancia y empeño. Un hombre que quiere cambiar el destino de sus hijos, para que alcancen otros horizontes y abracen su futuro sin grilletes, está obligado a cobijar a su mujer y procurar lo elemental para que vea a sus hijos como producto del cariño y no de su voracidad. No puede claudicar; hizo un compromiso con su linaje y consigo mismo. El imperativo categórico es proveer, cuidar la crianza y fertilizar el solar. Aquí y en todos los tiempos. Ella a cambio podrá abastecerlo de suficiencia y respeto, para que los hijos busquen superarlo y dejarlo atrás con gallardía.

Esto no es una fórmula ni pretende serlo, pero quiero dejar claro que hacer florecer a un ser humano, para que brinde lo más granado de sus facultades, para que irrumpa en la construcción de una sociedad más avanzada y autosuficiente, entraña dotarlo de alas y  dejarlo ir; trabajo del corazón más que de la inteligencia.

Postdata. Los remito, entre numerosos ensayos, al estudio clásico de John Bowlby (Un sustento seguro. El vínculo padres e hijos y el desarrollo humano sano) cuyo pdf encontrarán a continuación.  http://www.abebe.org.br/wp-content/uploads/John-Bowlby-A-Secure-Base-Parent-Child-Attachment-and-Healthy-Human-Development-1990.pdf

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Pro Bono

Pro Bono

Hace unos días crucé por la UNAM. Las facultades estaban cerradas por el asueto de fin de año, y recorrí con mis hijas los estacionamientos adyacentes al Estadio Universitario para que estrenaran sus bicicletas. Había gente de todos los estratos sociales, que cumplían con el ritual de pasear a sus pequeños con patines, cochecitos de pedales, triciclos y demás velocípedos. La mezclilla abundaba tanto como las playeras multicolores y los zapatos tenis: desgastados, impolutos, rasgados o estridentes. Un carrusel de atuendos y juguetes.

Más allá del estadio, mientras vigilaba los esfuerzos y la emoción desplegada de mi progenie, advertí la Torre de Rectoría y la Biblioteca Central entre el ruido y el humo de los automóviles. Se respiraba una densa paz de Diciembre, un impasse que se extendía al resto del país desde ese latente semillero.

Dejé escapar la imaginación y regresé a mis años de estudiante, recorriendo las aulas de la Facultad, los laboratorios, el anfiteatro o el mítico jardín donde pretendíamos estudiar mientras retozábamos empañando la blancura del uniforme.

Sé cuánto se ha repetido, pero no sobra reiterar que es un privilegio formarse en una universidad popular, que nos permite emerger de nuestra miopía pequeño-burguesa, constatar sin filtros la realidad que oprime y que abre los ojos de golpe.

A la par con los recovecos de la fisiología y la bioquímica, aprendí a valorar con respeto y admiración a mis compañeros de escasos recursos. Aquellos que no podían comprar el manual en turno, porque se les iba el hambre en ello; o los que se levantaban a las tres de la mañana, tras un vano intento de asimilar conceptos anatómicos, para hornear el pan con su padre. Hubo quien, en una tarde de estudio compartido, me confesó que salía descalzo de su casucha en un barrio proletario, para salvar el lodo circundante y no manchar sus calcetines o mocasines teñidos de blanco con torpeza.

No se trata de condescender, por supuesto, sino de apreciar las dificultades que otros tuvieron para remontar la licenciatura sin las ventajas adquiridas del dialecto o una mesa sin carencias.

Era lógico que nos rebeláramos ante la injusticia y el autoritarismo. Fuimos arrastrados en la convulsa coyuntura de una institución donde las diferencias sociales se concentran; la caja de Pandora se abrió de par en par y estábamos del lado de quienes pasaban frío y en contra del oprobio.

En una de esas andanadas a ciegas, nos llevaron presos (así, ataviados de blanco y con estetoscopio en mano), cuando protestamos por la invasión de la autonomía y fuimos a rescatar a un compañero que celaba el auditorio de Medicina. La detención duró escasas cuarenta horas – no había delito que perseguir – pero nos mostró la intolerancia del gobierno y sus brazos armados, así como nuestra ingenuidad y desatino. Estuvimos recluidos en un galpón inmundo con varias decenas de compañeros (algunos brutalmente golpeados) y unos pocos albañiles que nos miraban atónitos, arrestados cuando pasaban por el lugar en medio del vasallaje policial rumbo a su trabajo. A mis espaldas, un joven angloparlante, visiblemente contrariado, me preguntaba si podría tomar su vuelo de regreso a Toronto esa noche y si le devolverían su bicicleta. Supongo que después de obtener sus huellas digitales (“aquí todos tocan el piano” – era la consigna a gritos), le permitieron salir de tal entuerto.

Al amago de metralletas y bastones, dormimos hacinados en un cuarto oscuro, casi abrazados en nuestra incertidumbre y el temor de agresiones. Mi amigo en desgracia me despertó en la madrugada, inquiriendo si nos someterían a juicio o a tortura.

– No tenemos nada que ocultar, Rubén – le dije sotto voce – y menos aún secretos que revelar.

Eso debe haber calmado su ansiedad de “subversivo” (como nos calificaban los guardias), porque a poco volvió a roncar a mi lado.

Al día siguiente nos arrojaron literalmente a la calle, grises de polvo, ateridos y hambrientos. Durante varios días tratamos de hacer sentido a nuestra odisea, para concluir sencillamente que habíamos sido víctimas de la circunstancia política de un país que nunca ha mitigado sus divisiones de clases y sus corruptelas.

No obstante, la proeza nos asustó. Ninguno de los tres volvió a defender causas ambiguas ni a descuidar a sus enfermos o su futuro. Aunque habría que aceptar que algo se quedó grabado; la determinación de defender y cuidar a los que menos tienen, los que sufren, los que carecen de voz o voto.

La profesión nos reclamó y después de una prodigiosa aventura que nos sensibilizó a todos aún más (en mi caso al borde de los riachuelos y arrozales del sur de Morelos), accedí a la especialidad de mi elección en un hospital del Estado. Como se sabe, el proceso no es gratuito, porque requiere de varios exámenes y entrevistas que ponen a prueba la tenacidad más que el conocimiento.

La carta de aceptación me encontró en mi pequeño refugio de Cuernavaca, donde veía escasos enfermos (a varios de los cuales les “presté” dinero para que pudieran volver a sus pueblos) y cuidaba a mi pequeño hijo, que creció correteando gallinas de la mano de un fornido campesino que vigilaba el barrio.

El ascenso al Olimpo fue lo mejor de mi vida profesional, y a esa fértil etapa debo mucho de lo que soy y he sido como galeno. Conocí a colegas de diferentes rincones de nuestra miseria que acudían con la misma avidez que yo para formarse entre los más doctos.

Nuestro salario entonces era decoroso al punto que nos permitía emanciparnos y acaso ahorrar para adquirir libros y otros deleites. Alguno que otro contrajo matrimonio en la residencia, algo inusitado en los tiempos que corren. Pero lo más relevante, al margen del despuntar económico, es que seguíamos atendiendo mujeres y hombres sin patrimonio, a excepción de unos cuantos “recomendados”. Obreros, carpinteros, leñadores, meseras, costureras, campesinas y mucamas por igual.

Pagaban lo que una estratificación a su llegada al Instituto les adjudicaba y recibían a cambio, sin discriminación, los mejores recursos clínicos e intelectuales. Un hospital de enseñanza egregio y magnánimo como nunca más he conocido. De ahí salieron las experiencias más fecundas, los colegas más reconocidos y venerados, los amigos más entrañables y los pacientes que me ilustraron y zanjaron mis debilidades.

Puedo recordar con devoción al enfermo que rescaté con un catéter de Tenckhoff después de diagnosticarle mieloma múltiple y que se fragmentó la noche de su ingreso tras meses de surcar andamios y muros inestables. O a la anciana que al egresar después de una fallida colecistectomía, depositó humildemente un mazapán en mi escritorio como regalo de gratitud. También al alcohólico que cuidé a cuentagotas una madrugada de insomnio para sacarlo de su síndrome hepatorrenal. Doña Eulalia, impertérrita fumadora, quien con su cáncer de esófago fue de las primeras pacientes en sufrir los estragos de los taxoles.

Ninguno de ellos habría podido pagar la atención privada y me temo que ni siquiera la pública en muchos nosocomios del mundo. Aquí fue el mar: azul, abierto, democrático, como dictaba Nicolás Guillén. Nadie se quedaba sin oportunidades; recibían la atención más esmerada, las provisiones más sofisticadas; toda terapia probada y todo protocolo en ciernes; el entusiasmo y la juventud vertidos en un esfuerzo por el bien común, sin esperar más recompensa que su recuperación.

Crecimos con esa ética implacable, que nos impedía cualquier merodeo o artilugio; ahí aprendí el sentido de la verdad y el compromiso.

La raza y la condición social solamente servían para discernir el riesgo genético o la circunstancia epidemiológica, jamás como fuente de segregación o preferencia. Puedo afirmar que no supe cuanto o cuando pagaban mis enfermos; fármacos, estudios y honorarios, todo se sentía generosamente subsidiado.

Han transcurrido tres décadas desde aquel renacimiento, pero aún en el lujo de los consorcios hospitalarios, seguimos obligados a tender la mano, el empeño desinteresado, para todo aquel que solicita atención y cuidados. No podrán costear la consulta, mucho menos recibir tratamientos cuyos precios mercenarios los hacen inaccesibles para quien carece de un seguro, pero es nuestro deber imperativo recibirlos con la misma calidad y deferencia que habríamos hecho entonces, cuando la vida era un extenso sembradío sin cardos o reticencias.

El aleteo de los ángeles

El aleteo de los ángeles
  • Cuando pienso en mi muerte – me dice sin mayor emoción – concluyo que será bienvenida. Que efectivamente habré cumplido mi utilidad en el mundo.

Es un hombre cansado más que viejo, al que atiendo hace algunos años por hipertensión arterial y a quien recientemente le detecté un carcinoma de colon. Ingeniero de profesión, en los últimos años se ha dedicado a administrar propiedades a raíz de jubilarse y desarrollar glaucoma. Se mantiene erguido, generosamente lúcido. Viste con opaca sencillez y aliño; desde su retraimiento, es un buen conversador. Admite que dejó la seriedad colgada entre corbatas roídas, armarios con diplomas caducos y ambiciones de madrugada, pero no puede evitar un gesto adusto cuando se refiere a sí mismo o a su soledad.

Esta tarde hemos hablado largamente de Foucault, tema que le apasiona, a raíz de que releyó “L’archéologie du savoir”.

  • Parece una metáfora de su encrucijada, Homero – le espeto.
  • Puede ser, doctor, uno se contempla desmenuzando la historia, la propia historia.

Ha sido siempre  respetuoso con los tiempos de quienes lo anteceden o lo siguen en mi consulta, pero esta vez, como si hubiese llegado a despedirse, se quita la chaqueta y se apoltrona con calma para alargar la conversación.

Afirma que ha tenido tiempo para reflexionar en la relación que hemos establecido con los años. No conoce a mi esposa ni a mis hijos, nos hablamos de usted invariablemente, jamás me ha visto fuera de mi espacio clínico, pero como él, admito que nos vincula una intimidad que nadie más conoce o aprecia.

  • He sido enfermo, doctor, lo sé y no pretendo nada más. Y debo agradecerle que en esta asimetría, usted haya tomado nuestra relación con humildad y compromiso, que no haya abusado de su poder carismático o ilustrado. Pago mis consultas sin reparo, porque sé que me ahorra muchas vueltas en internet, inmersiones enciclopédicas, consejos legos e incluso la participación de otros médicos con los que no habría congeniado.

Asiento con la cabeza y esbozo una sonrisa tímida, que desprende el halago. El sol a mis espaldas ha empezado a palidecer y los rasgos de Homero se hacen más agudos, realzados por sombras y su propia piel ajada.

Su inteligencia queda al desnudo.

  • Recuerdo bien cuando tuvo que optar por la mutilación para salvar lo que me queda de vida. Hubiera querido que se engañara conmigo, que arrojara la evidencia en saco roto. Un cáncer es al fin y al cabo un inminente compañero de las mutaciones y del peso acumulado de nuestra biología.

Estoy a punto de intervenir, pero levanta discretamente la mano para contenerme. Con varias décadas de trabajo cara a cara, he aprendido a escuchar antes que precisar o a defender fruslerías; me mantengo atento y en silencio.

  • No obstante, insistió. Aún en el quirófano, desoyendo al anestesiólogo que trataba de hacerse simpático (supongo que para ocultar su nerviosismo o desconocimiento de la persona detrás del paciente), pensaba que tanta parafernalia venía de sobra. La inconciencia, el despertar confuso, el dolor lacerante de un abdomen que cedí a los inquisidores, la náusea, el sangrado, la colostomía. Los días de aislamiento y el sopor. La aborrecida dieta hasta que me permitieron comer con dignidad.

Debo haber cambiado la tez o fruncido el seño en actitud defensiva, porque se detiene antes de volver a la carga.

  • Lo odié, doctor, de verdad lo odié. Por haberme sometido a ese calvario, por haber negado la oportunidad de morir desangrado o perforado, o atravesado por metástasis. Qué mas da. Es mi cuerpo y quiero perderlo a mi modo, sin interferencias.

Lo miro sin proferir palabra. No me siento ofendido, ni siquiera atacado. Tiene razón y estoy aquí para escucharlo con aquiescencia y respeto. Aligera el rostro y prosigue.

  • Lo cierto es que estos últimos meses me han permitido revaluar muchas cosas: lo obvio y lo insignificante por encima de todo. Me deprimí al principio, recordará que dejé de hablar e incluso me refugié en la eficiencia anodina de mi cirujano. Lo aprecio bien, no me malentienda, pero no habría podido tener esta conversación más allá del cierre de mi colostomía, las curaciones y todo el sentido práctico que lo envuelve.
  • Finalmente regresó…- me atrevo a decir.
  • Sí, con aplomo y deliberación. En ambos sentidos. Quise confrontarlo pero también admitir ante usted que me otorgó un periodo para cavilar y enfrentar mi narcisismo herido. Me reencontré con amigos que había rechazado o que me habían olvidado. Volví a disfrutar las viejas películas – en especial Casablanca, Al este del Edén y los Asesinos – (me mira con intención, buscando mi connivencia), a leer con frescura, a descubrir parajes o plazuelas que había desestimado en el raudal de mis desventuras. Probé el mezcal, el sambuca y un licor de Corea, que me regresó de bruces al absinthe (ríe divertido por primera vez).
  • No he vuelto a fumar, pero sí a gozar la compañía de un buen habano o una pipa a mi lado. Eso ha hecho que los antiguos camaradas me acojan y – porqué no – incluso pongan atención a mis desvaríos. Así que, en definitiva, no le guardo rencor alguno. En otra vida quizá podremos discutir las alternativas, pero hoy mi deceso, tan obvio como parece, es un mal menor y creo que será celebrado de distinta manera.

Esta noche me queda su postrer imagen con perspicuidad.

Se colgó la chaqueta al hombro, me extendió la mano y sin más preámbulo, me dio un ceñido apretón que lo dijo todo. Podría dedicar unos párrafos a pontificar acerca del deber del médico, de su constancia y la intensidad peculiar que entraña cada relación terapéutica.

La verdad es que Homero traduce mucho de lo que acontece en nuestro quehacer cotidiano. Dejo a mis lectores con esa reflexión accidentada y lúcida. La esperanza, el yerro, la incertidumbre y el miedo nos hacen más humanos frente al dolor de otros.

Diario de invierno

Diario de invierno

El hombre se mira en el espejo largamente. Tal como si enfrentase a un intruso, estudia su cuerpo: la irregularidad de sendas arrugas que convergen, canas advenedizas y manchas sin orden, el abdomen abultado y las piernas fláccidas. Una cicatriz que aún duele entre la grasa, esa cara tan conocida y aborrecida, de piel enjuta y facciones derretidas; un triste muñeco de cera.

La imagen no sabe retenerse, mejor dejarla atrás. Piensa en sus contemporáneos corto de empatía, si bien aquiescente; los que se tiñen el cabello para disimular el estrago, los que se someten a cirugías cosméticas y dejan la identidad en el quirófano, quienes buscan pareja o perro o sepultura, tanto da.

Amodorrado, se acerca a la ventana, descorre con una mano el hielo que empaña el vidrio y atisba a los niños que se aprestan a subir al transporte escolar entre la nieve. La motoniveladora ha dejado un rastro sucio de salitre y los árboles desnudos permiten entrever un sol tenue, como la palidez del tiempo.

Baja a servirse un café recalentado a fuerza de conservarlo en el termo. “Habrá que lavar los platos en algún momento” – se dice, ante el hedor de acritud que invade la vieja cocina. Con parsimonia, calculando sus pasos, se dirige a la mesa de trabajo. El estrecho jardín está nevado y un manto de rigidez cubre por igual sus manos, los setos y el ensayo inconcluso.

Lejos están sus años de académico, la voz estentórea que azuzaba y se imponía a los estudiantes, los dedos empañados de tiza y las frases exquisitamente articuladas sobre el pizarrón, mensajes que debieron ser célebres para la posteridad.

Ante el ordenador, es un viejo decrépito que inventa escenas prohibidas, horizontes que no conocerá, personajes esquivos, coloquios mudos o la caricia que se quedó antojada en un flirteo. Vivió sólo un décimo de su vida cerca del mar, donde hubiese podido crecer y forjarse como un autor reconocido. Suficiente para heredar seguridad y quizá prestigio. Ah! La vanidad. ¡Cómo hizo mella en su camino!

Se detiene un momento para observar su piel ajada antes de pulsar las teclas;  las máculas de tantos soles que pigmentan sus manos, las uñas estriadas y la artrosis, tan ineludible como estorbosa. Cada invierno que pasa se asemeja más a su padre: ¿irá perdiendo como él el pelo de forma concéntrica? ¿aprenderá a caminar encorvado e inseguro ante cualquier escalón o incidente en las aceras? ¿dejará de viajar, de bailar, de arrojar las redes de alguna ilusión al océano de la incertidumbre?

Su ancestro solía decir que tiene el mismo poder un general triunfante frente al campo de batalla que un pastor que domina las estepas de Mongolia. Es el ejercicio de esa autoridad lo que hace la diferencia, cavila ahora al recordarlo. La frontera sutil entre el bien y el mal.

Sentado ante un espresso humeante junto a la Igreja do Carmo en Lisboa meditaba otrora acerca del reconocimiento del azar en los avatares humanos. Aquel templo roto es testimonio del temblor de 1755, cuando la población salió a rescatar a sus heridos bajo los escombros, desoyendo el clamor sacerdotal de que Dios había enviado el castigo trepidante a la ciudad por sus pecados.

Esa mañana de Todos los Santos, la gente emergió a borbollones  de sus casas derruidas para unirse en el salvamento, dejando el miedo religioso tras las puertas y en el albañal de la historia. El mal cobró sustancia, lo diabólico se hizo carne y lo divino perdió su naturaleza inefable.

Desde entonces los hombres denostamos de lo sagrado, salvo para deificar a nuestros muertos e invocarlos – fantasmas pululantes – cuando se requiere. Atendemos las ceremonias eclesiásticas sólo para celebrar o para ungirnos de inocencia, expiar las culpas, esconder el recelo. Nuestros pontífices cayeron de golpe al piso, se hicieron frágiles; fornican, abusan, mienten y albergan la misma codicia que tantos otros mortales.

No sólo eso. El periplo del HMS Beagle por las Galápagos enterró para siempre el Edén y lo convirtió en una metáfora de la elección entre la contrición y el erotismo. No abrogó del todo el misterio cristiano, por supuesto; había que demostrar si el origen del Universo se materializa más allá de la mano ubicua de un creador.

Tal es la disyuntiva humana. Podemos creer en la salvación y dedicar la existencia al arduo equilibrio entre el deseo y la devoción, entre el rencor racial y la comunión. De otro lado podríamos renegar del sacrificio o la purga y asumir que la vida es una oportunidad única para construir, crear y amar al prójimo. Aunque el amor sea una falacia y albergue la arquitectura del vasallaje. Una postura efímera que no se permite reparar en el castigo o la bendición, tan sólo preceptos del hombre encumbrados para su vigencia.

Los agujeros negros y los aceleradores de partículas nos han decepcionado; quizá ansiábamos que de la antimateria procedieran las respuestas. Tal vez nuestro sino sea creer en algo sublime, que nos exima, que dé cuenta de nuestro desvalimiento y nos faculte la libertad de ser niños para siempre…

El frío se espesa en las calles. Rufina apura el paso desde el autobús bufando nubes de vaho. Es una mujer regordeta, de ojos pequeños y muy negros, con pómulos prominentes, digna nativa de la Araucanía. Entra como todos los lunes a hacer la limpieza. Al acceder hacia el estudio, se detiene en seco.

  • ¡Míster, místeranders…on! ¡Ayiaymimadresanta! – exclama de un hilo, antes de recobrar el aliento.

Nuestro hombre yace sobre el teclado, el café derramado entre su antebrazo y la nuca tiñe el cabello blanco, que mansamente se humedece. Cuelga un brazo inerte a su lado y parece dormir, impasible al tiempo, que se ha quedado quieto, como las cortinas, como la muerte.

PD. Para quienes avizoran – como yo – el fin del otoño, recomiendo la grata lectura de Paul Auster (“Winter Journal”. Picador, New York 2012). Indispensable.

Un año más

Un año más

Quisiera empezar este 2017 con renovado optimismo. A la luz del ascenso del populismo, de la vulnerabilidad de los espacios de recreación (Bataclán en París, el mercado de Berlín, la discoteca Reina en Estambul y tantos otros) y de los lastres económicos en Latinoamérica, no es empresa fácil.

Como científico, reniego con escepticismo de los propósitos de Año Nuevo. Dejar de fumar, ejercitarse disciplinadamente o enderezar la dieta requiere más que una resolución adventicia. Prefiero pensar que la continuidad (acaso interrumpida por vacaciones o festejos) es más concordante con la realidad – interna y externa – que con los calendarios, fruto del arbitrio histórico y la mercadotecnia contemporánea.

Hagamos primero un recuento. Dos mil dieciséis será recordado en buena medida por la desesperanza. Repuntaron los asesinatos vindicativos en Oriente próximo y se trasladaron a las capitales, los bares y las calles de Europa sendos ataques contra población civil perpetrados por jihadistas, que legitiman su “Guerra Santa” desde el anacronismo y el delirio. Lo inquietante es que, debajo de las piedras de la opresión israelita y la autocracia de regímenes con el de Siria, brotan el desencanto y la justificación para inmolarse en nombre de la liberación religiosa o patriótica. El oprobio genera retaliación. En ese marco de aconteceres y odios milenarios, todo intento de conciliación se antoja hueco y estéril. Para los ocupantes judíos, su derecho a expandirse topa necesariamente con la reivindicación de un territorio propio para los palestinos, que desde 1947 (herencia podrida del Imperio Británico) está siendo zanjado día tras día por muros y metralla.

Cerca de ahí, en la devastada Siria, el llamado “ejército islámico” (ISIS por sus siglas en inglés) sigue reclutando adeptos a fuerza de alimentar el resentimiento contra toda inercia modernizadora – tal como lo hicieran los talibanes – en nombre de un dios intolerante y vengativo. Cada vez que un drone bombardea sus reductos o una fuerza de dominación (alianzas oportunistas entre rusos, turcos y sirios) los avasalla, surgen nuevos guerreros entre los jóvenes desclasados de Europa u Oriente medio, como hiedras en el desierto, semillas del rencor y el fanatismo.

Podemos augurar que en tal terrible escenario se sume el belicismo vociferante de Trump, que encuentra en su presunta amistad con Putin la mejor justificación para hacerse del poder vulgar que los “halcones” del gobierno estadounidense sentían mermado. Guerras económicas tanto como escaladas militares, que a su vez engendrarán más terrorismo, pérdida de libertades y oleajes de precios de petróleo, armamentos y productos básicos.

En América Latina, al menos dos gobernantes, quienes fueron elegidas por su género y su adherencia a los valores liberales, demostraron una vez más que el poder corrompe a todos y a todas. La primera, Dilma Rousseff, destituida por un fraude que solapó desde su mentor, y que deja muy endeble la legitimidad de un partido que alguna vez defendió a los pobres. La segunda, Cristina Fernández de Kirchner, a quien creíamos distanciada del populismo de Eva o Isabelita, parece que encubrió la investigación de un ataque racista en ese país que hace medio siglo albergó por igual a judíos perseguidos y a nazis encubiertos.

Por si fuera poco, cruzando el Atlántico, la oleada de migrantes que procede de los pueblos arrasados por guerras fratricidas, está esperando refugio en las costas del Mediterráneo, en las fronteras de púas, en los centros de acogida frente a la xenofobia y el desprecio racial de muchos europeos, que los ven como invasores y no como herederos de un pasado expansionista que les impuso la pobreza o el destierro. Eso y no la profusión de redes, móviles o marcas deportivas es la verdadera globalización.

En efecto, el panorama palidece con desesperanza.

Nos espera una época compleja, que exigirá de toda nuestra capacidad y denuedo para reivindicar los valores más elementales del espíritu humano: clamar por la paz, sostener la democracia, proteger a los que menos tienen, apuntalar el sentido de comunidad, defender la libertad…de expresión, de culto, de prensa, de ingenuidad y de sueños.

Es obvio que no hay mucho lugar para el optimismo. Pero también es verdad que los seres humanos podemos enfrentar el futuro con miedo o bien, acometer el provenir con ilusión y confianza. Son dos perspectivas opuestas, por cierto; que suponen una actitud diametralmente diferente ante lo que nos depara el presente.

Desde mi entrañable rincón, donde recibo el dolor y el calor humanos en proporciones semejantes; donde estoy obligado – por ética y por convicción – a ofrecer alternativas contra la miseria y el sufrimiento, recomiendo la segunda óptica.

Salgamos de nuestros espacios sombreados, tomemos la palabra y también las calles cuando sea necesario, alentemos a nuestros hijos a protestar, a pedir cuentas, a no someterse ni rendirse.

Es apenas el primer día de un año (arbitrario o consensado) que nos convida a ser más directos, a escondernos menos, a decirle por fin y por último a nuestros gobernantes que lo son únicamente porque nosotros los elegimos.

Aquí no hay unciones divinas, aquí no hay herederos al trono, aquí manda la voz de los ciudadanos: el que repara neumáticos o tuberías, el que retoca los jardines y habla con las flores, el que pinta muros y el que los graffitea, la que cura con sus manos o con sus palabras, la que vende fruta o la recoge, el que asfalta y la que abre surcos…

Todos estamos en esto y más vale que nos escuchen, porque estamos hartos de vetarlos en silencio.