Quisiera empezar este 2017 con renovado optimismo. A la luz del ascenso del populismo, de la vulnerabilidad de los espacios de recreación (Bataclán en París, el mercado de Berlín, la discoteca Reina en Estambul y tantos otros) y de los lastres económicos en Latinoamérica, no es empresa fácil.

Como científico, reniego con escepticismo de los propósitos de Año Nuevo. Dejar de fumar, ejercitarse disciplinadamente o enderezar la dieta requiere más que una resolución adventicia. Prefiero pensar que la continuidad (acaso interrumpida por vacaciones o festejos) es más concordante con la realidad – interna y externa – que con los calendarios, fruto del arbitrio histórico y la mercadotecnia contemporánea.

Hagamos primero un recuento. Dos mil dieciséis será recordado en buena medida por la desesperanza. Repuntaron los asesinatos vindicativos en Oriente próximo y se trasladaron a las capitales, los bares y las calles de Europa sendos ataques contra población civil perpetrados por jihadistas, que legitiman su “Guerra Santa” desde el anacronismo y el delirio. Lo inquietante es que, debajo de las piedras de la opresión israelita y la autocracia de regímenes con el de Siria, brotan el desencanto y la justificación para inmolarse en nombre de la liberación religiosa o patriótica. El oprobio genera retaliación. En ese marco de aconteceres y odios milenarios, todo intento de conciliación se antoja hueco y estéril. Para los ocupantes judíos, su derecho a expandirse topa necesariamente con la reivindicación de un territorio propio para los palestinos, que desde 1947 (herencia podrida del Imperio Británico) está siendo zanjado día tras día por muros y metralla.

Cerca de ahí, en la devastada Siria, el llamado “ejército islámico” (ISIS por sus siglas en inglés) sigue reclutando adeptos a fuerza de alimentar el resentimiento contra toda inercia modernizadora – tal como lo hicieran los talibanes – en nombre de un dios intolerante y vengativo. Cada vez que un drone bombardea sus reductos o una fuerza de dominación (alianzas oportunistas entre rusos, turcos y sirios) los avasalla, surgen nuevos guerreros entre los jóvenes desclasados de Europa u Oriente medio, como hiedras en el desierto, semillas del rencor y el fanatismo.

Podemos augurar que en tal terrible escenario se sume el belicismo vociferante de Trump, que encuentra en su presunta amistad con Putin la mejor justificación para hacerse del poder vulgar que los “halcones” del gobierno estadounidense sentían mermado. Guerras económicas tanto como escaladas militares, que a su vez engendrarán más terrorismo, pérdida de libertades y oleajes de precios de petróleo, armamentos y productos básicos.

En América Latina, al menos dos gobernantes, quienes fueron elegidas por su género y su adherencia a los valores liberales, demostraron una vez más que el poder corrompe a todos y a todas. La primera, Dilma Rousseff, destituida por un fraude que solapó desde su mentor, y que deja muy endeble la legitimidad de un partido que alguna vez defendió a los pobres. La segunda, Cristina Fernández de Kirchner, a quien creíamos distanciada del populismo de Eva o Isabelita, parece que encubrió la investigación de un ataque racista en ese país que hace medio siglo albergó por igual a judíos perseguidos y a nazis encubiertos.

Por si fuera poco, cruzando el Atlántico, la oleada de migrantes que procede de los pueblos arrasados por guerras fratricidas, está esperando refugio en las costas del Mediterráneo, en las fronteras de púas, en los centros de acogida frente a la xenofobia y el desprecio racial de muchos europeos, que los ven como invasores y no como herederos de un pasado expansionista que les impuso la pobreza o el destierro. Eso y no la profusión de redes, móviles o marcas deportivas es la verdadera globalización.

En efecto, el panorama palidece con desesperanza.

Nos espera una época compleja, que exigirá de toda nuestra capacidad y denuedo para reivindicar los valores más elementales del espíritu humano: clamar por la paz, sostener la democracia, proteger a los que menos tienen, apuntalar el sentido de comunidad, defender la libertad…de expresión, de culto, de prensa, de ingenuidad y de sueños.

Es obvio que no hay mucho lugar para el optimismo. Pero también es verdad que los seres humanos podemos enfrentar el futuro con miedo o bien, acometer el provenir con ilusión y confianza. Son dos perspectivas opuestas, por cierto; que suponen una actitud diametralmente diferente ante lo que nos depara el presente.

Desde mi entrañable rincón, donde recibo el dolor y el calor humanos en proporciones semejantes; donde estoy obligado – por ética y por convicción – a ofrecer alternativas contra la miseria y el sufrimiento, recomiendo la segunda óptica.

Salgamos de nuestros espacios sombreados, tomemos la palabra y también las calles cuando sea necesario, alentemos a nuestros hijos a protestar, a pedir cuentas, a no someterse ni rendirse.

Es apenas el primer día de un año (arbitrario o consensado) que nos convida a ser más directos, a escondernos menos, a decirle por fin y por último a nuestros gobernantes que lo son únicamente porque nosotros los elegimos.

Aquí no hay unciones divinas, aquí no hay herederos al trono, aquí manda la voz de los ciudadanos: el que repara neumáticos o tuberías, el que retoca los jardines y habla con las flores, el que pinta muros y el que los graffitea, la que cura con sus manos o con sus palabras, la que vende fruta o la recoge, el que asfalta y la que abre surcos…

Todos estamos en esto y más vale que nos escuchen, porque estamos hartos de vetarlos en silencio.

 

 

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