El hombre se mira en el espejo largamente. Tal como si enfrentase a un intruso, estudia su cuerpo: la irregularidad de sendas arrugas que convergen, canas advenedizas y manchas sin orden, el abdomen abultado y las piernas fláccidas. Una cicatriz que aún duele entre la grasa, esa cara tan conocida y aborrecida, de piel enjuta y facciones derretidas; un triste muñeco de cera.

La imagen no sabe retenerse, mejor dejarla atrás. Piensa en sus contemporáneos corto de empatía, si bien aquiescente; los que se tiñen el cabello para disimular el estrago, los que se someten a cirugías cosméticas y dejan la identidad en el quirófano, quienes buscan pareja o perro o sepultura, tanto da.

Amodorrado, se acerca a la ventana, descorre con una mano el hielo que empaña el vidrio y atisba a los niños que se aprestan a subir al transporte escolar entre la nieve. La motoniveladora ha dejado un rastro sucio de salitre y los árboles desnudos permiten entrever un sol tenue, como la palidez del tiempo.

Baja a servirse un café recalentado a fuerza de conservarlo en el termo. “Habrá que lavar los platos en algún momento” – se dice, ante el hedor de acritud que invade la vieja cocina. Con parsimonia, calculando sus pasos, se dirige a la mesa de trabajo. El estrecho jardín está nevado y un manto de rigidez cubre por igual sus manos, los setos y el ensayo inconcluso.

Lejos están sus años de académico, la voz estentórea que azuzaba y se imponía a los estudiantes, los dedos empañados de tiza y las frases exquisitamente articuladas sobre el pizarrón, mensajes que debieron ser célebres para la posteridad.

Ante el ordenador, es un viejo decrépito que inventa escenas prohibidas, horizontes que no conocerá, personajes esquivos, coloquios mudos o la caricia que se quedó antojada en un flirteo. Vivió sólo un décimo de su vida cerca del mar, donde hubiese podido crecer y forjarse como un autor reconocido. Suficiente para heredar seguridad y quizá prestigio. Ah! La vanidad. ¡Cómo hizo mella en su camino!

Se detiene un momento para observar su piel ajada antes de pulsar las teclas;  las máculas de tantos soles que pigmentan sus manos, las uñas estriadas y la artrosis, tan ineludible como estorbosa. Cada invierno que pasa se asemeja más a su padre: ¿irá perdiendo como él el pelo de forma concéntrica? ¿aprenderá a caminar encorvado e inseguro ante cualquier escalón o incidente en las aceras? ¿dejará de viajar, de bailar, de arrojar las redes de alguna ilusión al océano de la incertidumbre?

Su ancestro solía decir que tiene el mismo poder un general triunfante frente al campo de batalla que un pastor que domina las estepas de Mongolia. Es el ejercicio de esa autoridad lo que hace la diferencia, cavila ahora al recordarlo. La frontera sutil entre el bien y el mal.

Sentado ante un espresso humeante junto a la Igreja do Carmo en Lisboa meditaba otrora acerca del reconocimiento del azar en los avatares humanos. Aquel templo roto es testimonio del temblor de 1755, cuando la población salió a rescatar a sus heridos bajo los escombros, desoyendo el clamor sacerdotal de que Dios había enviado el castigo trepidante a la ciudad por sus pecados.

Esa mañana de Todos los Santos, la gente emergió a borbollones  de sus casas derruidas para unirse en el salvamento, dejando el miedo religioso tras las puertas y en el albañal de la historia. El mal cobró sustancia, lo diabólico se hizo carne y lo divino perdió su naturaleza inefable.

Desde entonces los hombres denostamos de lo sagrado, salvo para deificar a nuestros muertos e invocarlos – fantasmas pululantes – cuando se requiere. Atendemos las ceremonias eclesiásticas sólo para celebrar o para ungirnos de inocencia, expiar las culpas, esconder el recelo. Nuestros pontífices cayeron de golpe al piso, se hicieron frágiles; fornican, abusan, mienten y albergan la misma codicia que tantos otros mortales.

No sólo eso. El periplo del HMS Beagle por las Galápagos enterró para siempre el Edén y lo convirtió en una metáfora de la elección entre la contrición y el erotismo. No abrogó del todo el misterio cristiano, por supuesto; había que demostrar si el origen del Universo se materializa más allá de la mano ubicua de un creador.

Tal es la disyuntiva humana. Podemos creer en la salvación y dedicar la existencia al arduo equilibrio entre el deseo y la devoción, entre el rencor racial y la comunión. De otro lado podríamos renegar del sacrificio o la purga y asumir que la vida es una oportunidad única para construir, crear y amar al prójimo. Aunque el amor sea una falacia y albergue la arquitectura del vasallaje. Una postura efímera que no se permite reparar en el castigo o la bendición, tan sólo preceptos del hombre encumbrados para su vigencia.

Los agujeros negros y los aceleradores de partículas nos han decepcionado; quizá ansiábamos que de la antimateria procedieran las respuestas. Tal vez nuestro sino sea creer en algo sublime, que nos exima, que dé cuenta de nuestro desvalimiento y nos faculte la libertad de ser niños para siempre…

El frío se espesa en las calles. Rufina apura el paso desde el autobús bufando nubes de vaho. Es una mujer regordeta, de ojos pequeños y muy negros, con pómulos prominentes, digna nativa de la Araucanía. Entra como todos los lunes a hacer la limpieza. Al acceder hacia el estudio, se detiene en seco.

  • ¡Míster, místeranders…on! ¡Ayiaymimadresanta! – exclama de un hilo, antes de recobrar el aliento.

Nuestro hombre yace sobre el teclado, el café derramado entre su antebrazo y la nuca tiñe el cabello blanco, que mansamente se humedece. Cuelga un brazo inerte a su lado y parece dormir, impasible al tiempo, que se ha quedado quieto, como las cortinas, como la muerte.

PD. Para quienes avizoran – como yo – el fin del otoño, recomiendo la grata lectura de Paul Auster (“Winter Journal”. Picador, New York 2012). Indispensable.

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