• Cuando pienso en mi muerte – me dice sin mayor emoción – concluyo que será bienvenida. Que efectivamente habré cumplido mi utilidad en el mundo.

Es un hombre cansado más que viejo, al que atiendo hace algunos años por hipertensión arterial y a quien recientemente le detecté un carcinoma de colon. Ingeniero de profesión, en los últimos años se ha dedicado a administrar propiedades a raíz de jubilarse y desarrollar glaucoma. Se mantiene erguido, generosamente lúcido. Viste con opaca sencillez y aliño; desde su retraimiento, es un buen conversador. Admite que dejó la seriedad colgada entre corbatas roídas, armarios con diplomas caducos y ambiciones de madrugada, pero no puede evitar un gesto adusto cuando se refiere a sí mismo o a su soledad.

Esta tarde hemos hablado largamente de Foucault, tema que le apasiona, a raíz de que releyó “L’archéologie du savoir”.

  • Parece una metáfora de su encrucijada, Homero – le espeto.
  • Puede ser, doctor, uno se contempla desmenuzando la historia, la propia historia.

Ha sido siempre  respetuoso con los tiempos de quienes lo anteceden o lo siguen en mi consulta, pero esta vez, como si hubiese llegado a despedirse, se quita la chaqueta y se apoltrona con calma para alargar la conversación.

Afirma que ha tenido tiempo para reflexionar en la relación que hemos establecido con los años. No conoce a mi esposa ni a mis hijos, nos hablamos de usted invariablemente, jamás me ha visto fuera de mi espacio clínico, pero como él, admito que nos vincula una intimidad que nadie más conoce o aprecia.

  • He sido enfermo, doctor, lo sé y no pretendo nada más. Y debo agradecerle que en esta asimetría, usted haya tomado nuestra relación con humildad y compromiso, que no haya abusado de su poder carismático o ilustrado. Pago mis consultas sin reparo, porque sé que me ahorra muchas vueltas en internet, inmersiones enciclopédicas, consejos legos e incluso la participación de otros médicos con los que no habría congeniado.

Asiento con la cabeza y esbozo una sonrisa tímida, que desprende el halago. El sol a mis espaldas ha empezado a palidecer y los rasgos de Homero se hacen más agudos, realzados por sombras y su propia piel ajada.

Su inteligencia queda al desnudo.

  • Recuerdo bien cuando tuvo que optar por la mutilación para salvar lo que me queda de vida. Hubiera querido que se engañara conmigo, que arrojara la evidencia en saco roto. Un cáncer es al fin y al cabo un inminente compañero de las mutaciones y del peso acumulado de nuestra biología.

Estoy a punto de intervenir, pero levanta discretamente la mano para contenerme. Con varias décadas de trabajo cara a cara, he aprendido a escuchar antes que precisar o a defender fruslerías; me mantengo atento y en silencio.

  • No obstante, insistió. Aún en el quirófano, desoyendo al anestesiólogo que trataba de hacerse simpático (supongo que para ocultar su nerviosismo o desconocimiento de la persona detrás del paciente), pensaba que tanta parafernalia venía de sobra. La inconciencia, el despertar confuso, el dolor lacerante de un abdomen que cedí a los inquisidores, la náusea, el sangrado, la colostomía. Los días de aislamiento y el sopor. La aborrecida dieta hasta que me permitieron comer con dignidad.

Debo haber cambiado la tez o fruncido el seño en actitud defensiva, porque se detiene antes de volver a la carga.

  • Lo odié, doctor, de verdad lo odié. Por haberme sometido a ese calvario, por haber negado la oportunidad de morir desangrado o perforado, o atravesado por metástasis. Qué mas da. Es mi cuerpo y quiero perderlo a mi modo, sin interferencias.

Lo miro sin proferir palabra. No me siento ofendido, ni siquiera atacado. Tiene razón y estoy aquí para escucharlo con aquiescencia y respeto. Aligera el rostro y prosigue.

  • Lo cierto es que estos últimos meses me han permitido revaluar muchas cosas: lo obvio y lo insignificante por encima de todo. Me deprimí al principio, recordará que dejé de hablar e incluso me refugié en la eficiencia anodina de mi cirujano. Lo aprecio bien, no me malentienda, pero no habría podido tener esta conversación más allá del cierre de mi colostomía, las curaciones y todo el sentido práctico que lo envuelve.
  • Finalmente regresó…- me atrevo a decir.
  • Sí, con aplomo y deliberación. En ambos sentidos. Quise confrontarlo pero también admitir ante usted que me otorgó un periodo para cavilar y enfrentar mi narcisismo herido. Me reencontré con amigos que había rechazado o que me habían olvidado. Volví a disfrutar las viejas películas – en especial Casablanca, Al este del Edén y los Asesinos – (me mira con intención, buscando mi connivencia), a leer con frescura, a descubrir parajes o plazuelas que había desestimado en el raudal de mis desventuras. Probé el mezcal, el sambuca y un licor de Corea, que me regresó de bruces al absinthe (ríe divertido por primera vez).
  • No he vuelto a fumar, pero sí a gozar la compañía de un buen habano o una pipa a mi lado. Eso ha hecho que los antiguos camaradas me acojan y – porqué no – incluso pongan atención a mis desvaríos. Así que, en definitiva, no le guardo rencor alguno. En otra vida quizá podremos discutir las alternativas, pero hoy mi deceso, tan obvio como parece, es un mal menor y creo que será celebrado de distinta manera.

Esta noche me queda su postrer imagen con perspicuidad.

Se colgó la chaqueta al hombro, me extendió la mano y sin más preámbulo, me dio un ceñido apretón que lo dijo todo. Podría dedicar unos párrafos a pontificar acerca del deber del médico, de su constancia y la intensidad peculiar que entraña cada relación terapéutica.

La verdad es que Homero traduce mucho de lo que acontece en nuestro quehacer cotidiano. Dejo a mis lectores con esa reflexión accidentada y lúcida. La esperanza, el yerro, la incertidumbre y el miedo nos hacen más humanos frente al dolor de otros.

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