Hace unos días crucé por la UNAM. Las facultades estaban cerradas por el asueto de fin de año, y recorrí con mis hijas los estacionamientos adyacentes al Estadio Universitario para que estrenaran sus bicicletas. Había gente de todos los estratos sociales, que cumplían con el ritual de pasear a sus pequeños con patines, cochecitos de pedales, triciclos y demás velocípedos. La mezclilla abundaba tanto como las playeras multicolores y los zapatos tenis: desgastados, impolutos, rasgados o estridentes. Un carrusel de atuendos y juguetes.

Más allá del estadio, mientras vigilaba los esfuerzos y la emoción desplegada de mi progenie, advertí la Torre de Rectoría y la Biblioteca Central entre el ruido y el humo de los automóviles. Se respiraba una densa paz de Diciembre, un impasse que se extendía al resto del país desde ese latente semillero.

Dejé escapar la imaginación y regresé a mis años de estudiante, recorriendo las aulas de la Facultad, los laboratorios, el anfiteatro o el mítico jardín donde pretendíamos estudiar mientras retozábamos empañando la blancura del uniforme.

Sé cuánto se ha repetido, pero no sobra reiterar que es un privilegio formarse en una universidad popular, que nos permite emerger de nuestra miopía pequeño-burguesa, constatar sin filtros la realidad que oprime y que abre los ojos de golpe.

A la par con los recovecos de la fisiología y la bioquímica, aprendí a valorar con respeto y admiración a mis compañeros de escasos recursos. Aquellos que no podían comprar el manual en turno, porque se les iba el hambre en ello; o los que se levantaban a las tres de la mañana, tras un vano intento de asimilar conceptos anatómicos, para hornear el pan con su padre. Hubo quien, en una tarde de estudio compartido, me confesó que salía descalzo de su casucha en un barrio proletario, para salvar el lodo circundante y no manchar sus calcetines o mocasines teñidos de blanco con torpeza.

No se trata de condescender, por supuesto, sino de apreciar las dificultades que otros tuvieron para remontar la licenciatura sin las ventajas adquiridas del dialecto o una mesa sin carencias.

Era lógico que nos rebeláramos ante la injusticia y el autoritarismo. Fuimos arrastrados en la convulsa coyuntura de una institución donde las diferencias sociales se concentran; la caja de Pandora se abrió de par en par y estábamos del lado de quienes pasaban frío y en contra del oprobio.

En una de esas andanadas a ciegas, nos llevaron presos (así, ataviados de blanco y con estetoscopio en mano), cuando protestamos por la invasión de la autonomía y fuimos a rescatar a un compañero que celaba el auditorio de Medicina. La detención duró escasas cuarenta horas – no había delito que perseguir – pero nos mostró la intolerancia del gobierno y sus brazos armados, así como nuestra ingenuidad y desatino. Estuvimos recluidos en un galpón inmundo con varias decenas de compañeros (algunos brutalmente golpeados) y unos pocos albañiles que nos miraban atónitos, arrestados cuando pasaban por el lugar en medio del vasallaje policial rumbo a su trabajo. A mis espaldas, un joven angloparlante, visiblemente contrariado, me preguntaba si podría tomar su vuelo de regreso a Toronto esa noche y si le devolverían su bicicleta. Supongo que después de obtener sus huellas digitales (“aquí todos tocan el piano” – era la consigna a gritos), le permitieron salir de tal entuerto.

Al amago de metralletas y bastones, dormimos hacinados en un cuarto oscuro, casi abrazados en nuestra incertidumbre y el temor de agresiones. Mi amigo en desgracia me despertó en la madrugada, inquiriendo si nos someterían a juicio o a tortura.

– No tenemos nada que ocultar, Rubén – le dije sotto voce – y menos aún secretos que revelar.

Eso debe haber calmado su ansiedad de “subversivo” (como nos calificaban los guardias), porque a poco volvió a roncar a mi lado.

Al día siguiente nos arrojaron literalmente a la calle, grises de polvo, ateridos y hambrientos. Durante varios días tratamos de hacer sentido a nuestra odisea, para concluir sencillamente que habíamos sido víctimas de la circunstancia política de un país que nunca ha mitigado sus divisiones de clases y sus corruptelas.

No obstante, la proeza nos asustó. Ninguno de los tres volvió a defender causas ambiguas ni a descuidar a sus enfermos o su futuro. Aunque habría que aceptar que algo se quedó grabado; la determinación de defender y cuidar a los que menos tienen, los que sufren, los que carecen de voz o voto.

La profesión nos reclamó y después de una prodigiosa aventura que nos sensibilizó a todos aún más (en mi caso al borde de los riachuelos y arrozales del sur de Morelos), accedí a la especialidad de mi elección en un hospital del Estado. Como se sabe, el proceso no es gratuito, porque requiere de varios exámenes y entrevistas que ponen a prueba la tenacidad más que el conocimiento.

La carta de aceptación me encontró en mi pequeño refugio de Cuernavaca, donde veía escasos enfermos (a varios de los cuales les “presté” dinero para que pudieran volver a sus pueblos) y cuidaba a mi pequeño hijo, que creció correteando gallinas de la mano de un fornido campesino que vigilaba el barrio.

El ascenso al Olimpo fue lo mejor de mi vida profesional, y a esa fértil etapa debo mucho de lo que soy y he sido como galeno. Conocí a colegas de diferentes rincones de nuestra miseria que acudían con la misma avidez que yo para formarse entre los más doctos.

Nuestro salario entonces era decoroso al punto que nos permitía emanciparnos y acaso ahorrar para adquirir libros y otros deleites. Alguno que otro contrajo matrimonio en la residencia, algo inusitado en los tiempos que corren. Pero lo más relevante, al margen del despuntar económico, es que seguíamos atendiendo mujeres y hombres sin patrimonio, a excepción de unos cuantos “recomendados”. Obreros, carpinteros, leñadores, meseras, costureras, campesinas y mucamas por igual.

Pagaban lo que una estratificación a su llegada al Instituto les adjudicaba y recibían a cambio, sin discriminación, los mejores recursos clínicos e intelectuales. Un hospital de enseñanza egregio y magnánimo como nunca más he conocido. De ahí salieron las experiencias más fecundas, los colegas más reconocidos y venerados, los amigos más entrañables y los pacientes que me ilustraron y zanjaron mis debilidades.

Puedo recordar con devoción al enfermo que rescaté con un catéter de Tenckhoff después de diagnosticarle mieloma múltiple y que se fragmentó la noche de su ingreso tras meses de surcar andamios y muros inestables. O a la anciana que al egresar después de una fallida colecistectomía, depositó humildemente un mazapán en mi escritorio como regalo de gratitud. También al alcohólico que cuidé a cuentagotas una madrugada de insomnio para sacarlo de su síndrome hepatorrenal. Doña Eulalia, impertérrita fumadora, quien con su cáncer de esófago fue de las primeras pacientes en sufrir los estragos de los taxoles.

Ninguno de ellos habría podido pagar la atención privada y me temo que ni siquiera la pública en muchos nosocomios del mundo. Aquí fue el mar: azul, abierto, democrático, como dictaba Nicolás Guillén. Nadie se quedaba sin oportunidades; recibían la atención más esmerada, las provisiones más sofisticadas; toda terapia probada y todo protocolo en ciernes; el entusiasmo y la juventud vertidos en un esfuerzo por el bien común, sin esperar más recompensa que su recuperación.

Crecimos con esa ética implacable, que nos impedía cualquier merodeo o artilugio; ahí aprendí el sentido de la verdad y el compromiso.

La raza y la condición social solamente servían para discernir el riesgo genético o la circunstancia epidemiológica, jamás como fuente de segregación o preferencia. Puedo afirmar que no supe cuanto o cuando pagaban mis enfermos; fármacos, estudios y honorarios, todo se sentía generosamente subsidiado.

Han transcurrido tres décadas desde aquel renacimiento, pero aún en el lujo de los consorcios hospitalarios, seguimos obligados a tender la mano, el empeño desinteresado, para todo aquel que solicita atención y cuidados. No podrán costear la consulta, mucho menos recibir tratamientos cuyos precios mercenarios los hacen inaccesibles para quien carece de un seguro, pero es nuestro deber imperativo recibirlos con la misma calidad y deferencia que habríamos hecho entonces, cuando la vida era un extenso sembradío sin cardos o reticencias.

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