Muégano: Dulce hecho con trocitos cuadrados de harina

de trigo fritos y pegados unos con otros con miel.

Una conducta que distingue a nuestra cultura es el temor conspicuo a la individuación. A diferencia de otras sociedades donde, para bien o para mal, los hijos son arrojados fuera del hogar en cuanto cumplen su periodo mínimo de escolaridad, en países como el nuestro, la crianza se extiende para satisfacer al binomio afectivo (usualmente madre-hija) como si se tratase de conservar un rehén a fin de mantener unida a la familia.

Las razones son múltiples. Escasez económica, dependencia emocional, limitantes en la oferta de trabajo, o simple temor a crecer e independizarse. Algunos o todos estos factores confluyen para mantener a la progenie en casa.

Naturalmente, el fenómeno se extiende a diversos ámbitos del comportamiento social. Recuerdo cómo mis colegas solían acudir a los congresos de nuestras filiales norteamericanas “en bloque”, como si al desplazarse en grupos pudieran protegerse de la vergüenza de interactuar en otro idioma. Atendían las conferencias juntos, comían en la misma mesa y recorrían las ciudades sede simultáneamente, además de viajar y volver en los mismos vuelos. Supongo que regresaban a sus hogares satisfechos de haber cumplido el compromiso y con un sentido renovado de emancipación.

La idea de “tener muchos amigos” o “provenir de una familia numerosa” es aún presunción relativa de éxito, porque lo emprendedor o “self-made” contraría los principios de adherencia. Un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada – cantaba Goytisolo. Estrofa que podría aplicarse a nuestra ontogénica resistencia a dejar el nido.

Resulta una tarea cada vez más compleja eso de independizarse, en buena medida por un mercado laboral cada día más exigente y selectivo, si bien debemos reconocer la falta de oportunidades que adolece gran parte de la población subempleada o en situación de miseria. Las escuelas técnicas no garantizan más un nivel de vida decoroso y una licenciatura por sí sola no asegura un ingreso estable. La globalización – tan vilipendiada como cuestionada – ha dejado grandes lagunas de insolvencia en el Tercer Mundo.

Pero al margen de atribuirlo exclusivamente a las diferencias de clase o  a la desigual distribución de la riqueza, que lo connotan pero no lo justifican, la falta de diferenciación es un fenómeno regresivo y atrofiante. Un sujeto que se queda en casa después de la juventud, por mucho que aporte materialmente a la estructura familiar, es un lastre al que hay que cuidar y consentir. Su presencia – de suyo sexualmente incómoda – violenta la intimidad. No es niño y, desde luego, no acepta el trato de dependencia que le impone la relación patente con sus progenitores. Para el padre es un rival tácito, para la madre es una extensión edípica que prolonga el lazo y lo pervierte.

La parodiada ideología de la “madrecita santa”, aunada al delirio del diez de Mayo, que se conecta en línea directa con la veneración de la virgen de Guadalupe – ubicua en talleres mecánicos, altares, coches de alquiler, bodegas y oficinas – es testimonio de que continuamos atados a nuestras progenitoras en una especie de cordón umbilical que nos perpetúa y nos protege. La invocación a la madre como un ser celestial que nos bendice cada mañana, hace las veces de un halo protector. En ese sentido, la religión católica ancló en la depuesta mitología prehispánica con un sincretismo idóneo: dios el inefable se expresa en los diversos santos que transitan en nuestra cotidianidad (la suerte, los amores perdidos o recobrados, los accidentes, el trabajo o el desempleo), y ante todo, habla mediante la madre omnímoda.

La voz de la madre, cabe decir, tan sutil o resonante como lo permita nuestro autogobierno y su propia capacidad para dejarnos crecer y aceptar nuestra naciente autonomía. Pero si eso la amenaza – porque tiene un marido evasivo o alcohólico, o porque su propia madre la secuestró – el hijo (habitualmente el primogénito o el benjamín) hace las veces de otro amor, sustituto y necesario. Suple a ese compañero ausente, violento e indiferente. Suple a aquella madre que no supo declinar, ni dar confianza o espacio. “Nadie me quiere como tú” – parece implorar tal reciprocidad.

El hijo en cuestión vive la necesidad de separación con una inmensa culpa. ¿Cómo atreverse a dejarla sola? De una u otra manera se mantiene atado, atento a sus carencias, obligado a cumplirlas para mitigar su ahogamiento. “Madura” a trompicones, acepta trabajos menores, se emancipa a medias o, mejor aún, consigue una pareja que se asemeje a su madre: celosa, impositiva, que lo libere en apariencia de aquel yugo, que sirva de continuidad y consuelo.

Como el amable lector puede inferir, la dinámica de sujeción trasciende las generaciones. Se aprende, se ramifica. Un hijo trae a su esposa a cohabitar con los padres, la nuera se convierte en una hija “postiza” como se suele decir, con todos los agravantes. Se les provee de una habitación o, cuando los espacios se traslapan, se dispone un cuarto aparte; construido o adosado al hogar familiar. Así, la tercera generación nace indiferenciada; la abuela deviene “Mamá Lucero” (Queen Mother para otras latitudes) en aposición a la madre biológica, y los nietos son absorbidos de manera perentoria. En turno lo son sus novias y así sucesivamente.

Cualquiera diría que no hay nada que objetar; la tribu se ayuda entre sí, multiplican su fuerza y sus recursos pecuniarios, establecen un orden moral inobjetable, porque los patriarcas lo imponen y vigilan su cumplimiento, ¿qué mal puede haber en eso?

Debo insistir. La familia no crece, se apelmaza. La madre continúa siendo la autoridad incontestable, su ley impera en ausencia de un varón que se ha desdibujado por su ausencia o su falta de verificación genética. “Los hijos vienen del vientre materno, cómo llegan ahí es mero accidente”- parece repetir el clamor ancestral.

Una madre así, permanente y celadora, “histeriza” todo vínculo en su entorno. Con ello quiero decir que se coloca en un lugar donde atrae la identificación de los demás con su deseo. Así, el hijo aprende a estar advertido de sus demandas (¿Qué se le ofrece, mamá?) y se pone a su servicio para intentar satisfacerlas, cosa que por definición no ocurre. La hija se siente desplazada; nunca será una mujer completa porque el deseo inconsciente de la madre es sojuzgarla y mantenerla cerca, y pese a que se rebela (más estruendosamente en la adolescencia), no logra distanciarse lo suficiente. ¿Podrá conseguir un marido que ella apruebe? ¿Tendrá hijos para ella, merecedores de su afecto? Una vez alertas, los nietos descubren primero en esa fragilidad una nota de asombro y después una fuente de melancolía que requiere ser alimentada. El deseo ha cerrado el círculo.

Ahora bien, la solución es harto compleja. Porque no depende del nivel educativo, aunque las oportunidades abunden; tampoco de enviar a los hijos lejos, porque el desamparo se acentúa y cobra su saldo emocional en otras esferas. Ahí está la incidencia de alcoholismo, drogadicción y hogares fracturados que sufren nuestros vecinos del norte.

La conciencia de que la función materna es complementaria y continente, si bien debe empoderar al padre frente a los hijos e incluirlo en el contexto edípico, no es algo que se aprenda con facilidad. Es más, podríamos decir que navega a contracorriente frente a la inercia cultural. En sociedades matriarcales como la nuestra, los hombres tienden a evadirse; lo fálico invita a la castración. Lo más atractivo es fugarse con los amigos, sumergirse como adicción en el trabajo o buscarse una amante, sedosa y opulenta, que lo embriague.

Más grave todavía es que en los tiempos que corren – literalmente – la gente no se detiene a reflexionar. Creen que el conocimiento y la capacidad de introspección se vende en Internet o se contagia si uno se aproxima a las personas con más habilidades o refinamiento. Ambas son falacias propias de una sociedad que prefiere evadirse en las pantallas antes que pensar o modificar el rumbo. Otra adicción, ni más ni menos.

Quedarse en casa como padre, detentando la ley, implica subvertir ese orden heredado. Darle amor a la madre para abonar su deseo e imprimir una distancia sexual con los hijos – hembras o machos -, es un cometido que requiere constancia y empeño. Un hombre que quiere cambiar el destino de sus hijos, para que alcancen otros horizontes y abracen su futuro sin grilletes, está obligado a cobijar a su mujer y procurar lo elemental para que vea a sus hijos como producto del cariño y no de su voracidad. No puede claudicar; hizo un compromiso con su linaje y consigo mismo. El imperativo categórico es proveer, cuidar la crianza y fertilizar el solar. Aquí y en todos los tiempos. Ella a cambio podrá abastecerlo de suficiencia y respeto, para que los hijos busquen superarlo y dejarlo atrás con gallardía.

Esto no es una fórmula ni pretende serlo, pero quiero dejar claro que hacer florecer a un ser humano, para que brinde lo más granado de sus facultades, para que irrumpa en la construcción de una sociedad más avanzada y autosuficiente, entraña dotarlo de alas y  dejarlo ir; trabajo del corazón más que de la inteligencia.

Postdata. Los remito, entre numerosos ensayos, al estudio clásico de John Bowlby (Un sustento seguro. El vínculo padres e hijos y el desarrollo humano sano) cuyo pdf encontrarán a continuación.  http://www.abebe.org.br/wp-content/uploads/John-Bowlby-A-Secure-Base-Parent-Child-Attachment-and-Healthy-Human-Development-1990.pdf

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s