El dios de los mortales

El dios de los mortales

Ha pasado el invierno – al menos en las hojas del calendario – pero aún el césped amanece cubierto de una capa gélida de rocío. Entre los abedules, se cuela una tibieza desde el Vliet que despabila. No trinan las aves, prueba de que la tierra y el cielo continúan en receso.

El más noble de los filósofos (1) se acerca a la ventana con cierta disnea; la tos no cesa y es cada noche más difícil desembarazarse de las flemas. Ha dejado de fumar desde que se instaló la fiebre y la fatiga. Cierto; es doloroso estar vivo pero siempre será un goce constatar el asomo de la primavera.

Por años perteneció a esa comunidad ecléctica de inmigrantes y recuerda como apenas se sostuvo, mientras estudiaba fervientemente a Maimónides, vendiendo papayas y naranjas en su puesto a la orilla del canal de Amsterdam.

¡Qué tiempos aquellos! Justo antes de impartir clases de filosofía en la escuela sabatina y despertar la mirada crítica hacia los apóstatas. La ingenuidad y la precocidad – se dice. Y así, a la distancia, la memoria le depara una sonrisa.

Predicar la tolerancia será acaso mi mejor legado aunque no lo entiendan con sus exégesis o sus prédicas al abismo – piensa, mientras se sustrae la ropa sudorosa y fría.

Lo han denostado por ateo, por preferir la reclusión antes que la tribuna pública. Emigrar es parte también de su linaje. Huir como un marrano de Portugal e instalarse en este país bajo el agua, donde a pesar de todo ha podido florecer a la sombra del cristianismo, ávido de cuestionar los dogmas y la tiranía de las ideas.

Pulir cristales, en la tradición flamenca, ha sido también una dedicación, ésta sin interés comercial, pero que ha contribuido a su sofoco más que todas las injurias.

Atrás quedaron las ofertas académicas; la más jugosa, esa silla vacante en Heidelberg que Leibniz le guardaba, pero ante todo, refulge su convicción de que Dios es una existencia filosófica, y no material como predican los exégetas. Esa sola aseveración le ha costado el ostracismo. Sabe que no verá publicada su “Ética” – le faltará aliento – si bien habrá incriminado a la superstición, traducido a los escolásticos y plasmado su modelo matemático a la vera de Euclides.

Los primeros comerciantes pasan por la calle, repicando con su ruido metálico sobre los adoquines. Exhalan ese vaho diurno que se confunde con la niebla en ascenso. Uno de ellos lo descubre tosiendo y se toca el sombrero con deferencia.

Acaso los hombres sencillos se han mantenido ajenos a la indignación que causó su “Tratado”. El intento vano de divulgarlo desde el anonimato se tomó como un gesto de soberbia y adulteración, cuando su genuina intención fue la de promover el libre pensamiento.

Puede recordar a la letra aquel párrafo que originó la debacle:

Ahora bien, los prejuicios que pretendo rebatir yacen en una piedra angular. A saber, que los hombres suponen que las cosas naturales actúan con un propósito determinado, y dado que reafirman la voluntad divina, Dios es quien dirige toda eventualidad (porque Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre debe venerarlo a cambio). Me pregunto porqué nos adherimos a este prejuicio y lo asumimos de forma inobjetable. Pretendo demostrar que parte de una falacia, tanto como las nociones de bondad y maldad, del mérito y la maleficencia, de la alabanza y la culpa, del orden y la confusión, la belleza y la fealdad, y demás opuestos. Pero este no es lugar para dirimir estas cuestiones desde la mente humana. Basta con afirmar algo que debe ser reconocido a priori: que todos los seres humanos nacen ignorantes de la causa de los fenómenos naturales o existenciales, pero que llevan consigo un deseo de buscar su utilidad. Que pronto se hacen conscientes de sus voluntades y apetitos, si bien permanecen ajenos a las causas por las cuales anhelan o apetecen. En consecuencia, los hombres y mujeres emprenden y hacen cosas que estiman que serán útiles. Así, una vez que obtienen su gratificación, quedan satisfechos y disipan cualquier duda. […] Más aún cuando cada individuo ha descubierto, de acuerdo a su propia naturaleza, y mediante diferentes recursos para alabar a Dios, que Dios lo ama por encima del resto de la Humanidad y que Él sabrá gratificar su avaricia y su gula, el prejuicio se transforma en superstición y con ella pretenden justificar su sentido último” (2).

Dejaron de mirarlo, abjuraron de su amistad y sólo unos cuantos osados (entre ellos, los Colegiados y de Vries) se atrevieron a mantenerlo en correspondencia. Su exilio se acentuó hasta que el silencio se hizo cuerpo y llegó el momento de mudarse.

El edicto del Herem (excomunión rabínica) había sido planteado con el mayor encono. “Maldecido con todos los reniegos del Deuteronomio y la imprecación que Elías pronunciara de los niños blasfemos que son destrozados en pedazos” (3). Por ello se vio obligado a renunciar a su mismísimo nombre y cambiarlo por el portugués Bento, tan chocante como su significado.

Pese a ello, ha sabido mantener un estilo de vida modesto y retirado, se repite, mientras observa con detenimiento los movimientos inquietos de una alondra que pasa de largo. El curso del prodigio asiste a sus propias leyes, sin reparar en los empeños humanos. A lo lejos, Den Haag despierta entre sus tordos y gaviotas, los barcos resoplan y los burócratas se desperezan al unísono con sus perros y gallinas.

  • Es curioso cómo se anima la naturaleza – dice en voz alta – permeada de sencillez y vehemencia propia. Ese dios que imaginamos para apaciguar lo insondable debe recaer en la bondad del hombre y en su merecida frugalidad. Todo lo demás es evanescente y fatuo.

Con un cierto soplo de melancolía, arrastrando los pies, Baruch se encamina a preparar un té verde, recién traído de Groningen, antes de volcarse en su libro póstumo.

La madrugada del 21 de febrero de 1677, Spinoza dejó de respirar. Caía escasa aguanieve y el cielo, en su pesar, no abrió aquel domingo.

 Referencias.

  1. Bertrand Russell. The history of western philosophy. Simon & Schuster / Touchstone. London, 1967.
  2. Baruch Spinoza, Tractatus Theologico-Politicus. Traducido por Samuel Shirley. Leiden: E.J. Brill, 1989.
  3. Martin Stewart. The courtier and the heretic: Leibniz, Spinoza, and the fate of God in the modern world. W.W. Norton & company. New York, 2006.

 

 

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Zonas de interés

Zonas de interés

Estos últimos días hemos leído historias atroces. Nosotros que no conocemos el exilio ni la guerra.

Narraciones de mujeres deportadas porque buscaban un futuro menos sombrío para sus hijos. Hombres que se ahogaron por montones en ese mar que separa la muerte de la esperanza. Niños que piden comida entre las rejas o intentan salvar los muros que construye la ignominia.

No se trata de 1942 ni de la Polonia ocupada, estamos leyendo los diarios de este perturbador 2017.

Son sitios donde se ha perdido la frontera de la cordura y la violencia adquiere proporciones de crueldad inusitada. Se asesina sin emoción y justificadamente. El otro, el distinto es la presa y no hay tregua para someterlo al encarnizamiento y verlo aniquilado, borrado de toda memoria.

Hace algunos años, mi padre nos invitó (a mi hermano, también Psicoanalista, y a mí) a colaborar en lo que pudo ser su testimonio de lucha. Redactó el primer ensayo intitulado “Los otros musulmanes” que, con ciertas modificaciones, publicamos como homenaje a su preocupación intelectual en la segunda edición de mi libro “Las voces del cuerpo (2013)”.

En tal ensayo se describe con elocuencia la vejación a la que fueron sistemáticamente sometidos los presos de los Lager Nazis. Nunca antes en la historia se había reducido la humanidad a ese desprecio, a esa bajeza que incluía empujar niños y mujeres a las cámaras de gas, recoger sus cadáveres, mutilarlos y arrancarles los dientes para fundir el oro que contenían. Separar las cenizas y contar los fémures después de quemarlos en sendas hogueras (y dividir la cifra en dos) para llevar la cuenta.

Cuando se consensó la “Solución Final” durante el aquelarre de Wannsee (Enero de 1942), los asistentes terminaron fumando habanos Davidoff y brindando con toda frivolidad, mientras comentaban los recientes avances del frente oriental que acabaría a la par con la amenaza bolchevique.

Encabezados por el SS-Obergruppenführer Heydrich – más tarde “reconocido” como el carnicero de Praga – acudieron los altos dirigentes de la Schutzstaffel, la Sipo, la Gestapo y los ministros de los territorios ocupados (entre ellos, los infames Adolf Eichmann y Heinrich Müller). El ambiente era de camaradería y germánica eficiencia.

Una de las charlas, entre el perfume del humo y el paladeo del armagnac, discurría así:

Mayor de la SS Rudolf Lange – Entiendo que se ha adoptado ya una decisión racional respecto de los niños.

Gauleiter Alfred Meyer – Sí, claro. Los bebés de brazos se alzarán y buscarán venganza en 1963. De la misma forma, la justificación para las mujeres menores de cuarenta y cinco es que podrían estar embarazadas. Y para las viejas…Kurs, ya que estamos en ello.

No había nada que objetar: todos los judíos, esa raza abyecta, serían eliminados sin miramientos. El dictamen incluía los Países Bajos, Francia y todos los países asimilados al Tercer Reich al oriente del Rhin. Se discutieron con detalle los métodos de exterminio bajo criterios socioeconómicos y la planificación de las deportaciones. Se analizó con sobriedad la necesaria ampliación de los campos de concentración en Chelmo, Sobibór, Treblinka, Belzec y Auschwitz-Birkenau. El trazado de líneas férreas que condujeran a esos Lager y ante todo, la implementación de un método de aniquilamiento eficiente y rápido. El Zyklon B (cianuro hidrogenado, HCN) había sido probado con éxito en Auschwitz 1 en Septiembre de 1941 para sofocar a 600 prisioneros de guerra soviéticos y a 250 “indeseables” enfermos, como consta en el informe redactado por Kurt Gerstein, jefe de los Servicios Técnicos de Desinfección de la SS.

Una vez satisfechos, los Kapos se despidieron para poner manos a la obra. Eichmann les había dado la confianza de que todos los trenes llegarían a tiempo y con volúmenes suficientes de deportados para optimizar los recursos del Reich. Por su parte, Otto Hofmann, jefe de la Oficina Central de Raza y Asentamientos, garantizó la provisión de fuerza de trabajo, dado que, con la dieta asignada de 300 a 600 kcal, un adulto podía rendir escasamente tres meses, antes de caer fulminado.

Acto seguido, las fauces del infierno se abrieron en Europa. Los ghettos se demolieron, sin importar quien quedaba oculto en los desvanes o subterfugios malolientes. Uno a uno los vagones se llenaron de mujeres y hombres macilentos, atemorizados y conducidos con la promesa de trabajo en el Este (Arbeit Macht Frei rezaba el frontispicio de Auschwitz).

Al apearse, los hambrientos se identificaban con sus tarjetas de racionamiento y se les ofrecía un baño antes de pasar a sus “aposentos”. Gradualmente, el rumor se diseminó: nadie volvía de aquellas excursiones a la tierra prometida.

Quizá fue la indiscreción de los Sonderkommandos – esos que habían perdido el alma (los Geheimnistrager, portadores de secretos) -, presos asignados a conducir los rebaños de deportados hacia las cámaras de gas, para después seleccionar los cadáveres, desdentarlos y trasquilarlos, antes de apilarlos en piras incendiarias. Grandes hogueras aceitadas con la ínfima grasa humana que desprendían los cuerpos y cuya fetidez recogían todos los aires por muchos kilómetros a la redonda.

Los doctores de la Schutzstaffel, con la venia del Reichsführer, habían dado la orden expresa de que los niños, las doncellas vírgenes y los hombres más fornidos debían ser reclutados para sus experimentos biológicos. El SS-Standorstarzt Eduard Wirths seleccionó a Josef Mengele para probar sus tesis eugenésicas en gemelos, a quienes inyectaba diferentes colorantes en los ojos y cercenaba para verificar su existencia independiente.

Asignó por igual al Dr. Sigmund Rascher para probar la tolerancia a hipotermia en prisioneros de guerra y judíos polacos a fin de ofrecer alternativas a los soldados que combatían en la tundra gélida de Rusia. También en Dachau, Ravensbrück y Buchenwald, los doctores Carl Clauberg y Hans Eppinger inocularon diferentes microorganismos en sujetos sanos para valorar los efectos de sus inmunizaciones, además de esterilizar – en el espacio de cuatro años – a un cuarto de millón de personas (judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados) bajo diferentes métodos irreversibles y frecuentemente letales.

Las pruebas de inmersión y de altitudes extremas, así como la ingestión o inhalación de diferentes venenos con propósitos de defensa fueron avalados incluso frente al tribunal de Nuremberg, que no podía creer lo que oía de estos pretendidos “científicos”.

Nada comparable se conocía, quizá porque la guerra, que nunca fue galante, cobraba sus víctimas y las enterraba junto con sus delirios, odios y remordimientos. Nadie había propuesto una solución sistemática para exterminar a la población civil, por muy detestable que fuese el enemigo o los pueblos conquistados.

La cruzada nacional-socialista abrió para la posteridad la caja de Pandora. Al grado que hoy leemos de prisioneros decapitados, aborrecimientos raciales y matanzas sin atrición en todos los rincones del orbe. Donde alguna vez hubo fuego (llámese ocupación y vasallaje), cenizas quedan. Incandescentes, listas para prender el estrago de nuevo.

Nos queda en la penumbra la reflexión que cierra el texto de mi difunto padre: “Por las razones éticas más fundamentales que sirven de argamasa a la urdimbre social, no debemos permitir que tales imágenes se borren ni que llegue a olvidarse lo que sabemos del Holocausto. Los humanos tenemos el deber de mantener un permanente estado de alerta y cobrar conciencia del disgusto, casi ontológico, que produce el advertir que, en condiciones apropiadas, la mayor parte de nosotros somos potencialmente capaces de tan inconmensurable atrocidad”.

Recomiendo la lectura, dolorosa empero apegada a los hechos de:

 Martin Amis. The zone of interest. Vintage, New York 2014.

Robert Jay Lifton. The nazi doctors: medical killing and the psychology of genocide. Basic Books, New York 1988.

Nicholas Stargardt. Witnesses of war: children´s lives under the nazis. Vintage, London 2007.

La narrativa en Medicina

La narrativa en Medicina

A esta temprana hora, mi primer paciente entra taciturno y se reclina cómodamente en el reposet, junto al calentador.

Es un hombre de pocas palabras, con el cabello entrecano, mal cortado, de rostro apacible y cejas abundantes. Sus manos anchas y morenas toman el descansabrazo como si fuese a despegar. Estira las piernas y afloja los zapatos. Con esa mirada triste que lo prefigura, inicia su relato.

Hace exactamente cuarenta y tres años llegué a la isla. Poco más que adolescente, me había despedido de un antiguo amor el día de su cumpleaños. Una vez que se marcharon sus invitados, nos quedamos rememorando con lo que quedaba de vino en las copas. La inminente separación nos jugó una mala pasada. De los besos y las caricias pasamos a la desnudez sin reparos. Ella me abrió el cuerpo dulcemente y yo penetré en aquella humedad trasponiendo fronteras hasta que nos despertó la ventisca invernal. Casi no cruzamos palabra, fue como un llanto de despedida, vertido en piel y deseo.

La noche de mi partida, me alcanzó en el muelle. No he reglado, me dijo a contramano. Supondrá usted que me dejó atónito, y con abundante malicia, que me he reprochado desde entonces, le pregunté si era mío. La bofetada no se hizo esperar. Subí al barco avergonzado, presa de una migraña que duró todo el trayecto, sin saber aún si el destino se había torcido para siempre. Traté de concentrarme en el mar oscuro, el ritmo acompasado de las nubes, pero me oprimía la culpa y el miedo.

Lo miro detenidamente, me ha robado la atención, así que dejo calladamente mi instrumental en manos de la enfermera.

Apenas despuntaba el día cuando entramos al puerto. Pensé en Itaca, le aseguro, quizá como un reflejo en contra de lo que venía sintiendo. Una blanda neblina cubría las casas próximas al embarcadero, los pocos marineros que atracaban nuestro navío cantaban entre dientes un salmo ininteligible; era como una aparición, otro mundo, inhóspito y extraño.

Teníamos ya ubicado el pueblo donde nos habían contratado. Tres jóvenes universitarios sin idea del campo y destilando ingenuidad entre los cabellos hirsutos y la ropa sucia. Pablo era un dechado de melancolía, sumergido en Rimbaud y su fobia a cualquier afecto. Pedro era burdo y oportunista, pero sabía abrir puertas como un ladrón de coyunturas. Quedaba yo, con mi sorpresa y puerilidad a cuestas.

Abordamos el desvencijado tren que sería nuestro transporte habitual y desmontamos en aquella casucha de dos pisos que teníamos prometida en alquiler. Los pueblerinos se sintieron invadidos y nos tomó varias semanas convencerlo de nuestra inocuidad.

Eran épocas donde los almendros de nata (como señalara para la posteridad Miguel Hernández) cubrían el horizonte y su olor despejaba cualquier gripe. Trabajábamos de sol a sol, literalmente, desbrozando olivos y haciendo fardos de madera fresca para la construcción. En dos meses embarnecí como nunca; mi espalda de hierro, eclipsada por el sol, era orgullo entre los campesinos. A media mañana nos sentábamos a la sombra de una higuera para comer pan con embutidos y beber agua del pozo, cuya frescura era toda una tregua.

La mujer a cargo de la finca y de procuramos una sencilla dieta a fuerza de sopas de pan y pollo magro, desafiaba al tiempo. Me despertaba invariablemente con un grito y me urgía a acompañarla a recoger los huevos que habían puesto las aves de corral durante la noche. Creo que en esa cotidianidad me tomó un cierto cariño maternal, pero no lo expresó jamás, ni aún cuando partimos a trabajar en la cosecha de patatas, más lucrativa y menos demandante. Su esposo, un viejo de roble, conducía el tractor e imponía un toque de seriedad a nuestra bucólica aventura. Hablaba con los ojos, y bastaba. Los vi por última vez recortados contra aquellos ancestrales muros de arcilla, bajo la silueta del peñasco que trepamos con tanta euforia; ella con sus trapos de cocina, atenazada; él, indiferente y dándonos la espalda.

Recorrimos la costa oeste de punta a punta cuando apenas llegaban los artistas y bohemios a enturbiar el mercado inmobiliario. Dejé la juventud en aquellas playas y, contrario a mi naturaleza, me enamoré del paisaje, sin despreciar a las pocas lugareñas que me sabían de paso.

Dormí en cuevas, celebré la procesión de Semana Santa en un bellísimo enclave de balcones abiertos donde un virtuoso pianista escupió su tuberculosis y recé entre cartujos para afianzar mi futuro. Créame, no hay nostalgia suficiente para englobar esas imágenes.

Pensé que notaba una sonrisa desde su boca enjuta, pero me engaño, ha vuelto a desplomarse en sus recuerdos.

La aguja penetra en la vena dilatada, una mueca de dolor, que pasa inadvertida. La enfermera ha preparado la solución bajo mi tutela de reojo; sabe perfectamente que la dosis y la mezcla deben ser impecables. En este aposento se dirime la muerte, no hay resquicios. De tanto en cuanto repito la frase de Escipión a mis subalternos: Turpe est in re militari dicere non putaram (“en avatares de guerra es torpe decir que no lo había anticipado”).

La terapia biológica irrumpe en el cuerpo sin discriminar; buscamos las metástasis, es cierto, pero se nos anteponen los tejidos sanos, que caen abatidos en mayor o menor grado. La analogía con los despliegues militares es inevitable.

Mi enfermo ablanda el seño y retoma su monólogo.

Me lastimó abandonar ese mar apacible, lo agreste combinado con lo rústico. La candidez de esa gente envuelta en mantos negros desde el medioevo. El silencio de sus ademanes exentos de codicia. Sus calles apenas transitadas, sus hogares lóbregos pero asimismo francos. Los pinares que resguardaban aquella arena impoluta, que poco después habrán sido talados por la gula del turismo.

Herido tras un accidente, regresé a la ciudad de origen. En una habitación polvosa, al amago de la luz vespertina y las oteadas indiscretas, abracé su torso satinado y desandé el camino para siempre. Tengo impreso aquel momento en la memoria, porque esa casa vacía nos había visto florecer y hacernos uno: ella obrera, de caderas amplias y labios rollizos, que reverencié hasta olvidarla.

Sé que usted no cree en esas cosas, el escepticismo fatuo del científico. Pero estoy convencido de que mi tumor mana de esas pérdidas, algo tan atávico como las mutaciones del gen von Hippel-Lindau. ¿Lo impresioné, no es así? En efecto, doctor, somos cuerpo y mente indisolublemente encadenados. ¿Porqué dudar que morir un poco de amor, golpe tras golpe, nos hace vulnerables al cáncer?

Admito que estuve a punto de argüir diversos mecanismos fisiopatológicos, el enigma de la psicoinmunología, pero afortunadamente me contuve. El silencio nos vino bien. Contemplamos juntos cómo caía el líquido, por mi parte simulando un conteo de las gotas por minuto, y él, apacible, como si esa catarsis hubiese devuelto algo de resplandor a su agonía.

PD. Esta semana, entre desplantes psicóticos de Trump, vale la pena leer la revisión del New England Journal of Medicine; que ilustra con un rayo de optimismo el tratamiento del cáncer de riñón. (Systemic Therapy for Metastatic Renal-Cell Carcinoma. Toni K. Choueiri, M.D., and Robert J. Motzer, M.D. N Engl J Med 2017; 376:354-366 (January 26, 2017)

Amor bajo fuego

Amor bajo fuego

When you’re lovers in a dangerous time
Sometimes you’re made to feel as if your love’s a crime
Nothing worth having comes without some kind of fight
Got to kick at the darkness ’til it bleeds daylight

Bruce Cockburn  (1984)

Sentados en un café observan como discurren las elecciones de ese otro país, cuyos votos se suman con alevosía. Las miradas convergen en el televisor ladeado en lo alto. Ella bebe despacio y busca su complicidad. Él se ve intranquilo, el mundo dejará de ser lo que conocen. Están celebrando, pero sus rostros no lo reflejan. Hay pesadumbre en su entorno, que se contagia.

Los minutos pasan y todo indica que la candidata más liberal, que si bien por su frialdad y petulancia está lejos de ser una elección deseable, perderá por un margen errático pero suficiente para desequilibrar la balanza. Es obvio que tras su derrota, se ocultará de las cámaras, se justificará en su encierro de buenas intenciones y aprenderá a sonreír, quizá no con humildad, pero sí con recato.

Su autosuficiencia ayudó en cierto modo a elegir al autócrata. La voz que todos temíamos, arrogante e impulsiva, estará pronto en todas las pantallas y la prensa, hasta el hartazgo.

Por su parte, el espontáneo que derogó las encuestas e insultó a su paso a todos sus oponentes, amalgamando la rabia y la frustración de sus conciudadanos, retoza ahora en el elíxir del narcisismo con aire triunfal. Denigró a las mujeres, a sus vecinos, a los que comercian y compran sus productos, a quienes piensan diferente o quieren la paz antes que la imposición y la codicia.

Alarmó a propios y extraños con sus arengas, pero acaudaló una base de fanáticos que creen que el poder salvaje, la ley del más bruto, debe prevalecer a cualquier costo. Ataviado con sus corbatas lisas y flagrantes, sus trajes oscuros, a la manera de quien no quiere mostrar su verdadera esencia, preconiza la riqueza por encima de cualquier axiología y alaba la tortura para alcanzar sus propósitos. Si es preciso – y lo será bajo su mandato – habrá que sojuzgar a los débiles y sobajar a los fuertes que se le opongan; para tal fin está reuniendo adeptos y armamentos.

En cualquier frente es excesivo, alardea, grita e insulta entre dientes. Lo peligroso es que antepone sus intereses (o los que cree que merecen sus electores) por encima de todos y todo lo demás. Y usará cualquier recurso bélico o autoritario para hacer valer su opinión, sin reparo o mediación alguna.

Uno lo puede imaginar de noche, cuando el silencio envuelve sus fastuosos aposentos, lucubrando en torno a sus crecientes enemigos y rivales. Los que se niegan a seguir sus órdenes: ¡Despedido! Los que cuestionan su carácter: Silencio despótico. Los que se arredran: Silencio engreído. Los que protestan: Exabruptos en redes sociales cargados de encono. Y así seguirá con la marcha de los días.

  • No nos quepa duda – le dice ella, endulzando la voz y sin dejar de observarlo.

Él prefiere besarla en silencio, lo que la toma por sorpresa pero se deja llevar con el envite. La luz tenue del recinto los envuelve y piden otra copa, para evadirse o alargar la velada, nada mejor para esquivar el fardo de aquella decisión que anuncia vasallajes y atropellos.

A lo lejos, el tirano debe robar el sueño. Estar en todos lados y en ninguno, variar sus rutinas, evitar los lugares donde será necesariamente abucheado. Las conflagraciones en su contra reptan entre sombras, porque a esas horas nocturnas debe confiar en alguien (¿sus guardaespaldas, a quienes apenas conoce? ¿su familia cargada de avaricia?) y nada es más arriesgado que la confianza.

Sus propiedades son un símbolo de poder en la tierra de los millonarios y su porte refleja esa soberbia doquiera aparece. No se permitirá los desvaríos de sus antecesores, en programas simplones, en bufonadas o encuentros deportivos. Es un septuagenario, debatiéndose entre las canas – que tiñe – y las arrugas – que disimula el botox –, pero dado que su potestad está basada en el miedo, y no en el afecto, no puede reflejar su verdadera edad. La debilidad invita al desafío, y con ello, a la impugnación, de la que se burla en público pero sabe que pende de su destino como la espada de Damocles.

Entretanto, se erige supremo sobre sus dependientes y rivales. El poder legislativo le parece repulsivo, desde luego y desde siempre, pero es algo que – en aras de encumbrar su proyecto, su proyecto único e irrenunciable – necesita tolerar. Es todo lo políticamente correcto que está dispuesto a conceder. Lo demás, llámese comunidad LBGTQ, “vidas que importan”, la prudencia policiaca o el discurso ecologista, caerá por su propio peso o se desvanecerá a fuerza de denostarlo.

El tirano pasa largas horas en su oficina. Hace llamadas, recibe a sus ministros y subalternos, solicita sus opiniones pero mantiene su propio criterio. Podría distraerse, cambiar de opinión, pero ellos jamás.

Su escritorio está inmaculado; los reportes de sus jefes de departamento, secretarios o asesores son apilados con prontitud y precisión, cada uno en orden de relevancia y con su respectiva sinopsis. Nadie sabe de antemano cual aprobará o rechazará, ni el orden con que los revisa. Pero si algo no queda suficientemente claro por su escasa experiencia como estadista, el responsable lo sabrá enseguida y sentirá todo el rigor de su desprecio. Desde su incesante autocracia, sabe lo necesario, conoce de cualquier tema a priori y es capaz de reprobar a cualquier experto con un golpe de puño o una mirada certera.

Circulan historias acerca de su avidez por las mujeres jóvenes, en un tiempo cercanas dado que promovía certámenes de belleza. Incluso se ha dicho que abusaba de ellas o las trataba como objetos de uso personal. Pero su séquito ha sido eficiente en acallar tales rumores, minimizando la personalidad de quienes los han propagado o comprando a los medios que difunden tales vituperios. El tirano no puede permitirse distracciones frívolas.

Se considera generoso cuando se ofrece para dar conferencias de prensa. Le disgusta, porque los reporteros suelen ser impertinentes y reiterativos, pero sabe que está al frente y callará a quien lo ofenda; para él son balas de salva, monigotes de bisutería que sus detractores contratan para difamarlo. Pero no lo lograrán, se repite al salir de tales apariciones públicas, los códigos nucleares están bajo su mando.

Ella retira la mano para encender un cigarrillo, pero él la detiene con delicadeza.

  • Espera – le dice seductor, repitiendo la caricia a lo largo de su antebrazo desnudo.
  • Me vulneras con tus besos – insiste ella, sobrecogida con su propia elección de palabras.

Sin decirlo, ambos saben que la noche los aguarda, mientras un sudor fino recorre su vientre y son ternura que mansamente se incorpora.

En otro balcón, al amago de sus críticos, de espaldas al mármol blanco que engalana su baluarte, el dictador aspira el aire frío de la noche y medita. Se advierte cansado y satisfecho; observa el parpadeo de las luces distantes y se sabe dueño absoluto, el elegido, el patricio inobjetable. No podrá descansar del todo, por supuesto, pero habrá que reunir fuerzas para aplastar a los que siguen.