When you’re lovers in a dangerous time
Sometimes you’re made to feel as if your love’s a crime
Nothing worth having comes without some kind of fight
Got to kick at the darkness ’til it bleeds daylight

Bruce Cockburn  (1984)

Sentados en un café observan como discurren las elecciones de ese otro país, cuyos votos se suman con alevosía. Las miradas convergen en el televisor ladeado en lo alto. Ella bebe despacio y busca su complicidad. Él se ve intranquilo, el mundo dejará de ser lo que conocen. Están celebrando, pero sus rostros no lo reflejan. Hay pesadumbre en su entorno, que se contagia.

Los minutos pasan y todo indica que la candidata más liberal, que si bien por su frialdad y petulancia está lejos de ser una elección deseable, perderá por un margen errático pero suficiente para desequilibrar la balanza. Es obvio que tras su derrota, se ocultará de las cámaras, se justificará en su encierro de buenas intenciones y aprenderá a sonreír, quizá no con humildad, pero sí con recato.

Su autosuficiencia ayudó en cierto modo a elegir al autócrata. La voz que todos temíamos, arrogante e impulsiva, estará pronto en todas las pantallas y la prensa, hasta el hartazgo.

Por su parte, el espontáneo que derogó las encuestas e insultó a su paso a todos sus oponentes, amalgamando la rabia y la frustración de sus conciudadanos, retoza ahora en el elíxir del narcisismo con aire triunfal. Denigró a las mujeres, a sus vecinos, a los que comercian y compran sus productos, a quienes piensan diferente o quieren la paz antes que la imposición y la codicia.

Alarmó a propios y extraños con sus arengas, pero acaudaló una base de fanáticos que creen que el poder salvaje, la ley del más bruto, debe prevalecer a cualquier costo. Ataviado con sus corbatas lisas y flagrantes, sus trajes oscuros, a la manera de quien no quiere mostrar su verdadera esencia, preconiza la riqueza por encima de cualquier axiología y alaba la tortura para alcanzar sus propósitos. Si es preciso – y lo será bajo su mandato – habrá que sojuzgar a los débiles y sobajar a los fuertes que se le opongan; para tal fin está reuniendo adeptos y armamentos.

En cualquier frente es excesivo, alardea, grita e insulta entre dientes. Lo peligroso es que antepone sus intereses (o los que cree que merecen sus electores) por encima de todos y todo lo demás. Y usará cualquier recurso bélico o autoritario para hacer valer su opinión, sin reparo o mediación alguna.

Uno lo puede imaginar de noche, cuando el silencio envuelve sus fastuosos aposentos, lucubrando en torno a sus crecientes enemigos y rivales. Los que se niegan a seguir sus órdenes: ¡Despedido! Los que cuestionan su carácter: Silencio despótico. Los que se arredran: Silencio engreído. Los que protestan: Exabruptos en redes sociales cargados de encono. Y así seguirá con la marcha de los días.

  • No nos quepa duda – le dice ella, endulzando la voz y sin dejar de observarlo.

Él prefiere besarla en silencio, lo que la toma por sorpresa pero se deja llevar con el envite. La luz tenue del recinto los envuelve y piden otra copa, para evadirse o alargar la velada, nada mejor para esquivar el fardo de aquella decisión que anuncia vasallajes y atropellos.

A lo lejos, el tirano debe robar el sueño. Estar en todos lados y en ninguno, variar sus rutinas, evitar los lugares donde será necesariamente abucheado. Las conflagraciones en su contra reptan entre sombras, porque a esas horas nocturnas debe confiar en alguien (¿sus guardaespaldas, a quienes apenas conoce? ¿su familia cargada de avaricia?) y nada es más arriesgado que la confianza.

Sus propiedades son un símbolo de poder en la tierra de los millonarios y su porte refleja esa soberbia doquiera aparece. No se permitirá los desvaríos de sus antecesores, en programas simplones, en bufonadas o encuentros deportivos. Es un septuagenario, debatiéndose entre las canas – que tiñe – y las arrugas – que disimula el botox –, pero dado que su potestad está basada en el miedo, y no en el afecto, no puede reflejar su verdadera edad. La debilidad invita al desafío, y con ello, a la impugnación, de la que se burla en público pero sabe que pende de su destino como la espada de Damocles.

Entretanto, se erige supremo sobre sus dependientes y rivales. El poder legislativo le parece repulsivo, desde luego y desde siempre, pero es algo que – en aras de encumbrar su proyecto, su proyecto único e irrenunciable – necesita tolerar. Es todo lo políticamente correcto que está dispuesto a conceder. Lo demás, llámese comunidad LBGTQ, “vidas que importan”, la prudencia policiaca o el discurso ecologista, caerá por su propio peso o se desvanecerá a fuerza de denostarlo.

El tirano pasa largas horas en su oficina. Hace llamadas, recibe a sus ministros y subalternos, solicita sus opiniones pero mantiene su propio criterio. Podría distraerse, cambiar de opinión, pero ellos jamás.

Su escritorio está inmaculado; los reportes de sus jefes de departamento, secretarios o asesores son apilados con prontitud y precisión, cada uno en orden de relevancia y con su respectiva sinopsis. Nadie sabe de antemano cual aprobará o rechazará, ni el orden con que los revisa. Pero si algo no queda suficientemente claro por su escasa experiencia como estadista, el responsable lo sabrá enseguida y sentirá todo el rigor de su desprecio. Desde su incesante autocracia, sabe lo necesario, conoce de cualquier tema a priori y es capaz de reprobar a cualquier experto con un golpe de puño o una mirada certera.

Circulan historias acerca de su avidez por las mujeres jóvenes, en un tiempo cercanas dado que promovía certámenes de belleza. Incluso se ha dicho que abusaba de ellas o las trataba como objetos de uso personal. Pero su séquito ha sido eficiente en acallar tales rumores, minimizando la personalidad de quienes los han propagado o comprando a los medios que difunden tales vituperios. El tirano no puede permitirse distracciones frívolas.

Se considera generoso cuando se ofrece para dar conferencias de prensa. Le disgusta, porque los reporteros suelen ser impertinentes y reiterativos, pero sabe que está al frente y callará a quien lo ofenda; para él son balas de salva, monigotes de bisutería que sus detractores contratan para difamarlo. Pero no lo lograrán, se repite al salir de tales apariciones públicas, los códigos nucleares están bajo su mando.

Ella retira la mano para encender un cigarrillo, pero él la detiene con delicadeza.

  • Espera – le dice seductor, repitiendo la caricia a lo largo de su antebrazo desnudo.
  • Me vulneras con tus besos – insiste ella, sobrecogida con su propia elección de palabras.

Sin decirlo, ambos saben que la noche los aguarda, mientras un sudor fino recorre su vientre y son ternura que mansamente se incorpora.

En otro balcón, al amago de sus críticos, de espaldas al mármol blanco que engalana su baluarte, el dictador aspira el aire frío de la noche y medita. Se advierte cansado y satisfecho; observa el parpadeo de las luces distantes y se sabe dueño absoluto, el elegido, el patricio inobjetable. No podrá descansar del todo, por supuesto, pero habrá que reunir fuerzas para aplastar a los que siguen.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s