A esta temprana hora, mi primer paciente entra taciturno y se reclina cómodamente en el reposet, junto al calentador.

Es un hombre de pocas palabras, con el cabello entrecano, mal cortado, de rostro apacible y cejas abundantes. Sus manos anchas y morenas toman el descansabrazo como si fuese a despegar. Estira las piernas y afloja los zapatos. Con esa mirada triste que lo prefigura, inicia su relato.

Hace exactamente cuarenta y tres años llegué a la isla. Poco más que adolescente, me había despedido de un antiguo amor el día de su cumpleaños. Una vez que se marcharon sus invitados, nos quedamos rememorando con lo que quedaba de vino en las copas. La inminente separación nos jugó una mala pasada. De los besos y las caricias pasamos a la desnudez sin reparos. Ella me abrió el cuerpo dulcemente y yo penetré en aquella humedad trasponiendo fronteras hasta que nos despertó la ventisca invernal. Casi no cruzamos palabra, fue como un llanto de despedida, vertido en piel y deseo.

La noche de mi partida, me alcanzó en el muelle. No he reglado, me dijo a contramano. Supondrá usted que me dejó atónito, y con abundante malicia, que me he reprochado desde entonces, le pregunté si era mío. La bofetada no se hizo esperar. Subí al barco avergonzado, presa de una migraña que duró todo el trayecto, sin saber aún si el destino se había torcido para siempre. Traté de concentrarme en el mar oscuro, el ritmo acompasado de las nubes, pero me oprimía la culpa y el miedo.

Lo miro detenidamente, me ha robado la atención, así que dejo calladamente mi instrumental en manos de la enfermera.

Apenas despuntaba el día cuando entramos al puerto. Pensé en Itaca, le aseguro, quizá como un reflejo en contra de lo que venía sintiendo. Una blanda neblina cubría las casas próximas al embarcadero, los pocos marineros que atracaban nuestro navío cantaban entre dientes un salmo ininteligible; era como una aparición, otro mundo, inhóspito y extraño.

Teníamos ya ubicado el pueblo donde nos habían contratado. Tres jóvenes universitarios sin idea del campo y destilando ingenuidad entre los cabellos hirsutos y la ropa sucia. Pablo era un dechado de melancolía, sumergido en Rimbaud y su fobia a cualquier afecto. Pedro era burdo y oportunista, pero sabía abrir puertas como un ladrón de coyunturas. Quedaba yo, con mi sorpresa y puerilidad a cuestas.

Abordamos el desvencijado tren que sería nuestro transporte habitual y desmontamos en aquella casucha de dos pisos que teníamos prometida en alquiler. Los pueblerinos se sintieron invadidos y nos tomó varias semanas convencerlo de nuestra inocuidad.

Eran épocas donde los almendros de nata (como señalara para la posteridad Miguel Hernández) cubrían el horizonte y su olor despejaba cualquier gripe. Trabajábamos de sol a sol, literalmente, desbrozando olivos y haciendo fardos de madera fresca para la construcción. En dos meses embarnecí como nunca; mi espalda de hierro, eclipsada por el sol, era orgullo entre los campesinos. A media mañana nos sentábamos a la sombra de una higuera para comer pan con embutidos y beber agua del pozo, cuya frescura era toda una tregua.

La mujer a cargo de la finca y de procuramos una sencilla dieta a fuerza de sopas de pan y pollo magro, desafiaba al tiempo. Me despertaba invariablemente con un grito y me urgía a acompañarla a recoger los huevos que habían puesto las aves de corral durante la noche. Creo que en esa cotidianidad me tomó un cierto cariño maternal, pero no lo expresó jamás, ni aún cuando partimos a trabajar en la cosecha de patatas, más lucrativa y menos demandante. Su esposo, un viejo de roble, conducía el tractor e imponía un toque de seriedad a nuestra bucólica aventura. Hablaba con los ojos, y bastaba. Los vi por última vez recortados contra aquellos ancestrales muros de arcilla, bajo la silueta del peñasco que trepamos con tanta euforia; ella con sus trapos de cocina, atenazada; él, indiferente y dándonos la espalda.

Recorrimos la costa oeste de punta a punta cuando apenas llegaban los artistas y bohemios a enturbiar el mercado inmobiliario. Dejé la juventud en aquellas playas y, contrario a mi naturaleza, me enamoré del paisaje, sin despreciar a las pocas lugareñas que me sabían de paso.

Dormí en cuevas, celebré la procesión de Semana Santa en un bellísimo enclave de balcones abiertos donde un virtuoso pianista escupió su tuberculosis y recé entre cartujos para afianzar mi futuro. Créame, no hay nostalgia suficiente para englobar esas imágenes.

Pensé que notaba una sonrisa desde su boca enjuta, pero me engaño, ha vuelto a desplomarse en sus recuerdos.

La aguja penetra en la vena dilatada, una mueca de dolor, que pasa inadvertida. La enfermera ha preparado la solución bajo mi tutela de reojo; sabe perfectamente que la dosis y la mezcla deben ser impecables. En este aposento se dirime la muerte, no hay resquicios. De tanto en cuanto repito la frase de Escipión a mis subalternos: Turpe est in re militari dicere non putaram (“en avatares de guerra es torpe decir que no lo había anticipado”).

La terapia biológica irrumpe en el cuerpo sin discriminar; buscamos las metástasis, es cierto, pero se nos anteponen los tejidos sanos, que caen abatidos en mayor o menor grado. La analogía con los despliegues militares es inevitable.

Mi enfermo ablanda el seño y retoma su monólogo.

Me lastimó abandonar ese mar apacible, lo agreste combinado con lo rústico. La candidez de esa gente envuelta en mantos negros desde el medioevo. El silencio de sus ademanes exentos de codicia. Sus calles apenas transitadas, sus hogares lóbregos pero asimismo francos. Los pinares que resguardaban aquella arena impoluta, que poco después habrán sido talados por la gula del turismo.

Herido tras un accidente, regresé a la ciudad de origen. En una habitación polvosa, al amago de la luz vespertina y las oteadas indiscretas, abracé su torso satinado y desandé el camino para siempre. Tengo impreso aquel momento en la memoria, porque esa casa vacía nos había visto florecer y hacernos uno: ella obrera, de caderas amplias y labios rollizos, que reverencié hasta olvidarla.

Sé que usted no cree en esas cosas, el escepticismo fatuo del científico. Pero estoy convencido de que mi tumor mana de esas pérdidas, algo tan atávico como las mutaciones del gen von Hippel-Lindau. ¿Lo impresioné, no es así? En efecto, doctor, somos cuerpo y mente indisolublemente encadenados. ¿Porqué dudar que morir un poco de amor, golpe tras golpe, nos hace vulnerables al cáncer?

Admito que estuve a punto de argüir diversos mecanismos fisiopatológicos, el enigma de la psicoinmunología, pero afortunadamente me contuve. El silencio nos vino bien. Contemplamos juntos cómo caía el líquido, por mi parte simulando un conteo de las gotas por minuto, y él, apacible, como si esa catarsis hubiese devuelto algo de resplandor a su agonía.

PD. Esta semana, entre desplantes psicóticos de Trump, vale la pena leer la revisión del New England Journal of Medicine; que ilustra con un rayo de optimismo el tratamiento del cáncer de riñón. (Systemic Therapy for Metastatic Renal-Cell Carcinoma. Toni K. Choueiri, M.D., and Robert J. Motzer, M.D. N Engl J Med 2017; 376:354-366 (January 26, 2017)

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