Estos últimos días hemos leído historias atroces. Nosotros que no conocemos el exilio ni la guerra.

Narraciones de mujeres deportadas porque buscaban un futuro menos sombrío para sus hijos. Hombres que se ahogaron por montones en ese mar que separa la muerte de la esperanza. Niños que piden comida entre las rejas o intentan salvar los muros que construye la ignominia.

No se trata de 1942 ni de la Polonia ocupada, estamos leyendo los diarios de este perturbador 2017.

Son sitios donde se ha perdido la frontera de la cordura y la violencia adquiere proporciones de crueldad inusitada. Se asesina sin emoción y justificadamente. El otro, el distinto es la presa y no hay tregua para someterlo al encarnizamiento y verlo aniquilado, borrado de toda memoria.

Hace algunos años, mi padre nos invitó (a mi hermano, también Psicoanalista, y a mí) a colaborar en lo que pudo ser su testimonio de lucha. Redactó el primer ensayo intitulado “Los otros musulmanes” que, con ciertas modificaciones, publicamos como homenaje a su preocupación intelectual en la segunda edición de mi libro “Las voces del cuerpo (2013)”.

En tal ensayo se describe con elocuencia la vejación a la que fueron sistemáticamente sometidos los presos de los Lager Nazis. Nunca antes en la historia se había reducido la humanidad a ese desprecio, a esa bajeza que incluía empujar niños y mujeres a las cámaras de gas, recoger sus cadáveres, mutilarlos y arrancarles los dientes para fundir el oro que contenían. Separar las cenizas y contar los fémures después de quemarlos en sendas hogueras (y dividir la cifra en dos) para llevar la cuenta.

Cuando se consensó la “Solución Final” durante el aquelarre de Wannsee (Enero de 1942), los asistentes terminaron fumando habanos Davidoff y brindando con toda frivolidad, mientras comentaban los recientes avances del frente oriental que acabaría a la par con la amenaza bolchevique.

Encabezados por el SS-Obergruppenführer Heydrich – más tarde “reconocido” como el carnicero de Praga – acudieron los altos dirigentes de la Schutzstaffel, la Sipo, la Gestapo y los ministros de los territorios ocupados (entre ellos, los infames Adolf Eichmann y Heinrich Müller). El ambiente era de camaradería y germánica eficiencia.

Una de las charlas, entre el perfume del humo y el paladeo del armagnac, discurría así:

Mayor de la SS Rudolf Lange – Entiendo que se ha adoptado ya una decisión racional respecto de los niños.

Gauleiter Alfred Meyer – Sí, claro. Los bebés de brazos se alzarán y buscarán venganza en 1963. De la misma forma, la justificación para las mujeres menores de cuarenta y cinco es que podrían estar embarazadas. Y para las viejas…Kurs, ya que estamos en ello.

No había nada que objetar: todos los judíos, esa raza abyecta, serían eliminados sin miramientos. El dictamen incluía los Países Bajos, Francia y todos los países asimilados al Tercer Reich al oriente del Rhin. Se discutieron con detalle los métodos de exterminio bajo criterios socioeconómicos y la planificación de las deportaciones. Se analizó con sobriedad la necesaria ampliación de los campos de concentración en Chelmo, Sobibór, Treblinka, Belzec y Auschwitz-Birkenau. El trazado de líneas férreas que condujeran a esos Lager y ante todo, la implementación de un método de aniquilamiento eficiente y rápido. El Zyklon B (cianuro hidrogenado, HCN) había sido probado con éxito en Auschwitz 1 en Septiembre de 1941 para sofocar a 600 prisioneros de guerra soviéticos y a 250 “indeseables” enfermos, como consta en el informe redactado por Kurt Gerstein, jefe de los Servicios Técnicos de Desinfección de la SS.

Una vez satisfechos, los Kapos se despidieron para poner manos a la obra. Eichmann les había dado la confianza de que todos los trenes llegarían a tiempo y con volúmenes suficientes de deportados para optimizar los recursos del Reich. Por su parte, Otto Hofmann, jefe de la Oficina Central de Raza y Asentamientos, garantizó la provisión de fuerza de trabajo, dado que, con la dieta asignada de 300 a 600 kcal, un adulto podía rendir escasamente tres meses, antes de caer fulminado.

Acto seguido, las fauces del infierno se abrieron en Europa. Los ghettos se demolieron, sin importar quien quedaba oculto en los desvanes o subterfugios malolientes. Uno a uno los vagones se llenaron de mujeres y hombres macilentos, atemorizados y conducidos con la promesa de trabajo en el Este (Arbeit Macht Frei rezaba el frontispicio de Auschwitz).

Al apearse, los hambrientos se identificaban con sus tarjetas de racionamiento y se les ofrecía un baño antes de pasar a sus “aposentos”. Gradualmente, el rumor se diseminó: nadie volvía de aquellas excursiones a la tierra prometida.

Quizá fue la indiscreción de los Sonderkommandos – esos que habían perdido el alma (los Geheimnistrager, portadores de secretos) -, presos asignados a conducir los rebaños de deportados hacia las cámaras de gas, para después seleccionar los cadáveres, desdentarlos y trasquilarlos, antes de apilarlos en piras incendiarias. Grandes hogueras aceitadas con la ínfima grasa humana que desprendían los cuerpos y cuya fetidez recogían todos los aires por muchos kilómetros a la redonda.

Los doctores de la Schutzstaffel, con la venia del Reichsführer, habían dado la orden expresa de que los niños, las doncellas vírgenes y los hombres más fornidos debían ser reclutados para sus experimentos biológicos. El SS-Standorstarzt Eduard Wirths seleccionó a Josef Mengele para probar sus tesis eugenésicas en gemelos, a quienes inyectaba diferentes colorantes en los ojos y cercenaba para verificar su existencia independiente.

Asignó por igual al Dr. Sigmund Rascher para probar la tolerancia a hipotermia en prisioneros de guerra y judíos polacos a fin de ofrecer alternativas a los soldados que combatían en la tundra gélida de Rusia. También en Dachau, Ravensbrück y Buchenwald, los doctores Carl Clauberg y Hans Eppinger inocularon diferentes microorganismos en sujetos sanos para valorar los efectos de sus inmunizaciones, además de esterilizar – en el espacio de cuatro años – a un cuarto de millón de personas (judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados) bajo diferentes métodos irreversibles y frecuentemente letales.

Las pruebas de inmersión y de altitudes extremas, así como la ingestión o inhalación de diferentes venenos con propósitos de defensa fueron avalados incluso frente al tribunal de Nuremberg, que no podía creer lo que oía de estos pretendidos “científicos”.

Nada comparable se conocía, quizá porque la guerra, que nunca fue galante, cobraba sus víctimas y las enterraba junto con sus delirios, odios y remordimientos. Nadie había propuesto una solución sistemática para exterminar a la población civil, por muy detestable que fuese el enemigo o los pueblos conquistados.

La cruzada nacional-socialista abrió para la posteridad la caja de Pandora. Al grado que hoy leemos de prisioneros decapitados, aborrecimientos raciales y matanzas sin atrición en todos los rincones del orbe. Donde alguna vez hubo fuego (llámese ocupación y vasallaje), cenizas quedan. Incandescentes, listas para prender el estrago de nuevo.

Nos queda en la penumbra la reflexión que cierra el texto de mi difunto padre: “Por las razones éticas más fundamentales que sirven de argamasa a la urdimbre social, no debemos permitir que tales imágenes se borren ni que llegue a olvidarse lo que sabemos del Holocausto. Los humanos tenemos el deber de mantener un permanente estado de alerta y cobrar conciencia del disgusto, casi ontológico, que produce el advertir que, en condiciones apropiadas, la mayor parte de nosotros somos potencialmente capaces de tan inconmensurable atrocidad”.

Recomiendo la lectura, dolorosa empero apegada a los hechos de:

 Martin Amis. The zone of interest. Vintage, New York 2014.

Robert Jay Lifton. The nazi doctors: medical killing and the psychology of genocide. Basic Books, New York 1988.

Nicholas Stargardt. Witnesses of war: children´s lives under the nazis. Vintage, London 2007.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s