Ha pasado el invierno – al menos en las hojas del calendario – pero aún el césped amanece cubierto de una capa gélida de rocío. Entre los abedules, se cuela una tibieza desde el Vliet que despabila. No trinan las aves, prueba de que la tierra y el cielo continúan en receso.

El más noble de los filósofos (1) se acerca a la ventana con cierta disnea; la tos no cesa y es cada noche más difícil desembarazarse de las flemas. Ha dejado de fumar desde que se instaló la fiebre y la fatiga. Cierto; es doloroso estar vivo pero siempre será un goce constatar el asomo de la primavera.

Por años perteneció a esa comunidad ecléctica de inmigrantes y recuerda como apenas se sostuvo, mientras estudiaba fervientemente a Maimónides, vendiendo papayas y naranjas en su puesto a la orilla del canal de Amsterdam.

¡Qué tiempos aquellos! Justo antes de impartir clases de filosofía en la escuela sabatina y despertar la mirada crítica hacia los apóstatas. La ingenuidad y la precocidad – se dice. Y así, a la distancia, la memoria le depara una sonrisa.

Predicar la tolerancia será acaso mi mejor legado aunque no lo entiendan con sus exégesis o sus prédicas al abismo – piensa, mientras se sustrae la ropa sudorosa y fría.

Lo han denostado por ateo, por preferir la reclusión antes que la tribuna pública. Emigrar es parte también de su linaje. Huir como un marrano de Portugal e instalarse en este país bajo el agua, donde a pesar de todo ha podido florecer a la sombra del cristianismo, ávido de cuestionar los dogmas y la tiranía de las ideas.

Pulir cristales, en la tradición flamenca, ha sido también una dedicación, ésta sin interés comercial, pero que ha contribuido a su sofoco más que todas las injurias.

Atrás quedaron las ofertas académicas; la más jugosa, esa silla vacante en Heidelberg que Leibniz le guardaba, pero ante todo, refulge su convicción de que Dios es una existencia filosófica, y no material como predican los exégetas. Esa sola aseveración le ha costado el ostracismo. Sabe que no verá publicada su “Ética” – le faltará aliento – si bien habrá incriminado a la superstición, traducido a los escolásticos y plasmado su modelo matemático a la vera de Euclides.

Los primeros comerciantes pasan por la calle, repicando con su ruido metálico sobre los adoquines. Exhalan ese vaho diurno que se confunde con la niebla en ascenso. Uno de ellos lo descubre tosiendo y se toca el sombrero con deferencia.

Acaso los hombres sencillos se han mantenido ajenos a la indignación que causó su “Tratado”. El intento vano de divulgarlo desde el anonimato se tomó como un gesto de soberbia y adulteración, cuando su genuina intención fue la de promover el libre pensamiento.

Puede recordar a la letra aquel párrafo que originó la debacle:

Ahora bien, los prejuicios que pretendo rebatir yacen en una piedra angular. A saber, que los hombres suponen que las cosas naturales actúan con un propósito determinado, y dado que reafirman la voluntad divina, Dios es quien dirige toda eventualidad (porque Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre debe venerarlo a cambio). Me pregunto porqué nos adherimos a este prejuicio y lo asumimos de forma inobjetable. Pretendo demostrar que parte de una falacia, tanto como las nociones de bondad y maldad, del mérito y la maleficencia, de la alabanza y la culpa, del orden y la confusión, la belleza y la fealdad, y demás opuestos. Pero este no es lugar para dirimir estas cuestiones desde la mente humana. Basta con afirmar algo que debe ser reconocido a priori: que todos los seres humanos nacen ignorantes de la causa de los fenómenos naturales o existenciales, pero que llevan consigo un deseo de buscar su utilidad. Que pronto se hacen conscientes de sus voluntades y apetitos, si bien permanecen ajenos a las causas por las cuales anhelan o apetecen. En consecuencia, los hombres y mujeres emprenden y hacen cosas que estiman que serán útiles. Así, una vez que obtienen su gratificación, quedan satisfechos y disipan cualquier duda. […] Más aún cuando cada individuo ha descubierto, de acuerdo a su propia naturaleza, y mediante diferentes recursos para alabar a Dios, que Dios lo ama por encima del resto de la Humanidad y que Él sabrá gratificar su avaricia y su gula, el prejuicio se transforma en superstición y con ella pretenden justificar su sentido último” (2).

Dejaron de mirarlo, abjuraron de su amistad y sólo unos cuantos osados (entre ellos, los Colegiados y de Vries) se atrevieron a mantenerlo en correspondencia. Su exilio se acentuó hasta que el silencio se hizo cuerpo y llegó el momento de mudarse.

El edicto del Herem (excomunión rabínica) había sido planteado con el mayor encono. “Maldecido con todos los reniegos del Deuteronomio y la imprecación que Elías pronunciara de los niños blasfemos que son destrozados en pedazos” (3). Por ello se vio obligado a renunciar a su mismísimo nombre y cambiarlo por el portugués Bento, tan chocante como su significado.

Pese a ello, ha sabido mantener un estilo de vida modesto y retirado, se repite, mientras observa con detenimiento los movimientos inquietos de una alondra que pasa de largo. El curso del prodigio asiste a sus propias leyes, sin reparar en los empeños humanos. A lo lejos, Den Haag despierta entre sus tordos y gaviotas, los barcos resoplan y los burócratas se desperezan al unísono con sus perros y gallinas.

  • Es curioso cómo se anima la naturaleza – dice en voz alta – permeada de sencillez y vehemencia propia. Ese dios que imaginamos para apaciguar lo insondable debe recaer en la bondad del hombre y en su merecida frugalidad. Todo lo demás es evanescente y fatuo.

Con un cierto soplo de melancolía, arrastrando los pies, Baruch se encamina a preparar un té verde, recién traído de Groningen, antes de volcarse en su libro póstumo.

La madrugada del 21 de febrero de 1677, Spinoza dejó de respirar. Caía escasa aguanieve y el cielo, en su pesar, no abrió aquel domingo.

 Referencias.

  1. Bertrand Russell. The history of western philosophy. Simon & Schuster / Touchstone. London, 1967.
  2. Baruch Spinoza, Tractatus Theologico-Politicus. Traducido por Samuel Shirley. Leiden: E.J. Brill, 1989.
  3. Martin Stewart. The courtier and the heretic: Leibniz, Spinoza, and the fate of God in the modern world. W.W. Norton & company. New York, 2006.

 

 

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