Acuérdate de Acapulco

Acuérdate de Acapulco

Como se desprende de la Teogonía de Hesíodo, la titán Mnemosyne, inventora del lenguaje, hizo el amor durante nueve noches con Zeus, procreando a las musas que los hombres veneran en su quehacer artístico. En el mito órfico, también Mnemosyne figura como la garante de aquellos que al reencarnar retenían la memoria de su vida previa, a diferencia de quienes bebían del río Lethe y olvidaban todo cuanto habían experimentado y presenciado.

Los recuerdos forman la estructura afectiva del sujeto, al grado que el deterioro cognitivo deja a quien lo padece a merced del instante, con exiguas ataduras emocionales, sin vigencia y sin futuro, presa de un pasado deshilachado y evanescente.

En ese tenor, Freud postuló que la percepción y la memoria son dos polos del aparato psíquico, ungidos por el afecto, que los matiza al tiempo que los mantiene distantes. En aquella disquisición (Carta 52 del 6 de Diciembre de 1896), propuso que nuestra mente está organizada mediante un proceso de estratificación, donde los residuos de nuestros recuerdos son re-transcritos a la luz de nuevas circunstancias, desde la conciencia hasta la vaguedad del universo inconsciente. Pero que en buena medida, los recuerdos que solemos denominar traumáticos se mantienen excluidos de la recapitulación merced a un mecanismo de represión, que puede ser disuelto selectivamente con el trabajo de análisis, siempre y cuando se establezca un vínculo (transferencia de afectos) que permita su reedición sintomática.

Por anacrónico que parezca el método de recostarse en un diván y evocar la infancia, la premisa sigue vigente: no hay recuerdo accesible sin el anzuelo del afecto, no hay conciencia de las lesiones emocionales sin un nuevo amanecer, que disipe la niebla de la represión en pos de una reflexión – a veces súbita, y con frecuencia inexplicable – en el marco de una relación terapéutica, ceñida por la intimidad y la paciencia. Afecto al fin.

Cuando Eufrosina mira por la ventana se ausenta aún más, ha perdido la alegría que tenía impresa en su nombre. La encefalitis herpética le arrestó la memoria y reconoce apenas a sus interlocutores por los labios, que contempla absorta mientras se mueven y no puede descifrar que le insinúan. Las palabras han dejado de tener resonancia en su conciencia. A veces ríe a borbotones y uno espera que regrese de su letargo emocional, pero nada sucede; observa sus manos y vuelve a su rincón al margen del mundo y de las horas.

Sus hijos la observan con una mezcla de devoción y tristeza. Han aprendido a tolerar sus silencios, a indagar en sus ojos grises para trazar un horizonte de nubes que ya no penetran. Ella conserva una belleza tibia, atrayente. Sonríe con delectación cuando prueba un alimento o alguno de sus nietos corre o juguetea en su restringido campo visual. Pero no falta mucho, lo saben como una verdad incontestable que nadie osa proferir. La vida sin conciencia, cuando la percepción se va apagando, es un letargo que abandona el tiempo y que no toma nada aunque lo deja todo.

En línea con esta viñeta desafortunada, que demuestra la fragilidad de nuestra vida interior, un concepto que intriga a los científicos – porque elude toda explicación teleológica – es lo que se ha dado en definir como memoria inmunológica. ¿Dónde recae? ¿Cómo se renueva? ¿Qué instrumentos la seleccionan?

Todos sabemos que una infección o su equivalente atenuado, una vacuna, inducen la generación de anticuerpos que a su vez previenen otra embestida del virus porque lo neutralizan a tiempo. Tan conspicuo es este mecanismo, que se ha establecido como norma de salud pública la inmunización para todos los niños, además de los refuerzos en poblaciones de riesgo (embarazadas, adultos mayores, viajeros, etc.). Nadie objetaría que esta política de salud ha salvado vidas, tanto como ha permitido erradicar epidemias y es la norma que promueve una generación sana. Más aún, es de las pocas estrategias en Medicina que han resultado costo-efectivas sin discusión.

Desde el marco teórico, nos seguimos preguntando dónde radica tal virtud que hace que el repertorio celular sea tan preciso y eficiente. Dado que los anticuerpos son instrumentados por células plasmáticas, diferenciadas en secuencia de linfocitos activados, esa función tiene que asentarse en una población que migra y se replica en compartimentos donde se recluyen los glóbulos blancos y proliferan mediante un mecanismo que denominamos “selección clonal”. Este proceso implica que una célula programada para dar una respuesta específica (por ejemplo, contra el virus de influenza H1N1) se reproduce incesantemente y procrea un linaje con la misma especificidad.

Si bien esta noción es muy aceptada, la demostración experimental de que existen células estratificadas para cumplir su misión de memoria, se ha verificado apenas en unos cuantos laboratorios de biología celular, tal como si fuese una metáfora del sueño. La idea prevaleciente hasta hace unos cuantos años era que los linfocitos T de memoria (positivos para los marcadores CD4, CD25 y CD69), presuntamente activados, están listos desde la médula ósea para incorporarse al torrente sanguíneo y facultar la respuesta inmune ante un nuevo embate infeccioso.

Sin embargo, recientemente se ha confirmado que en realidad tales células T de memoria se encuentran en reposo (fase G0 del ciclo celular) pero que están sensiblemente enriquecidas para reaccionar contra los patógenos que suscitaron su replicación original. Esto demuestra que la versatilidad de nuestra memoria inmunológica radica en la selección clonal, no sólo en el potencial de activación de las células implicadas en la respuesta inmune.

La analogía que deriva de esta minuciosa pesquisa es que guardamos en el bagaje de los recuerdos aquello que capitaliza lo mejor de nuestras capacidades, sea para diferenciarnos del microcosmos que nos rodea o bien para definir nuestra identidad. Nacemos endebles, nos encontramos unos a otros como náufragos del deseo y, ¡ay María Bonita!, recordamos para vivir.

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Tras la oscuridad

Tras la oscuridad

El cerco policiaco no ha podido evitar la partida de curiosos y fotógrafos que se arremolinan ante las cintas amarillas. Entre susurros, se asoman, cada vez más inquietos detrás de los guardias que protegen el perímetro, estirando sus móviles y objetivos para captar la escena distante.

A estas horas, el parque está desierto, máxime con la nevada que se derramó buena parte de la noche. Las huellas, sin embargo, describen un patrón grotesco. Después de dar un sesgo en espiral terminan en dos botas con agujetas sueltas que remedan el cuadro de Magritte “El modelo rojo”. Lo escalofriante – y que atrae todas las miradas y los flashes de los reporteros – es que, en efecto, el rastro está hecho de hemorragia y de las botas roídas emergen, colocados con extremo cuidado, los antepies ensangrentados y mutilados de la víctima.

Escoltado por dos gendarmes, el inspector Llorenç Mestre, presa de visible disgusto, se abre paso entre el gentío. Es un personaje que ha pasado la madurez, cuyos cabellos revueltos y barba rala de tres días delatan su descuido personal. Pese al frío que cala, viste una vieja gabardina con manchas de aceite en las mangas y jeans mal embocados en las botas vaqueras. Las gafas, teñidas bajo el tenue sol de invierno, ocultan los ojos agrietados de la última resaca. Podríamos adivinar su edad y su procedencia, pero es su función escrutadora lo que llama la atención de propios y extraños.

Los policías que lo preceden azuzan a los intrusos.

– A un lado; vamos, vamos..

El detective se deja conducir en silencio, desechando las miradas y los insultos que soterradamente le prodigan. Mide sus pasos, consciente de no modificar la escena del crimen. Lo acompañan las dos policías que forman parte de su equipo. Verónica, una joven de cara ovalada y de cuerpo elástico, que ata su larga melena con una liga y viste chaqueta de cuero. Su belleza desentona peculiarmente con su presencia hostil; planta con energía las botas de montaña muy cerca de su jefe y parece determinada a cualquier cosa. Atrás de ellos, con actitud tímida pero sin dejar de observar cada detalle, le sigue una mujer de unos cuarenta años, poco excedida en carnes, que guarda los puños en el abrigo y va haciendo anotaciones mentales con una inteligencia difícil de sondear. Su cabello trigueño, corto, está peinado con pulcritud bajo el gorro de estambre y es la única con calzado apropiado para la nieve en esa Unidad de Investigación Criminal. Se llama Emilia March, quien funge como brazo derecho del detective y se sabe respetada por todos los superintendentes que han sobrevolado la jefatura.

Hace cuarenta minutos que la brigada forense trabaja en el entorno, recogiendo pruebas, pesquisando huellas dactilares, tomando instantáneas y grabando cada accidente del paisaje invernal. A cargo de los expertos criminalistas está el médico patólogo Isidoro Bonet, un escuálido personaje que ostenta su mostacho entrecano bajo la visera, asomándose sobre el cubrebocas. Su aspecto, camuflado por la indumentaria blanca, es la de un fantasma que se desplaza con sigilo. Al advertir la llegada de la UIC, hace una movimiento enérgico con el brazo para insinuar que su asistente y los demás técnicos abran espacio al inspector.

En un claro del parque, junto al estanque que cubre a retazos una capa de hielo, yace el cuerpo desnudo. La joven está tendida en una estela de sangre y lodo. El cabello rubio, dispuesto en una cresta, ha sido alaciado en mechones; cada punta termina en un pedrusco, una corona siniestra. Los brazos posan suavemente cruzados sobre el torso desnudo, que muestra cierta rigidez azulada y lívida, delatando las horas que han transcurrido desde su deceso. Las facciones están crispadas y los ojos verdes, sin brillo, entreabiertos, reflejan aún el horror de la tortura a la que fue sometida. El sexo está cubierto con un manta negra, dispuesta como un trazo que refulge en la nieve y le otorga un toque de pudor, bizarro contraste con las piernas cercenadas.

Agudo, fiel a su prestigio, el jefe advierte que no hay rastros de asfixia ni otras heridas visibles; el cadáver está exangüe, su asesino la observó largamente mientras se desangraba hasta perder el sentido, y a cuentagotas – latido a latido – también la vida. Mestre se coloca los guantes de látex sin prisa, oteando en torno al cadáver en busca de señales, indicios que permitan intuir los motivos ulteriores del homicida. Nadie osa perturbarlo. Se inclina sobre el cuerpo y, con delicadeza, separa los brazos de la joven para descubrir el pecho, que muestra – ante el espanto de todos los presentes, y clavado a pulso sobre el esternón -un rústico crucifijo de madera.

La literatura no ha descuidado esa atávica curiosidad del ser humano respecto del sadismo y la fascinación por la muerte. ¿Qué motivos subyacen al placer bestial del asesino? ¿Existe un perfil psicológico que define a los criminales que recurren? ¿Qué mensaje se oculta tras los símbolos perversos que dejan a su paso?

La novela negra (el llamado “genre noir” del original francés) data del siglo XVIII, pero fue consagrado por Edgar Allan Poe y sus predecesores británicos. Herederos del misterio gótico y la incipiente ficción detectivesca, tomaron un giro “duro” para incorporar escenas sanguinarias y tramas escurridizas o aleatorias a fin de distraer al lector. La tradición criminal toma las vertientes francesas de la deducción policial y el personaje del comisario huraño, alejado de la sociedad, a veces extravagante pero siempre incisivo y capaz de descifrar la trama más intrincada, con ayuda de interlocutores de soporte que hacen las veces de su alter ego en la conflagración y el desenlace.

Como algunos de sus congéneres, los representantes de esta corriente pueden considerarse modernistas vernáculos, inscritos en la exégesis  del enigma y la búsqueda de culpables detrás de las máscaras sociales y los arquetipos. Con frecuencia derivan en temas de inequidad (racial, sexual o económica), la dilación de la narrativa hacia el evento, el impacto del psicoanálisis en el discurso literario, o las variantes de género y carácter. El crimen suele ser el punto de arranque – diríase  que es casi el pretexto – para descubrir a los personajes en busca de sí mismos bajo el rastro del esquivo perpetrador.

Los más famosos detectives: Maigret, Poirot, Phillip Marlowe, Sam Spade, Adam Dalgliesh y más recientemente, el comisario Adamsberg, Salvo Montalbano, el menudo Verhoeven, Kurt Wallander o Pepe Carvalho, son iconos de las más caprichosas desventuras, cuyos derroteros nos absorben y seducen.

Más aún, la prestigiosa CWA (Crime Writers Association) con sede en Londres, otorga cada año un conjunto de premios a los mejores autores, los relatos más sofisticados  y las novelas debutantes que auguran un éxito editorial. Su recomendación es garantía de una lectura tan inquietante como reveladora.

El culto de la novela negra ha motivado que varios protagonistas tomen su nombre de sendos autores como un merecido homenaje a su creatividad y constancia. Así, el agente Montalbano de Andrea Camilleri deriva del gran Vázquez Montalbán, fallecido en 2003; quien escribió su propia historia al lado del Ejército Zapatista. Me atrevo a sugerir que el comandante Camille Verhoeven toma su nombre de aquel astuto novelista italiano y a mi vez, no sin cierta arrogancia, he bautizado a mi detective a partir del insigne Pierre Lemaitre, maestro del género.

Acaso lo más atractivo de esta narrativa es la convicción de que todo crimen, por atroz o desalmado que parezca, merece perentoriamente un castigo. Y que, contrario a la cruenta realidad que sufrimos a diario, hay un héroe entre nosotros que le devuelve honor a la ley y que nos hace soñar que nos protege.

 

Soylent green

Soylent green

La escena distópica muestra a miles de parias tratando de alcanzar una barra de alimento sintético (la famosa soya verde); unos sobre otros, bestias movidas por la violencia y la inanición. Es una imagen que podríamos calificar de delirante, si no fuera porque anticipa la realidad del siglo XXI.

Exiliados, hambrientos y arrojados al infierno, se vaticina que durante  este 2017 veinte millones de personas (sí, seres humanos como usted y yo, que quieren lo mejor para sus hijos) están en peligro de morir de hambre y abandono. Las escenas de aquella película de 1973 se van a replicar en Somalia, Siria, Sudán, Yemen, Nigeria y los centros de refugiados de Macedonia y Jordania en cuanto azote el verano. Dejará de fluir el agua, la provisión de alimentos será rotundamente insuficiente y el hacinamiento bajo el sol inclemente cobrará vida tras vida entre moscas, ratas y polvo, tierra yerma sin fin. Con menor dramatismo, pero de manera análoga, caerán fulminados numerosos compatriotas en el desierto de Arizona o las llanuras de Texas. Desposeídos corriendo en pos de una ansiada libertad, sueño que termina como esclavitud en los campos de trabajo, si sobreviven.

En materia de salud, el gobierno autócrata de Trump ha implementado la medida más drástica para revertir el flujo migratorio. Al rechazar el programa denominado Obamacare (Affordable Care Act) ha dejado fuera a los pobres y a quienes subsisten en la ilegalidad, ofertándose entre las sombras. Lo revoca una cobertura limitada que les ahorrará millones de dólares a los ricos y que obligará a los que menos tienen a elegir “entre su iPhone o pagar sus consultas médicas” – como dijo con descaro el diputado republicano Chaffetz, cuando lo anunció por televisión nacional.

Es decir, que el futuro de los indigentes en el país más poderoso será un ejemplo de abandono y desinterés para el resto del mundo. Los pobres pueden ser desechados como objetos de segunda mano, y la forma de lograrlo – nada sutil – es hacer cada vez menos accesibles los servicios básicos. ¡Y nos quejamos de los dictadores de otras épocas!

No es infrecuente que algunos médicos que trabajamos en hospitales de alta especialidad en Latinoamérica recibamos pacientes que viven, laboran y pagan impuestos en Estados Unidos, pero que al carecer de cobertura médica, aprovechan sus vacaciones de verano o invierno para visitar al doctor o programar una cirugía electiva. No se trata del idioma o la cultura solamente; el costo de una consulta de especialidad o la adquisición de medicamentos para ellos suele ser inalcanzable. El sistema los acoge, pero los coloca en una categoría más baja, desdeñable.

Aunque nos cueste reconocerlo, la gran mayoría de los exiliados del subdesarrollo que habitan en países del llamado Primer Mundo, se asimilan poco, crean comunidades advenedizas y son vistos siempre como invasores; parásitos a los que hay que tolerar en aras de la “diversidad” o sencillamente porque son una fuerza de trabajo necesaria y barata.

Esas oleadas migratorias han existido desde tiempo inmemorial, y son el resultado (digamos, la tercera ley de Newton) de las colonizaciones que toda fuerza imperial ejerce sobre sus dominios conquistados. Si lo meditan, no son tan diferentes los siervos del Medioevo de los esclavos de las plantaciones de Georgia y Mississippi, como no lo son los campesinos hispanohablantes en California o los meseros de Berlín. Pero nada justifica que una mujer enferma tenga que vender su alma para ser atendida durante el embarazo o si sufre una enfermedad crónica. Ningún niño, en donde quiera que nazca, tiene porqué mendigar su leche o su educación, dejar de recibir inmunizaciones que eviten su muerte prematura o tener que trabajar en la penumbra para subsidiar a su familia.

Hace unos días, un director de escuela nos conminaba a leer el best-seller “Abundance. The future is better than you think” donde los autores (norteamericanos ilustrados, por supuesto) sugieren que pese a los problemas que la revolución tecnológica ha generado (escasez de recursos, calentamiento global, una explosión demográfica que amenaza la producción agrícola y el abastecimiento de fármacos), no debemos ser pesimistas. El mundo está al borde de una explosión científica que resolverá muchos problemas, brindando abundancia a la puerta de los hogares (sic). Los autores definen tal opulencia como “un mundo donde nueve mil millones de personas tendrán acceso a comida nutritiva, agua limpia, vivienda asequible, atención médica de excelencia y energía ubicua no contaminante, así como libertad para alcanzar sus metas sin represión política”.

A partir del libro, publicado en Febrero de 2012, se ha acuñado el término “tecno-optimismo” que seguramente corre como viento fresco en Silicon Valley, Cambridge o Seattle. Se habla de nanotecnología, inteligencia artificial, laptops en cada pupitre y comunicación instantánea, sin cortapisas. Robótica, ahorro de tiempo, energía sustentable, medicina al alcance de todos.

Han pasado cinco años y, de espaldas a tales quimeras, auguramos más carencia, más decesos crueles y encarecimiento de todos los recursos por debajo del Río Bravo y la costa sur del Mediterráneo. Vender optimismo en la actualidad – técnico o metafórico – es prometer un paraíso que está muy lejos de cumplirse. En los arrabales de la Peste Bubónica (siglo XIV) se le llamaba fe y se incitaba a los moribundos o a sus familias aterrorizadas para que se adhirieran a las plegarias y así alejar el cataclismo; mientras los señores feudales se ocultaban en sus castillos rodeados de doncellas vírgenes y viandas recién hervidas para evitar el contagio.

La humanidad ha progresado, cierto, pero con un trazo desigual. En los cinturones de miseria de las grandes urbes, se muere de tuberculosis, SIDA o bronconeumonía. Se vive con obesidad, alcoholismo, diabetes o carcinomas prevenibles. La educación no alcanza, el agua escasea y el transporte es deficiente y atiborrado. No hay forma de comprar una computadora o procurarse una biblioteca mínima, pero el teléfono móvil – en efecto, accesible – es una fuente de adicción y fuga. Entre los jóvenes se roba, se fuma, se padecen infecciones urogenitales y se pierden oportunidades de empleo, en tanto que la diversión recurrente es embriagarse o sumergirse en el aullido deportivo, sin practicarlo. Las áreas verdes son exiguas y rebosan de basura, no hay espacios de ocio seguros y se asesina o se persigue por insignificancias. Se cobra diezmo para “proteger a los negocios del narco” y se distribuyen drogas entre los adolescentes. La miseria entra cada mañana a las vecindades y sale a pulular por la noche entre proxenetas y maleantes.

En estos barrios es insultante preconizar la abundancia. Primero habría que entubar las excretas, garantizar la afluencia de luz y agua potable, pavimentar las calles, regularizar la propiedad y construir centros comunitarios para dirimir los problemas y sanear la criminalidad. El deterioro social es milenario y se multiplica. En todo caso el acopio será una vez más para los acaudalados y de su magnanimidad dependerá que llegue a cuentagotas al resto de los humanos, que sostienen con su ahínco el edificio económico.

Por lo pronto, no se prevé que recurramos al canibalismo (la soya verde era una palanqueta de cadáveres triturados), pero tampoco veremos ese horizonte luminoso que se avizora en MIT o Harvard. La inmensa mayoría de la humanidad subsiste a fuerza de empujones y dentelladas secas, no sentada frente a un pavo relleno que puede compartir.

 

Lugares comunes

Lugares comunes

Este último fin de semana, como tantos otros, leí la nota editorial de Vargas Llosa en El País. Ilustrada con un escorpión a punto de ser aplastado – dudosa expectativa – versaba acerca del populismo creciente en el mundo actual.

Al margen de nuestras diferencias ideológicas (él, Premio Nobel; yo, un indigno mortal) coincido en que los tiranos no son pocos y constituyen una amenaza para todas las sociedades contemporáneas, más aún para los países débiles o aquellos que dependen económicamente de algún imperio.

Donde no concuerdo es en esa pretendida suposición de que el encumbramiento de los dictadorzuelos es un fenómeno contradictorio, como una maldición, algo ajeno a los anhelos democráticos de la mayoría. Me parece en cambio que la tiranía y el populismo son resultado natural del descontento popular, del hartazgo social ante la clase dominante (que se vanagloria en el Olimpo), oportunamente amalgamado por un líder carismático; the right one at the right time. Baste recordar a Elías Canetti con aquella brillante caracterización psicosocial publicada en 1960, “Masse und Macht”.

El ejemplo obvio es el ascenso de Trump, cuyo apellido significa indistintamente triunfo o pedo. Un billonario estridente, fanfarrón y misógino que se jacta de no respetar a ninguna autoridad más que a sí mismo. Que escoge mujeres como si fuesen objetos de cambio, a quienes denigra o desecha. Que produce su propio show de televisión, cínico y reaccionario; y que se aloja en su torre de marfil en la capital del Imperio moderno, Midtown Manhattan.

Durante su campaña dedica todos sus recursos y energía a descalificar a sus contrincantes; por ineficientes, por inocuos, acusándolos de lacayos del sistema o de pusilánimes ante las amenazas – en su mayoría ficticias y exageradas – que se yerguen contra su país. El Estado Islámico tanto como los inmigrantes que roban y asesinan, la usurpación de puestos de trabajo tanto como la avaricia de la industria china, los tratados económicos a la par con el terrorismo internacional.

Poco a poco, su discurso aglutina la inconformidad con la paranoia, y la percepción de que un santuario a prueba de toda inestabilidad no sólo es deseable, sino que es genuinamente posible. En pocas palabras, el ideal se transforma en cumplimiento de deseo. Lo único que se antepone es refrendarlo, votar por él, elegirlo no obstante sus diatribas y disparates. El mesías económico, el que devolverá a sus paisanos la titularidad y el respeto que merecen.

Hemos escuchado repetidamente que Trump no ganó el voto popular, que fue el sistema anómalo de votos electorales lo que le permitió hacerse con la presidencia. Por el contario, ganó con toda la fuerza y el estrépito que le proveyeron la prensa y la televisión, con el refrendo de sus compromisarios que lo alababan en letreros, símbolos, gorras y camisetas. Make America great again no fue sólo un eslogan, fue la causa y el motivo, la voz que se gritaba y se susurraba, la que se temía pero a la vez se deseaba sin objeciones.

Me parece además que es una trampa necia querer asimilar a este déspota con Hitler, Stalin o Nerón, para fines prácticos. Lo único que tienen en común es la autocracia, pero se entronizaron en circunstancias sociales y épocas muy distintas. Los dos primeros aupados por sus partidos para erigirse en salvadores – del sometimiento o la confusión política -, pero ante todo pertrechados por guardias pretorianas que garantizaron su ascenso. Parecido a Tiberio Claudio Nerón quizá, salvo por las manos sucias de Agripina y la conflagración de Gaio Ofonio Tigellino.

Es verdad que hay lugares comunes, pero lo más constante es la necesidad de las masas por verse legitimadas y arrastradas en un clamor unísono. Los convoco a pensar en los rallies republicanos tanto como en las arengas de Nuremberg o las adoraciones públicas de los líderes religiosos. Dentro de la masa, parafraseando a Canetti, las personas no son adversarios o entes distintos, que privatizan su espacio en relación al otro. Se constituyen inconscientemente en aliados – motivados por la música, el color y los símbolos de pertenencia – cuyas emociones se dirigen y descargan contra un enemigo común. Como omnívoros, carnívoros deseantes, los seres humanos queremos devorar, destrozar, comernos al que se nos opone, insiste Canetti. Los dientes son un arquetipo de poder y sus atributos – la mordida, la gesticulación y la mandíbula apretada – son la metáfora actuante del orden y el dominio.

Más que un antídoto para combatir nuestros temores y aislamiento, la masa es una poderosa fuerza ecualizadora y reivindicativa.

El insigne autor alemán, también Premio Nobel, formula cuatro atributos propios de las masas. A saber:

  • 1. La masa necesita crecer. Carece de límites naturales y propugna por su expansión y proselitismo.
  • 2. Dentro de la masa hay igualdad. Las diferencias individuales se diluyen. De hecho todas las teorías democráticas y de justicia, a que tanto apelamos, derivan de la experiencia masiva y su legitimación.
  • 3. La masa venera la densidad. Nunca es suficiente, nada la divide, mientras más espesa se percibe más vigorosa y opulenta.
  • 4. La multitud necesita una directriz. Está en movimiento y requiere descargar su potencial en alguna dirección. Si tal vector se dirige en contra de un enemigo virtual o construido, la masa responde como un todo, sin chistar, sin recular.

Podemos suponer que los líderes no necesariamente conocen estas variantes psicodinámicas, pero sus ideólogos las ven, las intuyen y las instrumentan. Piensen en Joseph Goebbels, Georgy Aleksandrov o, para aterrizar en nuestro tiempo, en Steve Bannon, el más cercano asesor de Trump.

El temor que ha despertado en los cinco continentes este inicuo hombre de negocios armado con misiles nucleares; este repulsivo gobernante que despierta atravesado por delirios paranoicos, ratifica la poca fe que nos tenemos como individuos pensantes.

Es difícil postular en este momento que personajes como Marine Le Pen, Geert Wilders, Norbert Hofer o el mismo Trump se perderán en las aguas revueltas de su propia demencia racista. Me temo que vendrán otros – siempre – que sepan apelar a la rabia inconsciente que yace en todo sujeto cuando no está satisfecho.

Un fantasma recorre el mundo: la ignorancia…y cabalga sobre el corcel de la manipulación mediática. Contrario a lo que dicta nuestra ingenuidad, el populismo no será derrotado por los hechos o el retorno triunfante de la democracia. En cada hombre y mujer está el sueño, el ideal de verse perennemente ahíto. ¿Porqué habríamos de rechazar las gratificaciones y las promesas, cuando nos devuelven a ese estado de goce donde todo nos ha sido dado?