La escena distópica muestra a miles de parias tratando de alcanzar una barra de alimento sintético (la famosa soya verde); unos sobre otros, bestias movidas por la violencia y la inanición. Es una imagen que podríamos calificar de delirante, si no fuera porque anticipa la realidad del siglo XXI.

Exiliados, hambrientos y arrojados al infierno, se vaticina que durante  este 2017 veinte millones de personas (sí, seres humanos como usted y yo, que quieren lo mejor para sus hijos) están en peligro de morir de hambre y abandono. Las escenas de aquella película de 1973 se van a replicar en Somalia, Siria, Sudán, Yemen, Nigeria y los centros de refugiados de Macedonia y Jordania en cuanto azote el verano. Dejará de fluir el agua, la provisión de alimentos será rotundamente insuficiente y el hacinamiento bajo el sol inclemente cobrará vida tras vida entre moscas, ratas y polvo, tierra yerma sin fin. Con menor dramatismo, pero de manera análoga, caerán fulminados numerosos compatriotas en el desierto de Arizona o las llanuras de Texas. Desposeídos corriendo en pos de una ansiada libertad, sueño que termina como esclavitud en los campos de trabajo, si sobreviven.

En materia de salud, el gobierno autócrata de Trump ha implementado la medida más drástica para revertir el flujo migratorio. Al rechazar el programa denominado Obamacare (Affordable Care Act) ha dejado fuera a los pobres y a quienes subsisten en la ilegalidad, ofertándose entre las sombras. Lo revoca una cobertura limitada que les ahorrará millones de dólares a los ricos y que obligará a los que menos tienen a elegir “entre su iPhone o pagar sus consultas médicas” – como dijo con descaro el diputado republicano Chaffetz, cuando lo anunció por televisión nacional.

Es decir, que el futuro de los indigentes en el país más poderoso será un ejemplo de abandono y desinterés para el resto del mundo. Los pobres pueden ser desechados como objetos de segunda mano, y la forma de lograrlo – nada sutil – es hacer cada vez menos accesibles los servicios básicos. ¡Y nos quejamos de los dictadores de otras épocas!

No es infrecuente que algunos médicos que trabajamos en hospitales de alta especialidad en Latinoamérica recibamos pacientes que viven, laboran y pagan impuestos en Estados Unidos, pero que al carecer de cobertura médica, aprovechan sus vacaciones de verano o invierno para visitar al doctor o programar una cirugía electiva. No se trata del idioma o la cultura solamente; el costo de una consulta de especialidad o la adquisición de medicamentos para ellos suele ser inalcanzable. El sistema los acoge, pero los coloca en una categoría más baja, desdeñable.

Aunque nos cueste reconocerlo, la gran mayoría de los exiliados del subdesarrollo que habitan en países del llamado Primer Mundo, se asimilan poco, crean comunidades advenedizas y son vistos siempre como invasores; parásitos a los que hay que tolerar en aras de la “diversidad” o sencillamente porque son una fuerza de trabajo necesaria y barata.

Esas oleadas migratorias han existido desde tiempo inmemorial, y son el resultado (digamos, la tercera ley de Newton) de las colonizaciones que toda fuerza imperial ejerce sobre sus dominios conquistados. Si lo meditan, no son tan diferentes los siervos del Medioevo de los esclavos de las plantaciones de Georgia y Mississippi, como no lo son los campesinos hispanohablantes en California o los meseros de Berlín. Pero nada justifica que una mujer enferma tenga que vender su alma para ser atendida durante el embarazo o si sufre una enfermedad crónica. Ningún niño, en donde quiera que nazca, tiene porqué mendigar su leche o su educación, dejar de recibir inmunizaciones que eviten su muerte prematura o tener que trabajar en la penumbra para subsidiar a su familia.

Hace unos días, un director de escuela nos conminaba a leer el best-seller “Abundance. The future is better than you think” donde los autores (norteamericanos ilustrados, por supuesto) sugieren que pese a los problemas que la revolución tecnológica ha generado (escasez de recursos, calentamiento global, una explosión demográfica que amenaza la producción agrícola y el abastecimiento de fármacos), no debemos ser pesimistas. El mundo está al borde de una explosión científica que resolverá muchos problemas, brindando abundancia a la puerta de los hogares (sic). Los autores definen tal opulencia como “un mundo donde nueve mil millones de personas tendrán acceso a comida nutritiva, agua limpia, vivienda asequible, atención médica de excelencia y energía ubicua no contaminante, así como libertad para alcanzar sus metas sin represión política”.

A partir del libro, publicado en Febrero de 2012, se ha acuñado el término “tecno-optimismo” que seguramente corre como viento fresco en Silicon Valley, Cambridge o Seattle. Se habla de nanotecnología, inteligencia artificial, laptops en cada pupitre y comunicación instantánea, sin cortapisas. Robótica, ahorro de tiempo, energía sustentable, medicina al alcance de todos.

Han pasado cinco años y, de espaldas a tales quimeras, auguramos más carencia, más decesos crueles y encarecimiento de todos los recursos por debajo del Río Bravo y la costa sur del Mediterráneo. Vender optimismo en la actualidad – técnico o metafórico – es prometer un paraíso que está muy lejos de cumplirse. En los arrabales de la Peste Bubónica (siglo XIV) se le llamaba fe y se incitaba a los moribundos o a sus familias aterrorizadas para que se adhirieran a las plegarias y así alejar el cataclismo; mientras los señores feudales se ocultaban en sus castillos rodeados de doncellas vírgenes y viandas recién hervidas para evitar el contagio.

La humanidad ha progresado, cierto, pero con un trazo desigual. En los cinturones de miseria de las grandes urbes, se muere de tuberculosis, SIDA o bronconeumonía. Se vive con obesidad, alcoholismo, diabetes o carcinomas prevenibles. La educación no alcanza, el agua escasea y el transporte es deficiente y atiborrado. No hay forma de comprar una computadora o procurarse una biblioteca mínima, pero el teléfono móvil – en efecto, accesible – es una fuente de adicción y fuga. Entre los jóvenes se roba, se fuma, se padecen infecciones urogenitales y se pierden oportunidades de empleo, en tanto que la diversión recurrente es embriagarse o sumergirse en el aullido deportivo, sin practicarlo. Las áreas verdes son exiguas y rebosan de basura, no hay espacios de ocio seguros y se asesina o se persigue por insignificancias. Se cobra diezmo para “proteger a los negocios del narco” y se distribuyen drogas entre los adolescentes. La miseria entra cada mañana a las vecindades y sale a pulular por la noche entre proxenetas y maleantes.

En estos barrios es insultante preconizar la abundancia. Primero habría que entubar las excretas, garantizar la afluencia de luz y agua potable, pavimentar las calles, regularizar la propiedad y construir centros comunitarios para dirimir los problemas y sanear la criminalidad. El deterioro social es milenario y se multiplica. En todo caso el acopio será una vez más para los acaudalados y de su magnanimidad dependerá que llegue a cuentagotas al resto de los humanos, que sostienen con su ahínco el edificio económico.

Por lo pronto, no se prevé que recurramos al canibalismo (la soya verde era una palanqueta de cadáveres triturados), pero tampoco veremos ese horizonte luminoso que se avizora en MIT o Harvard. La inmensa mayoría de la humanidad subsiste a fuerza de empujones y dentelladas secas, no sentada frente a un pavo relleno que puede compartir.

 

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