El cerco policiaco no ha podido evitar la partida de curiosos y fotógrafos que se arremolinan ante las cintas amarillas. Entre susurros, se asoman, cada vez más inquietos detrás de los guardias que protegen el perímetro, estirando sus móviles y objetivos para captar la escena distante.

A estas horas, el parque está desierto, máxime con la nevada que se derramó buena parte de la noche. Las huellas, sin embargo, describen un patrón grotesco. Después de dar un sesgo en espiral terminan en dos botas con agujetas sueltas que remedan el cuadro de Magritte “El modelo rojo”. Lo escalofriante – y que atrae todas las miradas y los flashes de los reporteros – es que, en efecto, el rastro está hecho de hemorragia y de las botas roídas emergen, colocados con extremo cuidado, los antepies ensangrentados y mutilados de la víctima.

Escoltado por dos gendarmes, el inspector Llorenç Mestre, presa de visible disgusto, se abre paso entre el gentío. Es un personaje que ha pasado la madurez, cuyos cabellos revueltos y barba rala de tres días delatan su descuido personal. Pese al frío que cala, viste una vieja gabardina con manchas de aceite en las mangas y jeans mal embocados en las botas vaqueras. Las gafas, teñidas bajo el tenue sol de invierno, ocultan los ojos agrietados de la última resaca. Podríamos adivinar su edad y su procedencia, pero es su función escrutadora lo que llama la atención de propios y extraños.

Los policías que lo preceden azuzan a los intrusos.

– A un lado; vamos, vamos..

El detective se deja conducir en silencio, desechando las miradas y los insultos que soterradamente le prodigan. Mide sus pasos, consciente de no modificar la escena del crimen. Lo acompañan las dos policías que forman parte de su equipo. Verónica, una joven de cara ovalada y de cuerpo elástico, que ata su larga melena con una liga y viste chaqueta de cuero. Su belleza desentona peculiarmente con su presencia hostil; planta con energía las botas de montaña muy cerca de su jefe y parece determinada a cualquier cosa. Atrás de ellos, con actitud tímida pero sin dejar de observar cada detalle, le sigue una mujer de unos cuarenta años, poco excedida en carnes, que guarda los puños en el abrigo y va haciendo anotaciones mentales con una inteligencia difícil de sondear. Su cabello trigueño, corto, está peinado con pulcritud bajo el gorro de estambre y es la única con calzado apropiado para la nieve en esa Unidad de Investigación Criminal. Se llama Emilia March, quien funge como brazo derecho del detective y se sabe respetada por todos los superintendentes que han sobrevolado la jefatura.

Hace cuarenta minutos que la brigada forense trabaja en el entorno, recogiendo pruebas, pesquisando huellas dactilares, tomando instantáneas y grabando cada accidente del paisaje invernal. A cargo de los expertos criminalistas está el médico patólogo Isidoro Bonet, un escuálido personaje que ostenta su mostacho entrecano bajo la visera, asomándose sobre el cubrebocas. Su aspecto, camuflado por la indumentaria blanca, es la de un fantasma que se desplaza con sigilo. Al advertir la llegada de la UIC, hace una movimiento enérgico con el brazo para insinuar que su asistente y los demás técnicos abran espacio al inspector.

En un claro del parque, junto al estanque que cubre a retazos una capa de hielo, yace el cuerpo desnudo. La joven está tendida en una estela de sangre y lodo. El cabello rubio, dispuesto en una cresta, ha sido alaciado en mechones; cada punta termina en un pedrusco, una corona siniestra. Los brazos posan suavemente cruzados sobre el torso desnudo, que muestra cierta rigidez azulada y lívida, delatando las horas que han transcurrido desde su deceso. Las facciones están crispadas y los ojos verdes, sin brillo, entreabiertos, reflejan aún el horror de la tortura a la que fue sometida. El sexo está cubierto con un manta negra, dispuesta como un trazo que refulge en la nieve y le otorga un toque de pudor, bizarro contraste con las piernas cercenadas.

Agudo, fiel a su prestigio, el jefe advierte que no hay rastros de asfixia ni otras heridas visibles; el cadáver está exangüe, su asesino la observó largamente mientras se desangraba hasta perder el sentido, y a cuentagotas – latido a latido – también la vida. Mestre se coloca los guantes de látex sin prisa, oteando en torno al cadáver en busca de señales, indicios que permitan intuir los motivos ulteriores del homicida. Nadie osa perturbarlo. Se inclina sobre el cuerpo y, con delicadeza, separa los brazos de la joven para descubrir el pecho, que muestra – ante el espanto de todos los presentes, y clavado a pulso sobre el esternón -un rústico crucifijo de madera.

La literatura no ha descuidado esa atávica curiosidad del ser humano respecto del sadismo y la fascinación por la muerte. ¿Qué motivos subyacen al placer bestial del asesino? ¿Existe un perfil psicológico que define a los criminales que recurren? ¿Qué mensaje se oculta tras los símbolos perversos que dejan a su paso?

La novela negra (el llamado “genre noir” del original francés) data del siglo XVIII, pero fue consagrado por Edgar Allan Poe y sus predecesores británicos. Herederos del misterio gótico y la incipiente ficción detectivesca, tomaron un giro “duro” para incorporar escenas sanguinarias y tramas escurridizas o aleatorias a fin de distraer al lector. La tradición criminal toma las vertientes francesas de la deducción policial y el personaje del comisario huraño, alejado de la sociedad, a veces extravagante pero siempre incisivo y capaz de descifrar la trama más intrincada, con ayuda de interlocutores de soporte que hacen las veces de su alter ego en la conflagración y el desenlace.

Como algunos de sus congéneres, los representantes de esta corriente pueden considerarse modernistas vernáculos, inscritos en la exégesis  del enigma y la búsqueda de culpables detrás de las máscaras sociales y los arquetipos. Con frecuencia derivan en temas de inequidad (racial, sexual o económica), la dilación de la narrativa hacia el evento, el impacto del psicoanálisis en el discurso literario, o las variantes de género y carácter. El crimen suele ser el punto de arranque – diríase  que es casi el pretexto – para descubrir a los personajes en busca de sí mismos bajo el rastro del esquivo perpetrador.

Los más famosos detectives: Maigret, Poirot, Phillip Marlowe, Sam Spade, Adam Dalgliesh y más recientemente, el comisario Adamsberg, Salvo Montalbano, el menudo Verhoeven, Kurt Wallander o Pepe Carvalho, son iconos de las más caprichosas desventuras, cuyos derroteros nos absorben y seducen.

Más aún, la prestigiosa CWA (Crime Writers Association) con sede en Londres, otorga cada año un conjunto de premios a los mejores autores, los relatos más sofisticados  y las novelas debutantes que auguran un éxito editorial. Su recomendación es garantía de una lectura tan inquietante como reveladora.

El culto de la novela negra ha motivado que varios protagonistas tomen su nombre de sendos autores como un merecido homenaje a su creatividad y constancia. Así, el agente Montalbano de Andrea Camilleri deriva del gran Vázquez Montalbán, fallecido en 2003; quien escribió su propia historia al lado del Ejército Zapatista. Me atrevo a sugerir que el comandante Camille Verhoeven toma su nombre de aquel astuto novelista italiano y a mi vez, no sin cierta arrogancia, he bautizado a mi detective a partir del insigne Pierre Lemaitre, maestro del género.

Acaso lo más atractivo de esta narrativa es la convicción de que todo crimen, por atroz o desalmado que parezca, merece perentoriamente un castigo. Y que, contrario a la cruenta realidad que sufrimos a diario, hay un héroe entre nosotros que le devuelve honor a la ley y que nos hace soñar que nos protege.

 

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