Más allá del goce

Más allá del goce

Weh spricht: vergeh!

Doch alle lust will ewigkeit-

Will tiefe, tiefe ewigkeit

[“¡Acaba! Pide el desconsuelo.

Pero quiere todo placer eternidad,

honda, muy honda eternidad”]

Friederich Nietzche

Also sprach Zarathustra

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión –inefable- al cuerpo), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920. Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. (Lacan). No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión.

La experiencia traumática consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a la ética, sino de actuaciones desvinculadas de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarlo en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal y el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. La piel entonces es un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y desde esa concepción metafórica, es permisible entender que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión celular y la ruptura de membranas, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, por anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que Thánatos no tiene porqué cobrarse una víctima más.

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Heart of darkness

Heart of darkness

I once heard a child, who was afraid of the dark,
call into an adjoining room, “Auntie, talk to me,
I am afraid.” “But what good will that do you?
You cannot see me!” Whereupon the child answered,
“If someone speaks, it is brighter.”
Sigmund Freud (1920)

Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
Estamos solos – me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgajada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
– Hace frío, cúbrete bien – le imploro, pero mi voz medrosa no atina a  sosegarla.
– ¿Dónde estamos, Jörgen? – inquiere, a punto de irrumpir en llanto.
– Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros; sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad,  sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, acaso un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación la ve perderse en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga desde del exterior. El deseo persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien – debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo – son más penetrantes y frecuentes en los niños entre 2 y 7 años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y con ello, altera nuestra destreza para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan, e incluso los hoyos negros -otrora tan incógnitos – están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día, salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino esos que salen a poblar nuestro insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos nos acosan.
Si hay algo que nos alienta y nos consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia – o alguien más que ose sustituirla – vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.

Abril

Abril

Caminan solos por el Bois de Bologne, dos figuras tenues bajo la neblina. Los primeros cerezos se desgranan a su paso. Puede sentirse la tibieza del rocío que vaporosamente se disipa. Quizá tiritan un poco, se contienen, igual que la tierra misma que se despereza. El flujo de los autos a lo lejos es un rumor constante, un ronroneo.

– No puedo seguir con esto – dice Henriette, casi un susurro, con el rostro compungido.

Él toma su mano, que se permite el roce, renuente y lánguida a la vez. Se han amado a espaldas del tiempo, por años, con un fervor que no es posible ocultar ni sepultar una vez despierto y delirante.

La mira de reojo, no se atreve a develar su rostro, temiendo un reproche o, peor aún, melancolía. Sin pensarlo, extiende sus dedos toscos entre el cabello de su amada y la gira hacia si, para besarla largamente, como antaño, como anoche.

El vaho de sus alientos se confunde y a la distancia pareciera que se templan a la orilla del aljibe mientras la ciudad calla y espera.

Sin mediar palabra, la despide a las puertas del Marmottan. Los nenúfares abrigarán sus noches y sus días soleados, darán textura a las tardes de lluvia y color a las nubes cuando lo añore.

James volverá a Tibbee Creek – donde un científico negro no pasa desapercibido – a mirar desde su ventana los lirios bajo el sol inclemente del verano.

En las dilatadas tardes de Mississippi buscará referencias de su cuerpo volátil y de su risa ausente. Paseará su soledad a la vera de los álamos y los corredores tempraneros; las manos en los bolsillos y la mente en Giverny, junto al caballete de Monet, donde la descubrió absorta – casi una niña – ante el estanque.

Entonces pasearon como viejos conocidos por la calle emblemática del pintor, entre turistas, tenderos y souvenirs baratos; se detuvieron sobre los puentes para contemplar el Epte con esa placidez que invita a pintarlo. Ella con su mal inglés, él con su precaria noción de la catedral de Rouen, asediado por preguntas. Henriette fue su guía, su portal hacia el arte difuso del Impresionismo, que James buscaba como refugio del infierno de Vietnam, de aquel mundo suyo ininteligible y convulso.

Un muchacho del paupérrimo sur solamente podía educarse en la milicia. Con las heridas frescas de la barbarie y el napalm, habiendo ingerido ácido lisérgico entre las cañadas del Mekong, alucinado por aquellos crímenes inicuos, se hizo ingeniero de aguas y volvió a bregar entre caimanes por un tiempo.

Extraña paradoja, Henriette perdía a su padre ahogado por el alcohol y la decepción de la posguerra; mientras ella accedía a una apurada educación en Caen para salvarse del suicidio. Tenía apenas diecisiete años cuando se enamoró de ese hombre de color, fornido, taciturno y lastrado de cicatrices.

Bastaron pocas jornadas de flirteo y de sorpresa mutua. En un modesto hostal de Saint-Just, a medio camino entre su pueblo y las ninfas acuáticas, hicieron el amor como dos náufragos, ávidos de piel y de consuelo.

Un aroma de almendros en flor penetra los recintos del museo. La vice-curadora Henriette Auvers levanta los dedos del teclado para sostener su segunda taza de café y otear la marea citadina. Aprovecha esos minutos antes de recibir a los turistas que se aglomeran en la acera para salir al balcón contiguo y encender un cigarrillo. Entre bocanadas de humo, evoca esas veladas que compartieron en el pisito de Courcelles. Ella pretendía poner coto a su vehemencia, fingiendo despecho, y advertía como su negativa despertaba en cambio la excitación de su amante como un embrujo. Invariablemente, James se acercaba a su lado y la iba tocando con sutileza; las mejillas, el escote y los muslos, apenas con el dorso de la mano, en caricias furtivas… insinuándose, un niño en busca de indulgencia. Entre el sopor y el reclamo, Henriette acababa por ceder a sus besos, perderse en aquellos brazos cobrizos y aceptarlo en sus paredes de agua para arrojar de nuevo el tiempo con su ropa al suelo.

Meditabunda, la curadora apaga la colilla sobre la baranda de piedra, limpia el remanente de ceniza con un pañuelo y ahoga las lágrimas. De vuelta a su oficina para ordenar que abran las puertas al público, murmura aquel verso de Louis Aragon:

Et pendant un long jour assise à sa mémoire
Elle voyait au loin mourir dans son miroir…

Entre las sombras cambiantes y el bochorno, a un siglo de distancia, James puede paladear sus besos todavía y rememorar cómo se arrellanó en sus brazos; un enjambre de ternura – pensó en aquel momento – tan frágil, tan cautiva. Ella se rebeló contra ese apelativo, nunca se permitió la lástima y quizá no supo entender los gestos vagos de aquel hombre incapaz de expresarse más que con el cuerpo.

Decidieron que la pasión los mantendría unidos: en tal connivencia no habría que explicarse la intimidad ni darle cuentas a los otros o al futuro. La renuncia fue su condición de amantes, mientras los lirios acuáticos, uno a uno, floreaban en Abril, discretamente.

PS. La última semana de Abril de 1883, Claude Monet alquiló la casa campirana que sería su imperio de luz y de color hasta su muerte, misma que pudo comprar cuando el avant garde francés permitió revaluar su obra en vida. Durante casi treinta años, de 1899 a 1926, el afamado pintor se refugió en Giverny a pintar su estanque poblado de nenúfares. Se estima que pintó cerca de ciento ochenta lienzos, algunos magníficos,  como los que engalanan l’Orangerie en las Tullerías. Procuraba diversos ángulos y horas cambiantes para imprimir con su paleta los tonos y artilugios que gestaba ese paisaje íntimo. Para lograrlo, convenció a los moradores del pueblo en desviar un brazo del río Epte – tributario del Sena – hacia su jardín de sauces llorones, tulipanes y malvas. Protegió su legado con recato, acumuló los cuadros de sus amigos y rivales impresionistas junto a los suyos, y antes de morir, se aseguró que los más bellos se eternizaran en Vernon y en los museos más luminosos de París.

PS. La exposición “Melancolía”, preñada de 137 cuadros de una exquisitez sin paralelo, estará abierta en el Museo Nacional de Arte, Centro Histórico, del 4 de Abril al 9 de Julio. Vale la pena.

El incorpóreo discurrir

El incorpóreo discurrir

Hace algunas semanas, una paciente que renacía tras la extirpación de un cáncer de mama, crustáceo que se atrevió a merodear por sus pulmones, me comentó cómo descubrió su cuerpo durante aquella travesía. Cómo – asombrada y atragantada por el diagnóstico – palpó sus grietas y hendiduras, advirtió sus carencias y suficiencias; ante todo, como sopesó su lastre y su integridad de un solo golpe.

La visité poco antes de la mastectomía radical. No como médico, sino como un amigo solidario, consciente de todo lo que implica esa mutilación de la feminidad y de la existencia. Sus hijos estaban sentados, muy callados, bajo las persianas entreabiertas de la habitación. Parecían dos personajes solemnes, como si estuviesen ponderando la incongruencia del dolor y de la muerte que se tiene a los once años. Me figuré que absorbían el miedo sin reclamos, atentos a quienes entrábamos y salíamos un tanto intimidados.

Habían pasado varios meses desde aquella furtiva visita. Se le veía más entera – cabe decir – habiendo dejado atrás la resignación y el duelo. Llegaba a ponerse al día, retomar la vigilancia periódica y, sin necesidad de articularlo, a contarme que estaba más viva que nunca.

Por su formación académica, había teorizado repetidamente acerca de la fragmentación del cuerpo y su ensamblaje imaginario durante el desarrollo. No sólo vino a consulta, lo entendí tan sólo recibirla. A su manera, me quiso hacer depositario de su historia, de su perspicacia ante los distintos caprichos y senderos oscuros que se vio obligada a atravesar. De manera análoga, me dejé llevar; la escucha con frecuencia es quimioterapia.

– Fíjate, Doc – inició sin formalismos – que todo esto me arrastró por un accidentado viaje de introspección. Incluso puedo decirte que experimenté un episodio regresivo. Fueron horas confusas, dilatadas. Pensé mucho en aquello que llamamos el estadio del espejo. La gente en su mayoría desconoce la importancia de ese lugar común y quisiera contarte un poco. Me dices si te aburro, ¿eh? Con confianza.

Sonreí con agrado. No pretendí saber de qué me hablaba. Cedí el espacio y me arrellané en mi sillón de oficina con los brazos abiertos y la paciencia que su verdad exigía.

– Se trata de una instancia metafórica – continuó – durante la cual aprendemos a conocer nuestra corporeidad a imagen y semejanza de los otros, fundamentalmente quien provee el afecto nutricio, que es decir la leche, la supervivencia misma. Antes que eso somos sólo fragmentos, retazos de un ser que no se ha visto ni se reconoce como entidad, que no es un individuo distinto de la madre.

Me vino a la mente aquel célebre pediatra psicoanalista inglés, pero guardé silencio.

– ¿Habrás oído hablar de Donald Winicott, no?

Perplejo por la comunicación inconsciente, sólo asentí.

– En un trabajo seminal, Winnicott, a quien admiro y me ha ayudado en mi quehacer cotidiano como no te imaginas, destacó ese papel totalizador y formativo que permite la integración madurativa del cuerpo y de la psique a un tiempo. Es como ser contenido y presentado al mundo de las relaciones. Podríamos decir que consiste en in-corporar al semejante, aquel que provee afecto y amparo desde el momento en que ingresamos al mundo. Para Winnicott, el rostro de la madre ejemplifica este espejo metonímico que precede a la palabra, al idioma singularizado en pos de respuestas.

– Supongo que sabes que la idea fue tomada de Jacques Lacan – insistió con aire docto – quien postuló que cuando nos vemos reflejados en un espejo, asumimos una imagen, una manera de representarnos. Pero dado que antes de los dieciocho meses de edad carecemos de lenguaje y no hemos anexado aún las apariencias que la sociedad nos depara – por vía de sucesivas identificaciones -, es aquella imagen primigenia la que confiere una experiencia única de integración.

Abstraído por su inteligencia y locuacidad, pensé por un instante en mis hijos, con qué ignorancia presencié tal intercambio y aquella síntesis alegórica que los lanzó a la vida.

– Debo decirte que ese yo ideal vertido a partir del espejo es una fantasía. Nuestro ser verdadero, si tal ente puede concebirse, existe en los eslabones ausentes de nuestros afectos, y acaso hace emergencias furtivas en las sendas del inconsciente. Así, la ironía del desarrollo humano es que aspiramos a un yo que está roto de origen, incapaz de satisfacer nuestros deseos en el orden racional. Por ello estamos trágicamente destinados a obtener gratificación de los otros, en un vano intento de plenitud. El concepto es análogo a la noción nietzcheana del altruismo, que advierte que se trata de una pretensión para ejercer poder sobre nuestro semejantes. El sujeto que habla, en fin, está anclado en una imagen existencial que se construye a partir de la otredad y no de lo propio.

– Entiendo – le digo, tratando de no ser condescendiente – vivimos fragmentados, vestigios de nuestros ancestros e ideales.

Su silencio me desarma. Un vacío peculiar se apodera de mí, mientras asiente y baja la vista. Volteo a los estantes de mis libros, mi estetoscopio – que yace como una cimitarra exangüe sobre mi escritorio -, una bata blanca que no oculta lo roído de los codos. Transcurren unos minutos que parecen días, mientras cavilo en esta condición de ser quien cura y deshoja las margaritas del sufrimiento.

Presuntamente erradicado, su mal nos hace frente y nos desnuda. No quiero mentirle, pero me gustaría que alguien a contramano me ofreciera consuelo si me llegase la hora, aunque sólo sirviera para estirar la ilusión y la confianza. A la distancia, el sol vespertino se decanta como miel sobre las montañas. Hay flecos de nubes, como pinceladas blanquísimas, que advierten del aire y del ensueño. Ella, ligeramente marchitada por las arrugas o el calvario, ha recobrado el brillo de sus grandes ojos verdes, que observan el atardecer con cierta placidez y aplomo.

Su cara, que acaso espera de mí un alarde estadístico o una versión de la certidumbre, me resulta ahora extrañamente familiar. La pantalla de mi ordenador se ha quedado muda y tampoco encuentro las palabras que denoten que sé más de lo que ella percibe.

– ¿Se va a morir y nos quedaremos otra vez solos, cargados de interrogantes? – me pregunto en silencio.

Le propongo una salida tangencial. Nos veremos en cuatro semanas, sus estudios serán nuestros testigos inapelables. Y sólo por el placer de distinguir las hojas que caen en el caudal de este río mirado desde sus dos orillas, nos despedimos sin estrechar las manos, que esta tarde se confunden en el espejo.