Hace algunas semanas, una paciente que renacía tras la extirpación de un cáncer de mama, crustáceo que se atrevió a merodear por sus pulmones, me comentó cómo descubrió su cuerpo durante aquella travesía. Cómo – asombrada y atragantada por el diagnóstico – palpó sus grietas y hendiduras, advirtió sus carencias y suficiencias; ante todo, como sopesó su lastre y su integridad de un solo golpe.

La visité poco antes de la mastectomía radical. No como médico, sino como un amigo solidario, consciente de todo lo que implica esa mutilación de la feminidad y de la existencia. Sus hijos estaban sentados, muy callados, bajo las persianas entreabiertas de la habitación. Parecían dos personajes solemnes, como si estuviesen ponderando la incongruencia del dolor y de la muerte que se tiene a los once años. Me figuré que absorbían el miedo sin reclamos, atentos a quienes entrábamos y salíamos un tanto intimidados.

Habían pasado varios meses desde aquella furtiva visita. Se le veía más entera – cabe decir – habiendo dejado atrás la resignación y el duelo. Llegaba a ponerse al día, retomar la vigilancia periódica y, sin necesidad de articularlo, a contarme que estaba más viva que nunca.

Por su formación académica, había teorizado repetidamente acerca de la fragmentación del cuerpo y su ensamblaje imaginario durante el desarrollo. No sólo vino a consulta, lo entendí tan sólo recibirla. A su manera, me quiso hacer depositario de su historia, de su perspicacia ante los distintos caprichos y senderos oscuros que se vio obligada a atravesar. De manera análoga, me dejé llevar; la escucha con frecuencia es quimioterapia.

– Fíjate, Doc – inició sin formalismos – que todo esto me arrastró por un accidentado viaje de introspección. Incluso puedo decirte que experimenté un episodio regresivo. Fueron horas confusas, dilatadas. Pensé mucho en aquello que llamamos el estadio del espejo. La gente en su mayoría desconoce la importancia de ese lugar común y quisiera contarte un poco. Me dices si te aburro, ¿eh? Con confianza.

Sonreí con agrado. No pretendí saber de qué me hablaba. Cedí el espacio y me arrellané en mi sillón de oficina con los brazos abiertos y la paciencia que su verdad exigía.

– Se trata de una instancia metafórica – continuó – durante la cual aprendemos a conocer nuestra corporeidad a imagen y semejanza de los otros, fundamentalmente quien provee el afecto nutricio, que es decir la leche, la supervivencia misma. Antes que eso somos sólo fragmentos, retazos de un ser que no se ha visto ni se reconoce como entidad, que no es un individuo distinto de la madre.

Me vino a la mente aquel célebre pediatra psicoanalista inglés, pero guardé silencio.

– ¿Habrás oído hablar de Donald Winicott, no?

Perplejo por la comunicación inconsciente, sólo asentí.

– En un trabajo seminal, Winnicott, a quien admiro y me ha ayudado en mi quehacer cotidiano como no te imaginas, destacó ese papel totalizador y formativo que permite la integración madurativa del cuerpo y de la psique a un tiempo. Es como ser contenido y presentado al mundo de las relaciones. Podríamos decir que consiste en in-corporar al semejante, aquel que provee afecto y amparo desde el momento en que ingresamos al mundo. Para Winnicott, el rostro de la madre ejemplifica este espejo metonímico que precede a la palabra, al idioma singularizado en pos de respuestas.

– Supongo que sabes que la idea fue tomada de Jacques Lacan – insistió con aire docto – quien postuló que cuando nos vemos reflejados en un espejo, asumimos una imagen, una manera de representarnos. Pero dado que antes de los dieciocho meses de edad carecemos de lenguaje y no hemos anexado aún las apariencias que la sociedad nos depara – por vía de sucesivas identificaciones -, es aquella imagen primigenia la que confiere una experiencia única de integración.

Abstraído por su inteligencia y locuacidad, pensé por un instante en mis hijos, con qué ignorancia presencié tal intercambio y aquella síntesis alegórica que los lanzó a la vida.

– Debo decirte que ese yo ideal vertido a partir del espejo es una fantasía. Nuestro ser verdadero, si tal ente puede concebirse, existe en los eslabones ausentes de nuestros afectos, y acaso hace emergencias furtivas en las sendas del inconsciente. Así, la ironía del desarrollo humano es que aspiramos a un yo que está roto de origen, incapaz de satisfacer nuestros deseos en el orden racional. Por ello estamos trágicamente destinados a obtener gratificación de los otros, en un vano intento de plenitud. El concepto es análogo a la noción nietzcheana del altruismo, que advierte que se trata de una pretensión para ejercer poder sobre nuestro semejantes. El sujeto que habla, en fin, está anclado en una imagen existencial que se construye a partir de la otredad y no de lo propio.

– Entiendo – le digo, tratando de no ser condescendiente – vivimos fragmentados, vestigios de nuestros ancestros e ideales.

Su silencio me desarma. Un vacío peculiar se apodera de mí, mientras asiente y baja la vista. Volteo a los estantes de mis libros, mi estetoscopio – que yace como una cimitarra exangüe sobre mi escritorio -, una bata blanca que no oculta lo roído de los codos. Transcurren unos minutos que parecen días, mientras cavilo en esta condición de ser quien cura y deshoja las margaritas del sufrimiento.

Presuntamente erradicado, su mal nos hace frente y nos desnuda. No quiero mentirle, pero me gustaría que alguien a contramano me ofreciera consuelo si me llegase la hora, aunque sólo sirviera para estirar la ilusión y la confianza. A la distancia, el sol vespertino se decanta como miel sobre las montañas. Hay flecos de nubes, como pinceladas blanquísimas, que advierten del aire y del ensueño. Ella, ligeramente marchitada por las arrugas o el calvario, ha recobrado el brillo de sus grandes ojos verdes, que observan el atardecer con cierta placidez y aplomo.

Su cara, que acaso espera de mí un alarde estadístico o una versión de la certidumbre, me resulta ahora extrañamente familiar. La pantalla de mi ordenador se ha quedado muda y tampoco encuentro las palabras que denoten que sé más de lo que ella percibe.

– ¿Se va a morir y nos quedaremos otra vez solos, cargados de interrogantes? – me pregunto en silencio.

Le propongo una salida tangencial. Nos veremos en cuatro semanas, sus estudios serán nuestros testigos inapelables. Y sólo por el placer de distinguir las hojas que caen en el caudal de este río mirado desde sus dos orillas, nos despedimos sin estrechar las manos, que esta tarde se confunden en el espejo.

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