I once heard a child, who was afraid of the dark,
call into an adjoining room, “Auntie, talk to me,
I am afraid.” “But what good will that do you?
You cannot see me!” Whereupon the child answered,
“If someone speaks, it is brighter.”
Sigmund Freud (1920)

Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
Estamos solos – me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgajada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
– Hace frío, cúbrete bien – le imploro, pero mi voz medrosa no atina a  sosegarla.
– ¿Dónde estamos, Jörgen? – inquiere, a punto de irrumpir en llanto.
– Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros; sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad,  sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, acaso un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación la ve perderse en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga desde del exterior. El deseo persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien – debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo – son más penetrantes y frecuentes en los niños entre 2 y 7 años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y con ello, altera nuestra destreza para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan, e incluso los hoyos negros -otrora tan incógnitos – están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día, salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino esos que salen a poblar nuestro insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos nos acosan.
Si hay algo que nos alienta y nos consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia – o alguien más que ose sustituirla – vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.

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