El umbral de la diferencia

El umbral de la diferencia

El fenómeno de autoinmunidad puede considerarse una paradoja biológica. Se inscribe en un red de señales moleculares, heredables, que fungen filogenéticamente como un recurso protector para responder a las lesiones internas y a los peligros de los invasores patogénicos. Sin embargo, una de las amenazas más significativas contra la integridad orgánica es el propio sistema inmune.

En más de un sentido, la respuesta autodestructiva que debuta como una serie de síntomas orgánicos de difícil integración semiológica, y que en la experiencia clínica se ven profundamente modulados por el carácter y el ánimo, ofrece la posibilidad de proponer un escenario psicodinámico para explicar su génesis y presentación.

La evolución neurosensorial del infante lo conduce no sólo a descubrir su cuerpo, sino también y sobre todo a apropiárselo, a identificarlo como propio. Esto implica que sus pulsiones, y en particular sus pulsiones sexuales, toman su cuerpo como objeto. Desde este narcisismo constitutivo existe una investidura permanente del sujeto sobre sí mismo, que contribuye finamente a su dinámica y que participa de las pulsiones del yo y de su vida instintiva. Conforme se va dando el desenvolvimiento del yo, éste incopora en su acervo mnémico representaciones de los objetos, y a medida que el sistema nervioso madura, las modulaciones autonómicas permiten diferenciar lo externo de lo interno, y por lo tanto, el self de los objetos.

La presencia del cuerpo, en una etapa del desarrollo que antecede a la simbolización y el lenguaje, está representada por las angustias derivadas del vínculo atávico con el objeto primario. La integración de lo propio y lo ajeno (investida de origen en el pecho y la mirada maternos) sigue un proceso de devolución dialéctica de la libido que va decantando funciones, en pulsos rítmicos y reiterativos, a los órganos internos, que se manifiestan por estímulos psiconeuroendócrinos hasta que, gradualmente, adquieren la autonomía que demanda el desarrollo extrauterino. Al ajustarse a los impulsos del pequeño, la madre le facilita la ilusión de que las respuestas son creadas por sí mismo. El bebé se vale de los detalles percibidos una y otra vez para la creación del objeto esperado.

Así, la piel se hace depositaria de caricias y de impulsos sensitivos, el tubo digestivo deviene reservorio y movilizador de gratificaciones, y de forma sustancial, el sistema nervioso se inviste de mensajes primarios que responden al diálogo objetal. Paralelamente, el sistema inmune del bebé adquiere el repertorio antigénico que le dará identidad, al tiempo que sustituye poco a poco la dependencia de los anticuerpos transmitidos pasivamente a través de la placenta y el caldo nutricio que es la leche materna en los primeros meses de vida. Su médula ósea procrea precursores linfocitarios que migran al timo para educarse en la discriminación de lo propio y lo extraño, en un contexto molecular que remeda la evolución del narcisismo primario en pos de la representación simbólica y la adquisición del lenguaje.

Al completar el desarrollo, coincidiendo con el inicio de la fase de separación-individuación en el niño, emerge un repertorio completo de células linfoides del bazo y el timo para poblar la poza circulante. A partir de ese momento, el sistema inmune está en condiciones de enfrentrar los retos antigénicos que le depara el ambiente y el contacto con los otros. Cada vez que el sistema inmune del individuo ve a un microrganismo infectante requerirá de dos señales: una del receptor antigénico y otra señal co-estimulatoria que dictará en qué sentido se moviliza la respuesta (sea de cooperación o de destrucción). Este modelo limitante explica porqué, a pesar de los incontables encuentros adversos que experimentamos durante la vida, la autoinmunidad, es decir, la confusión entre lo propio y lo ajeno, es tan esporádica.

La aparición de un proceso patológico autoinmune está sujeto a un “second hit” epigenético, es decir, al impacto de segundos mensajeros subcelulares. Se trata de neuroquininas o citocinas cuyos receptores yacen en la superficie de los linfocitos y que alteran el ritmo de las huellas celulares conocidas, y rompen así la homeostasis inmunológica. A este fenómeno se le conoce como ruptura de la tolerancia a lo propio.

La naturaleza adaptativa de la tolerancia a lo propio es una propiedad esencial del sistema inmune de los mamíferos. Dadas sus funciones discriminatorias, que consisten en reconocer y responder ante la agresión de moléculas inesperadas mediante la diversidad genética, de origen no existe la impronta para identificar qué estructuras celulares conducirán a la defensa y cuáles inducirán respuestas autodestructivas. Para cumplir este requisito vital de especificidad inmunológica, deben seguirse varios pasos en el desarrollo embrionario y perinatal que consisten en la selección negativa y positiva de receptores celulares hasta conferir un repertorio antigénico propio. Se delínea así una “huella digital” inmunológica, por así decirlo, que nos permite vivir en paz con nuestros propios tejidos y frente a nuestro cambiante entorno. El detonante de la lesión autoinmune, desde una perspectiva biológica, depende del equilibrio de la respuesta neuroendócrina de estrés, de modificaciones en el microambiente hormonal y, como se señaló, de un segundo estímulo nocivo que recae por contigüidad en ciertos órganos blanco (por ejemplo, infecciones virales concurrentes, migración linfocitaria secundaria a inflamación, o señalización excesiva de neurotransmisores).

Desde una perspectiva psicodinámica, el Yo corporal del infante, desprovisto aún de lenguaje y capacidad de simbolización, se integra mediante el conflicto que ejerce la fuerza instintiva y la incorporación de una fantasía materna apropiada por la libido narcisista. Si la madre significa estas proyecciones narcisistas con afecto y constancia, se organiza poco a poco en el bebé una imagen corporal que se tolera y que reviste, desde la percepción interna, los órganos con identidad y armonía. El objeto internalizado se escinde así, llevando consigo a las estructuras yoicas organizadas bajo su sombra, dado que están identificadas desde el origen con ese objeto ambivalente. A partir de ese momento determinante, una parte del yo tratará a la otra como extraña y se pondrá en marcha la escisión funcional que subyace a los procesos autoinmunes. Metáfora de la defensa esquizoparanoide kleiniana: tomar lo bueno y excluir lo malo.

Desde luego, se pueden observar tales procesos de escisión, proyección excesiva de impulsos agresivos y activación de objetos persecutorios en los trastornos limítrofes y narcisistas de personalidad y en algunos cuadros paranoides. Podemos argumentar que la diferencia estriba en que la génesis de estas patologías psiquiátricas es más tardía, cuando el yo se halla mejor organizado y el individuo ha alcanzado cierto nivel de simbolización y de lenguaje. Porque el conflicto hace referencia a un punto de fijación donde el yo y el objeto no están bien constituídos, y se halla íntimamente vinculado a los procesos de investidura libinal en el cuerpo, los síntomas no ocurren en el ámbito mental sino en el físico. Es decir, se refieren a huellas inconscientes no simbolizadas que encarnan en el territorio de lo desconocido.

En la autoinmunidad, el cuerpo se queja de manera muda, palabra informulada pero elocuente que se difiere hasta que se enfrenta a la dialéctica de la reemergencia del objeto persecutorio a cambio de uno situado en el propio cuerpo. “En la histeria, el cuerpo habla y participa activamente en el diálogo, expresándose; mientras que en el trastorno psicosomático, el cuerpo (principalmente en sus vísceras) aparece padeciendo de palabras no asumidas”. Vale decir que el padecimiento autoinmune es un resto de carne en el cuerpo.

Me permito ilustrar lo anotado hasta ahora con una viñeta clínica. Aurelia tiene 34 años cuando acude a consulta aquejando síntomas depresivos que siguen a un diagnóstico devastador. Delgada e histriónica hasta lo teatral, es la sexta de ocho hermanos, a quien la madre trató siempre como la muñeca fea, recelosa de un padre melancólico que apenas pudo compensar sus duelos. Tras una unión libre que reiteró la descalificación de la madre, se somete a una cesárea de un embarazo deseado con ambivalencia. Durante el procedimiento, los médicos no advierten que se agota el hipnótico y la paciente experimenta la angustia inefable de escuchar en detalle cómo se desangra, cómo su hija nace con hipoxia y cómo los intentos de resucitación resultan infuctuosos, hasta que los signos vitales hacen que el anestesiólogo se de cuenta del drama y aplique una dosis mayor de somnífero. Al despertar, la ansiedad de muerte la desmorona emocionalmente. Pasa días en el hospital bajo sedantes y una precaria psicoterapia de contención en un estado delirante que sólo se resuelve hasta que le entregan a su hija sana. Meses después, según me describe, debuta con parestesias en el cuerpo, hemianopsia y dificultad para la micción. Los exámenes demuestran numerosas lesiones desmielinizantes en la médula espinal y se le diagnostica esclerosis múltiple. Como elemento central de nuestra hipótesis, describe sucesivamente a su madre como una profesional extraordinaria, una Doña Bárbara -autoritaria y castrante-, o bien, la mujer omnímoda que mantuvo al padre, un ser anodino, en un distante segundo plano hasta su muerte.

Podemos conjeturar que la experiencia mortífera de Aurelia resignificó los impulsos agresivos de y contra su madre. “La niña no respira, se va a morir”, se puede leer como un equivalente retaliatorio. Su vivencia pasiva, de estar anestesiada y “sometida”, reproduce también su relación con la madre, percibida como omnipotente. Esto explica como meses después ella debuta con una esclerosis múltiple donde se escenifica la parálisis y la venganza materna.

Su propia maternidad, asimilada con la pulsión de muerte, re-conoció al objeto primario como atrapado, asfixiándola y diseminándose en su sistema nervioso inmóvil, incapaz de traducir la huella. Si a esta imagen clínica aunamos la obligada migración linfocitaria que se emite a partir de tal respuesta de estrés, capaz de producir úlceras en mucosas o lesiones vasculares indelebles, cabe hipotetizar que las vainas de mielina de esta paciente (o para decirlo neuroanatómicamente, sus envolturas dendríticas) se vieron sacudidas por un ataque inmunológico sin precedentes.

En su acepción psicodinámica, el padecimiento autoinmune es una forma de preservar al objeto parcial en un intento de reparación melancólica donde se escenifican, inconsolables, los impulsos agresivos contra las representaciones inconscientes depositadas de manera fragmentaria en el cuerpo. Vista así, nos conmueve la imagen de un sujeto psíquico lacerado por una herida abierta que atrae sin cesar la libido contracatéctica. Herida que el cuerpo intenta esconder, tapiar y encriptar pero que, enfrentada a un segundo estímulo biológico destructivo, es incapaz de mantener bajo control.

Así pues, la revuelta autoinmune enmarca la paradoja narcisista entre lo propio y lo extraño, yo y el otro, que hace posible decir, como Neruda…

 

Me has hecho indestructible,

porque contigo no termino en mí mismo.

Pablo Neruda

“Mi partido”

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Naciones a ultranza

Naciones a ultranza

En fecha reciente he leído testimonios que hilvanan ese crimen sistemático que se ha denominado el Holocausto (por definición, sacrificio o destrucción en escala masiva).
El historiador Laurence Rees, sin melodramas, ha sabido resaltar el proceso de justificación de poder y de ignominia que los nacionalsocialistas emprendieron – con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes – contra las razas designadas como inferiores. Ante todo, los judíos, a quienes calumniaron de usurpadores y degenerados, por tanto sujetos de exterminio sin miramientos. Después, la población rusa – “bolcheviques” que asimilaron perversamente con los primeros – para acreditar su traición al pacto Molotov-Ribbentrop y el ulterior avasallamiento de sus fronteras, hasta que el invierno y la templanza indomable de sus defensores los detuvieron a las puertas de Stalingrado. Antes, los hornos crematorios se ensayaron con homosexuales, discapacitados físicos o mentales, incontables Sinti, Roma y prisioneros de guerra en todos los rincones del Reich.
Quizá lo que más lastima y ofende es que el ciudadano común, heredero de Goethe, Schopenhauer y Bach, se acomodara insensiblemente al papel de sicario. En efecto, quienes pasaron la prueba de ser puros de raza, vieron sin protestar cómo sus vecinos, los comerciantes, los niños y ancianos judíos eran despojados en todas las ciudades del Imperio para no volver nunca más. Supieron que los encerraban en ghettos, que los vejaban y herían. Que separaban familias y destituían a los padres. Que las juventudes nazis y las brigadas de la Schutzstaffel los empujaban, golpeaban y escupían frente a sus narices como reos despreciables, amalgamando el odio que sus líderes habían polarizado con arengas. Dar la espalda, cerrar las cortinas, mirar impasible, negar o pretender olvidar equivale a complicidad y connivencia; en todo tiempo y en todo lugar.

Vinieron después las desapariciones, los trenes rigurosamente vigilados, la escasez y la derrota. Pero los deportados nunca volvieron. Las casas derruidas quedaron vacías, ningún ciudadano judío regresó para reclamarlas o construir sobre sus escombros. Los que perdieron la guerra callaron. Siguieron viviendo y culparon a los nazis de verse forzados, de aquella silenciosa confabulación. Reconstruyeron su país con humildad y vergüenza, pero se cuidaron de admitir su culpa o acaso expiarla. Fui testigo de ello en los ochentas cuando acudí a la primera muestra de arte degenerado (Entartete Kunst) que se escenificó en Berlín Occidental, a la vera del infame muro. ¡Cincuenta años después de su inauguración en Munich!

Cabe preguntarse todavía cómo pudieron acallar ese peso, esa responsabilidad. Un pueblo supuestamente culto y tolerante, una nación construida en los surcos fértiles de la filosofía, la ciencia y la música. Al revisar las fotografías de aquella época, destacan las sonrisas de suficiencia de los jóvenes rubios, enfundados en uniformes pardos o camisetas deportivas con la svástica al frente, orgullosamente portada como signo inequívoco de identidad. No solamente los miembros del partido veneraban a Hitler, se beneficiaron directa o indirectamente todos aquellos a quienes los despidos, los saqueos y los destierros dejaron la senda abierta. De manera natural, tal vez para condonar la indolencia de nuestros ancestros, tendemos a atribuir los excesos al aparato militar. No fue así. Los alemanes, austriacos, croatas, rumanos y tantos otros aliados de la tiranía, cumplieron con la limpieza étnica y esperaron con fruición las retribuciones que traería su maridaje.

Los mercenarios y sus vasallos fueron más que crueles; torturaron y fusilaron a decenas de miles de personas inocentes en bosques, parajes remotos y ante fosas comunes. Cumplieron las órdenes con el mayor fervor y exceso. Basta recordar que los nazis optimizaron su personal y restringieron el impacto de los campos de exterminio entre sus correligionarios. Mientras más eficientes sus crímenes, menos necesaria la participación de guardias o verdugos. Eso lo delegaron a los Kapos, Sonderkommandos o judíos renegados dispuestos a seleccionar, engañar, conducir a las cámaras de gas y recoger los cadáveres para cremarlos. Los soldados alemanes supervisaban desde lejos. La cadena de mando no dejó eslabón sin pulir.

Entre las revelaciones más siniestras está la del joven Tadeusz Smreczynski, enviado a Auschwitz con dieciocho años de edad por distribuir panfletos y ayudar a los fugitivos de Silesia. “Traté de entender cómo era posible que se consideraran civilizados. Los miembros de las Waffen-SS estaban sentados a la vista de los crematorios donde ardían niños y mujeres. Ahí, plácidamente sentados. Se les veía satisfechos de haber cumplido su trabajo y dispuestos a gozar de cierto entretenimiento cultural. No había dilema alguno. El viento de Birkenau soplaba el humo fétido del campo de exterminio, mientras ellos charlaban, fumaban y escuchaban a Mozart o Beethoven. Eso es lo que un ser humano es capaz de perpetrar…”

La masacre se agudizó durante la primavera-verano de 1944, cuando a todas luces la guerra estaba perdida y el Ejército Rojo rompía las líneas alemanas en Bielorrusia (mediante la Operación Bagration), a la par que los aliados desembarcaban en Normandía. Entre Mayo y Julio de ese año funesto, cuatrocientos treinta mil judíos húngaros fueron deportados al complejo de Auschwitz-Birkenau, por mediación directa de Adolf Eichmann, asentado en Budapest. Más del noventa por ciento de esos niños, adultos y ancianos murieron sofocados por Zyklon B a pocos minutos de su arribo.

Una vez desmoronado el Tercer Reich, la coalición triunfante decidió repartirse el país para sojuzgarlo y evitar que reencarnara en una potencia destructiva. Tras muchas décadas de oprobio, los alemanes – siempre perseverantes- se reunificaron y gobiernan Europa con brazo severo e impasible. La insolvencia de Grecia es el ejemplo más próximo.

En los últimos meses hemos avistado la amenaza de otros nacionalismos. Triunfó la corriente más retardataria en Estados Unidos, apoyada por supremacistas blancos, trabajadores desilusionados, empresarios y déspotas dispuestos a cualquier contubernio antes que ceder sus privilegios. La cobertura sanitaria implementada contra viento y marea por la administración demócrata se disolvió entre regateos. Si bien no todo ha sido miel sobre hojuelas para el retórico presidente, sus adeptos siguen ganando terreno. Hasta que las minorías estallen o terminen por doblegarlas.

Del otro lado del Atlántico, en la patria de l’affaire Dreyfus, una pérfida heredera del colaboracionismo, estuvo a un paso de adueñarse del Eliseo. Su padre, populista que se mofa del Holocausto, ahora festeja el ascenso del fascismo y la xenofobia. Sabe de cierto que no perdió, sólo aplazó un desenlace anunciado. – Expulsaremos a los migrantes, los pies negros, los judíos y comunistas – ha repetido, haciendo eco del gobierno de Petain y del sometimiento nazi. ¿Qué decir de Austria, Holanda, Corea del Norte o Venezuela? Parece que la humanidad no ha aprendido de las lecciones penosas que ha traído el fanatismo.

Con la profusión de lábaros que ocuparon los íconos de WhatsApp tras el triunfo electoral de Trump, cabía preguntarse si el patriotismo por decreto va a salvarnos de su desprecio, antes que el trabajo o el sentido de comunidad. Un país dividido, a merced del narcotráfico, rehén de gobernantes corruptos y pusilánimes, presume de esgrimir su bandera como un tigre de piel contra el colonialismo. Me parece que primero hay que derrocar a los tiranos, limpiar las calles y recuperar los parques. Exigir que se respete el voto, que los narcopolíticos cumplan sus condenas y devuelvan lo robado. Que se construyan escuelas, clínicas y no centros comerciales. Que la tan cacareada “lucha contra la pobreza” se transforme en empleos y desarrollo industrial, no en proclamas que se reparten entre los acarreados.

Pierdo esperanza. Por mi ventana veo aglomerarse los autos frente a una rampa en construcción para facilitar el acceso al más abyecto complejo mercantil de una megalópolis de suyo sobrepoblada y depauperada. Nos han implantado el germen del consumo; en la actualidad visitamos “malls” en lugar de parques públicos. Recorremos por horas los escaparates – sin dinero para comprar, salvo baratijas – y bebemos café encarecido e importado, que se cultiva en el Tercer Mundo. Las calles son intransitables, las aceras están rotas y los comercios pululan en la jungla de concreto, engullendo los árboles, el césped y la propiedad pública. Atrás quedó la expropiación del petróleo, la amplitud de las playas y la vegetación que cubría valles y montañas. No extraña que nuestros coterráneos se rehúsen a volver si los deporta el gobierno xenófobo del Pato Donald. Aquí no hay trabajo ni vivienda ni futuro.

Desde cualquier trinchera, tenemos que retomar el cielo y la tierra. Gritemos, protestemos, trabajemos con ahínco. No podemos permitir que las creencias y las lealtades fanáticas nos nublen el pensamiento. Alguna vez, durante la dictadura de Videla, nuestros hermanos argentinos (así, sin confines) decidieron adherirse al reclamo de las Malvinas, repitiendo la consigna ultranacionalista de su goberno militar. Todo ello tras el circo del Campeonato Mundial de 1978. El resultado pudo ser más desastroso, pero los ingleses se conformaron con demostrar que no estaban para escaramuzas.

La fuerza de una nación se mide por el ímpetu y la laboriosidad de sus habitantes, no por los vítores o las consignas. Habrá que aprender de la historia; seamos hombres y mujeres dignos, atentos a quienes nos necesitan, orgullosos de nuestra herencia cultural y la sangre indígena, no de aquello que nos prostituye y vilifica. La patria es primero es un precepto que ha causado más muertes e improperios que las batallas perdidas. Es la comunidad de ciudadanos lo que merece respeto y defensa a ultranza. Sin ello, no hay territorio ni pueblo, tampoco nación alguna.

A.D.

A.D.

La unidad de diálisis mantiene su pertinaz ronroneo mientras Alfonso me dicta la carta notarial. Pese a su pulcritud, es un ambiente lúgubre, con caras grises y pies abotagados. Las enfermeras pasan con regularidad y son todo sonrisas, gesto que tiñe con algo de gracia lo ominoso. Todos los presentes somos amables, hablamos en voz baja, condescendemos de cara a la muerte.
Mi interlocutor es un residuo de sus mejores épocas. Su palidez es cadavérica, ha perdido buena parte del cabello, que permanece en flecos deslucidos sobre su cráneo opaco y plagado de queratosis. De sus brazos enclenques destaca la fístula, que palpita mientras sorbe el líquido de diálisis. Es todo huesos – suele pregonar – salvo ese vientre fláccido que lo distingue como carne de hidropesía. Las piernas brillantes, tumefactas, emergen del pijama que ha sido descosido para albergar su creciente volumen. Al extremo, cuelgan las pantuflas, demasiado pequeñas para sus pies edematosos, demasiado viejas. Habla con lentitud, esforzándose para sesear por falta de aliento y si bien esboza un discurso lúcido, se ve constantemente interrumpido para jadear y procurar resuello. Parece más un recuento de su declive que una voluntad anticipada.
– A nadie puedo adjudicar mi desidia, Lic – comienza, exhibiendo la cordialidad que nos une.
– Lo escucho, profe – me atrevo a decir en el mismo tono. Hubiese querido afirmar su recriminación, pero es tarde, y me contengo.
– Después del cáncer, que me dejó mutilado, bebí y comí de manera pantagruélica para celebrar la vida. Pulsión de muerte, ahora lo sé. Mi diabetes, silenciosa enemiga, se hizo presente sin ataduras. Poco a poco me quemó los ojos, se insinuó en mis arterias y destruyó mis riñones, o lo que quedaba de ellos. Me negué a la insulina, como a tantas otras prioridades; la necedad es el verdugo del enfermo crónico. ¿Sabes?
No espera respuesta alguna y prosigue.
– Mi tercera esposa, desesperada por mi negligencia, me abandonó…
En ese momento, Sandra, la enfermera en turno, nos interrumpe con su presencia angelical y siempre inoportuna.
– Si tiene sed puede mojarse los labios, señor Domínguez. Pero no abuse, ¿eh?
Ambos la miramos con obvia impaciencia y asentimos al unísono. Sandra se aleja indiferente, como si recorriese un telón.
– Te decía, Lic., que María mantuvo la distancia. Me llamaba de tanto en cuanto para saber si había cambiado, pero supongo que el amor – como las cosas frágiles – se marchita sin sustento. Se cambió de domicilio, finalmente emigró y puso fronteras infranqueables de por medio.
– Intuyo un reproche, Alfonso – le digo.
– No, ni mucho menos – insiste, convincente. – Un condenado a muerte debe soltar amarras justo a tiempo. Me dolió su partida, no lo niego, pero era una crónica largamente anunciada. En mi gesta suicida, deseaba su felicidad, aunque no supe procurársela.
Sus ojos pálidos y hundidos parecen anegarse, traga saliva y se pierde en lontananza. Yo aprovecho para escabullirme a la máquina de café del pasillo cercano y darle tiempo a su congoja.

Cuando regreso, café humeante en mano, se ha repuesto y me mira con afecto; los ojos entrecerrados, exhibiendo un profundo hastío. Su mano temblorosa ha derramado el agua sobre la bata y se muestra indefenso, necesitado de que alguien lo rescate de tan interminable suplicio.

– Hacerse viejo es terrible – decía un colega añoso con cinismo – pero la alternativa no se la recomiendo a nadie.

– Te ayudo, profe. Déjame ver.

– Disculpa la torpeza, Emilio. Le llaman encefalitis urémica y me acomoda para desplazarme como una bestia. Aunque lo dudes, me avergüenza. Sufro la inutilidad tanto como mis averías orgánicas. En estos momentos, pienso en tantos hombres admirables que llegaron hasta verse en los reflejos del río Estigia. Su creatividad cobró una dimensión novedosa. ¿Recuerdas la técnica de decoupage que sublimó Henri Matisse en los últimos lustros de su vida? Hacía sus recortes desde la cama, incapaz de erguirse sobre su debilidad. Pareciera que el cáncer de colon le destiló sus mejores recursos artísticos. No todos cargamos esa entraña y esa virtud de apreciar cada gota de energía que nos queda.

Con el botón de alarma, acude la otra enfermera, una mujer joven, bastante tímida, que se desvive por mostrar su competencia.
– ¿Elizabeth, podrías traernos un cambio de bata?- imploro.
La chica observa con detenimiento al paciente y con un movimiento sutil, abre la bata húmeda.
– Estás mojado, Alfonso – dice con obvia naturalidad. – ¿Otra vez se te salió sin darte cuenta?
El bochorno se apodera de mi amigo, que inclina la cabeza en ademán infantil y alcanza a proferir: – Lo siento.
La enfermera le toca el hombro con ternura y se gira para traer un cambio de ropa.
Sigue una escena bastante vergonzosa, que atestiguo incómodo sin atinar a quedarme por solidaridad o alejarme con recato. Decido voltear hacia la puerta mientras finjo sorber mi café y revisar mis notas.
Acude un camillero, que hace su trabajo en silencio; mueve al enfermo como un muñeco de trapo, lo despoja de su pijama, y entrega la ropa interior a una asistente mientras la enfermera lo limpia diligentemente con una toalla húmeda y termina por vestirlo con esmero.
La escena ocurre a la vista de todos los demás enfermos, que observan la desnudez esquelética de Alfonso, sus genitales y carnes péndulas, sin asombro alguno. En esos minutos de escarnio, me identifico a fondo con su dolor, su mansedumbre, y entiendo por fin la vejación que le ha impuesto la enfermedad y su tratamiento.

Una vez que lo han vestido, con el catéter a punto y colocado a un lado, el profe me mira con aflicción y me invita a continuar con la tarea.

– Déjalo bien claro, Emilio, en términos legales. No admitiré ninguna forma de resucitación, mi cuerpo no será ultrajado en beneficio de la ciencia o la futilidad. Ni tubos, ni oxígeno suplementario ni marcapasos. Deseo morir apaciblemente y si las circunstancias lo permiten, en mi triste departamento, en compañía de mis libros y quien quiera compartir mi soledad de moribundo. Nada más.

Me despido con afecto y tras el volante rememoro al viejo amigo que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras hace tantos años. Su energía indomable, la devoción con la que los alumnos lo atendían sin parpadear, aquellos discursos contra la incongruencia política de las autoridades, su valentía para encabezar las marchas y las arengas públicas. Ante todo, su autoridad académica, que tanto admiramos. Y ahora, este despojo maltrecho y sofocado, alargando la agonía. La fatalidad es un espejismo indescifrable.

Dos días después me enteré de la tragedia. Cuando lo trasladaban de vuelta a su domicilio y echando mano de las pocas fuerzas que le quedaban, Alfonso abrió la portezuela en pleno movimiento y se arrojó a la avenida saturada de vehículos. Su cuerpo quedó aplastado en medio del accidente vehicular, con el tórax hecho un saco de sangre y los brazos en posición grotesca. Sólo destacaba – según afirmó el forense – una sonrisa paradójica, como de alguien que ha encontrado su destino manifiesto.

A.D.,  ante deum – pienso – o tal vez advanced directives (pautas previas, podría decirse). Como él, en su actitud disidente, lo habría esgrimido.

Sinrazones

Sinrazones

La reciente serie de televisión (“Thirteen reasons why”) que presenta a una adolescente justificando su suicidio por las repetidas deslealtades o vejaciones de sus compañeros, ha conmocionado a padres y escuelas por igual. El show sacudió las redes sociales con once millones de Tweets en el primer mes de su lanzamiento en Marzo 31 de este año, simultáneamente en diversos países de América, Oceanía y Europa. Instagram, Facebook y Musical.ly se llenaron tanto de halagos como de vituperios. Varios pacientes han traído a consulta el tema, sea por genuina preocupación hacia sus hijas (sobre todo ellas) o porque inquieren con razón si existe un riesgo de contagio.
La serie debuta con el casillero póstumo de la protagonista, Hannah Baker (actuada por la australiana Katherine Langford), que se observa en close-up decorado con tarjetas y flores de papel. Tras el desconcierto inicial, la pareja de la víctima, Clay, regresa a casa con un paquete envuelto en papel estraza que contiene una caja de zapatos con trece cassettes. En cada episodio – que representa cada una de las cintas grabadas -, Hannah describe con impasible aplomo como fue excluida, torturada, odiada y ultrajada hasta culminar en su violación, que antecede al nadir de su impotencia y su escapada “forzosa”. El último cassette está dedicado a su consejero escolar, quien omitió reconocer su predicamento e incluso pasó por alto la inminencia del suicidio en su última visita.
Las cintas funcionan como una suerte de carta en cadena. Basadas en el libro homónimo de 2007 escrito por Jay Asher, desglosan la expiación de Hannah que su novio devastado escucha en una sola noche. En la serie se explota la secuencia y los flashbacks para connotar el drama que resulta a la sazón indulgente, grotesco e incluso didáctico en el sentido de reflejar la perversión de lo inevitable. La historia recuerda el best-seller de 1971 “Pregúntale a Alicia” que se preciaba de ser una biografía real, hasta que se descubrió que lo había perpetrado un terapeuta con intenciones francamente promocionales.
Los productores y directores, entre quienes destaca la cantante Selena Gómez, se han jactado de que se trata de un mensaje social, al servicio de la juventud; como si los jóvenes necesitaran de fabricaciones para descubrir sus motivos y temores. De forma engañosa, la serie difiere del libro en que en éste, la chica ingiere píldoras, mientras que en Netflix – ¿porqué escatimar? – Hannah se desgarra verticalmente los antebrazos para consumar la muerte más violenta imaginable.
El epílogo de esta serie, inmaculadamente viciada, es una apología que bautizaron como “Beyond the Reasons” (más allá de las razones) donde los actores pretenden exorcizar y explicar la violencia gratuita de las trece horas que les preceden. Se supone que se trata de contrarrestar el contagio de la antodestructividad enmarcado por un mensaje al pie de pantalla, bastante pérfido, que reza: “Need help now?” (¿necesitas ayuda ahora?).
Quizá lo más vil del programa es la vindicación que alcanza a posteriori la protagonista denunciando a los causantes y con ello logra aparecer redimida y glorificada más allá de cualquier predisposición o fragilidad mental.
El mensaje parece discurrir en el sentido de que todo acto de mutilación o flagelación está razonablemente justificado si hay infractores que lo suscitan por encima del sujeto, induciéndolo a aniquilarse para castigarlos en turno a ellos. De sobra está que las perturbaciones inconscientes o la ambivalencia para adjudicar y proyectar responsabilidades aparentes o reales no aparece en escena.

El maniqueísmo de la cultura mediática en Estados Unidos se deja ver en cada capítulo. No hay espacio para reflexionar, las razones son tácitas y aluden de manera retórica a quienes no supieron apreciar la bondad singular del personaje. Si son tan escasas las películas y series de televisión norteamericana donde el mensaje es digno de profundizar, es porque seguimos inmersos en la difusión de los diálogos y entramados a la manera de Disney o sus apóstoles. Basta recordar el ensayo crítico de Ariel Dorfman y Armand Mattelart “Para leer al Pato Donald”.
La serie ha generado una revolución moral. Obliga con ruindad subliminal a las autoridades escolares a tomar cartas en la psicopatología de la vida cotidiana. Como si tuvieran tiempo para dirimir todas las neurosis que se aglutinan en sus planteles. Por otra parte, ha despertado en muchos padres la convicción de que el mundo es más peligroso por la impulsividad de los congéneres o por el bullying tan trillado, que por la salud mental que destilan en sus hogares. Tal conclusión irreflexiva los aleja más de toda verificación o contacto afectivo, y los coloca en el lugar de la prohibición o la suspicacia; dos venenos de acción lenta para cualquier adolescente.
No se trata de espantar a nadie. El problema de nuestra época mal llamada post moderna, es que la comunicación ha dejado paso a la información furtiva e intrascendente. Que las relaciones ya no son de viva voz – como solíamos decir antaño – ni cara a cara, sino de cara a pantalla. Los adolescentes perviven sumergidos en las redes virtuales. Los transeúntes caminan por las calles indiferentes al entorno, adheridos al smartphone, atropellando o eludiendo a todos con pasmada distracción. Incontables personas aúllan, reclaman o reseñan intimidades hacia sus celulares sin reparar en nada ni nadie. Vemos cada vez más gente acudir a los lugares públicos, desplegar sus teléfonos móviles y – haciendo caso omiso de quien tienen frente a sí – entablar conversaciones a distancia (chats, WhatsApps) que sólo interrumpen para revisar el menú o constatar por instantes si el otro comensal sigue vivo.
La víctima fundamental ha sido sin duda el lenguaje. Dada la profusión de apócopes o Emojis, los interlocutores ya no ven la necesidad de refinar su vocabulario, corregir su sintaxis o, menos aún, recurrir a la lectura para ampliar sus horizontes. En un país como México, donde el promedio de libros terminados por habitante al año no llega a media docena, el dialecto virtual terminará por embrutecernos más y situarnos a merced de los gobernantes, policías y mercenarios menos educados del planeta. Ya somos la segunda potencia mundial en asesinar inocentes, mujeres y periodistas. A cambio, la mayoría de la población desconoce quien fue Juan Rulfo, Octavio Paz o Martín Luis Guzmán, eso si tuvo la fortuna de transitar por la educación secundaria.
Ante la inquietud de si algún día podremos superar el subdesarrollo, valdría la pena preguntarle a Samsung o a Netflix, con descarada ingenuidad, ¿qué nos depara el futuro?

La disyuntiva materna

La disyuntiva materna

A medida que las mujeres han ganado espacio social y profesional, estamos viendo embarazos más tardíos. Hace dos décadas era excepcional escuchar que una mujer intentaba embarazarse por primera vez después de los treinta y cinco años, mientras que hoy es un lugar común. Las ventajas obvias de mayor estabilidad familiar y económica, un nido mejor pertrechado, se ven confrontadas con ciertos riesgos médicos para la madre y su hijo.

Empecemos por las preocupaciones acerca del riesgo genético. Las anormalidades cromosómicas ocurren en uno de cada 160 nacimientos. De éstas, excluyendo a las vinculadas a los cromosomas sexuales X ó Y, la mayoría son alteraciones numéricas de los cromosomas 13, 18 y 21. Los dos primeros son casi incompatibles con la vida (menos del 10% de los nacidos con estos defectos pasa del primer año de edad). Las trisomías autonómicas ocurren como error de separación durante la meiosis materna, de modo que dos copias de un mismo cromosoma ocupan un ovocito. Al ser fecundado, se suma el cromosoma proveniente del espermatozoide y se produce la trisomía.

Por razones históricas, se consideraba que el riesgo genético aumenta después de los 35 años, atribuido al envejecimiento ovárico o a complicaciones obstétricas. Pero el corte de monitoreo genético sólo basado en la edad es equívoco, porque la mayoría de los casos de Síndrome de Down (Trisomía 21) ocurren antes. Así que el criterio actual se basa en la verificación de marcadores bioquímicos combinada con ultrasonido de alta resolución, ambos efectuados durante el primer y segundo trimestre del embarazo, sin reparar en la edad materna.

La trisomía 21 se asocia típicamente con niveles altos de inhibina A y de gonadotropina coriónica humana (hCG), apareados con bajos títulos de alfa-fetoproteína y estriol libre (lo que se denomina el “cuádruple marcador”). De forma análoga, la trisomía 18, también conocida como Síndrome de Edwards, muestra bajos niveles de los tres últimos marcadores. El momento ideal para practicar este tamizaje es entre las 15 y 22 semanas de gestación. Además, el aumento de líquido en la parte posterior del cuello del feto (designado como translucencia nucal), mediante ultrasonido del primer trimestre, indica anormalidades cromosómicas hasta en un 77%. Este defecto ecográfico predice las trisomías mencionadas tanto como síndrome de Turner (genotipo 45 X0; es decir, ausencia genética de cromosoma Y u otro X).

Por otro lado, están los tumores dependientes de estrógenos, que complican la planeación de un embarazo y que deben ser extirpados para hacerlo viable. Los miomas uterinos son las neoplasias benignas más frecuentes en mujeres premenopáusicas. Se pueden diagnosticar en el 10 – 15% de mujeres en edad fértil, cifra que se ve multiplicada exponencialmente durante el climaterio. Los leiomiomas uterinos son formaciones compuestas de músculo liso, matriz extracelular, fibronectina y proteoglicanos. No se sabe bien qué origina estos tumores, pero se conoce que son dependientes de estrógenos, progesterona y algunos factores de crecimiento celular. A medida que crecen, los fibroides engrosan la pared uterina y estimulan al endometrio cuando se acumulan en el espesor muscular subyacente. Pese a ser lesiones benignas, causan muchos síntomas funcionales: sangrado vaginal excesivo, trastornos urinarios, dolor pélvico y dispareunia. Estas molestias obligan a la paciente a recurrir a la histerectomía, un procedimiento quirúrgico costoso y que cuando se propone prematuramente – como es obvio -, interfiere con la maternidad. En tal situación, muchas mujeres jóvenes prefieren someterse a una miomectomía, o extirpación del fibroadenoma, antes que sacrificar su anhelo de tener hijos.

Diversos estudios puntualizan las ventajas de bloquear el riego sanguíneo de estos tumores, con miras a preservar el útero y la opción de embarazos futuros. El procedimiento se conoce como embolización de fibroides uterinos y ha sido aprobado por el Colegio Americano de Ginecología y Obstetricia como una técnica segura para mujeres que no aceptan la histerectomía. Consiste en una inyección selectiva de partículas de polivinilo, microesferas o esponja de gelatina que bloquean el riego sanguíneo del fibroma, haciéndolo exangüe hasta necrosarlo. Todo a través de un catéter introducido en la arteria femoral, con la paciente despierta.

Si bien las complicaciones son pocas (cerca del 5% de las pacientes tratadas experimentan dolor o náusea persistentes), es un procedimiento que sólo se recomienda en manos expertas y bajo control radiológico cuidadoso. Un error de canalización en la arteria hipogástrica puede causar tromboembolismo a distancia o, peor aún, necrosis de ovarios.

Ahora bien, pensemos en la contraparte afectiva, no menos importante que la integridad somática de quien acuna a un bebé en su vientre. Una mujer que ha decidido con quien hacer un hogar, pero que ante todo mantiene su independencia intelectual y económica, está mejor dotada para proveer a su vástago de recursos emocionales y autonomía suficiente frente a las demandas de un mundo caótico y plagado de estímulos y distracciones virtuales. Es en principio una mujer que se da tiempo a sí misma. Que ha sabido sortear dificultades propias del desarrollo y la adquisición de méritos profesionales, que conoce bien el rechazo machista y las exigencias de género. No está dispuesta a depender de otros para alimentar sus sueños.

No puedo asegurar que esta sea una premisa universal, pero los embarazos adolescentes o aquellos que se dan en mujeres que se ven obligadas a truncar su vida académica, antes siquiera de verse recompensadas por un título o un trabajo estable, acarrean existencias en franca desventaja. Vivimos en sociedades postmodernas que no perdonan la falta de recursos técnicos o conocimientos. Todos somos dispensables en este contexto. La tecnología digital ha hecho que los que no tienen nada que aportar resulten más temprano que tarde redundantes, “carne de cañón” solíamos decir en términos bélicos. Ser madre en el presente exige una solidez que no conocieron nuestras abuelas, para quienes la dependencia económica era un hecho irrefutable. La mujer actual, más libre pero a la vez más exigida, debe estar en condiciones de escoger – Freud mediante – un hombre que la apoye, que comparta la carga de la crianza y que sepa, hoy por hoy, que los machos cabríos no son deseables.

La maternidad plantea decisiones que trascienden el periodo mágico de la gestación. La adecuación de la pareja, la identificación con la propia madre y la maleabilidad afectiva están detrás de todo embarazo. Un hijo viene siempre precedido de deseos y fantasías. Lo único que podemos ofrecerle es que llegue al mundo arropado en el auspicio de su madre.

 

El escupitajo

El escupitajo

De niño, me intrigaba el gesto retador y artero de quien escupía sin razón alguna hacia el suelo; caminando, esperando el autobús, o tal vez, a mitad de una charla entre contertulios. Dado su peculiar arbitrio, me pareció a poco de descifrarlo que equivalía a una micción propia de perros o gatos machos, marcando su territorio. Lo curioso es que si bien predominaba entre los albañiles, mecánicos, veladores y otros oficios vernáculos, también lo hacían algunas mujeres  y con frecuencia las meretrices que rondaban sus esquinas en la oscuridad.
Cuando accedí a la pubertad, alguna vez jugamos a ver quien escupía más lejos, tanto como quien aguantaba más la respiración o eructaba más ruidosamente, pero nunca se nos ocurrió que eso debiera ser una táctica cotidiana o que implicara alguna territorialidad. Fue uno de tantos ejercicios para transgredir el orden y la autoridad que nos permitíamos en privado, reticentes de hacernos hombres. En cuanto tuvimos edad para incursionar en los bares, nos recibió con sorpresa la potestad de las escupideras, donde se vertía sin excepción el desenfado. Con el tiempo, escupir se trastocó en un recurso obsceno y acaso reservado para la intimidad de la ducha o el retrete. Supongo que la vergüenza hizo su arribo para imponerse.
He crecido, estudiado y ejercido en una ciudad que comulga con la basura. En mi barrio, en mi Universidad y en torno a mis distintos sitios de trabajo, he visto aglomerarse los escombros, desechos y envases de todo género de manera recurrente. Atraídos casi siempre por estancos de comida, surgen como hongos, uno tras otro, allí donde se estaciona apenas la gente. En mi caso, han sido los hospitales, sobrepasados por los vendedores ambulantes e incapaces de higienizar siquiera las calles aledañas. El oficio de recogedor debe ser tan monótono como infalible en estas latitudes, porque todo ciudadano contribuye con su dejadez y su mugre.
No fue sino hasta bien entrado este siglo que los gobiernos citadinos descubrieron que los cestos de basura podían adecuarse para los lugares públicos. Vimos como proliferaban en los parques, bajo algunos letreros o paradas de autobuses. Poco después, adquirieron una identidad; inorgánica para los desperdicios de plástico, papel, madera o fuego (como si pudieran intercambiarse) y orgánica para todo lo comestible y presuntamente biodegradable.
Como la cultura del Tercer Mundo es ingénita a tal condición de subdesarrollo, basta atestiguar que ambos rubros se obvian por doquier. Botes repletos de basura de todos tintes son la norma, aún en los centros comerciales más exclusivos. Es decir, la inmundicia no es privativa de la pobreza o la falta de educación formal, es un rasgo tan latino como el titubeo y el ingenio para mentir o burlarse de sí mismo.
Cuando pude viajar al extranjero como estudiante de posgrado, lo primero que me deslumbró fue la pulcritud de las calles y los espacios públicos. La gente paseaba a sus mascotas con palas y bolsitas de plástico para recoger sus heces. Los parques estaban impecables en cualquier estación del año. Los cestos de basura eran visibles en cada esquina y la gente los usaba con asiduidad. Pronto pude constatar que había claros matices. Los ciudadanos adinerados de Londres, la urbe que me acogió durante casi un lustro, limpiaban su pedazo de acera, sus patios y entradas, sin esperar que pasara el camión de basura o que nadie más los conminara a hacerlo. Más al sur y en la periferia, la escenografía resultaba familiar. Había cúmulos de basura y paredes con graffiti, la gente miraba hacia otro lado, con descontento, con evidente resentimiento social.
Por esos años se hizo presente el concepto de reciclar la basura. Se calcula que una sola familia urbana desecha entre 45 y 50 kilos de basura por semana. Residuos que tienen que ir a parar a algún contenedor, horno incinerador o pozo de desperdicios. De éstos, cerca de la mitad no es reciclable, así que invade e intoxica la tierra que pisamos y el aire que respiramos irremediablemente.
En los cinturones de mi ciudad son montañas de basura que se han sedimentado por décadas de acumulación fortuita y sin método, cuyo tufo recibe a todo visitante de forma inequívoca.
Sabemos además que la cantidad de escombros metálicos que flotan girando por nuestra atmósfera es escalofriante, y no hay satélites barrenderos o manera de evitar que graviten en nuestro entorno. Una espada de Damocles para la humanidad entera, pendiendo del espacio sideral.
De vuelta a mi barrio, observo a un chico que se estira frente a mí desde una camioneta de legumbres para escupir con desparpajo y retraerse satisfecho de su mísera hazaña. No advierte siquiera mi presencia circulando a su ritmo. Acto seguido, un automovilista a mi derecha abre la ventanilla y arroja sin más una colilla y, unos metros más adelante, la botella de plástico del refresco que ha deglutido, misma que rebota espoleada hasta la acera contigua. ¿Quién la recogerá? ¿Alguien se hará dueño y extirpará esa porquería?
Además de un muro ignominioso que pretende distanciarnos del Primer Mundo, está por supuesto el atraso jurídico y económico que padecemos. Debemos admitir que la ley que se respeta cotidiana y espontáneamente en países más ricos, ahorra muchos recursos. La mayoría de la gente recoge su basura, la separa en botes que permanecen limpios y que amanecen en el mismo lugar en que fueron colocados. Las personas esperan su turno ante cualquier ventanilla y atienden los ubicuos letreros de STOP sin necesidad de semáforos o nuestros emblemáticos topes. Todo eso hace redundante la vigilancia y economiza en fuerza de trabajo. Dinero que, con la mínima honestidad, puede invertirse en beneficios para las comunidades.
Podrán acusarme de malinchista, no lo soy. Quisiera ver a mi país saneado, con orden, donde la corrupción y la criminalidad se paguen con juicios a la medida de cada delito, sin mediar el nepotismo o la negligencia. Me encantaría saber que los periodistas no son asesinados a sangre fría por denunciar a quienes trafican con drogas o los encubren. Imagino ciudades y pueblos donde los gobernantes sepan que fueron elegidos, no por mandato divino o por lealtades inicuas, sino por votantes que requieren su compromiso y su limpieza, en todos los sentidos. Desearía en efecto despertar una mañana, caminar sin miedo, abrir la puertas y ventanas hacia un ambiente renovado, donde cada miembro de mi vecindario haga su pequeño esfuerzo y le exija al transeúnte que no escupa, para eso hay pañuelos desechables.

PD. La imagen que ilustra este relato, para su interés y espero que también para su repudio, fue tomada en Roma en 2009. La identidad comienza cualquier Lunes.