De niño, me intrigaba el gesto retador y artero de quien escupía sin razón alguna hacia el suelo; caminando, esperando el autobús, o tal vez, a mitad de una charla entre contertulios. Dado su peculiar arbitrio, me pareció a poco de descifrarlo que equivalía a una micción propia de perros o gatos machos, marcando su territorio. Lo curioso es que si bien predominaba entre los albañiles, mecánicos, veladores y otros oficios vernáculos, también lo hacían algunas mujeres  y con frecuencia las meretrices que rondaban sus esquinas en la oscuridad.
Cuando accedí a la pubertad, alguna vez jugamos a ver quien escupía más lejos, tanto como quien aguantaba más la respiración o eructaba más ruidosamente, pero nunca se nos ocurrió que eso debiera ser una táctica cotidiana o que implicara alguna territorialidad. Fue uno de tantos ejercicios para transgredir el orden y la autoridad que nos permitíamos en privado, reticentes de hacernos hombres. En cuanto tuvimos edad para incursionar en los bares, nos recibió con sorpresa la potestad de las escupideras, donde se vertía sin excepción el desenfado. Con el tiempo, escupir se trastocó en un recurso obsceno y acaso reservado para la intimidad de la ducha o el retrete. Supongo que la vergüenza hizo su arribo para imponerse.
He crecido, estudiado y ejercido en una ciudad que comulga con la basura. En mi barrio, en mi Universidad y en torno a mis distintos sitios de trabajo, he visto aglomerarse los escombros, desechos y envases de todo género de manera recurrente. Atraídos casi siempre por estancos de comida, surgen como hongos, uno tras otro, allí donde se estaciona apenas la gente. En mi caso, han sido los hospitales, sobrepasados por los vendedores ambulantes e incapaces de higienizar siquiera las calles aledañas. El oficio de recogedor debe ser tan monótono como infalible en estas latitudes, porque todo ciudadano contribuye con su dejadez y su mugre.
No fue sino hasta bien entrado este siglo que los gobiernos citadinos descubrieron que los cestos de basura podían adecuarse para los lugares públicos. Vimos como proliferaban en los parques, bajo algunos letreros o paradas de autobuses. Poco después, adquirieron una identidad; inorgánica para los desperdicios de plástico, papel, madera o fuego (como si pudieran intercambiarse) y orgánica para todo lo comestible y presuntamente biodegradable.
Como la cultura del Tercer Mundo es ingénita a tal condición de subdesarrollo, basta atestiguar que ambos rubros se obvian por doquier. Botes repletos de basura de todos tintes son la norma, aún en los centros comerciales más exclusivos. Es decir, la inmundicia no es privativa de la pobreza o la falta de educación formal, es un rasgo tan latino como el titubeo y el ingenio para mentir o burlarse de sí mismo.
Cuando pude viajar al extranjero como estudiante de posgrado, lo primero que me deslumbró fue la pulcritud de las calles y los espacios públicos. La gente paseaba a sus mascotas con palas y bolsitas de plástico para recoger sus heces. Los parques estaban impecables en cualquier estación del año. Los cestos de basura eran visibles en cada esquina y la gente los usaba con asiduidad. Pronto pude constatar que había claros matices. Los ciudadanos adinerados de Londres, la urbe que me acogió durante casi un lustro, limpiaban su pedazo de acera, sus patios y entradas, sin esperar que pasara el camión de basura o que nadie más los conminara a hacerlo. Más al sur y en la periferia, la escenografía resultaba familiar. Había cúmulos de basura y paredes con graffiti, la gente miraba hacia otro lado, con descontento, con evidente resentimiento social.
Por esos años se hizo presente el concepto de reciclar la basura. Se calcula que una sola familia urbana desecha entre 45 y 50 kilos de basura por semana. Residuos que tienen que ir a parar a algún contenedor, horno incinerador o pozo de desperdicios. De éstos, cerca de la mitad no es reciclable, así que invade e intoxica la tierra que pisamos y el aire que respiramos irremediablemente.
En los cinturones de mi ciudad son montañas de basura que se han sedimentado por décadas de acumulación fortuita y sin método, cuyo tufo recibe a todo visitante de forma inequívoca.
Sabemos además que la cantidad de escombros metálicos que flotan girando por nuestra atmósfera es escalofriante, y no hay satélites barrenderos o manera de evitar que graviten en nuestro entorno. Una espada de Damocles para la humanidad entera, pendiendo del espacio sideral.
De vuelta a mi barrio, observo a un chico que se estira frente a mí desde una camioneta de legumbres para escupir con desparpajo y retraerse satisfecho de su mísera hazaña. No advierte siquiera mi presencia circulando a su ritmo. Acto seguido, un automovilista a mi derecha abre la ventanilla y arroja sin más una colilla y, unos metros más adelante, la botella de plástico del refresco que ha deglutido, misma que rebota espoleada hasta la acera contigua. ¿Quién la recogerá? ¿Alguien se hará dueño y extirpará esa porquería?
Además de un muro ignominioso que pretende distanciarnos del Primer Mundo, está por supuesto el atraso jurídico y económico que padecemos. Debemos admitir que la ley que se respeta cotidiana y espontáneamente en países más ricos, ahorra muchos recursos. La mayoría de la gente recoge su basura, la separa en botes que permanecen limpios y que amanecen en el mismo lugar en que fueron colocados. Las personas esperan su turno ante cualquier ventanilla y atienden los ubicuos letreros de STOP sin necesidad de semáforos o nuestros emblemáticos topes. Todo eso hace redundante la vigilancia y economiza en fuerza de trabajo. Dinero que, con la mínima honestidad, puede invertirse en beneficios para las comunidades.
Podrán acusarme de malinchista, no lo soy. Quisiera ver a mi país saneado, con orden, donde la corrupción y la criminalidad se paguen con juicios a la medida de cada delito, sin mediar el nepotismo o la negligencia. Me encantaría saber que los periodistas no son asesinados a sangre fría por denunciar a quienes trafican con drogas o los encubren. Imagino ciudades y pueblos donde los gobernantes sepan que fueron elegidos, no por mandato divino o por lealtades inicuas, sino por votantes que requieren su compromiso y su limpieza, en todos los sentidos. Desearía en efecto despertar una mañana, caminar sin miedo, abrir la puertas y ventanas hacia un ambiente renovado, donde cada miembro de mi vecindario haga su pequeño esfuerzo y le exija al transeúnte que no escupa, para eso hay pañuelos desechables.

PD. La imagen que ilustra este relato, para su interés y espero que también para su repudio, fue tomada en Roma en 2009. La identidad comienza cualquier Lunes.

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