A medida que las mujeres han ganado espacio social y profesional, estamos viendo embarazos más tardíos. Hace dos décadas era excepcional escuchar que una mujer intentaba embarazarse por primera vez después de los treinta y cinco años, mientras que hoy es un lugar común. Las ventajas obvias de mayor estabilidad familiar y económica, un nido mejor pertrechado, se ven confrontadas con ciertos riesgos médicos para la madre y su hijo.

Empecemos por las preocupaciones acerca del riesgo genético. Las anormalidades cromosómicas ocurren en uno de cada 160 nacimientos. De éstas, excluyendo a las vinculadas a los cromosomas sexuales X ó Y, la mayoría son alteraciones numéricas de los cromosomas 13, 18 y 21. Los dos primeros son casi incompatibles con la vida (menos del 10% de los nacidos con estos defectos pasa del primer año de edad). Las trisomías autonómicas ocurren como error de separación durante la meiosis materna, de modo que dos copias de un mismo cromosoma ocupan un ovocito. Al ser fecundado, se suma el cromosoma proveniente del espermatozoide y se produce la trisomía.

Por razones históricas, se consideraba que el riesgo genético aumenta después de los 35 años, atribuido al envejecimiento ovárico o a complicaciones obstétricas. Pero el corte de monitoreo genético sólo basado en la edad es equívoco, porque la mayoría de los casos de Síndrome de Down (Trisomía 21) ocurren antes. Así que el criterio actual se basa en la verificación de marcadores bioquímicos combinada con ultrasonido de alta resolución, ambos efectuados durante el primer y segundo trimestre del embarazo, sin reparar en la edad materna.

La trisomía 21 se asocia típicamente con niveles altos de inhibina A y de gonadotropina coriónica humana (hCG), apareados con bajos títulos de alfa-fetoproteína y estriol libre (lo que se denomina el “cuádruple marcador”). De forma análoga, la trisomía 18, también conocida como Síndrome de Edwards, muestra bajos niveles de los tres últimos marcadores. El momento ideal para practicar este tamizaje es entre las 15 y 22 semanas de gestación. Además, el aumento de líquido en la parte posterior del cuello del feto (designado como translucencia nucal), mediante ultrasonido del primer trimestre, indica anormalidades cromosómicas hasta en un 77%. Este defecto ecográfico predice las trisomías mencionadas tanto como síndrome de Turner (genotipo 45 X0; es decir, ausencia genética de cromosoma Y u otro X).

Por otro lado, están los tumores dependientes de estrógenos, que complican la planeación de un embarazo y que deben ser extirpados para hacerlo viable. Los miomas uterinos son las neoplasias benignas más frecuentes en mujeres premenopáusicas. Se pueden diagnosticar en el 10 – 15% de mujeres en edad fértil, cifra que se ve multiplicada exponencialmente durante el climaterio. Los leiomiomas uterinos son formaciones compuestas de músculo liso, matriz extracelular, fibronectina y proteoglicanos. No se sabe bien qué origina estos tumores, pero se conoce que son dependientes de estrógenos, progesterona y algunos factores de crecimiento celular. A medida que crecen, los fibroides engrosan la pared uterina y estimulan al endometrio cuando se acumulan en el espesor muscular subyacente. Pese a ser lesiones benignas, causan muchos síntomas funcionales: sangrado vaginal excesivo, trastornos urinarios, dolor pélvico y dispareunia. Estas molestias obligan a la paciente a recurrir a la histerectomía, un procedimiento quirúrgico costoso y que cuando se propone prematuramente – como es obvio -, interfiere con la maternidad. En tal situación, muchas mujeres jóvenes prefieren someterse a una miomectomía, o extirpación del fibroadenoma, antes que sacrificar su anhelo de tener hijos.

Diversos estudios puntualizan las ventajas de bloquear el riego sanguíneo de estos tumores, con miras a preservar el útero y la opción de embarazos futuros. El procedimiento se conoce como embolización de fibroides uterinos y ha sido aprobado por el Colegio Americano de Ginecología y Obstetricia como una técnica segura para mujeres que no aceptan la histerectomía. Consiste en una inyección selectiva de partículas de polivinilo, microesferas o esponja de gelatina que bloquean el riego sanguíneo del fibroma, haciéndolo exangüe hasta necrosarlo. Todo a través de un catéter introducido en la arteria femoral, con la paciente despierta.

Si bien las complicaciones son pocas (cerca del 5% de las pacientes tratadas experimentan dolor o náusea persistentes), es un procedimiento que sólo se recomienda en manos expertas y bajo control radiológico cuidadoso. Un error de canalización en la arteria hipogástrica puede causar tromboembolismo a distancia o, peor aún, necrosis de ovarios.

Ahora bien, pensemos en la contraparte afectiva, no menos importante que la integridad somática de quien acuna a un bebé en su vientre. Una mujer que ha decidido con quien hacer un hogar, pero que ante todo mantiene su independencia intelectual y económica, está mejor dotada para proveer a su vástago de recursos emocionales y autonomía suficiente frente a las demandas de un mundo caótico y plagado de estímulos y distracciones virtuales. Es en principio una mujer que se da tiempo a sí misma. Que ha sabido sortear dificultades propias del desarrollo y la adquisición de méritos profesionales, que conoce bien el rechazo machista y las exigencias de género. No está dispuesta a depender de otros para alimentar sus sueños.

No puedo asegurar que esta sea una premisa universal, pero los embarazos adolescentes o aquellos que se dan en mujeres que se ven obligadas a truncar su vida académica, antes siquiera de verse recompensadas por un título o un trabajo estable, acarrean existencias en franca desventaja. Vivimos en sociedades postmodernas que no perdonan la falta de recursos técnicos o conocimientos. Todos somos dispensables en este contexto. La tecnología digital ha hecho que los que no tienen nada que aportar resulten más temprano que tarde redundantes, “carne de cañón” solíamos decir en términos bélicos. Ser madre en el presente exige una solidez que no conocieron nuestras abuelas, para quienes la dependencia económica era un hecho irrefutable. La mujer actual, más libre pero a la vez más exigida, debe estar en condiciones de escoger – Freud mediante – un hombre que la apoye, que comparta la carga de la crianza y que sepa, hoy por hoy, que los machos cabríos no son deseables.

La maternidad plantea decisiones que trascienden el periodo mágico de la gestación. La adecuación de la pareja, la identificación con la propia madre y la maleabilidad afectiva están detrás de todo embarazo. Un hijo viene siempre precedido de deseos y fantasías. Lo único que podemos ofrecerle es que llegue al mundo arropado en el auspicio de su madre.

 

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