La reciente serie de televisión (“Thirteen reasons why”) que presenta a una adolescente justificando su suicidio por las repetidas deslealtades o vejaciones de sus compañeros, ha conmocionado a padres y escuelas por igual. El show sacudió las redes sociales con once millones de Tweets en el primer mes de su lanzamiento en Marzo 31 de este año, simultáneamente en diversos países de América, Oceanía y Europa. Instagram, Facebook y Musical.ly se llenaron tanto de halagos como de vituperios. Varios pacientes han traído a consulta el tema, sea por genuina preocupación hacia sus hijas (sobre todo ellas) o porque inquieren con razón si existe un riesgo de contagio.
La serie debuta con el casillero póstumo de la protagonista, Hannah Baker (actuada por la australiana Katherine Langford), que se observa en close-up decorado con tarjetas y flores de papel. Tras el desconcierto inicial, la pareja de la víctima, Clay, regresa a casa con un paquete envuelto en papel estraza que contiene una caja de zapatos con trece cassettes. En cada episodio – que representa cada una de las cintas grabadas -, Hannah describe con impasible aplomo como fue excluida, torturada, odiada y ultrajada hasta culminar en su violación, que antecede al nadir de su impotencia y su escapada “forzosa”. El último cassette está dedicado a su consejero escolar, quien omitió reconocer su predicamento e incluso pasó por alto la inminencia del suicidio en su última visita.
Las cintas funcionan como una suerte de carta en cadena. Basadas en el libro homónimo de 2007 escrito por Jay Asher, desglosan la expiación de Hannah que su novio devastado escucha en una sola noche. En la serie se explota la secuencia y los flashbacks para connotar el drama que resulta a la sazón indulgente, grotesco e incluso didáctico en el sentido de reflejar la perversión de lo inevitable. La historia recuerda el best-seller de 1971 “Pregúntale a Alicia” que se preciaba de ser una biografía real, hasta que se descubrió que lo había perpetrado un terapeuta con intenciones francamente promocionales.
Los productores y directores, entre quienes destaca la cantante Selena Gómez, se han jactado de que se trata de un mensaje social, al servicio de la juventud; como si los jóvenes necesitaran de fabricaciones para descubrir sus motivos y temores. De forma engañosa, la serie difiere del libro en que en éste, la chica ingiere píldoras, mientras que en Netflix – ¿porqué escatimar? – Hannah se desgarra verticalmente los antebrazos para consumar la muerte más violenta imaginable.
El epílogo de esta serie, inmaculadamente viciada, es una apología que bautizaron como “Beyond the Reasons” (más allá de las razones) donde los actores pretenden exorcizar y explicar la violencia gratuita de las trece horas que les preceden. Se supone que se trata de contrarrestar el contagio de la antodestructividad enmarcado por un mensaje al pie de pantalla, bastante pérfido, que reza: “Need help now?” (¿necesitas ayuda ahora?).
Quizá lo más vil del programa es la vindicación que alcanza a posteriori la protagonista denunciando a los causantes y con ello logra aparecer redimida y glorificada más allá de cualquier predisposición o fragilidad mental.
El mensaje parece discurrir en el sentido de que todo acto de mutilación o flagelación está razonablemente justificado si hay infractores que lo suscitan por encima del sujeto, induciéndolo a aniquilarse para castigarlos en turno a ellos. De sobra está que las perturbaciones inconscientes o la ambivalencia para adjudicar y proyectar responsabilidades aparentes o reales no aparece en escena.

El maniqueísmo de la cultura mediática en Estados Unidos se deja ver en cada capítulo. No hay espacio para reflexionar, las razones son tácitas y aluden de manera retórica a quienes no supieron apreciar la bondad singular del personaje. Si son tan escasas las películas y series de televisión norteamericana donde el mensaje es digno de profundizar, es porque seguimos inmersos en la difusión de los diálogos y entramados a la manera de Disney o sus apóstoles. Basta recordar el ensayo crítico de Ariel Dorfman y Armand Mattelart “Para leer al Pato Donald”.
La serie ha generado una revolución moral. Obliga con ruindad subliminal a las autoridades escolares a tomar cartas en la psicopatología de la vida cotidiana. Como si tuvieran tiempo para dirimir todas las neurosis que se aglutinan en sus planteles. Por otra parte, ha despertado en muchos padres la convicción de que el mundo es más peligroso por la impulsividad de los congéneres o por el bullying tan trillado, que por la salud mental que destilan en sus hogares. Tal conclusión irreflexiva los aleja más de toda verificación o contacto afectivo, y los coloca en el lugar de la prohibición o la suspicacia; dos venenos de acción lenta para cualquier adolescente.
No se trata de espantar a nadie. El problema de nuestra época mal llamada post moderna, es que la comunicación ha dejado paso a la información furtiva e intrascendente. Que las relaciones ya no son de viva voz – como solíamos decir antaño – ni cara a cara, sino de cara a pantalla. Los adolescentes perviven sumergidos en las redes virtuales. Los transeúntes caminan por las calles indiferentes al entorno, adheridos al smartphone, atropellando o eludiendo a todos con pasmada distracción. Incontables personas aúllan, reclaman o reseñan intimidades hacia sus celulares sin reparar en nada ni nadie. Vemos cada vez más gente acudir a los lugares públicos, desplegar sus teléfonos móviles y – haciendo caso omiso de quien tienen frente a sí – entablar conversaciones a distancia (chats, WhatsApps) que sólo interrumpen para revisar el menú o constatar por instantes si el otro comensal sigue vivo.
La víctima fundamental ha sido sin duda el lenguaje. Dada la profusión de apócopes o Emojis, los interlocutores ya no ven la necesidad de refinar su vocabulario, corregir su sintaxis o, menos aún, recurrir a la lectura para ampliar sus horizontes. En un país como México, donde el promedio de libros terminados por habitante al año no llega a media docena, el dialecto virtual terminará por embrutecernos más y situarnos a merced de los gobernantes, policías y mercenarios menos educados del planeta. Ya somos la segunda potencia mundial en asesinar inocentes, mujeres y periodistas. A cambio, la mayoría de la población desconoce quien fue Juan Rulfo, Octavio Paz o Martín Luis Guzmán, eso si tuvo la fortuna de transitar por la educación secundaria.
Ante la inquietud de si algún día podremos superar el subdesarrollo, valdría la pena preguntarle a Samsung o a Netflix, con descarada ingenuidad, ¿qué nos depara el futuro?

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