La unidad de diálisis mantiene su pertinaz ronroneo mientras Alfonso me dicta la carta notarial. Pese a su pulcritud, es un ambiente lúgubre, con caras grises y pies abotagados. Las enfermeras pasan con regularidad y son todo sonrisas, gesto que tiñe con algo de gracia lo ominoso. Todos los presentes somos amables, hablamos en voz baja, condescendemos de cara a la muerte.
Mi interlocutor es un residuo de sus mejores épocas. Su palidez es cadavérica, ha perdido buena parte del cabello, que permanece en flecos deslucidos sobre su cráneo opaco y plagado de queratosis. De sus brazos enclenques destaca la fístula, que palpita mientras sorbe el líquido de diálisis. Es todo huesos – suele pregonar – salvo ese vientre fláccido que lo distingue como carne de hidropesía. Las piernas brillantes, tumefactas, emergen del pijama que ha sido descosido para albergar su creciente volumen. Al extremo, cuelgan las pantuflas, demasiado pequeñas para sus pies edematosos, demasiado viejas. Habla con lentitud, esforzándose para sesear por falta de aliento y si bien esboza un discurso lúcido, se ve constantemente interrumpido para jadear y procurar resuello. Parece más un recuento de su declive que una voluntad anticipada.
– A nadie puedo adjudicar mi desidia, Lic – comienza, exhibiendo la cordialidad que nos une.
– Lo escucho, profe – me atrevo a decir en el mismo tono. Hubiese querido afirmar su recriminación, pero es tarde, y me contengo.
– Después del cáncer, que me dejó mutilado, bebí y comí de manera pantagruélica para celebrar la vida. Pulsión de muerte, ahora lo sé. Mi diabetes, silenciosa enemiga, se hizo presente sin ataduras. Poco a poco me quemó los ojos, se insinuó en mis arterias y destruyó mis riñones, o lo que quedaba de ellos. Me negué a la insulina, como a tantas otras prioridades; la necedad es el verdugo del enfermo crónico. ¿Sabes?
No espera respuesta alguna y prosigue.
– Mi tercera esposa, desesperada por mi negligencia, me abandonó…
En ese momento, Sandra, la enfermera en turno, nos interrumpe con su presencia angelical y siempre inoportuna.
– Si tiene sed puede mojarse los labios, señor Domínguez. Pero no abuse, ¿eh?
Ambos la miramos con obvia impaciencia y asentimos al unísono. Sandra se aleja indiferente, como si recorriese un telón.
– Te decía, Lic., que María mantuvo la distancia. Me llamaba de tanto en cuanto para saber si había cambiado, pero supongo que el amor – como las cosas frágiles – se marchita sin sustento. Se cambió de domicilio, finalmente emigró y puso fronteras infranqueables de por medio.
– Intuyo un reproche, Alfonso – le digo.
– No, ni mucho menos – insiste, convincente. – Un condenado a muerte debe soltar amarras justo a tiempo. Me dolió su partida, no lo niego, pero era una crónica largamente anunciada. En mi gesta suicida, deseaba su felicidad, aunque no supe procurársela.
Sus ojos pálidos y hundidos parecen anegarse, traga saliva y se pierde en lontananza. Yo aprovecho para escabullirme a la máquina de café del pasillo cercano y darle tiempo a su congoja.

Cuando regreso, café humeante en mano, se ha repuesto y me mira con afecto; los ojos entrecerrados, exhibiendo un profundo hastío. Su mano temblorosa ha derramado el agua sobre la bata y se muestra indefenso, necesitado de que alguien lo rescate de tan interminable suplicio.

– Hacerse viejo es terrible – decía un colega añoso con cinismo – pero la alternativa no se la recomiendo a nadie.

– Te ayudo, profe. Déjame ver.

– Disculpa la torpeza, Emilio. Le llaman encefalitis urémica y me acomoda para desplazarme como una bestia. Aunque lo dudes, me avergüenza. Sufro la inutilidad tanto como mis averías orgánicas. En estos momentos, pienso en tantos hombres admirables que llegaron hasta verse en los reflejos del río Estigia. Su creatividad cobró una dimensión novedosa. ¿Recuerdas la técnica de decoupage que sublimó Henri Matisse en los últimos lustros de su vida? Hacía sus recortes desde la cama, incapaz de erguirse sobre su debilidad. Pareciera que el cáncer de colon le destiló sus mejores recursos artísticos. No todos cargamos esa entraña y esa virtud de apreciar cada gota de energía que nos queda.

Con el botón de alarma, acude la otra enfermera, una mujer joven, bastante tímida, que se desvive por mostrar su competencia.
– ¿Elizabeth, podrías traernos un cambio de bata?- imploro.
La chica observa con detenimiento al paciente y con un movimiento sutil, abre la bata húmeda.
– Estás mojado, Alfonso – dice con obvia naturalidad. – ¿Otra vez se te salió sin darte cuenta?
El bochorno se apodera de mi amigo, que inclina la cabeza en ademán infantil y alcanza a proferir: – Lo siento.
La enfermera le toca el hombro con ternura y se gira para traer un cambio de ropa.
Sigue una escena bastante vergonzosa, que atestiguo incómodo sin atinar a quedarme por solidaridad o alejarme con recato. Decido voltear hacia la puerta mientras finjo sorber mi café y revisar mis notas.
Acude un camillero, que hace su trabajo en silencio; mueve al enfermo como un muñeco de trapo, lo despoja de su pijama, y entrega la ropa interior a una asistente mientras la enfermera lo limpia diligentemente con una toalla húmeda y termina por vestirlo con esmero.
La escena ocurre a la vista de todos los demás enfermos, que observan la desnudez esquelética de Alfonso, sus genitales y carnes péndulas, sin asombro alguno. En esos minutos de escarnio, me identifico a fondo con su dolor, su mansedumbre, y entiendo por fin la vejación que le ha impuesto la enfermedad y su tratamiento.

Una vez que lo han vestido, con el catéter a punto y colocado a un lado, el profe me mira con aflicción y me invita a continuar con la tarea.

– Déjalo bien claro, Emilio, en términos legales. No admitiré ninguna forma de resucitación, mi cuerpo no será ultrajado en beneficio de la ciencia o la futilidad. Ni tubos, ni oxígeno suplementario ni marcapasos. Deseo morir apaciblemente y si las circunstancias lo permiten, en mi triste departamento, en compañía de mis libros y quien quiera compartir mi soledad de moribundo. Nada más.

Me despido con afecto y tras el volante rememoro al viejo amigo que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras hace tantos años. Su energía indomable, la devoción con la que los alumnos lo atendían sin parpadear, aquellos discursos contra la incongruencia política de las autoridades, su valentía para encabezar las marchas y las arengas públicas. Ante todo, su autoridad académica, que tanto admiramos. Y ahora, este despojo maltrecho y sofocado, alargando la agonía. La fatalidad es un espejismo indescifrable.

Dos días después me enteré de la tragedia. Cuando lo trasladaban de vuelta a su domicilio y echando mano de las pocas fuerzas que le quedaban, Alfonso abrió la portezuela en pleno movimiento y se arrojó a la avenida saturada de vehículos. Su cuerpo quedó aplastado en medio del accidente vehicular, con el tórax hecho un saco de sangre y los brazos en posición grotesca. Sólo destacaba – según afirmó el forense – una sonrisa paradójica, como de alguien que ha encontrado su destino manifiesto.

A.D.,  ante deum – pienso – o tal vez advanced directives (pautas previas, podría decirse). Como él, en su actitud disidente, lo habría esgrimido.

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