En fecha reciente he leído testimonios que hilvanan ese crimen sistemático que se ha denominado el Holocausto (por definición, sacrificio o destrucción en escala masiva).
El historiador Laurence Rees, sin melodramas, ha sabido resaltar el proceso de justificación de poder y de ignominia que los nacionalsocialistas emprendieron – con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes – contra las razas designadas como inferiores. Ante todo, los judíos, a quienes calumniaron de usurpadores y degenerados, por tanto sujetos de exterminio sin miramientos. Después, la población rusa – “bolcheviques” que asimilaron perversamente con los primeros – para acreditar su traición al pacto Molotov-Ribbentrop y el ulterior avasallamiento de sus fronteras, hasta que el invierno y la templanza indomable de sus defensores los detuvieron a las puertas de Stalingrado. Antes, los hornos crematorios se ensayaron con homosexuales, discapacitados físicos o mentales, incontables Sinti, Roma y prisioneros de guerra en todos los rincones del Reich.
Quizá lo que más lastima y ofende es que el ciudadano común, heredero de Goethe, Schopenhauer y Bach, se acomodara insensiblemente al papel de sicario. En efecto, quienes pasaron la prueba de ser puros de raza, vieron sin protestar cómo sus vecinos, los comerciantes, los niños y ancianos judíos eran despojados en todas las ciudades del Imperio para no volver nunca más. Supieron que los encerraban en ghettos, que los vejaban y herían. Que separaban familias y destituían a los padres. Que las juventudes nazis y las brigadas de la Schutzstaffel los empujaban, golpeaban y escupían frente a sus narices como reos despreciables, amalgamando el odio que sus líderes habían polarizado con arengas. Dar la espalda, cerrar las cortinas, mirar impasible, negar o pretender olvidar equivale a complicidad y connivencia; en todo tiempo y en todo lugar.

Vinieron después las desapariciones, los trenes rigurosamente vigilados, la escasez y la derrota. Pero los deportados nunca volvieron. Las casas derruidas quedaron vacías, ningún ciudadano judío regresó para reclamarlas o construir sobre sus escombros. Los que perdieron la guerra callaron. Siguieron viviendo y culparon a los nazis de verse forzados, de aquella silenciosa confabulación. Reconstruyeron su país con humildad y vergüenza, pero se cuidaron de admitir su culpa o acaso expiarla. Fui testigo de ello en los ochentas cuando acudí a la primera muestra de arte degenerado (Entartete Kunst) que se escenificó en Berlín Occidental, a la vera del infame muro. ¡Cincuenta años después de su inauguración en Munich!

Cabe preguntarse todavía cómo pudieron acallar ese peso, esa responsabilidad. Un pueblo supuestamente culto y tolerante, una nación construida en los surcos fértiles de la filosofía, la ciencia y la música. Al revisar las fotografías de aquella época, destacan las sonrisas de suficiencia de los jóvenes rubios, enfundados en uniformes pardos o camisetas deportivas con la svástica al frente, orgullosamente portada como signo inequívoco de identidad. No solamente los miembros del partido veneraban a Hitler, se beneficiaron directa o indirectamente todos aquellos a quienes los despidos, los saqueos y los destierros dejaron la senda abierta. De manera natural, tal vez para condonar la indolencia de nuestros ancestros, tendemos a atribuir los excesos al aparato militar. No fue así. Los alemanes, austriacos, croatas, rumanos y tantos otros aliados de la tiranía, cumplieron con la limpieza étnica y esperaron con fruición las retribuciones que traería su maridaje.

Los mercenarios y sus vasallos fueron más que crueles; torturaron y fusilaron a decenas de miles de personas inocentes en bosques, parajes remotos y ante fosas comunes. Cumplieron las órdenes con el mayor fervor y exceso. Basta recordar que los nazis optimizaron su personal y restringieron el impacto de los campos de exterminio entre sus correligionarios. Mientras más eficientes sus crímenes, menos necesaria la participación de guardias o verdugos. Eso lo delegaron a los Kapos, Sonderkommandos o judíos renegados dispuestos a seleccionar, engañar, conducir a las cámaras de gas y recoger los cadáveres para cremarlos. Los soldados alemanes supervisaban desde lejos. La cadena de mando no dejó eslabón sin pulir.

Entre las revelaciones más siniestras está la del joven Tadeusz Smreczynski, enviado a Auschwitz con dieciocho años de edad por distribuir panfletos y ayudar a los fugitivos de Silesia. “Traté de entender cómo era posible que se consideraran civilizados. Los miembros de las Waffen-SS estaban sentados a la vista de los crematorios donde ardían niños y mujeres. Ahí, plácidamente sentados. Se les veía satisfechos de haber cumplido su trabajo y dispuestos a gozar de cierto entretenimiento cultural. No había dilema alguno. El viento de Birkenau soplaba el humo fétido del campo de exterminio, mientras ellos charlaban, fumaban y escuchaban a Mozart o Beethoven. Eso es lo que un ser humano es capaz de perpetrar…”

La masacre se agudizó durante la primavera-verano de 1944, cuando a todas luces la guerra estaba perdida y el Ejército Rojo rompía las líneas alemanas en Bielorrusia (mediante la Operación Bagration), a la par que los aliados desembarcaban en Normandía. Entre Mayo y Julio de ese año funesto, cuatrocientos treinta mil judíos húngaros fueron deportados al complejo de Auschwitz-Birkenau, por mediación directa de Adolf Eichmann, asentado en Budapest. Más del noventa por ciento de esos niños, adultos y ancianos murieron sofocados por Zyklon B a pocos minutos de su arribo.

Una vez desmoronado el Tercer Reich, la coalición triunfante decidió repartirse el país para sojuzgarlo y evitar que reencarnara en una potencia destructiva. Tras muchas décadas de oprobio, los alemanes – siempre perseverantes- se reunificaron y gobiernan Europa con brazo severo e impasible. La insolvencia de Grecia es el ejemplo más próximo.

En los últimos meses hemos avistado la amenaza de otros nacionalismos. Triunfó la corriente más retardataria en Estados Unidos, apoyada por supremacistas blancos, trabajadores desilusionados, empresarios y déspotas dispuestos a cualquier contubernio antes que ceder sus privilegios. La cobertura sanitaria implementada contra viento y marea por la administración demócrata se disolvió entre regateos. Si bien no todo ha sido miel sobre hojuelas para el retórico presidente, sus adeptos siguen ganando terreno. Hasta que las minorías estallen o terminen por doblegarlas.

Del otro lado del Atlántico, en la patria de l’affaire Dreyfus, una pérfida heredera del colaboracionismo, estuvo a un paso de adueñarse del Eliseo. Su padre, populista que se mofa del Holocausto, ahora festeja el ascenso del fascismo y la xenofobia. Sabe de cierto que no perdió, sólo aplazó un desenlace anunciado. – Expulsaremos a los migrantes, los pies negros, los judíos y comunistas – ha repetido, haciendo eco del gobierno de Petain y del sometimiento nazi. ¿Qué decir de Austria, Holanda, Corea del Norte o Venezuela? Parece que la humanidad no ha aprendido de las lecciones penosas que ha traído el fanatismo.

Con la profusión de lábaros que ocuparon los íconos de WhatsApp tras el triunfo electoral de Trump, cabía preguntarse si el patriotismo por decreto va a salvarnos de su desprecio, antes que el trabajo o el sentido de comunidad. Un país dividido, a merced del narcotráfico, rehén de gobernantes corruptos y pusilánimes, presume de esgrimir su bandera como un tigre de piel contra el colonialismo. Me parece que primero hay que derrocar a los tiranos, limpiar las calles y recuperar los parques. Exigir que se respete el voto, que los narcopolíticos cumplan sus condenas y devuelvan lo robado. Que se construyan escuelas, clínicas y no centros comerciales. Que la tan cacareada “lucha contra la pobreza” se transforme en empleos y desarrollo industrial, no en proclamas que se reparten entre los acarreados.

Pierdo esperanza. Por mi ventana veo aglomerarse los autos frente a una rampa en construcción para facilitar el acceso al más abyecto complejo mercantil de una megalópolis de suyo sobrepoblada y depauperada. Nos han implantado el germen del consumo; en la actualidad visitamos “malls” en lugar de parques públicos. Recorremos por horas los escaparates – sin dinero para comprar, salvo baratijas – y bebemos café encarecido e importado, que se cultiva en el Tercer Mundo. Las calles son intransitables, las aceras están rotas y los comercios pululan en la jungla de concreto, engullendo los árboles, el césped y la propiedad pública. Atrás quedó la expropiación del petróleo, la amplitud de las playas y la vegetación que cubría valles y montañas. No extraña que nuestros coterráneos se rehúsen a volver si los deporta el gobierno xenófobo del Pato Donald. Aquí no hay trabajo ni vivienda ni futuro.

Desde cualquier trinchera, tenemos que retomar el cielo y la tierra. Gritemos, protestemos, trabajemos con ahínco. No podemos permitir que las creencias y las lealtades fanáticas nos nublen el pensamiento. Alguna vez, durante la dictadura de Videla, nuestros hermanos argentinos (así, sin confines) decidieron adherirse al reclamo de las Malvinas, repitiendo la consigna ultranacionalista de su goberno militar. Todo ello tras el circo del Campeonato Mundial de 1978. El resultado pudo ser más desastroso, pero los ingleses se conformaron con demostrar que no estaban para escaramuzas.

La fuerza de una nación se mide por el ímpetu y la laboriosidad de sus habitantes, no por los vítores o las consignas. Habrá que aprender de la historia; seamos hombres y mujeres dignos, atentos a quienes nos necesitan, orgullosos de nuestra herencia cultural y la sangre indígena, no de aquello que nos prostituye y vilifica. La patria es primero es un precepto que ha causado más muertes e improperios que las batallas perdidas. Es la comunidad de ciudadanos lo que merece respeto y defensa a ultranza. Sin ello, no hay territorio ni pueblo, tampoco nación alguna.

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