El fenómeno de autoinmunidad puede considerarse una paradoja biológica. Se inscribe en un red de señales moleculares, heredables, que fungen filogenéticamente como un recurso protector para responder a las lesiones internas y a los peligros de los invasores patogénicos. Sin embargo, una de las amenazas más significativas contra la integridad orgánica es el propio sistema inmune.

En más de un sentido, la respuesta autodestructiva que debuta como una serie de síntomas orgánicos de difícil integración semiológica, y que en la experiencia clínica se ven profundamente modulados por el carácter y el ánimo, ofrece la posibilidad de proponer un escenario psicodinámico para explicar su génesis y presentación.

La evolución neurosensorial del infante lo conduce no sólo a descubrir su cuerpo, sino también y sobre todo a apropiárselo, a identificarlo como propio. Esto implica que sus pulsiones, y en particular sus pulsiones sexuales, toman su cuerpo como objeto. Desde este narcisismo constitutivo existe una investidura permanente del sujeto sobre sí mismo, que contribuye finamente a su dinámica y que participa de las pulsiones del yo y de su vida instintiva. Conforme se va dando el desenvolvimiento del yo, éste incopora en su acervo mnémico representaciones de los objetos, y a medida que el sistema nervioso madura, las modulaciones autonómicas permiten diferenciar lo externo de lo interno, y por lo tanto, el self de los objetos.

La presencia del cuerpo, en una etapa del desarrollo que antecede a la simbolización y el lenguaje, está representada por las angustias derivadas del vínculo atávico con el objeto primario. La integración de lo propio y lo ajeno (investida de origen en el pecho y la mirada maternos) sigue un proceso de devolución dialéctica de la libido que va decantando funciones, en pulsos rítmicos y reiterativos, a los órganos internos, que se manifiestan por estímulos psiconeuroendócrinos hasta que, gradualmente, adquieren la autonomía que demanda el desarrollo extrauterino. Al ajustarse a los impulsos del pequeño, la madre le facilita la ilusión de que las respuestas son creadas por sí mismo. El bebé se vale de los detalles percibidos una y otra vez para la creación del objeto esperado.

Así, la piel se hace depositaria de caricias y de impulsos sensitivos, el tubo digestivo deviene reservorio y movilizador de gratificaciones, y de forma sustancial, el sistema nervioso se inviste de mensajes primarios que responden al diálogo objetal. Paralelamente, el sistema inmune del bebé adquiere el repertorio antigénico que le dará identidad, al tiempo que sustituye poco a poco la dependencia de los anticuerpos transmitidos pasivamente a través de la placenta y el caldo nutricio que es la leche materna en los primeros meses de vida. Su médula ósea procrea precursores linfocitarios que migran al timo para educarse en la discriminación de lo propio y lo extraño, en un contexto molecular que remeda la evolución del narcisismo primario en pos de la representación simbólica y la adquisición del lenguaje.

Al completar el desarrollo, coincidiendo con el inicio de la fase de separación-individuación en el niño, emerge un repertorio completo de células linfoides del bazo y el timo para poblar la poza circulante. A partir de ese momento, el sistema inmune está en condiciones de enfrentrar los retos antigénicos que le depara el ambiente y el contacto con los otros. Cada vez que el sistema inmune del individuo ve a un microrganismo infectante requerirá de dos señales: una del receptor antigénico y otra señal co-estimulatoria que dictará en qué sentido se moviliza la respuesta (sea de cooperación o de destrucción). Este modelo limitante explica porqué, a pesar de los incontables encuentros adversos que experimentamos durante la vida, la autoinmunidad, es decir, la confusión entre lo propio y lo ajeno, es tan esporádica.

La aparición de un proceso patológico autoinmune está sujeto a un “second hit” epigenético, es decir, al impacto de segundos mensajeros subcelulares. Se trata de neuroquininas o citocinas cuyos receptores yacen en la superficie de los linfocitos y que alteran el ritmo de las huellas celulares conocidas, y rompen así la homeostasis inmunológica. A este fenómeno se le conoce como ruptura de la tolerancia a lo propio.

La naturaleza adaptativa de la tolerancia a lo propio es una propiedad esencial del sistema inmune de los mamíferos. Dadas sus funciones discriminatorias, que consisten en reconocer y responder ante la agresión de moléculas inesperadas mediante la diversidad genética, de origen no existe la impronta para identificar qué estructuras celulares conducirán a la defensa y cuáles inducirán respuestas autodestructivas. Para cumplir este requisito vital de especificidad inmunológica, deben seguirse varios pasos en el desarrollo embrionario y perinatal que consisten en la selección negativa y positiva de receptores celulares hasta conferir un repertorio antigénico propio. Se delínea así una “huella digital” inmunológica, por así decirlo, que nos permite vivir en paz con nuestros propios tejidos y frente a nuestro cambiante entorno. El detonante de la lesión autoinmune, desde una perspectiva biológica, depende del equilibrio de la respuesta neuroendócrina de estrés, de modificaciones en el microambiente hormonal y, como se señaló, de un segundo estímulo nocivo que recae por contigüidad en ciertos órganos blanco (por ejemplo, infecciones virales concurrentes, migración linfocitaria secundaria a inflamación, o señalización excesiva de neurotransmisores).

Desde una perspectiva psicodinámica, el Yo corporal del infante, desprovisto aún de lenguaje y capacidad de simbolización, se integra mediante el conflicto que ejerce la fuerza instintiva y la incorporación de una fantasía materna apropiada por la libido narcisista. Si la madre significa estas proyecciones narcisistas con afecto y constancia, se organiza poco a poco en el bebé una imagen corporal que se tolera y que reviste, desde la percepción interna, los órganos con identidad y armonía. El objeto internalizado se escinde así, llevando consigo a las estructuras yoicas organizadas bajo su sombra, dado que están identificadas desde el origen con ese objeto ambivalente. A partir de ese momento determinante, una parte del yo tratará a la otra como extraña y se pondrá en marcha la escisión funcional que subyace a los procesos autoinmunes. Metáfora de la defensa esquizoparanoide kleiniana: tomar lo bueno y excluir lo malo.

Desde luego, se pueden observar tales procesos de escisión, proyección excesiva de impulsos agresivos y activación de objetos persecutorios en los trastornos limítrofes y narcisistas de personalidad y en algunos cuadros paranoides. Podemos argumentar que la diferencia estriba en que la génesis de estas patologías psiquiátricas es más tardía, cuando el yo se halla mejor organizado y el individuo ha alcanzado cierto nivel de simbolización y de lenguaje. Porque el conflicto hace referencia a un punto de fijación donde el yo y el objeto no están bien constituídos, y se halla íntimamente vinculado a los procesos de investidura libinal en el cuerpo, los síntomas no ocurren en el ámbito mental sino en el físico. Es decir, se refieren a huellas inconscientes no simbolizadas que encarnan en el territorio de lo desconocido.

En la autoinmunidad, el cuerpo se queja de manera muda, palabra informulada pero elocuente que se difiere hasta que se enfrenta a la dialéctica de la reemergencia del objeto persecutorio a cambio de uno situado en el propio cuerpo. “En la histeria, el cuerpo habla y participa activamente en el diálogo, expresándose; mientras que en el trastorno psicosomático, el cuerpo (principalmente en sus vísceras) aparece padeciendo de palabras no asumidas”. Vale decir que el padecimiento autoinmune es un resto de carne en el cuerpo.

Me permito ilustrar lo anotado hasta ahora con una viñeta clínica. Aurelia tiene 34 años cuando acude a consulta aquejando síntomas depresivos que siguen a un diagnóstico devastador. Delgada e histriónica hasta lo teatral, es la sexta de ocho hermanos, a quien la madre trató siempre como la muñeca fea, recelosa de un padre melancólico que apenas pudo compensar sus duelos. Tras una unión libre que reiteró la descalificación de la madre, se somete a una cesárea de un embarazo deseado con ambivalencia. Durante el procedimiento, los médicos no advierten que se agota el hipnótico y la paciente experimenta la angustia inefable de escuchar en detalle cómo se desangra, cómo su hija nace con hipoxia y cómo los intentos de resucitación resultan infuctuosos, hasta que los signos vitales hacen que el anestesiólogo se de cuenta del drama y aplique una dosis mayor de somnífero. Al despertar, la ansiedad de muerte la desmorona emocionalmente. Pasa días en el hospital bajo sedantes y una precaria psicoterapia de contención en un estado delirante que sólo se resuelve hasta que le entregan a su hija sana. Meses después, según me describe, debuta con parestesias en el cuerpo, hemianopsia y dificultad para la micción. Los exámenes demuestran numerosas lesiones desmielinizantes en la médula espinal y se le diagnostica esclerosis múltiple. Como elemento central de nuestra hipótesis, describe sucesivamente a su madre como una profesional extraordinaria, una Doña Bárbara -autoritaria y castrante-, o bien, la mujer omnímoda que mantuvo al padre, un ser anodino, en un distante segundo plano hasta su muerte.

Podemos conjeturar que la experiencia mortífera de Aurelia resignificó los impulsos agresivos de y contra su madre. “La niña no respira, se va a morir”, se puede leer como un equivalente retaliatorio. Su vivencia pasiva, de estar anestesiada y “sometida”, reproduce también su relación con la madre, percibida como omnipotente. Esto explica como meses después ella debuta con una esclerosis múltiple donde se escenifica la parálisis y la venganza materna.

Su propia maternidad, asimilada con la pulsión de muerte, re-conoció al objeto primario como atrapado, asfixiándola y diseminándose en su sistema nervioso inmóvil, incapaz de traducir la huella. Si a esta imagen clínica aunamos la obligada migración linfocitaria que se emite a partir de tal respuesta de estrés, capaz de producir úlceras en mucosas o lesiones vasculares indelebles, cabe hipotetizar que las vainas de mielina de esta paciente (o para decirlo neuroanatómicamente, sus envolturas dendríticas) se vieron sacudidas por un ataque inmunológico sin precedentes.

En su acepción psicodinámica, el padecimiento autoinmune es una forma de preservar al objeto parcial en un intento de reparación melancólica donde se escenifican, inconsolables, los impulsos agresivos contra las representaciones inconscientes depositadas de manera fragmentaria en el cuerpo. Vista así, nos conmueve la imagen de un sujeto psíquico lacerado por una herida abierta que atrae sin cesar la libido contracatéctica. Herida que el cuerpo intenta esconder, tapiar y encriptar pero que, enfrentada a un segundo estímulo biológico destructivo, es incapaz de mantener bajo control.

Así pues, la revuelta autoinmune enmarca la paradoja narcisista entre lo propio y lo extraño, yo y el otro, que hace posible decir, como Neruda…

 

Me has hecho indestructible,

porque contigo no termino en mí mismo.

Pablo Neruda

“Mi partido”

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