La lentitud

La lentitud

Ante el flujo caótico de automóviles que me circundan, enciendo el radio. Una sonata de Brahms me sumerge en la remembranza. Atraigo aquella luz invernal de una calle de Mallorca, perfumada por el aroma de los almendros en flor; cuando no había prisa y la ansiedad se había detenido entre las piedras. Me preguntaba entonces si la vida tendría ese ritmo pausado, si la mujer que caminaba distraída a mi lado me acompañaría por un largo trecho o solamente hasta torcer la esquina. Una anciana lavaba con desgano el polvo de su ventana, abierta de par en par a fin de observar con detenimiento a quienes se atrevían a merodear por sus rumbos. Había algunas mariposas, señal inequívoca de que la tierra se desperezaba.
Trabajábamos con deleite, poco atentos al salario que no admitía comparación en aquel mundo bucólico de exiliados. Como peones, ocupamos una habitación lúgubre de esa masía añosa cuyos lechos daban muestras evidentes de abandono. Olía a humo de leña y a vapor de muchos muertos.
El desayuno era frugal: pan campesino almacenado con el relente preciso al que frotábamos tomate, sal y un aceite de oliva cuyo paladar me ha seguido por la vida.

Me correspondía, aún aletargado, extraer los huevos de las pavas y gallinas, ejercicio que requería correr tras de la implicada hasta cercarla y someterla. Sin urgencia, insisto; lo perentorio llegaba con el sosiego, tanto como la neblina que se disipaba en nuestro entorno.
Cada mañana caminábamos hasta el olivo en turno; había que desbrozarlo de maleza hasta dejar el tronco limpio y las aceitunas a punto. El proceso ocupaba buena parte del día. Segar, juntar los rastrojos, atar los haces de leña fresca y transportarlos hasta el horno distante. A todos luces parecía un despropósito, pero entendimos pronto que cumplía la función alterna de cocinar ladrillos, aligerar la carga y pagarle a diversos acreedores.
Una vez que caía la tarde y traíamos de vuelta al rebaño de ovejas, nos arremolinábamos en torno de la desvencijada chimenea, mientras “sa patrona” (en mallorquín) rebanaba ínfimas hojas de pan añejo para hacer “sopas”. Los perros husmeaban a nuestro lado en busca de migajas y contábamos historias de nuestros países natales para alargar la velada.
Cuando leí a Milán Kundera, veinte años después, no pude más que maravillarme de esa parsimonia. Una estrofa acerca del vínculo afectivo y su volatilidad se me quedó grabada; cito:
El sentimiento de haber sido elegido está presente, por ejemplo, en cualquier relación amorosa. Porque el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.
Tal vez sea en la cuna cuando el hombre conoce por primera vez la ilusión de haber sido elegido, gracias a los cuidados maternales que recibe sin mérito y que por ello reivindica aún con mayor energía. La educación debería liberarle de esta ilusión y hacerle comprender que todo en la vida se paga. Pero a veces es demasiado tarde”.
En todo caso replicamos ese sentimiento que moduló nuestra infancia tanto como el deseo prístino de ser amados, sin premura, sin futuros o promesas hueras. Como se pueda, malgré tout.

Pero ya es tarde, advierte Kundera. Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo furtivo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar el alba, porque era inaplazable un rompimiento en contra de la ingenuidad y la culpa. Nos recibó la peripecia en ese invierno que palidecía, enfrentados con la desconfianza de todo un pueblo – encallado en el franquismo -, ese que aguardó lo indispensable para acogernos.

Fuimos felices hasta donde la inmadurez lo sentenciaba, dilapidando el dinero y componiendo canciones de marineros y gaviotas. Poco después, las mentiras azotaron el paraíso y nos escindimos. Me quedé atrás por accidente y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, con el torso desnudo, aspirando juntos el aire vespertino y mirándonos desde el fondo del mar que nos separaba. Nunca más una piel bruñida me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos despedía un vértigo de inconsecuencias, que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

Una pulsión que hoy puedo agradecer me rescató del arrecife. No he vuelto al mar salvo para confesarme en silencio frente a un sol que se decanta. Es notorio que siempre falta una mano que estrechar o acaso una canción de cuna, pero sólo la humedad de la brisa o la sacudida del oleaje calman mis desvelos.

Hay en mi una presencia insular, un arrebato en pausa que me hace extraño entre los hombres. Desprecio su celeridad y padezco su impertinencia, aunque con los años he sabido blindarme y atisbar el tráfago desde mi atalaya.

Creo que he aprendido a deambular atesorando el instante, saboreando el café y el vino a su debido tiempo, si bien aún me traiciona la gula y la vanidad en la escritura. Prefiero los adagios, la luz oblicua del atardecer y un beso que titubea antes que la franqueza o la osadía. Acepto sin reparos la placidez del violonchelo o del fagot adusto en lugar de la estridencia del violín o de la flauta piccolo, que se me imponen. Elijo mis lecturas con serenidad, porque con cada autor entablo un debate o intento una alegoría. Puedo dormir sin  fármacos y despertar de buenas, quizá porque no espero mucho de mis semejantes ni de las mañanas.

Con esa tranquilidad, hurgo en el baúl de otros recuerdos y me cuelgo el estetoscopio con mi nombre al cuello (regalo de mis hijos, que luzco con orgullo). Uno a uno enderezo los bolígrafos, ajusto el nudo de la corbata y del conocimiento, y pongo al fin el escritorio en orden para recibir a mis pacientes.  Una atmósfera de pulcritud despide el vértigo de la ciudad que se queda afuera; lejos, cada vez más lejos, de la prontitud del día.

Advertisements

Úsese y tírese

Úsese y tírese

Como mis coterráneos, no puedo sustraerme al alud de noticias y promociones que inundan mi teléfono móvil cada mañana. Periódicos ingleses, norteamericanos, españoles, franceses y locales, por supuesto. He aprendido a mirarlos como autómata y recalar sólo en aquellos que versan con la salud, la literatura, la inteligencia artificial y la ciencia. Dado que a estas alturas soy un rehén de las galletas (“cookies” etéreas), también recibo dudosas ofertas de artículos deportivos, instrumentos médicos y libros de cualquier estirpe. Todo esto viene entreverado con Whatsapps de pacientes y colegas, artículos de vanguardia en temas de medicina y filosofía, notificaciones furtivas de empresas que desconozco y otros tantos pájaros perdidos.

Esta misma mañana, la empresa Nike – dueña de los pies inquietos de buena parte de la humanidad – envía una promoción de ropa y calzado deportivo. “Shop fast” (compre rápido), reza el recuadro en rojo al abrir el mensaje. Entre líneas me propone no meditar si lo requiero: pulsa la tecla, luego averiguas.

Descubro además durante el desayuno que la sociedad norteamericana ha inventado los llamados “hacks”; es decir, atajos para acceder al conocimiento, fácil y rápido. Es, con reservas, la perversión de la cultura.

Sabemos que el término “hack”, que se traduce como cortar o segar, ha dado pie a la creación de “hackers”; aquellos individuos versados en la tecnología informática que husmean, interceden, cortan y subvierten comunicaciones o sistemas de cómputo por vandalismo o genuino provecho. A tal grado, que las empresas de ciberseguridad en todo el mundo contratan a los otrora “White Hats” (hackers benévolos, podríamos decir) para apoyarlos a fin de frenar ataques cibernéticos o evitar la invasión de sistemas empresariales. Parece ciencia ficción a la manera de Philip K. Dick, pero ocurre todos los días en numerosos gobiernos y organizaciones financieras del Primer Mundo.

De tal fabricación, impelido por la histeria propia de muchas comunidades estadounidenses, ha surgido el concepto de que todo es “hack-eable”. Dicho de otro modo, toda interpretación del mundo cognoscible se puede simplificar para ser usada de manera pragmática y, desde luego, para ser desechada de inmediato.

Veamos un ejemplo. Al indagar con Google la entrada “Medical Hacks” me encuentro con diversos sitios, entre los que destacan una invitación del MIT para acudir a un seminario de hackers en ciencia y tecnología, impulsando la innovación. Más abajo, aparece una página que se denomina “Trece atajos médicos para la Doctora Mamá”. Se trata de un sitio que recomienda medidas artesanales para curar heridas, aftas y quemaduras de sol con remedios caseros. Incluye también consejos prácticos para mitigar el hábito de chuparse el dedo, cómo sacar una astilla y cómo aliviar la cefalea frotando el borde lateral de la palma de la mano a la guisa oriental.

Para quien se ha maravillado y ha develado a su vez el pensamiento mágico que impregna la incultura sanitaria en la actualidad, el fenómeno resulta fascinante. Ahora podemos desaparecer el dolor en un abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de pesquisar el diagnóstico. El universo al alcance de la ignorancia.

Basta consultar las incontables páginas de “hacks” en las redes sociales para encontrar los vericuetos para nuestras preguntas sobre el origen de la vida, las razones de nuestra existencia, la incertidumbre del futuro o los meandros del inconsciente. Los invito a penetrar este laberinto de falacias para encontrar “todo lo que uno quería saber y no se atrevía a preguntar”.

Me parece que esta conducta social, contagiosa y pertinaz, responde justamente a la tendencia de evitar la reflexión para encontrar soluciones expeditas ante cualquier predicamento.

Terapias breves en lugar de la travesía psicoanalítica:

– Puedo pagar una sesión quincenal, doctor. Con eso haga lo que pueda. (Como si se tratara de la necesidad del psicoterapeuta)

Relatos cortos a cambio de tratados que evocan la esencia o la tragedia humanas:

– Pásame la revista, ese libro tiene más de doscientas páginas y no lo voy a terminar. De hecho, ya bajé el resumen en Internet (¿Para qué esforzarse a pensar?).

Series televisas que sirven para evadirse, en vez de grupos de lectura, conferencias o actividades culturales que movilicen la conciencia y obliguen a desarrollar otras capacidades. Un idioma coloquial en lugar de dos o tres. El alcohol o las drogas en sustitución de la razón y el sentido de realidad. La zona de confort – como se suele decir – en lugar del esfuerzo y la superación. El fármaco para el GAD (trastorno generalizado de ansiedad; ¡bendito DSM-V!) en vez de indagar en las profundidades del recuerdo o la transferencia a fin de discernir qué causa la angustia, qué recóndito trauma infantil subyace al dolor o la pena.

Hemos de lamentar que la celeridad de las comunicaciones, el acceso irrestricto (salvo bloqueos parentales) de la información y la reducción dramática de nuestro margen de atención han ocasionado que no investiguemos, no escuchemos y, pero aún, que no reflexionemos. Eso nos hace mucho más susceptibles al consumismo, a la manipulación mediática o al adoctrinamiento.

En otros tiempos, la gente se definía como idealista, romántica, conservadora, de derechas o de izquierdas, según el tenor de su educación y su perfil ideológico. Se enfrentaban a sus pares y a sus contrarios, discutían o votaban para elegir a sus representantes políticos en función de esa afinidad, y se identificaban con las figuras mitológicas o retóricas que satisfacían tal credo o sistema de valores.

Precisamente porque su vigencia es tan efímera y los méritos tan relativos, porque Don Dinero manda por encima de cualquier virtud, las convicciones políticas y las ideas acerca de la finitud o la vocación personal han dejado de ser trascendentes para la mayoría. Basta arroparse en una camiseta deportiva, portar el último modelo de teléfono o automóvil, blandir la bolsa de marca o el reloj inteligente para sentir que se es apto o idóneo para la comunidad urbana.

Han proliferado las playeras (T-shirts en cualquier latitud) que representan al individuo y sus ideales comprados. Hasta hace poco, dado lo flagrante de sus mensajes, nos deteníamos a pensar en su significado, acaso qué nos quería transmitir el sujeto que las portaba. Ahora pasan como letreros fugaces de las carreteras o anuncios de autobuses, se fijan en el preconsciente pero no dicen nada: “Cinco síntomas de flojera. 1…” “Fuck-off”, “Sarcasmo. Otro servicio que ofrezco”, “Edición limitada”, “Relleno de amor”, “Pues no eres tan fea como parecías de lejos”…y podría citar cientos más de contenidos aberrantes, inquietantes o agresivos.

Dicho  de forma elemental, estamos cayendo en la percepción panfletaria, en la falla de juicio constante, en lo tácito, aquello que no face falta meditar. Parece suficiente ver el mensaje, asimilarlo con premura – como quien se atraganta pero no digiere – y vomitarlo a los cuatro vientos en forma de memes, chats o links. Jerga que, dicho sea de paso, nos ha tomado por el cuello.

Los idiomas se han pervertido, porque resulta incómodo y sobrante aprender sintaxis, puntuación o semiótica. Leer y estudiar aburre, pues con un mínimo de destreza se pueden ligar fragmentos, epígrafes, frases hechas y demás artificios que permiten plagiar un discurso. (Justo en estos días se dirime si Bob Dylan, último Premio Nobel de Literatura, hizo lo propio para redactar su discurso de aceptación ante la Academia Sueca). La farsa del “copy-paste” ha derogado la aventura de la inteligencia y el placer por el conocimiento.

Es bastante probable que tanta volatilidad se vea comedida cuando los que la ejercen sin reparo tengan que asumir las obligaciones que acarrea la crianza y la necesidad de frenar la inercia en pos de cierto equilibrio personal o económico, pero nada lo garantiza. Apuro mi trago de “wishful thinking”, para abusar del inglés.

Al grano, pues. Lo que preocupa es que estamos contaminando a nuestros hijos y pupilos. Al condonarles la urgencia, el desatino y la ausencia de reflexión, los empujamos al desfiladero del automatismo, a la verdad virtual; esa que sólo priva de momento, que no tiene historia, aquella a la que le sobra la frivolidad y ha olvidado así que existen el afecto y el presente.

The power of the dog

The power of the dog

A la memoria de Lou, nuestra querida compañera

There is sorrow enough in the natural way
From men and women to fill our day;
But when we are certain of sorrow in store,
Why do we always arrange for more?
Brothers and sisters I bid you beware
Of giving your heart to a dog to tear.

Buy a pup and your money will buy
Love unflinching that cannot lie–
Perfect passion and worship fed
By a kick in the ribs or a pat on the head.
Nevertheless it is hardly fair
To risk your heart for a dog to tear.

When the fourteen years that nature permits
Are closing in asthma or tumors or fits
And the vet’s unspoken prescription runs
To lethal chambers, or loaded guns.
Then you will find–its your own affair
But–you’ve given your heart to a dog to tear.

When the body that lived at your single will
When the whimper of welcome is stilled (how still!)
When the spirit that answered your every mood
Is gone–wherever it goes–for good,
You still discover how much you care
And will give your heart to a dog to tear.

We’ve sorrow enough in the natural way
When it comes to burying Christian clay.
Our loves are not given, but only lent,
At compound interest of cent per cent.
Though it is not always the case, I believe,
That the longer we’ve kept ’em the more do we grieve;
For when debts are payable, right or wrong,
A short time loan is as bad as a long–
So why in Heaven (before we are there)
Should we give our hearts to a dog to tear?

Rudyard Kipling (1865 – 1936)

El licenciado vidriera

El licenciado vidriera

La novela ejemplar de Cervantes aludía a un personaje que – en su fragilidad emocional – padecía la certeza de estar constituido en vidrio. El bachiller Tomás Rodaja, envenenado por desdén, se vio yermo de facultades hasta perder el entendimiento. En su andar a tientas, profiriendo verdades sin reparo (entre ellas, por cierto, aludió al daño que hacen los malos médicos),  el loco se rodeó de lisonjas y seguidores, que lo abandonaron cuando recuperó la cordura. ¡Qué frágiles somos ante la desavenencia del objeto amado! – podríamos tomar a modo de moraleja.
La vida contemporánea nos ha hecho frágiles de una forma análoga, empujándonos al consumo irrestricto de bienes o golosinas, arrollándonos con su vértigo y sus contratiempos, exigiéndonos respuestas materiales y proyectándonos al vacío, ese que Lipovetsky retrata tan elocuentemente en su ensayo articulado en la frase,  casi apologética: “¡Si al menos pudiera sentir algo!” (2).
Las caracteropatías y los trastornos narcisistas de personalidad abundan en los consultorios médicos, porque rehuyen de la apuesta psicoanalítica, no sea que de verdad la inmersión los conduzca al ahogo. Se presentan como esos desordenes rígidos, inamovibles, desprovistos de afecto, que exigen respuestas para preguntas inconexas, que tienen que ver con un despojo originario, nada tan distante como el síntoma que reclaman que desaparezca.
“Yo no soy, son los otros” – dicen en su paradójica reafirmación, ignorantes de que al fondo yace un vacío afectivo, mismo que los determina en su insaciabilidad. Aducen que el error está afuera, en la deformidad del espejo opaco – carente de luz propia -;  se proyecta en esa llama que se consume en el egoísmo y la antipatía, que no vela para nadie pero que se busca en todos.

Desde otro lugar, los licenciados de vidrio incluyen algunos que han dejado el ejercicio por las adicciones, quienes prefieren la sombra y los alimentos industrializados o aquellos que, por error o desatención médica, caen en el consumo de sustancias que descalcifican el esqueleto. La lista de factores que causan osteoporosis, ese trastorno moderno con tan mala reputación por las fracturas (y los costos) que impone, va en aumento en la medida que se descubren nuevos ingredientes clínicos en su etiopatogenia. Para simplificar el mensaje a mis lectores, los tipifico aquí:

A. Causas naturales: edad avanzada, menopausia, raza blanca o asiática, delgadez, historia familiar de  fragilidad o hipercalciuria.
B. Causas tratables: falta de ejercicio, tabaquismo, alcoholismo, bajo consumo de calcio, confinamiento.
C. Causas iatrogénicas: corticoides, heparina, anticonvulsivos, deprivación hormonal, laxantes, sustitución tiroide, inhibidores de acidez estomacal (omeprazol, pantoprazol y sus prolíficos derivados).
D. Causas incidentales: mala salud, demencia, baja visión, enfermedades neuromusculares, discapacidad en silla de ruedas o postración en cama, menopausia precoz.

Tal es la preocupación, que la OMS elaboró un instrumento de lo más accesible para calcular el riesgo de fracturas por osteoporosis en los próximos 10 años, que se ha reproducido y adaptado en muchos países. Aquí incluyo un vínculo de Canadá, que se puede bajar como una aplicación para teléfono móvil o computadora – http://www.osteoporosis.ca/health-care-professionals/clinical-tools-and-resources/fracture-risk-tool/

Ahora bien, ¿quiénes deben preocuparse?
1. Mujeres mayores de 55 años y hombres mayores de 60 años, sobre todo si fuman, si son sedentarios, delgados o sufren cualquier enfermedad crónica.
2. Mujeres con menopausia precoz o quienes hayan recibido tratamiento para cáncer de mama.
3. Mujeres cerca de la menopausia que reciban tratamientos que descalcifican.
4. Adultos con historia de fractura después de los 50 años.
5. Adultos bajo tratamiento de epilepsia, asma o enfermedades inflamatorias, especialmente si reciben o han recibido glucocorticoides..
6. Todo paciente bajo tratamiento o monitoreo por osteopenia.

Se sabe que el ejercicio mantiene la integridad ósea porque estimula la osteogénesis (formación de hueso). Lo ideal es el ejercicio de alto impacto y basta brincar o bailar por 15 minutos, tres veces por semana durante siete meses para fortalecer el esqueleto, como demuestran diversos estudios en los últimos tres lustros. Es obvio que para aquellos que yapan sido diagnosticados con osteoporosis, el ejercicio debe ser moderado, restringiendo el impacto sobre la columna vertebral para evitar fracturas por aplastamiento y cuidando de no caerse (por ello las caminadoras, los aparatos de calistecnia así como las bicicletas y los patines no son recomendables en estos pacientes).

El consenso actual es que el consumo diario de calcio y vitamina D es subóptimo, y que en personas con riesgo de fracturas osteoporóticas es deseable una suplementación diaria de 1200 mg de calcio y 1000 a 2000 unidades de vitamina D3 (la mejor fórmula es con base en colecalciferol). Como el calcio se absorbe gracias al ácido estomacal, es preferible tomarlo con las comidas o bien optar por Citrato de Calcio, si se están ingiriendo a la vez medicamentos que inhiben la acidez, particularmente Losec, Nexium Mups, Tecta, Ogastro, Dexivant u otros inhibidores de la llamada bomba de protones (PPIs por sus siglas en inglés). Dado que se requieren tres meses para alcanzar un nivel estable de vitamina D, es preciso esperar ese lapso antes de cuantificar 25-hidroxi-vitamina D3 en sangre.
Los fármacos empleados actualmente para el tratamiento de la osteoporosis son cada vez más variados, y salvo los estrógenos sintéticos y el raloxifeno (Evista) que son propios del tratamiento para la postmenopausia, la mayoría tiene amplia indicación. Veamos:

Denosumab (Prolia) – el primer anticuerpo monoclonal que inhibe la actividad osteoblástica. Muchos otros están por seguirle. El problema sigue siendo su costo y el inconveniente de resorción ósea asociada a procedimientos dentales dada su permanencia activa en el organismo durante un semestre (se aplica cada seis meses por vía subcutánea). Las guías clínicas lo colocan al frente de las indicaciones para combatir la osteoporosis; en buena medida por el revuelo que ha traído la biotecnología recombinante.

Bisfosfonatos por vía oral (Fosamax, Actonel, Bonviva) – Lo mismo que el anterior, los bisfosfonatos han sido de probada eficacia y buen perfil de seguridad por más de dos décadas, excepto para quienes tienen estenosis esofágica, reflujo intenso o insuficiencia renal. Además se les pueden dar “vacaciones” de tratamiento a los pacientes, dada su prolongada vida media. Recomendables y prácticos, sobre todo para quienes no esperan hacerse extracciones o implantes dentales en el futuro previsible.
Bisfosfonatos inyectables (Zometa, Aclasta, Zolnic) – Recomendables para pacientes que no toleran las preparaciones en tableta o en quienes la terapia oral no ha corregido la deficiente densidad ósea en el primer año de tratamiento. Se han documentado reacciones agudas de toxicidad al aplicarlos, generalmente leves y transitorias, así como reabsorción mandibular en pacientes de riesgo, por lo que se requiere de asesoría experta para establecer su indicación para cada caso y valorar el seguimiento durante un año de la paciente a quien se le ha impuesto un fármaco de acción tan prolongada.
Calcitonina de salmón (Miacalcic, Oseum) – Sugerida para quienes no toleran otros tratamientos, como segunda opción, si no demuestran hipersensibilidad (nasal o subcutánea) al principio activo. Su costo y la aplicación diaria son limitantes adicionales. Cada vez menos prescrita por tales inconvenientes.
Teriparatide (hormona paratiroidea recombinante, Forteo) – Pese a su obvia indicación basada en principios fisiológicos, es un medicamento caro, que se aplica en dosis de 20 ug diarios por vía subcutánea durante dos años, que pocos bolsillos toleran. Aunque cabe reconocer que es una buena alternativa para los primeros, cuando se pretende evitar terapia de depósito.

En la actualidad se recomienda hacer una densitometría ósea cada 12 meses durante el tratamiento, tomando como punto de partida el primer estudio diagnóstico. La prueba es muy simple, razonable de precio y estandarizada internacionalmente. Se realiza mediante absorciometría de energía dual de rayos X (abreviada DXA) y puede espaciarse cada dos años si se logra el efecto deseado y el paciente ha modificado sus hábitos de vida u otros factores de riesgo. En quienes reciben esteroides, antiácidos o terapia hormonal supresora, conviene evaluar la densidad del esqueleto cada 6 meses. Por otro lado, los marcadores de resorción ósea se reservan para casos de difícil control o que no responden a las medidas sugeridas, e incluyen calcio en orina de 24 horas; telopéptido e hidroxiprolina urinarios, así como osteocalcina, fosfatasa alcalina y propéptido de procolágena tipo 1 en suero.

Como pueden atestiguar, la fragilidad es una dimensión de lo humano que se cierne en los extremos de la vida, o acaso cuando descuidamos el cuerpo sin procurar el alma.
Referencias.

  1. Miguel de Cervantes Saavedra. El licenciado vidriera. Novela Ejemplar de 1613. En: Novelas Ejemplares, Penguin Clásicos, Madrid 2005. ISBN 9786073130363
  2. Gilles Lipovetsky. L’Ere du vide. Essais sur l’individualisme contemporain. Gallimard, Paris 1999.
  3. Jeremiah MO, Unwin BK, Greenawald MK. Diagnosis of management of osteoporosis. American Family Physician 2015; 92 (4): 261-268.

Postdata.  Aprovecho para informarles que otro bisfosfonato, el Pamidronato disódico (Aredia) se emplea por vía intravenosa para tratar la hipercalcemia inducida por tumores de manera aguda. Es decir, cuando se detectan alteraciones del electrocardiograma, dolores óseos y cambios cognitivos.  En particular, se trata de remover el exceso de calcio sérico provocado por mieloma múltiple, carcinoma renal, cáncer de mama o NSCLC (carcinoma pulmonar de células no pequeñas). Estas tres últimas neoplasias malignas tienen un gran potencial metastásico en huesos. Promueven así la movilización de calcio al torrente sanguíneo. A falta de respuesta, se ha usado con éxito el Denosumab (Prolia), mencionado arriba, que se acompaña habitualmente con diuréticos de asa e hidratación intensiva. Pueden consultarlo en: Andrew F. Stewart. Clinical practice. Hypercalcemia associated with cancer. N Engl J Med 2005; Volumen 352 : 373 – 379 (Enero 27, 2005).

Creímos en un mundo mejor…

Creímos en un mundo mejor…

Es jueves y la megalópolis despide su humeante atmósfera para enturbiar el cielo. Desde temprana hora leo, atiendo pacientes, escribo y escucho narraciones variadas que rayan en lo clínico y lo mundano. Mi rutina habitual, de la que vivo y pervivo.

Hube de cancelar dos consultas porque se anticipaba una marcha en protesta por la construcción de un complejo de edificios y boutiques que ahogan el paso y derribaron más árboles que un bombardeo con napalm. Es el precio del consumo y la arbitrariedad, en contubernio con autoridades que todo lo permiten mediante una suculenta rebanada del pastel. Tales jerarcas fueron elegidos por su populismo, como alternativa a las prácticas corruptas del partido que tiranizó al país por setenta años y ha vuelto, por sus fueros, para reincidir y dar paso a otra retahíla de falsas promesas.

Lo grave es que la concentración, prevista para las ocho de la mañana, convocó no más de dos o tres decenas de ciudadanos, recién bañados y decepcionados. Nadie más acudió a la protesta. El número de incautos no bastó para opacar el repiqueteo cotidiano de los edificios y andamios, no detuvo el tráfico, no alteró en nada el trajín de obreros, ambulantes, profesionales y técnicos que pasaron a su vera.

Es penoso porque una ciudadanía inexistente, sin poder de convocatoria, es incapaz de frenar el nepotismo y la tiranía. Inmersos en las redes sociales, los telefonemas y memes insulsos o el consumismo, los habitantes de nuestras ciudades se pierden y cada vez se encuentran menos. La extrañeza ha reemplazado a la familiaridad. Somos carne virtual, inconexa, que perdura a expensas de los mensajes y tantos otros desencuentros. Ya no sorprenden las faltas de ortografía, el empleo arbitrario de mayúsculas (para eludir los acentos), el abuso de Emojiis y otros sustitutos del lenguaje.

No se trata de satanizar la celeridad de las comunicaciones y el servicio que han hecho al mundo en cuanto al conocimiento, la amplitud de miras y la interconectividad. Pero a la par han traído un conspicuo empobrecimiento de la intimidad, del intercambio de ideas y del valor de la educación como baluarte del desarrollo humano.

¿Para qué leer, para qué estudiar, si todo está a la mano, o mejor dicho, a flor de pantalla?

En mi caso, escribo este blog que pretende ser informativo ante todo, que deleite a mis lectores en segunda instancia y que abra caminos de interés cultural a quienes se sientan atraídos para profundizar en el tema. Como ventaja adicional, he puesto una pauta. Sólo escribo los martes (ocasionalmente, se me escapa una entrada con sentido perentorio) porque creo con firmeza en la capacidad para esperar y florecer.

Hace algunos años, empecé a escuchar que las llamadas a mi consultorio adquirían un sentido de “urgencia”. La mayoría eran – y siguen siendo – trivialidades que usurpan el término para sacudirse a mis asistentes o reclamar mi atención inmediata. Pocas son verdaderas urgencias médicas y, como es de esperar, en tales casos las hago venir con premura o los remito al Servicio de Emergencias más cercano.

Esa tendencia, que no designaré engañosa por cautela, ha cobrado ímpetu con la profusión de teléfonos listos (smartphones). Quiero decir que ya no hay fronteras ni tiempos de espera; la gente llama o manda un Whatsapp a cualquier hora, tras un arrebato, sin importar si el receptor está ocupado, indispuesto…o muerto.

La ansiedad se ha impuesto a la necesidad. Como somos sujetos de deseo, el fenómeno es exponencial. Parece que el imperativo categórico es comunicar, sin freno, sin pausa, sin cortapisas. Las redes sociales han mostrado que la sexualidad – antaño tan frágil y comedida – , como tantos otros impulsos, puede mostrarse con erotismo desmedido y sin mediar preámbulos.

Eso ha tenido dos consecuencias inmediatas. La primera es que las jovencitas están mucho más expuestas al maltrato y la vejación. Sobre todo por sus pares (más avezados en el arte de seducir y retirarse) aunque también por pederastas y otros perversos que abundan en las sombras de lo virtual. Facebook acaba de ser demandado por facultar esta incidencia de transgresiones, debido a que los datos, fotografías y “posts” están al alcance de cualquier fisgón con sólo presionar unas teclas.

La segunda consecuencia es que percibo una creciente insatisfacción sexual. Con ello no quiero decir que hay más personas con frigidez o impotencia, puesto que las estadísticas al respecto datan de pocos lustros. En un clima donde la estabilidad familiar es vulnerable por distintos frentes (facilidad del divorcio, relaciones efímeras, hijos que reclaman mayor independencia), la expresión del anhelo sexual, entendido como el placer y el desafío de vincularse amorosamente, se trivializa. Es tan fácil promover un coito, desechar al otro, conseguir un romance sin compromiso, que resulta cuesta arriba sostener una relación perdurable, mantener un proyecto de vida o, más aún, criar hijos, dado que engendrarlos no tiene chiste.

Nuestros jóvenes se desenvuelven en un clima de inconsecuencia. Las decisiones están tomadas de antemano, lo imperioso es hacer dinero, la satisfacción urgente del placer, el goce. Si lo accesorio está tan al alcance, pareciera que no se precisa esperar, escuchar, sembrar o cultivar. La ley del menor esfuerzo, solíamos decir. La tragedia contemporánea está en que somos prescindibles dentro de la aglomeración y el desenfreno; sin embargo, buscamos desesperadamente la individualidad.

Cabe preguntarse, ante tal avalancha de información fragmentaria, ¿qué y cómo les estamos enseñando a nuestros alumnos, médicos en formación?

Soy un defensor incondicional del método clínico. Considero que una vez adquiridos (y memorizados a rajatabla) los cimientos de la fisiopatología, la biología celular, la anatomía y la bioquímica, el mejor libro de texto es el paciente.

Todas las variaciones, artificios y desviaciones de la norma están inscritas en la plétora de enfermos que acuden a consultarnos. Ellos escriben las leyes de la medicina, que son tan volubles como la sintomatología y los llamados casos excepcionales.

Nunca dejan de sorprendernos y nos regresan con humildad al lugar de aprendices, atónitos frente a la vacilación biológica.

Esta mañana leí de una sentada un escueto libro, regalo de un querido colega, que apoya el principio de que el terreno de lo médico es inexacto e impredecible. Que hacemos mucho daño – a nuestros residentes y pacientes – si intentamos dogmatizarlo. Se refiere a las normas e hipótesis que atendemos todos los días, pero a las pocas leyes universales (incertidumbre, variabilidad, intuición) que rigen nuestra práctica.

Destaca entre otros el ejemplo de un prominente cirujano de Boston que solía dejar a sus residentes para que se hicieran cargo de la cirugía. Se paraba un metro atrás del responsable del acto quirúrgico, enguantado y listo para intervenir, pero procuraba el silencio en su quirófano. Cuando el residente se exponía a un desacierto, antes que regañarlo o apartarlo de un zarpazo, le daba la oportunidad de corregir su desatino, encontrar la solución inmediata y reparar con celeridad el daño, fuese una arteria o un conducto cortado por falta de pericia. Sabía hasta donde podía correr riesgos, por supuesto, pero educaba en el arte de lo imprevisible como un tutor confiable y presente. Como si ante todo dijera (perdonando el inglés que es mío, no del autor): “I’ve got your back, proceed” (Te cubro las espaldas, procede).

En suma, pienso que podemos educar, pese al ruido incesante que producen las pantallas y la comunicación delirante o dudosa. Estamos obligados a permitir que nuestros sucesores tomen el bisturí, interroguen, introduzcan los catéteres y las sondas, elijan el antibiótico o el inmunomodulador más adecuado; en fin, que asuman el mando bajo nuestra anuencia y supervisión calladas.

Sólo así haremos que la medicina sirva, que florezca, que se atreva a explorar nuevos horizontes y que los pacientes, tan cambiantes como sus padecimientos, sientan que atracan en puerto seguro.

PD. El libro en cuestión se llama “The laws of Medicine”, Simon Schuster/TED, 2015. Su autor es el excelente escritor y oncólogo de Harvard, Siddhartha Mukherjee, ganador del Pullitzer.