Es jueves y la megalópolis despide su humeante atmósfera para enturbiar el cielo. Desde temprana hora leo, atiendo pacientes, escribo y escucho narraciones variadas que rayan en lo clínico y lo mundano. Mi rutina habitual, de la que vivo y pervivo.

Hube de cancelar dos consultas porque se anticipaba una marcha en protesta por la construcción de un complejo de edificios y boutiques que ahogan el paso y derribaron más árboles que un bombardeo con napalm. Es el precio del consumo y la arbitrariedad, en contubernio con autoridades que todo lo permiten mediante una suculenta rebanada del pastel. Tales jerarcas fueron elegidos por su populismo, como alternativa a las prácticas corruptas del partido que tiranizó al país por setenta años y ha vuelto, por sus fueros, para reincidir y dar paso a otra retahíla de falsas promesas.

Lo grave es que la concentración, prevista para las ocho de la mañana, convocó no más de dos o tres decenas de ciudadanos, recién bañados y decepcionados. Nadie más acudió a la protesta. El número de incautos no bastó para opacar el repiqueteo cotidiano de los edificios y andamios, no detuvo el tráfico, no alteró en nada el trajín de obreros, ambulantes, profesionales y técnicos que pasaron a su vera.

Es penoso porque una ciudadanía inexistente, sin poder de convocatoria, es incapaz de frenar el nepotismo y la tiranía. Inmersos en las redes sociales, los telefonemas y memes insulsos o el consumismo, los habitantes de nuestras ciudades se pierden y cada vez se encuentran menos. La extrañeza ha reemplazado a la familiaridad. Somos carne virtual, inconexa, que perdura a expensas de los mensajes y tantos otros desencuentros. Ya no sorprenden las faltas de ortografía, el empleo arbitrario de mayúsculas (para eludir los acentos), el abuso de Emojiis y otros sustitutos del lenguaje.

No se trata de satanizar la celeridad de las comunicaciones y el servicio que han hecho al mundo en cuanto al conocimiento, la amplitud de miras y la interconectividad. Pero a la par han traído un conspicuo empobrecimiento de la intimidad, del intercambio de ideas y del valor de la educación como baluarte del desarrollo humano.

¿Para qué leer, para qué estudiar, si todo está a la mano, o mejor dicho, a flor de pantalla?

En mi caso, escribo este blog que pretende ser informativo ante todo, que deleite a mis lectores en segunda instancia y que abra caminos de interés cultural a quienes se sientan atraídos para profundizar en el tema. Como ventaja adicional, he puesto una pauta. Sólo escribo los martes (ocasionalmente, se me escapa una entrada con sentido perentorio) porque creo con firmeza en la capacidad para esperar y florecer.

Hace algunos años, empecé a escuchar que las llamadas a mi consultorio adquirían un sentido de “urgencia”. La mayoría eran – y siguen siendo – trivialidades que usurpan el término para sacudirse a mis asistentes o reclamar mi atención inmediata. Pocas son verdaderas urgencias médicas y, como es de esperar, en tales casos las hago venir con premura o los remito al Servicio de Emergencias más cercano.

Esa tendencia, que no designaré engañosa por cautela, ha cobrado ímpetu con la profusión de teléfonos listos (smartphones). Quiero decir que ya no hay fronteras ni tiempos de espera; la gente llama o manda un Whatsapp a cualquier hora, tras un arrebato, sin importar si el receptor está ocupado, indispuesto…o muerto.

La ansiedad se ha impuesto a la necesidad. Como somos sujetos de deseo, el fenómeno es exponencial. Parece que el imperativo categórico es comunicar, sin freno, sin pausa, sin cortapisas. Las redes sociales han mostrado que la sexualidad – antaño tan frágil y comedida – , como tantos otros impulsos, puede mostrarse con erotismo desmedido y sin mediar preámbulos.

Eso ha tenido dos consecuencias inmediatas. La primera es que las jovencitas están mucho más expuestas al maltrato y la vejación. Sobre todo por sus pares (más avezados en el arte de seducir y retirarse) aunque también por pederastas y otros perversos que abundan en las sombras de lo virtual. Facebook acaba de ser demandado por facultar esta incidencia de transgresiones, debido a que los datos, fotografías y “posts” están al alcance de cualquier fisgón con sólo presionar unas teclas.

La segunda consecuencia es que percibo una creciente insatisfacción sexual. Con ello no quiero decir que hay más personas con frigidez o impotencia, puesto que las estadísticas al respecto datan de pocos lustros. En un clima donde la estabilidad familiar es vulnerable por distintos frentes (facilidad del divorcio, relaciones efímeras, hijos que reclaman mayor independencia), la expresión del anhelo sexual, entendido como el placer y el desafío de vincularse amorosamente, se trivializa. Es tan fácil promover un coito, desechar al otro, conseguir un romance sin compromiso, que resulta cuesta arriba sostener una relación perdurable, mantener un proyecto de vida o, más aún, criar hijos, dado que engendrarlos no tiene chiste.

Nuestros jóvenes se desenvuelven en un clima de inconsecuencia. Las decisiones están tomadas de antemano, lo imperioso es hacer dinero, la satisfacción urgente del placer, el goce. Si lo accesorio está tan al alcance, pareciera que no se precisa esperar, escuchar, sembrar o cultivar. La ley del menor esfuerzo, solíamos decir. La tragedia contemporánea está en que somos prescindibles dentro de la aglomeración y el desenfreno; sin embargo, buscamos desesperadamente la individualidad.

Cabe preguntarse, ante tal avalancha de información fragmentaria, ¿qué y cómo les estamos enseñando a nuestros alumnos, médicos en formación?

Soy un defensor incondicional del método clínico. Considero que una vez adquiridos (y memorizados a rajatabla) los cimientos de la fisiopatología, la biología celular, la anatomía y la bioquímica, el mejor libro de texto es el paciente.

Todas las variaciones, artificios y desviaciones de la norma están inscritas en la plétora de enfermos que acuden a consultarnos. Ellos escriben las leyes de la medicina, que son tan volubles como la sintomatología y los llamados casos excepcionales.

Nunca dejan de sorprendernos y nos regresan con humildad al lugar de aprendices, atónitos frente a la vacilación biológica.

Esta mañana leí de una sentada un escueto libro, regalo de un querido colega, que apoya el principio de que el terreno de lo médico es inexacto e impredecible. Que hacemos mucho daño – a nuestros residentes y pacientes – si intentamos dogmatizarlo. Se refiere a las normas e hipótesis que atendemos todos los días, pero a las pocas leyes universales (incertidumbre, variabilidad, intuición) que rigen nuestra práctica.

Destaca entre otros el ejemplo de un prominente cirujano de Boston que solía dejar a sus residentes para que se hicieran cargo de la cirugía. Se paraba un metro atrás del responsable del acto quirúrgico, enguantado y listo para intervenir, pero procuraba el silencio en su quirófano. Cuando el residente se exponía a un desacierto, antes que regañarlo o apartarlo de un zarpazo, le daba la oportunidad de corregir su desatino, encontrar la solución inmediata y reparar con celeridad el daño, fuese una arteria o un conducto cortado por falta de pericia. Sabía hasta donde podía correr riesgos, por supuesto, pero educaba en el arte de lo imprevisible como un tutor confiable y presente. Como si ante todo dijera (perdonando el inglés que es mío, no del autor): “I’ve got your back, proceed” (Te cubro las espaldas, procede).

En suma, pienso que podemos educar, pese al ruido incesante que producen las pantallas y la comunicación delirante o dudosa. Estamos obligados a permitir que nuestros sucesores tomen el bisturí, interroguen, introduzcan los catéteres y las sondas, elijan el antibiótico o el inmunomodulador más adecuado; en fin, que asuman el mando bajo nuestra anuencia y supervisión calladas.

Sólo así haremos que la medicina sirva, que florezca, que se atreva a explorar nuevos horizontes y que los pacientes, tan cambiantes como sus padecimientos, sientan que atracan en puerto seguro.

PD. El libro en cuestión se llama “The laws of Medicine”, Simon Schuster/TED, 2015. Su autor es el excelente escritor y oncólogo de Harvard, Siddhartha Mukherjee, ganador del Pullitzer.

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