Como mis coterráneos, no puedo sustraerme al alud de noticias y promociones que inundan mi teléfono móvil cada mañana. Periódicos ingleses, norteamericanos, españoles, franceses y locales, por supuesto. He aprendido a mirarlos como autómata y recalar sólo en aquellos que versan con la salud, la literatura, la inteligencia artificial y la ciencia. Dado que a estas alturas soy un rehén de las galletas (“cookies” etéreas), también recibo dudosas ofertas de artículos deportivos, instrumentos médicos y libros de cualquier estirpe. Todo esto viene entreverado con Whatsapps de pacientes y colegas, artículos de vanguardia en temas de medicina y filosofía, notificaciones furtivas de empresas que desconozco y otros tantos pájaros perdidos.

Esta misma mañana, la empresa Nike – dueña de los pies inquietos de buena parte de la humanidad – envía una promoción de ropa y calzado deportivo. “Shop fast” (compre rápido), reza el recuadro en rojo al abrir el mensaje. Entre líneas me propone no meditar si lo requiero: pulsa la tecla, luego averiguas.

Descubro además durante el desayuno que la sociedad norteamericana ha inventado los llamados “hacks”; es decir, atajos para acceder al conocimiento, fácil y rápido. Es, con reservas, la perversión de la cultura.

Sabemos que el término “hack”, que se traduce como cortar o segar, ha dado pie a la creación de “hackers”; aquellos individuos versados en la tecnología informática que husmean, interceden, cortan y subvierten comunicaciones o sistemas de cómputo por vandalismo o genuino provecho. A tal grado, que las empresas de ciberseguridad en todo el mundo contratan a los otrora “White Hats” (hackers benévolos, podríamos decir) para apoyarlos a fin de frenar ataques cibernéticos o evitar la invasión de sistemas empresariales. Parece ciencia ficción a la manera de Philip K. Dick, pero ocurre todos los días en numerosos gobiernos y organizaciones financieras del Primer Mundo.

De tal fabricación, impelido por la histeria propia de muchas comunidades estadounidenses, ha surgido el concepto de que todo es “hack-eable”. Dicho de otro modo, toda interpretación del mundo cognoscible se puede simplificar para ser usada de manera pragmática y, desde luego, para ser desechada de inmediato.

Veamos un ejemplo. Al indagar con Google la entrada “Medical Hacks” me encuentro con diversos sitios, entre los que destacan una invitación del MIT para acudir a un seminario de hackers en ciencia y tecnología, impulsando la innovación. Más abajo, aparece una página que se denomina “Trece atajos médicos para la Doctora Mamá”. Se trata de un sitio que recomienda medidas artesanales para curar heridas, aftas y quemaduras de sol con remedios caseros. Incluye también consejos prácticos para mitigar el hábito de chuparse el dedo, cómo sacar una astilla y cómo aliviar la cefalea frotando el borde lateral de la palma de la mano a la guisa oriental.

Para quien se ha maravillado y ha develado a su vez el pensamiento mágico que impregna la incultura sanitaria en la actualidad, el fenómeno resulta fascinante. Ahora podemos desaparecer el dolor en un abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de pesquisar el diagnóstico. El universo al alcance de la ignorancia.

Basta consultar las incontables páginas de “hacks” en las redes sociales para encontrar los vericuetos para nuestras preguntas sobre el origen de la vida, las razones de nuestra existencia, la incertidumbre del futuro o los meandros del inconsciente. Los invito a penetrar este laberinto de falacias para encontrar “todo lo que uno quería saber y no se atrevía a preguntar”.

Me parece que esta conducta social, contagiosa y pertinaz, responde justamente a la tendencia de evitar la reflexión para encontrar soluciones expeditas ante cualquier predicamento.

Terapias breves en lugar de la travesía psicoanalítica:

– Puedo pagar una sesión quincenal, doctor. Con eso haga lo que pueda. (Como si se tratara de la necesidad del psicoterapeuta)

Relatos cortos a cambio de tratados que evocan la esencia o la tragedia humanas:

– Pásame la revista, ese libro tiene más de doscientas páginas y no lo voy a terminar. De hecho, ya bajé el resumen en Internet (¿Para qué esforzarse a pensar?).

Series televisas que sirven para evadirse, en vez de grupos de lectura, conferencias o actividades culturales que movilicen la conciencia y obliguen a desarrollar otras capacidades. Un idioma coloquial en lugar de dos o tres. El alcohol o las drogas en sustitución de la razón y el sentido de realidad. La zona de confort – como se suele decir – en lugar del esfuerzo y la superación. El fármaco para el GAD (trastorno generalizado de ansiedad; ¡bendito DSM-V!) en vez de indagar en las profundidades del recuerdo o la transferencia a fin de discernir qué causa la angustia, qué recóndito trauma infantil subyace al dolor o la pena.

Hemos de lamentar que la celeridad de las comunicaciones, el acceso irrestricto (salvo bloqueos parentales) de la información y la reducción dramática de nuestro margen de atención han ocasionado que no investiguemos, no escuchemos y, pero aún, que no reflexionemos. Eso nos hace mucho más susceptibles al consumismo, a la manipulación mediática o al adoctrinamiento.

En otros tiempos, la gente se definía como idealista, romántica, conservadora, de derechas o de izquierdas, según el tenor de su educación y su perfil ideológico. Se enfrentaban a sus pares y a sus contrarios, discutían o votaban para elegir a sus representantes políticos en función de esa afinidad, y se identificaban con las figuras mitológicas o retóricas que satisfacían tal credo o sistema de valores.

Precisamente porque su vigencia es tan efímera y los méritos tan relativos, porque Don Dinero manda por encima de cualquier virtud, las convicciones políticas y las ideas acerca de la finitud o la vocación personal han dejado de ser trascendentes para la mayoría. Basta arroparse en una camiseta deportiva, portar el último modelo de teléfono o automóvil, blandir la bolsa de marca o el reloj inteligente para sentir que se es apto o idóneo para la comunidad urbana.

Han proliferado las playeras (T-shirts en cualquier latitud) que representan al individuo y sus ideales comprados. Hasta hace poco, dado lo flagrante de sus mensajes, nos deteníamos a pensar en su significado, acaso qué nos quería transmitir el sujeto que las portaba. Ahora pasan como letreros fugaces de las carreteras o anuncios de autobuses, se fijan en el preconsciente pero no dicen nada: “Cinco síntomas de flojera. 1…” “Fuck-off”, “Sarcasmo. Otro servicio que ofrezco”, “Edición limitada”, “Relleno de amor”, “Pues no eres tan fea como parecías de lejos”…y podría citar cientos más de contenidos aberrantes, inquietantes o agresivos.

Dicho  de forma elemental, estamos cayendo en la percepción panfletaria, en la falla de juicio constante, en lo tácito, aquello que no face falta meditar. Parece suficiente ver el mensaje, asimilarlo con premura – como quien se atraganta pero no digiere – y vomitarlo a los cuatro vientos en forma de memes, chats o links. Jerga que, dicho sea de paso, nos ha tomado por el cuello.

Los idiomas se han pervertido, porque resulta incómodo y sobrante aprender sintaxis, puntuación o semiótica. Leer y estudiar aburre, pues con un mínimo de destreza se pueden ligar fragmentos, epígrafes, frases hechas y demás artificios que permiten plagiar un discurso. (Justo en estos días se dirime si Bob Dylan, último Premio Nobel de Literatura, hizo lo propio para redactar su discurso de aceptación ante la Academia Sueca). La farsa del “copy-paste” ha derogado la aventura de la inteligencia y el placer por el conocimiento.

Es bastante probable que tanta volatilidad se vea comedida cuando los que la ejercen sin reparo tengan que asumir las obligaciones que acarrea la crianza y la necesidad de frenar la inercia en pos de cierto equilibrio personal o económico, pero nada lo garantiza. Apuro mi trago de “wishful thinking”, para abusar del inglés.

Al grano, pues. Lo que preocupa es que estamos contaminando a nuestros hijos y pupilos. Al condonarles la urgencia, el desatino y la ausencia de reflexión, los empujamos al desfiladero del automatismo, a la verdad virtual; esa que sólo priva de momento, que no tiene historia, aquella a la que le sobra la frivolidad y ha olvidado así que existen el afecto y el presente.

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