Ante el flujo caótico de automóviles que me circundan, enciendo el radio. Una sonata de Brahms me sumerge en la remembranza. Atraigo aquella luz invernal de una calle de Mallorca, perfumada por el aroma de los almendros en flor; cuando no había prisa y la ansiedad se había detenido entre las piedras. Me preguntaba entonces si la vida tendría ese ritmo pausado, si la mujer que caminaba distraída a mi lado me acompañaría por un largo trecho o solamente hasta torcer la esquina. Una anciana lavaba con desgano el polvo de su ventana, abierta de par en par a fin de observar con detenimiento a quienes se atrevían a merodear por sus rumbos. Había algunas mariposas, señal inequívoca de que la tierra se desperezaba.
Trabajábamos con deleite, poco atentos al salario que no admitía comparación en aquel mundo bucólico de exiliados. Como peones, ocupamos una habitación lúgubre de esa masía añosa cuyos lechos daban muestras evidentes de abandono. Olía a humo de leña y a vapor de muchos muertos.
El desayuno era frugal: pan campesino almacenado con el relente preciso al que frotábamos tomate, sal y un aceite de oliva cuyo paladar me ha seguido por la vida.

Me correspondía, aún aletargado, extraer los huevos de las pavas y gallinas, ejercicio que requería correr tras de la implicada hasta cercarla y someterla. Sin urgencia, insisto; lo perentorio llegaba con el sosiego, tanto como la neblina que se disipaba en nuestro entorno.
Cada mañana caminábamos hasta el olivo en turno; había que desbrozarlo de maleza hasta dejar el tronco limpio y las aceitunas a punto. El proceso ocupaba buena parte del día. Segar, juntar los rastrojos, atar los haces de leña fresca y transportarlos hasta el horno distante. A todos luces parecía un despropósito, pero entendimos pronto que cumplía la función alterna de cocinar ladrillos, aligerar la carga y pagarle a diversos acreedores.
Una vez que caía la tarde y traíamos de vuelta al rebaño de ovejas, nos arremolinábamos en torno de la desvencijada chimenea, mientras “sa patrona” (en mallorquín) rebanaba ínfimas hojas de pan añejo para hacer “sopas”. Los perros husmeaban a nuestro lado en busca de migajas y contábamos historias de nuestros países natales para alargar la velada.
Cuando leí a Milán Kundera, veinte años después, no pude más que maravillarme de esa parsimonia. Una estrofa acerca del vínculo afectivo y su volatilidad se me quedó grabada; cito:
El sentimiento de haber sido elegido está presente, por ejemplo, en cualquier relación amorosa. Porque el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.
Tal vez sea en la cuna cuando el hombre conoce por primera vez la ilusión de haber sido elegido, gracias a los cuidados maternales que recibe sin mérito y que por ello reivindica aún con mayor energía. La educación debería liberarle de esta ilusión y hacerle comprender que todo en la vida se paga. Pero a veces es demasiado tarde”.
En todo caso replicamos ese sentimiento que moduló nuestra infancia tanto como el deseo prístino de ser amados, sin premura, sin futuros o promesas hueras. Como se pueda, malgré tout.

Pero ya es tarde, advierte Kundera. Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo furtivo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar el alba, porque era inaplazable un rompimiento en contra de la ingenuidad y la culpa. Nos recibó la peripecia en ese invierno que palidecía, enfrentados con la desconfianza de todo un pueblo – encallado en el franquismo -, ese que aguardó lo indispensable para acogernos.

Fuimos felices hasta donde la inmadurez lo sentenciaba, dilapidando el dinero y componiendo canciones de marineros y gaviotas. Poco después, las mentiras azotaron el paraíso y nos escindimos. Me quedé atrás por accidente y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, con el torso desnudo, aspirando juntos el aire vespertino y mirándonos desde el fondo del mar que nos separaba. Nunca más una piel bruñida me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos despedía un vértigo de inconsecuencias, que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

Una pulsión que hoy puedo agradecer me rescató del arrecife. No he vuelto al mar salvo para confesarme en silencio frente a un sol que se decanta. Es notorio que siempre falta una mano que estrechar o acaso una canción de cuna, pero sólo la humedad de la brisa o la sacudida del oleaje calman mis desvelos.

Hay en mi una presencia insular, un arrebato en pausa que me hace extraño entre los hombres. Desprecio su celeridad y padezco su impertinencia, aunque con los años he sabido blindarme y atisbar el tráfago desde mi atalaya.

Creo que he aprendido a deambular atesorando el instante, saboreando el café y el vino a su debido tiempo, si bien aún me traiciona la gula y la vanidad en la escritura. Prefiero los adagios, la luz oblicua del atardecer y un beso que titubea antes que la franqueza o la osadía. Acepto sin reparos la placidez del violonchelo o del fagot adusto en lugar de la estridencia del violín o de la flauta piccolo, que se me imponen. Elijo mis lecturas con serenidad, porque con cada autor entablo un debate o intento una alegoría. Puedo dormir sin  fármacos y despertar de buenas, quizá porque no espero mucho de mis semejantes ni de las mañanas.

Con esa tranquilidad, hurgo en el baúl de otros recuerdos y me cuelgo el estetoscopio con mi nombre al cuello (regalo de mis hijos, que luzco con orgullo). Uno a uno enderezo los bolígrafos, ajusto el nudo de la corbata y del conocimiento, y pongo al fin el escritorio en orden para recibir a mis pacientes.  Una atmósfera de pulcritud despide el vértigo de la ciudad que se queda afuera; lejos, cada vez más lejos, de la prontitud del día.

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