De ciertas partituras perdidas

De ciertas partituras perdidas

El famoso cellista Stephen Isserlis se preguntaba hace unos años qué tenía Mozart en contra del violonchelo. Escribió veintisiete conciertos e innumerables sonatas para piano y violín, cinco conciertos para violín solo, así como tantos otros para flauta, clarinete, corno y fagot. Ni una sola nota para violonchelo solo; excepto treinta y seis barras para un concierto inconcluso y otras treinta y tres de un andantino para cello y piano.

Entre sus contemporáneos, Franz Joseph Haydn dejó cuatro egregios conciertos (dos de ellos perdidos en el tiempo) para este instrumento, que se veneraba desde entonces por su afinidad con la voz humana y su taciturno temple. Más aún, su padre Leopold había dejado para la escena un divertimento para dos cellos y bajo continuo. Acaso esa mirada reprobatoria que Mozart resintió hasta su muerte lo hizo distanciarse inconscientemente del malogrado instrumento.

No obstante, su relación con el cello tuvo un giro peculiar. Amadeus cultivó en Bolonia la amistad de Josef Mysliveček, compositor de varias piezas célebres para cuerdas y orquesta. Este personaje, bastante descuidado por los cronistas del barroco, influyó creativamente en el joven de Salzburgo con quien mantuvo una relación tan personal que se refleja en que Mozart lo visitó durante su hospitalización en Venecia, cuando perdió la nariz por una gumma sifilítica.

Mysliveček pasó la mayor parte de su niñez en la calle Melantrichova, a escasa distancia del famoso puente de Carlos. Estudió filosofía y se graduó como maestro molinero a instancias de su padre, que distribuía harina de trigo y centeno en Praga. Pero su ambición fue siempre la música. Para ello se trasladó a Venecia, donde sus encantos y pasiones le ganaron el apodo de “El divino bohemio” o el “Venatorini” (pequeño cazador), traducción literal de su apellido. Nunca se casó y de sus numerosos amoríos se sabe poco, salvo la propensión a dilapidar su herencia y sus ganancias como intérprete o cortesano hasta perder por completo el respeto de la aristocracia italiana.

Conoció a Mozart en 1770, cuando el prodigioso adolescente contaba catorce años y ya era un músico aclamado en Europa sudoriental. Mozart le tomó especial aprecio, si bien su padre desconfiaba de las correrías del disoluto checo. Tomó diversos motivos de sus arias y sonatas para decorar su propias creaciones, e incluso le compuso un arreglo para su ópera “Armida”, estrenada en 1780. Se refirió varias veces al músico checo como dotado de un carácter lleno de espíritu y vitalidad.

Ninguna persona fuera de su familia le deparó tanto afecto, como se describe en su carta del otoño de 1777, donde se duele de la quemadura que le infringió un cirujano incompetente y que le hizo perder la nariz. Mysliveček se disculpó públicamente aludiendo a un cáncer óseo que le habría ocasionado un accidente de coche meses atrás, pero su fama lo precedía. Como muestra, les incluyo enseguida un fragmento de la carta del joven Mozart a su padre, cuya elocuencia es admirable:

“Munich, Oct. 11, 1777.

¿Porqué no te había escrito nada acerca de Misliweczeck? Porque estaba demasiado absorto en no pensar en él; porque cuando se habla de él escucho cómo me alaba y qué clase de amigo fiel es para mí. Pero a ello sigue la lástima y el lamento. Me describieron qué le pasó, y me afectó profundamente. ¿Cómo podría soportar que Misliweczeck, mi íntimo amigo, estuviese en la misma ciudad; no, en el mismo rincón del mundo, y no lo haya visto ni hablado con él? ¡Imposible! Así que decidí visitarlo. El día previo, me comuniqué con el gerente del Hospital Ducal para que se me permitiera verlo en jardín, que me pareció lo ideal, dado que los doctores me aseguraron que ya no había riesgo de infección. […] A la mañana siguiente, fui con Herr von Hamm, el secretario de la Corona y mamá al Hospital Ducal. Mamá pasó a la capilla, y nosotros al jardín. Misliweczek no estaba ahí, así que le mandé un mensaje. Lo vi venir hacia nosotros, y lo reconocí de inmediato por su forma de caminar. […] Cuando llegó hasta mí, estrechamos la manos cordialmente. “Ya ves”, me dijo, “qué desafortunado soy”. Estas palabras y su apariencia, de la que me habías advertido, me alcanzaron tanto el ánimo que sólo puede decirle, con lágrimas en los ojos, “Me apena desde el corazón, querido amigo”.

Acorde con la gran sensibilidad del joven compositor, uno puede adivinar la fidelidad que los unía. Mozart no denunció la enfermedad venérea que afligía a su amigo, pese a los reproches de su padre, y sólo se alejó definitivamente de él cuando, un año después, tras prometerles una presentación de su ópera Thamos, Rey de Egipto (K. 345) en el Teatro San Carlo de Nápoles, los defraudó miserablemente.

Su arrogancia e indisciplina fueron sus verdugos, cierto, pero Josef Mysliveček fue uno de los más prolíficos compositores de sinfonías del siglo XVIII. Su música evoca un estilo diatónico, colmado de donaire, típico del clasicismo italiano. Acaso la inventiva melódica de sus composiciones se halla impregnada tanto de su veleidad como de su seductora personalidad. El concierto para cello y orquesta que les incluyo a continuación, es testimonio de esa gracia, que en su momento compartió – imagen especular – y cautivó al precoz Amadeus, enfrentado a la suspicacia de su ceñudo padre.

https://www.youtube.com/watch?v=tC2vlEeQep4

PS. Otra partitura recuperada hace apenas tres meses, es el concierto para cello de Mario Castelnuovo-Tedesco, que fue estrenado por la Filarmónica de Nueva York en 1935 pero que no se había vuelto a interpretar hasta esta reciente primavera. En el periodo de entreguerras, el compositor florentino gozaba de una gran reputación en Europa y había recibido encargos para sendos conciertos por Andrés Segovia y Jascha Heifetz. Huyó del fascismo de Mussolini en 1935 y se asentó en Hollywood, donde se ganaba la vida componiendo música para películas, a excepción de ese concierto para cello dedicado a Gregor Piatigorsky, que estrenó bajo la dirección de Arturo Toscanini. La obra, de tres movimientos, está formateada como una cadenza. Abre con el solista aislado, a quien responde la orquesta, imitando ciertas frases y temas principales. A ello sigue todo el virtuosismo acrobático posible: largos arpegios y escalas floridas, mezclados con melodías cortas y dobles pausas. Recuerda a la Sinfonía española en Re menor de Lalo, aunque aquí el trabajo del solista es de mucha dificultad en diálogo fluido con la orquesta. La pueden escuchar en este vínculo con la Orquesta Sinfónica de Houston e interpretada por su re-descubridor, el cellista Brinton Averil Smith.

https://www.youtube.com/watch?v=x3mDG258-c8 

Esta patria no es la mía

Esta patria no es la mía

Un oficial nazi pregunta a un parisino:
– Monsieur, ¿dónde está la Place de l’Etoile?
El joven no contesta, sólo se lleva la mano
al pecho, encima del corazón.
(Relato judío)

Rara vez me acerco al templo, no por falta de curiosidad o de costumbre; temo que me descubran y encuentren razones para incriminarme. Lyon es una ciudad inhóspita. Las calles, que solíamos recorrer con desenfado cada domingo, se han estrechado con patrullas militares y hombres de acento áspero que visten largos gabanes de cuero. Cada atajo puede terminar en la guarida de un colaborador. Nada es seguro. El día se ha oscurecido, penetrado por intolerancias y odios que creíamos superados.
Esta mañana, mi vecino Samuel señaló que mi manera de caminar me delata, que algo en mi compostura cuando atisbo a los policías me hace parecer sospechoso. Siempre ha sido un patán ordinario, que se ampara en la riqueza de sus abuelos. Lo dice para proteger a su familia, no porque tema por mi suerte. Pero en algo tiene razón. Las paredes hablan, los viejos murmuran. Cada día se oyen versiones de ciudadanos deportados a Polonia, donde los suben en vagones infestados de plagas y acribillan a quienes no son aptos para la economía de guerra.
– Enderézate – me increpó al salir del edificio – tienes que adoptar la actitud de cualquier goy, desinteresado y aquiescente.
Tal distinción me parecía execrable en el Liceo, porque aprendimos a considerarnos alumnos sin privilegios, destinados a ocupar los puestos de gobierno o a dirigir las empresas que se expandían por el mundo y sentaban colonias en el norte de África o las costas de las Américas. Ahora la suspicacia surge de nuevo, no como una provocación, sino como un aviso para pasar desapercibidos, para eludir la muerte.

Vivimos en un tiempo prestado, como afirma el rabino con pesadumbre. En casa lo hablamos poco, aunque de noche suelo imaginar que rescato a mi padre del Stalag IX-B y nos ocultamos en el bosque, cerca de Hesse. Para sentirme más cerca, hojeo también nuestro viejo libro de Historia. Encontré la página donde se describe que ese gran ducado que fundó Napoleón dejó de ser territorio francés en 1871, cuando perdimos la guerra. Y ahora hemos abdicado de la patria.

El peso del vasallaje es bastante tedioso. Nuestras voces y la luz deben ser tenues, solía pregonar papá. No recibíamos cartas, aunque mamá confiaba en que él sabría cuidarse y ocultar su identidad para confundirse con los demás prisioneros de guerra. – Pero el invierno en esa región es terrible, Maman – le externé, sujetando el té con las manos como si padeciera un escalofrío. Ella me miró con ojos húmedos y trató de consolarme con recuerdos amenos de la fête des jonquilles en Gérardmer antes de la invasión.
Hace unos días vimos como desalojaban a una familia del 3e. arrondissement para cederle el departamento a un dirigente de la Gestapo que exigía una vista del Rhône desde la rue Claude Bernard. Fue muy lamentable. La dueña trataba de cargar su vajilla de porcelana a duras penas y dejó caer un huevo de Fabergé que se rompió en mil pedazos. Mi hermana se inclinó a recogerlo y le extendió algunos fragmentos a la mujer, que lloraba enmudecida. En cuclillas sobre el asfalto, ambas oteaban a los soldados en actitud de súplica. Ellos, con sus impecables uniformes grises y su gesto autoritario, permanecieron impávidos, fumando y sonriendo bajo el calor de Julio.
Debo haber mostrado mi rabia; un apretón de puños o un ademán contenido, porque uno de ellos levantó su metralleta en tono amenazante. Mi compungida Sara y yo nos alejamos, temerosos de sufrir alguna represalia, avergonzados de tantos peatones que pasaban y desviaban la mirada mientras esa familia sufría tal ultraje.
Este es el clima de nuestro tiempo. Nos acomodamos indiferentes al orden que han impuesto los conquistadores. La gente acude a misa en turnos, compra el pan de cada día, intenta pasear con soltura, habla poco y susurra mucho. Saludamos con deferencia a la nueva guardia pretoriana, que devuelve un movimiento de cabeza o, cuando se trata de una doncella, levanta con dos dedos su kepi y guiña un ojo con lascivia.
Madame Litwak, que atiende la patisserie de la rue Dedieu, insiste que algunas de mis compañeras, las más osadas, se han vuelto cortesanas de los ocupadores. El martes pasado, cuando fui por croissants, manoteaba desde el mostrador, dirigiéndose a la vieja Urowitz.

– Están pudriendo nuestra cultura kosher, Miriam. No sólo es traición, es un pecado ignominioso.

No entendí el término, pero me dio una razón más para aborrecer a estos usurpadores que se dicen puros. Lo peor es el toque de queda, porque nos ha arrebatado el placer de festejar el verano. Apenas anochece, cierran los bares que solíamos frecuentar cuando simulábamos la mayoría de edad (ja! los dueños sabían que mentíamos, pero igual nos despachaban licor barato). Fumar está prohibido después de las veinte horas y cualquier francotirador se sabe autorizado para volarle los sesos a quien se atreva a encender un pitillo. Escondemos los aparatos de radio y, pese a que no alcanzan a sintonizar la BBC, preferimos tenerlos a buen volumen en la radio oficial, para evitar delaciones de algún vecino necesitado. Pienso – como Thérèse, la hija del conserje – que esto es lo que designan como “état de siège“, que inferíamos por las aventuras de los comuneros de París, producto de nuestras lecturas vedadas; aquellas que solíamos intercambiar a hurtadillas de pequeños.

Leer se ha vuelto algo incierto; lo sabemos. Con Raphaël y Antoine nos identificamos una y otra vez en nombre del Mersault de L’étranger, que hemos leído en secuencia desde Febrero, cuando nos hicimos con un ejemplar. Medrosos y desconfiados, así transcurren nuestras jornadas, bajo la umbría de un extraño desamparo. Escogemos con cuidado las horas vespertinas para jugar pelota con los chicos del Croix-Rousse, cuando los flics duermen la siesta y no buscan pretextos para intimidarnos.

Mamá nos pidió que seamos cautelosos. Le repetí con agravio que lo somos, no sé porqué insistía tanto. Evitamos a los soldados, nos cambiamos de acera o sencillamente, buscamos refugio en alguna tienda cuando pasan. Quizá lo dijo porque ella misma estaba muy esquiva, como si se hubiese transformado de la mujer hacendosa que escribía después de ordenar la casa a esa nueva personalidad, que se desvelaba hasta la madrugada y tenía reuniones con gente desconocida.

Semanas atrás hizo algo muy raro. De buenas a primeras se ofreció a pasear al bebé de Vera Aronovich. Sí, la dependienta de la mercería que está cerca de la Place Ollier. Sara y yo la acompañamos. Nos condujo por un recorrido demasiado largo, siempre empujando la carriola y cuidando el sueño de la criatura; acabamos hartos y aburridos. Pero ella, con inusitado sigilo, iba dejando unos paquetes que escondía bajo el toldo en diferentes comercios, la mayoría propiedad de goyim. Cuando preguntamos qué era eso, nos callaba con deferencia pero enérgica, arguyendo que ya nos lo explicaría en casa.

La explicación nunca llegó. Tan pronto empezaron las lluvias, aquella aciaga tarde de Septiembre, mamá no volvió más. Habíamos preparado una ensalada y arenques para organizar el venidero Rosh Hashana, nuestro año de 5704. A ella le gustaba señalar esas fechas inefables con anticipación. Sara decoró las ventanas con algunas menorahs que recortó de revistas y viejos panfletos; quería hacer un juego de adivinanzas. Cuando dieron las once, llamé a mi tío. Su esposa sollozaba sin consuelo en el teléfono; unos milicianos lo llevaron preso a golpes la noche previa. Le advirtieron que si se presentaba a la gendarmería, no podían garantizar su vida. Mis primos estaban ya en camino de Nimes, tratando de huir del terror.

Los días siguientes han sido funestos, aunque trato de disipar la angustia con mi dedicación. Mientras Sara se queda con la Sra. Urowitz cerca de la estación de trenes, yo recorro incansablemente las casas de amigos y conocidos, las postes de police y algunas iglesias para indagar su paradero. Casi no comemos y me resulta imposible conciliar el sueño. Trazo rutas en la ciudad vieja, sigo hasta donde recuerdo sus pasos por aquella enigmática caminata que parece ser el origen de toda esta calamidad. Pero es inútil. Las madrugadas me llenan de miedo, un espectro ha ensombrecido nuestras precoces existencias.

Además, las redadas se han acentuado. Los vecinos afirman que el mismo Klaus Barbie está cerrando el círculo. No sé que quieren decir con eso. Pero esta noche, más que otras, escucho ruidos amenazantes por cualquier rendija.

Ya están aquí. De varios culatazos han vencido el portón y despertado a todo el edificio. Aterrada, mi hermana se sumerge en mis brazos. Oímos sus botas subir los peldaños, golpes ominosos, gritando como salvajes: Juden, juden, aufwachen! Schnell!*

Conteniendo las lágrimas, Sara me susurra al oído: – Irene y las otras niñas dicen que allá donde nos llevan hace mucho frío, hermano, ¿qué zapatos me pongo?

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* ¡Judíos, judíos, levántense, rápido!

PS. Hace 75 años, el 16 y 17 de julio de 1942, trece mil ciento cincuenta y dos judíos, todos ellos ciudadanos franceses, fueron arrestados en París por la policía local y encerrados en el Velodrome d’Hiver en Drancy. La tercera parte eran niños. Ningún soldado nazi participó en la redada. Bajo las órdenes de su gobierno colaboracionista y la indiferencia de sus conciudadanos, fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Menos de cien de esas víctimas del oprobio sobrevivieron. La herida sigue abierta en el corazón de Francia.

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

Este último domingo, un diario español publicó un artículo con el título que aquí reproduzco (1). La reportera alude a la violencia de género que, acertadamente, desmitifica. Pero toca el meollo del enigma al señalar que en 45% de los feminicidios no privan los antecedentes violentos. En España suman en promedio sesenta muertes de mujeres por año, cifra escuálida cuando se le compara con los asesinatos en América Latina, empezando por Ciudad Juárez.

La agencia española denominada Unidad Central de Familia y Mujer se ha dado a la tarea de revisar esos crímenes desde 2010 con objeto de delinear un perfil criminal y prevenir más actos de barbarie. Diversas universidades de las capitales provinciales han reunido policías, criminólogos, psicólogos y académicos para diseñar un método científico (sic) contra la violencia de género.

Desde luego que me parece un esfuerzo loable, que deberíamos imitar los países que aprendimos del machismo por identificación o colonización. Aquí en América, las estadísticas son abominables, tanto porque se esconden los datos duros como porque rebasan la media mundial y, más aún, no se reportan por miedo a represalias o a la indiferencia de las autoridades policiacas.

Lo que sigue es un intento de contribuir a esta discusión, aunque admito que el problema no tendrá solución hasta que la ley y la justicia antepongan ese anhelo civilizatorio y un castigo sin atenuantes para los infractores.

Primero, un desglose de la lectura superficial, que atribuye el feminicidio a factores psicosociales. Sus proponentes – ignoro si por miopía o por complicidad – arguyen que la creciente participación social de las mujeres las expone más a los riesgos de la vida nocturna, el divorcio y el tan maltraído estrés (whatever that means). Que, dada su fragilidad, al acceder a ese mundo de rivalidades y embates neuróticos, se ven inermes ante el machismo y la agresividad propias del mundo masculino. Es tanto como sugerir que los secuestros ocurren porque transitamos descuidados. ¡Cómo si se tratara de un fenómeno con vertientes antropológicas!

Es verdad que en la sociedad industrial post-moderna el número de divorcios va en aumento, y que en esa disputa (por los bienes o por los hijos) se yergue un terreno fértil para la violencia. Pero no se debe sólo a que las mujeres se hayan liberado (¡por supuesto que no están dispuestas a callar y a someterse!), sino a la inconstancia de las relaciones de afecto. De hogares fracturados surgen, por afinidad y exponencialmente, hijos con miedo al compromiso.

El nivel educativo y la globalización – entendida como el acercamiento de culturas – también inciden, pero no se limitan a un solo género. Mientras más movilidad y oportunidades tienen los jóvenes (de ambos sexos), menos proclives son a asentarse y formar familias de forma prematura. Lo contrario sucede en comunidades pobres, donde la suma de esfuerzos y la precaria solidez de un hogar, son la única garantía de desarrollo. Hoy en día, quienes tiene más recursos, esperan a completar estudios, acceder a un trabajo estable y, como parte de ese proceso de emancipación, a encontrar una pareja compatible y sin prisa. No es extraño que apenas entrada la madurez, los hijos busquen horizontes más prometedores, salvo cuando hay arbitrios que los atan a sus familias de origen. Así que independizarse comporta muchas más ventajas que riesgos. Una premisa – no excluyente – de la violencia intradomiciliaria es que ocurre más en parejas de corte tradicional, donde los roles de empoderamiento y dependencia son de suyo más acentuados.

La segunda postura es la que podríamos designar recalcitrante, que presupone que la agresión contra las mujeres surge de concebirlas como objetos de uso. No puedo negar que un factor que incide en la violencia es la sujeción, la posesión y con ello, la esclavitud de mujeres que son empleadas como piezas de cambio. Pese a que se denuncia y se persigue en la actualidad, éste no es un problema de nuestro tiempo. La prostitución forzada o la manipulación con fines mercantiles de la sexualidad es milenaria y tiene su origen tanto en el tabú religioso como en la voluptuosidad con la que se ha asociado el cuerpo femenino (y su insinuación). Resulta mucho más provocadora la desnudez femenina – para los medios, la ostentación o el fetichismo – que el torso o los genitales masculinos, salvo desde una perspectiva homosexual. La tolerancia que afortunadamente vivimos en el siglo XXI ha equilibrado este comportamiento, pero en sociedades atrasadas como la nuestra, el morbo y la lascivia siguen invadiendo la cotidianidad y amenazan con transformarse de un momento a otro en agresión verbal o física.

Las mujeres en Latinoamérica no se sienten libres de usar ropa cómoda, mucho menos de mostrar las piernas y el escote, salvo en condiciones donde pueden amalgamarse con el entorno (playas, festivales o lugares propicios). Aprenden desde jóvenes a cubrirse, bajar la blusa o taparse el busto para evitar el acecho y ser reconocidas por su inteligencia u otras virtudes, sin verse cosificadas o violadas en su privacidad. Todos los días lo atestiguo en el consultorio, teñido por la timidez, el pudor o la inconveniencia de estar frente a un doctor del sexo masculino. Algo que no depende enteramente de la cultura de sojuzgamiento, sino más bien de una rudimentaria comprensión de la ley paterna, del lugar que cada quien ocupa en el mundo y de los valores que respetamos para cada individuo, sin distinción de raza o género. Como médico, pero ante todo como hombre, soy el único que puede definir los límites de lo permisible y lo éticamente reprobable.

Ahora bien, como ha señalado acertadamente el Dr. Miguel Kolteniuk (2), la intolerancia a lo femenino surge de lo que él denomina como “La misoginia originaria”. El autor propone que el desgarramiento que implica la separación de la madre arcaica, inscrito en el nacimiento y perpetrado por la interdicción del padre, genera un núcleo traumático de ambivalencia (amor-odio) que queda grabado en el inconsciente de todo sujeto. En la historia contemporánea de la psicología se refiere a la pérdida irremisible de ese otro prehistórico (la mujer que nutre y arropa) a quien nunca nadie podrá igualar.

En sentido metafórico, todos coincidimos en que, por mucho que “caigamos en blandito”, la emergencia del útero – donde nadamos sin ruido, sin variaciones térmicas o afectivas – es un quiebre patológico al que nos vemos obligados a adaptarnos, de una forma u otra, durante toda la existencia. Kolteniuk lo manifiesta en tono brutal, cito: “El odio, el resentimiento, la necesidad de venganza y la sensación de ultraje injustificado por este cúmulo de vejaciones maternas quedarán grabados para siempre en la memoria inconsciente, como un cuerpo extraño tal como Freud describiera el Trauma (traumatische Neurose) en sus Estudios sobre la Histeria (1893 – 1895)”.

Por supuesto, habría que matizar de qué manera ese núcleo inconsciente, como un volcán en reposo, se mantiene bajo control o estalla con violencia inusitada. Se ha hablado de desarrollo “normal” en contraste con las humillaciones o injurias que caracterizan una infancia “patológica”. Nuestro autor incluso desliza el término “misoginia normopática” que a su juicio es resultado de una culturización civilizatoria para contener los impulsos derivados de esa ruptura primordial, en aras de socializar e integrarse en pareja sin demasiada ambivalencia. Me parece que es muy complejo intuir qué individuo maltratado está predispuesto a golpear o mancillar a su esposa, tanto como suponer que una madre que abandona puede engendrar necesariamente un sociópata.

Las concepciones arquetípicas tales como “la maté porque era mía” o “me pertenece y hago lo que quiera con ella” reflejan una conducta psicopática que está lejos de contenerse con medicamentos o psicoterapia. Tampoco pienso que el enclaustramiento mitigue esa sed de venganza extrema. Pero quiero imaginar que una buena parte de esos crímenes pueden ser contenidos (si no prevenidos) en la medida en que la violencia de género se califique con todas sus letras y no se mantenga esa pusilanimidad respecto de los tocamientos, pederastia, seducciones forzosas, o cualquier manifestación no deseada contra una mujer, por sutil que parezca.

Recuerdo aquella película icónica de Jodie Foster (3) que puso de relieve la violación de una mujer cuyo único pecado era mostrar su sensualidad. En cierta medida esas imágenes inquietantes abrieron los ojos de la sociedad norteamericana y zanjaron los cimientos para una reglamentación más enérgica de la violencia física y sexual.

Queda mucho camino por andar. Dudo que logremos perfilar al macho que planea destruir la proyección del odio que emana de su interior. Dudo también que a base de estudiar las huellas de los asesinos sepamos por donde viene el siguiente crimen. Pero sí es previsible que en comunidades con poca estructura o en familias “disfuncionales” donde la agresión es justamente un modo de operar, podamos intervenir a tiempo con injerencias judiciales, educativas o psicoterapéuticas (hasta donde las circunstancias lo permiten) para evitar que esos brotes de misoginia arcaica se cobren más vidas.

Referencias.

  1. Diario El País. El crimen machista, a examen (1). ¿Porqué los hombres matan a las mujeres? Domingo 9 de Julio de 2017. Páginas 20 y 21.
  2. Miguel Kolteniuk. La misoginia originaria. En: Intolerancia a lo femenino. Nohemí Reyes y Doris Berlin (compiladoras). Architecthum Plus, Aguascalientes, México 2014. Páginas 47 – 52.
  3. The accused. Película de 1988 protagonizada por Jodie Foster y Kelly McGillis, sobre un guión de Tom Topor y dirigida por Jonathan Kaplan.

Evolución

Evolución

Hace treinta años, en el anfiteatro del University College London – próximo a donde Virginia Woolf, Lytton Strachey y E.M. Forster se reunían para dar alas a la literatura del joven siglo XX – tuve la fortuna de escuchar al biólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, disertar acerca de la evolución de las especies y la controvertida noción de un diseñador inteligente.

Gould se plantó a media tarde esgrimiendo su desparpajo en mangas de camisa, abdomen prominente, al pie de una gran pantalla donde habría de mostrar sus diapositivas, y se echó a hablar – argumento tras argumento – sin pausa. Su tercera transparencia mostraba una parvada de garzas sobrevolando un lago en África, y Gould lo tomó como señuelo para disertar en torno a los pinzones de Darwin. Siguió planteando sus ideas con vehemencia de suerte que, después de cuarenta minutos sin tragar saliva, se percató de que las mismas garzas seguían impávidas en la pantalla.

  • Ups – exclamó con sorpresa – parece que se me olvidó pasar mis diapositivas. Bueno, terminemos – y dio lugar a preguntas.

Estábamos dichosos. Nos considerábamos estudiantes de maestría harto contestatarios, dispuestos a retar todos los dogmas evolucionistas que se estaban imprimiendo con tenacidad lamarckiana en la Inmunología de los ochentas. La variabilidad de las inmunoglobulinas y la recientemente demostrada mutabilidad de los receptores antigénicos tendrían que explicarse de otro modo.

Salimos a la noche lluviosa de Bloomsbury excitados, discutiendo conceptos erráticos y alabando al iconoclasta de la Historia Natural que acabábamos de escuchar. Yo había releído hacía poco “The blind watchmaker” y “The flamingo´s smile”, así que tenía los conceptos frescos y en franco contraste. Parecíamos niños manoteando y arguyendo prioridades cuando entramos al restaurante que conocíamos como “Cheap-O”, una taberna de comida oriental en Wardour Street donde podíamos degustar un plato de insípidos fideos por tan sólo una libra.

Seguramente llamábamos la atención, porque constituíamos un grupo híbrido que parloteaba airadamente. Una doctora keniana cuyo padre era un jefe tribal Kikuyu, orgullosa de su estirpe y con un enojo racial inusitado. Un bioquímico escocés, mayor que nosotros, con aretes y chaleco a cuadros, que militaba en una organización troskysta y que afirmaba que lo único bueno de Inglaterra era el cricket. Un galés callado y complaciente, que aprendí a estimar por su candor e histórica humildad. Y por último, una malagueña vociferante que gritaba inglés con acento andaluz. Aún me pregunto cómo, en esa Torre de Babel, alcanzábamos algún acuerdo.

Abrumado por una diversidad de otras lecturas, hace años que dejé de seguir de cerca la literatura relativa a la evolución de las especies, que enfrentó a Gould con Dawkins y Maynard Smith en lo que se conoce como las “Guerras Darwinianas”. Sobre todo ante el deceso del primero en 2002, y tras leer su libro póstumo “La estructura de la teoría de la evolución” donde matiza sus ideas y con ello ingresa flamante al panteón de los escépticos.

Fue un detractor de la psicología evolucionista y de la rigidez conceptual, a tal grado que propuso que el magisterio de lo espiritual es válido en el pensamiento científico. A diferencia de tantos otros darwinistas contemporáneos, Gould se reinventó una y otra vez. Creó su propio personaje de los Simpsons, que en un episodio analizaba el DNA de un esqueleto apocalíptico. Además, agobiado por un mesotelioma peritoneal, propugnó por el uso médico de la mariguana, veinte años antes de su legalización.

La rencilla con Richard Dawkins se escenificó en las páginas del New York Review of Books y adquirió un tono mordaz, acaso digno de la estatura intelectual de ambos académicos. El autor de “El gen egoísta” profesaba que la evolución actúa sobre estirpes de replicantes, que pueden ser – aunque no necesariamente – genes.  Las ideas y las destrezas merecen considerarse replicantes de carácter social. Esa adaptación compleja evoluciona de manera gradual, adquiriendo ventajas fenotipicas que conforman la selección natural en una suerte de avance dialéctico que deriva en sus ramificaciones.

En cambio, el paleontólogo de Harvard refutaba que las tendencias evolutivas no son progresión inequívoca de la competencia entre organismos. Por ejemplo, los cambios morfológicos en los caballos no resultan de ganancias adaptativas de fenotipos cada vez mejor dotados para la pastura. Más bien se trata de tendencias en la variación genética del linaje de la especie en cuestión. En ese sentido, incluso las extinciones masivas juegan un papel regulador de la evolución – insistía – porque dejan a una subespecie en ventaja respecto de aquellas que perecieron.

Todo esto viene a cuento porque recibí un libro del filósofo norteamericano Daniel C. Dennett cuyo título rimbombante conviene denunciar. Publicado en Febrero de este 2017, se llama “From bacteria to Bach and back. The evolution of minds”. Puedo recomendarlo con cautela intelectual, porque es fiel reflejo de la tesis que sugiere que la mente humana es una suma de procesos bioquímicos y físicos que se han articulado desde los organismos pluricelulares hasta alcanzar el ingenio del potencial artístico. El profesor Dennett se declara abiertamente enemigo de Gould y de Chomsky, en contra de los que aduce una base materialista de la conciencia a expensas de lo que designa como “memes”.

Cabe señalar que es un texto bastante repetitivo y auto-referencial, lo que lo hace más petulante que erudito. Su argumento es que el pensamiento y la conciencia no revisten mayor misterio que el resto de los fenómenos naturales; digamos, como la gravedad. Y que la sofisticación del cerebro humano es simple y llanamente producto de la selección natural. Desde su origen – colige el autor – la selección natural genera un diseño inteligente, ciego, que va facultando a los genes mejor adaptados a sobrevivir. En su ultra-darwinismo, Dennet impugna las “ex adaptaciones” que teorizaban Richard Lewontin y Stephen Jay Gould; es decir, presiones evolutivas no sujetas a selección sino forzadas por condiciones ambientales. Un ejemplo son las plumas, que regulaban la temperatura en los dinosaurios (de sangre fría) y que se convirtieron en auxiliares de vuelo para los pájaros.

Otro aspecto llamativo del libro es que Dennett ignora al neurólogo Antonio Damasio (creador de elocuentes libros tales como “El error de Descartes”y “Buscando a Spinoza”), pese a que trata de probar con sus tesis lineales la creciente complejidad del cerebro a partir de los primates. Desafía también a Noam Chomsky en cuanto a que éste asegura que el lenguaje es único en su naturaleza evolutiva, dado que emergió de un salto mutacional desde nuestros ancestros homínidos, haciendo posible encontrar palabras para configurar imágenes perceptuales. Dennett objeta que el origen del lenguaje yace en la condición social humana y que surgió de la necesidad de comunicarse con proto-idiomas, ahora perdidos. La agentes de tal evolución lingüística, para Dennett, son los memes (concepto arrebatado de Dawkins); unidades de transmisión cultural análogas a los genes que habitan el cerebro de una persona y que se replican como virus.

El problema estriba en que los memes son cualquier cosa, un concepto vacío que equivale a un sombrero, un recuerdo, una vivencia, un acorde musical o una afiliación política. Son tantas cosas que no son nada. Mientras que los genes son secuencias replicables de DNA que pueden medirse y heredarse con precisión. La plasticidad humana no cabe en unos u otros de manera aislada. Habría que recurrir a otros conocedores, desde Ferdinand de Saussure pasando por Julia Kristeva y hasta Steven Pinker para saldar las metáforas y conceptuar lo humano como un microcosmos mucho más versátil, que requiere de la bioingeniería tanto como de los afectos para florecer o clonarse.

En suma, los individuos no somos nada más instrumentos de un orden azaroso, ni vecinos distantes de los homínidos o los protozoarios; hay una intencionalidad en nuestra búsqueda del universo cognoscible, y tanto como erigimos íconos, somos capaces de destruir o de procrear lo más sublime.

Bibliografía sugerida (en orden alfabético).

Andrew Brown. 2002. The Darwin wars: the scientific battle for the soul of man. Simon & Schuster, London.

Antonio Damasio. 2012. Self comes to mind: constructing the conscious brain. Vintage, New York.

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