Hace treinta años, en el anfiteatro del University College London – próximo a donde Virginia Woolf, Lytton Strachey y E.M. Forster se reunían para dar alas a la literatura del joven siglo XX – tuve la fortuna de escuchar al biólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, disertar acerca de la evolución de las especies y la controvertida noción de un diseñador inteligente.

Gould se plantó a media tarde esgrimiendo su desparpajo en mangas de camisa, abdomen prominente, al pie de una gran pantalla donde habría de mostrar sus diapositivas, y se echó a hablar – argumento tras argumento – sin pausa. Su tercera transparencia mostraba una parvada de garzas sobrevolando un lago en África, y Gould lo tomó como señuelo para disertar en torno a los pinzones de Darwin. Siguió planteando sus ideas con vehemencia de suerte que, después de cuarenta minutos sin tragar saliva, se percató de que las mismas garzas seguían impávidas en la pantalla.

  • Ups – exclamó con sorpresa – parece que se me olvidó pasar mis diapositivas. Bueno, terminemos – y dio lugar a preguntas.

Estábamos dichosos. Nos considerábamos estudiantes de maestría harto contestatarios, dispuestos a retar todos los dogmas evolucionistas que se estaban imprimiendo con tenacidad lamarckiana en la Inmunología de los ochentas. La variabilidad de las inmunoglobulinas y la recientemente demostrada mutabilidad de los receptores antigénicos tendrían que explicarse de otro modo.

Salimos a la noche lluviosa de Bloomsbury excitados, discutiendo conceptos erráticos y alabando al iconoclasta de la Historia Natural que acabábamos de escuchar. Yo había releído hacía poco “The blind watchmaker” y “The flamingo´s smile”, así que tenía los conceptos frescos y en franco contraste. Parecíamos niños manoteando y arguyendo prioridades cuando entramos al restaurante que conocíamos como “Cheap-O”, una taberna de comida oriental en Wardour Street donde podíamos degustar un plato de insípidos fideos por tan sólo una libra.

Seguramente llamábamos la atención, porque constituíamos un grupo híbrido que parloteaba airadamente. Una doctora keniana cuyo padre era un jefe tribal Kikuyu, orgullosa de su estirpe y con un enojo racial inusitado. Un bioquímico escocés, mayor que nosotros, con aretes y chaleco a cuadros, que militaba en una organización troskysta y que afirmaba que lo único bueno de Inglaterra era el cricket. Un galés callado y complaciente, que aprendí a estimar por su candor e histórica humildad. Y por último, una malagueña vociferante que gritaba inglés con acento andaluz. Aún me pregunto cómo, en esa Torre de Babel, alcanzábamos algún acuerdo.

Abrumado por una diversidad de otras lecturas, hace años que dejé de seguir de cerca la literatura relativa a la evolución de las especies, que enfrentó a Gould con Dawkins y Maynard Smith en lo que se conoce como las “Guerras Darwinianas”. Sobre todo ante el deceso del primero en 2002, y tras leer su libro póstumo “La estructura de la teoría de la evolución” donde matiza sus ideas y con ello ingresa flamante al panteón de los escépticos.

Fue un detractor de la psicología evolucionista y de la rigidez conceptual, a tal grado que propuso que el magisterio de lo espiritual es válido en el pensamiento científico. A diferencia de tantos otros darwinistas contemporáneos, Gould se reinventó una y otra vez. Creó su propio personaje de los Simpsons, que en un episodio analizaba el DNA de un esqueleto apocalíptico. Además, agobiado por un mesotelioma peritoneal, propugnó por el uso médico de la mariguana, veinte años antes de su legalización.

La rencilla con Richard Dawkins se escenificó en las páginas del New York Review of Books y adquirió un tono mordaz, acaso digno de la estatura intelectual de ambos académicos. El autor de “El gen egoísta” profesaba que la evolución actúa sobre estirpes de replicantes, que pueden ser – aunque no necesariamente – genes.  Las ideas y las destrezas merecen considerarse replicantes de carácter social. Esa adaptación compleja evoluciona de manera gradual, adquiriendo ventajas fenotipicas que conforman la selección natural en una suerte de avance dialéctico que deriva en sus ramificaciones.

En cambio, el paleontólogo de Harvard refutaba que las tendencias evolutivas no son progresión inequívoca de la competencia entre organismos. Por ejemplo, los cambios morfológicos en los caballos no resultan de ganancias adaptativas de fenotipos cada vez mejor dotados para la pastura. Más bien se trata de tendencias en la variación genética del linaje de la especie en cuestión. En ese sentido, incluso las extinciones masivas juegan un papel regulador de la evolución – insistía – porque dejan a una subespecie en ventaja respecto de aquellas que perecieron.

Todo esto viene a cuento porque recibí un libro del filósofo norteamericano Daniel C. Dennett cuyo título rimbombante conviene denunciar. Publicado en Febrero de este 2017, se llama “From bacteria to Bach and back. The evolution of minds”. Puedo recomendarlo con cautela intelectual, porque es fiel reflejo de la tesis que sugiere que la mente humana es una suma de procesos bioquímicos y físicos que se han articulado desde los organismos pluricelulares hasta alcanzar el ingenio del potencial artístico. El profesor Dennett se declara abiertamente enemigo de Gould y de Chomsky, en contra de los que aduce una base materialista de la conciencia a expensas de lo que designa como “memes”.

Cabe señalar que es un texto bastante repetitivo y auto-referencial, lo que lo hace más petulante que erudito. Su argumento es que el pensamiento y la conciencia no revisten mayor misterio que el resto de los fenómenos naturales; digamos, como la gravedad. Y que la sofisticación del cerebro humano es simple y llanamente producto de la selección natural. Desde su origen – colige el autor – la selección natural genera un diseño inteligente, ciego, que va facultando a los genes mejor adaptados a sobrevivir. En su ultra-darwinismo, Dennet impugna las “ex adaptaciones” que teorizaban Richard Lewontin y Stephen Jay Gould; es decir, presiones evolutivas no sujetas a selección sino forzadas por condiciones ambientales. Un ejemplo son las plumas, que regulaban la temperatura en los dinosaurios (de sangre fría) y que se convirtieron en auxiliares de vuelo para los pájaros.

Otro aspecto llamativo del libro es que Dennett ignora al neurólogo Antonio Damasio (creador de elocuentes libros tales como “El error de Descartes”y “Buscando a Spinoza”), pese a que trata de probar con sus tesis lineales la creciente complejidad del cerebro a partir de los primates. Desafía también a Noam Chomsky en cuanto a que éste asegura que el lenguaje es único en su naturaleza evolutiva, dado que emergió de un salto mutacional desde nuestros ancestros homínidos, haciendo posible encontrar palabras para configurar imágenes perceptuales. Dennett objeta que el origen del lenguaje yace en la condición social humana y que surgió de la necesidad de comunicarse con proto-idiomas, ahora perdidos. La agentes de tal evolución lingüística, para Dennett, son los memes (concepto arrebatado de Dawkins); unidades de transmisión cultural análogas a los genes que habitan el cerebro de una persona y que se replican como virus.

El problema estriba en que los memes son cualquier cosa, un concepto vacío que equivale a un sombrero, un recuerdo, una vivencia, un acorde musical o una afiliación política. Son tantas cosas que no son nada. Mientras que los genes son secuencias replicables de DNA que pueden medirse y heredarse con precisión. La plasticidad humana no cabe en unos u otros de manera aislada. Habría que recurrir a otros conocedores, desde Ferdinand de Saussure pasando por Julia Kristeva y hasta Steven Pinker para saldar las metáforas y conceptuar lo humano como un microcosmos mucho más versátil, que requiere de la bioingeniería tanto como de los afectos para florecer o clonarse.

En suma, los individuos no somos nada más instrumentos de un orden azaroso, ni vecinos distantes de los homínidos o los protozoarios; hay una intencionalidad en nuestra búsqueda del universo cognoscible, y tanto como erigimos íconos, somos capaces de destruir o de procrear lo más sublime.

Bibliografía sugerida (en orden alfabético).

Andrew Brown. 2002. The Darwin wars: the scientific battle for the soul of man. Simon & Schuster, London.

Antonio Damasio. 2012. Self comes to mind: constructing the conscious brain. Vintage, New York.

Richard Dawkins. 2016. The selfish gene (40th anniversary edition). Oxford University Press.

Daniel C. Dennett. 2017. From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. WW Norton & conony, New York.

Stephen Jay Gould. 2002. The structure of evolutionary theory. Belknap/Harvard University Press.

Amy Licence. 2016. Living in squares, loving in triangles: the lives and loves of Virginia Woolf and the Bloomsbury group. Amberley Publishing, London.

Kim Sterelny. 2003. Dawkins vs Gould: survival of the fittest.  Icon books, New York.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s