Este último domingo, un diario español publicó un artículo con el título que aquí reproduzco (1). La reportera alude a la violencia de género que, acertadamente, desmitifica. Pero toca el meollo del enigma al señalar que en 45% de los feminicidios no privan los antecedentes violentos. En España suman en promedio sesenta muertes de mujeres por año, cifra escuálida cuando se le compara con los asesinatos en América Latina, empezando por Ciudad Juárez.

La agencia española denominada Unidad Central de Familia y Mujer se ha dado a la tarea de revisar esos crímenes desde 2010 con objeto de delinear un perfil criminal y prevenir más actos de barbarie. Diversas universidades de las capitales provinciales han reunido policías, criminólogos, psicólogos y académicos para diseñar un método científico (sic) contra la violencia de género.

Desde luego que me parece un esfuerzo loable, que deberíamos imitar los países que aprendimos del machismo por identificación o colonización. Aquí en América, las estadísticas son abominables, tanto porque se esconden los datos duros como porque rebasan la media mundial y, más aún, no se reportan por miedo a represalias o a la indiferencia de las autoridades policiacas.

Lo que sigue es un intento de contribuir a esta discusión, aunque admito que el problema no tendrá solución hasta que la ley y la justicia antepongan ese anhelo civilizatorio y un castigo sin atenuantes para los infractores.

Primero, un desglose de la lectura superficial, que atribuye el feminicidio a factores psicosociales. Sus proponentes – ignoro si por miopía o por complicidad – arguyen que la creciente participación social de las mujeres las expone más a los riesgos de la vida nocturna, el divorcio y el tan maltraído estrés (whatever that means). Que, dada su fragilidad, al acceder a ese mundo de rivalidades y embates neuróticos, se ven inermes ante el machismo y la agresividad propias del mundo masculino. Es tanto como sugerir que los secuestros ocurren porque transitamos descuidados. ¡Cómo si se tratara de un fenómeno con vertientes antropológicas!

Es verdad que en la sociedad industrial post-moderna el número de divorcios va en aumento, y que en esa disputa (por los bienes o por los hijos) se yergue un terreno fértil para la violencia. Pero no se debe sólo a que las mujeres se hayan liberado (¡por supuesto que no están dispuestas a callar y a someterse!), sino a la inconstancia de las relaciones de afecto. De hogares fracturados surgen, por afinidad y exponencialmente, hijos con miedo al compromiso.

El nivel educativo y la globalización – entendida como el acercamiento de culturas – también inciden, pero no se limitan a un solo género. Mientras más movilidad y oportunidades tienen los jóvenes (de ambos sexos), menos proclives son a asentarse y formar familias de forma prematura. Lo contrario sucede en comunidades pobres, donde la suma de esfuerzos y la precaria solidez de un hogar, son la única garantía de desarrollo. Hoy en día, quienes tiene más recursos, esperan a completar estudios, acceder a un trabajo estable y, como parte de ese proceso de emancipación, a encontrar una pareja compatible y sin prisa. No es extraño que apenas entrada la madurez, los hijos busquen horizontes más prometedores, salvo cuando hay arbitrios que los atan a sus familias de origen. Así que independizarse comporta muchas más ventajas que riesgos. Una premisa – no excluyente – de la violencia intradomiciliaria es que ocurre más en parejas de corte tradicional, donde los roles de empoderamiento y dependencia son de suyo más acentuados.

La segunda postura es la que podríamos designar recalcitrante, que presupone que la agresión contra las mujeres surge de concebirlas como objetos de uso. No puedo negar que un factor que incide en la violencia es la sujeción, la posesión y con ello, la esclavitud de mujeres que son empleadas como piezas de cambio. Pese a que se denuncia y se persigue en la actualidad, éste no es un problema de nuestro tiempo. La prostitución forzada o la manipulación con fines mercantiles de la sexualidad es milenaria y tiene su origen tanto en el tabú religioso como en la voluptuosidad con la que se ha asociado el cuerpo femenino (y su insinuación). Resulta mucho más provocadora la desnudez femenina – para los medios, la ostentación o el fetichismo – que el torso o los genitales masculinos, salvo desde una perspectiva homosexual. La tolerancia que afortunadamente vivimos en el siglo XXI ha equilibrado este comportamiento, pero en sociedades atrasadas como la nuestra, el morbo y la lascivia siguen invadiendo la cotidianidad y amenazan con transformarse de un momento a otro en agresión verbal o física.

Las mujeres en Latinoamérica no se sienten libres de usar ropa cómoda, mucho menos de mostrar las piernas y el escote, salvo en condiciones donde pueden amalgamarse con el entorno (playas, festivales o lugares propicios). Aprenden desde jóvenes a cubrirse, bajar la blusa o taparse el busto para evitar el acecho y ser reconocidas por su inteligencia u otras virtudes, sin verse cosificadas o violadas en su privacidad. Todos los días lo atestiguo en el consultorio, teñido por la timidez, el pudor o la inconveniencia de estar frente a un doctor del sexo masculino. Algo que no depende enteramente de la cultura de sojuzgamiento, sino más bien de una rudimentaria comprensión de la ley paterna, del lugar que cada quien ocupa en el mundo y de los valores que respetamos para cada individuo, sin distinción de raza o género. Como médico, pero ante todo como hombre, soy el único que puede definir los límites de lo permisible y lo éticamente reprobable.

Ahora bien, como ha señalado acertadamente el Dr. Miguel Kolteniuk (2), la intolerancia a lo femenino surge de lo que él denomina como “La misoginia originaria”. El autor propone que el desgarramiento que implica la separación de la madre arcaica, inscrito en el nacimiento y perpetrado por la interdicción del padre, genera un núcleo traumático de ambivalencia (amor-odio) que queda grabado en el inconsciente de todo sujeto. En la historia contemporánea de la psicología se refiere a la pérdida irremisible de ese otro prehistórico (la mujer que nutre y arropa) a quien nunca nadie podrá igualar.

En sentido metafórico, todos coincidimos en que, por mucho que “caigamos en blandito”, la emergencia del útero – donde nadamos sin ruido, sin variaciones térmicas o afectivas – es un quiebre patológico al que nos vemos obligados a adaptarnos, de una forma u otra, durante toda la existencia. Kolteniuk lo manifiesta en tono brutal, cito: “El odio, el resentimiento, la necesidad de venganza y la sensación de ultraje injustificado por este cúmulo de vejaciones maternas quedarán grabados para siempre en la memoria inconsciente, como un cuerpo extraño tal como Freud describiera el Trauma (traumatische Neurose) en sus Estudios sobre la Histeria (1893 – 1895)”.

Por supuesto, habría que matizar de qué manera ese núcleo inconsciente, como un volcán en reposo, se mantiene bajo control o estalla con violencia inusitada. Se ha hablado de desarrollo “normal” en contraste con las humillaciones o injurias que caracterizan una infancia “patológica”. Nuestro autor incluso desliza el término “misoginia normopática” que a su juicio es resultado de una culturización civilizatoria para contener los impulsos derivados de esa ruptura primordial, en aras de socializar e integrarse en pareja sin demasiada ambivalencia. Me parece que es muy complejo intuir qué individuo maltratado está predispuesto a golpear o mancillar a su esposa, tanto como suponer que una madre que abandona puede engendrar necesariamente un sociópata.

Las concepciones arquetípicas tales como “la maté porque era mía” o “me pertenece y hago lo que quiera con ella” reflejan una conducta psicopática que está lejos de contenerse con medicamentos o psicoterapia. Tampoco pienso que el enclaustramiento mitigue esa sed de venganza extrema. Pero quiero imaginar que una buena parte de esos crímenes pueden ser contenidos (si no prevenidos) en la medida en que la violencia de género se califique con todas sus letras y no se mantenga esa pusilanimidad respecto de los tocamientos, pederastia, seducciones forzosas, o cualquier manifestación no deseada contra una mujer, por sutil que parezca.

Recuerdo aquella película icónica de Jodie Foster (3) que puso de relieve la violación de una mujer cuyo único pecado era mostrar su sensualidad. En cierta medida esas imágenes inquietantes abrieron los ojos de la sociedad norteamericana y zanjaron los cimientos para una reglamentación más enérgica de la violencia física y sexual.

Queda mucho camino por andar. Dudo que logremos perfilar al macho que planea destruir la proyección del odio que emana de su interior. Dudo también que a base de estudiar las huellas de los asesinos sepamos por donde viene el siguiente crimen. Pero sí es previsible que en comunidades con poca estructura o en familias “disfuncionales” donde la agresión es justamente un modo de operar, podamos intervenir a tiempo con injerencias judiciales, educativas o psicoterapéuticas (hasta donde las circunstancias lo permiten) para evitar que esos brotes de misoginia arcaica se cobren más vidas.

Referencias.

  1. Diario El País. El crimen machista, a examen (1). ¿Porqué los hombres matan a las mujeres? Domingo 9 de Julio de 2017. Páginas 20 y 21.
  2. Miguel Kolteniuk. La misoginia originaria. En: Intolerancia a lo femenino. Nohemí Reyes y Doris Berlin (compiladoras). Architecthum Plus, Aguascalientes, México 2014. Páginas 47 – 52.
  3. The accused. Película de 1988 protagonizada por Jodie Foster y Kelly McGillis, sobre un guión de Tom Topor y dirigida por Jonathan Kaplan.
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