Un oficial nazi pregunta a un parisino:
– Monsieur, ¿dónde está la Place de l’Etoile?
El joven no contesta, sólo se lleva la mano
al pecho, encima del corazón.
(Relato judío)

Rara vez me acerco al templo, no por falta de curiosidad o de costumbre; temo que me descubran y encuentren razones para incriminarme. Lyon es una ciudad inhóspita. Las calles, que solíamos recorrer con desenfado cada domingo, se han estrechado con patrullas militares y hombres de acento áspero que visten largos gabanes de cuero. Cada atajo puede terminar en la guarida de un colaborador. Nada es seguro. El día se ha oscurecido, penetrado por intolerancias y odios que creíamos superados.
Esta mañana, mi vecino Samuel señaló que mi manera de caminar me delata, que algo en mi compostura cuando atisbo a los policías me hace parecer sospechoso. Siempre ha sido un patán ordinario, que se ampara en la riqueza de sus abuelos. Lo dice para proteger a su familia, no porque tema por mi suerte. Pero en algo tiene razón. Las paredes hablan, los viejos murmuran. Cada día se oyen versiones de ciudadanos deportados a Polonia, donde los suben en vagones infestados de plagas y acribillan a quienes no son aptos para la economía de guerra.
– Enderézate – me increpó al salir del edificio – tienes que adoptar la actitud de cualquier goy, desinteresado y aquiescente.
Tal distinción me parecía execrable en el Liceo, porque aprendimos a considerarnos alumnos sin privilegios, destinados a ocupar los puestos de gobierno o a dirigir las empresas que se expandían por el mundo y sentaban colonias en el norte de África o las costas de las Américas. Ahora la suspicacia surge de nuevo, no como una provocación, sino como un aviso para pasar desapercibidos, para eludir la muerte.

Vivimos en un tiempo prestado, como afirma el rabino con pesadumbre. En casa lo hablamos poco, aunque de noche suelo imaginar que rescato a mi padre del Stalag IX-B y nos ocultamos en el bosque, cerca de Hesse. Para sentirme más cerca, hojeo también nuestro viejo libro de Historia. Encontré la página donde se describe que ese gran ducado que fundó Napoleón dejó de ser territorio francés en 1871, cuando perdimos la guerra. Y ahora hemos abdicado de la patria.

El peso del vasallaje es bastante tedioso. Nuestras voces y la luz deben ser tenues, solía pregonar papá. No recibíamos cartas, aunque mamá confiaba en que él sabría cuidarse y ocultar su identidad para confundirse con los demás prisioneros de guerra. – Pero el invierno en esa región es terrible, Maman – le externé, sujetando el té con las manos como si padeciera un escalofrío. Ella me miró con ojos húmedos y trató de consolarme con recuerdos amenos de la fête des jonquilles en Gérardmer antes de la invasión.
Hace unos días vimos como desalojaban a una familia del 3e. arrondissement para cederle el departamento a un dirigente de la Gestapo que exigía una vista del Rhône desde la rue Claude Bernard. Fue muy lamentable. La dueña trataba de cargar su vajilla de porcelana a duras penas y dejó caer un huevo de Fabergé que se rompió en mil pedazos. Mi hermana se inclinó a recogerlo y le extendió algunos fragmentos a la mujer, que lloraba enmudecida. En cuclillas sobre el asfalto, ambas oteaban a los soldados en actitud de súplica. Ellos, con sus impecables uniformes grises y su gesto autoritario, permanecieron impávidos, fumando y sonriendo bajo el calor de Julio.
Debo haber mostrado mi rabia; un apretón de puños o un ademán contenido, porque uno de ellos levantó su metralleta en tono amenazante. Mi compungida Sara y yo nos alejamos, temerosos de sufrir alguna represalia, avergonzados de tantos peatones que pasaban y desviaban la mirada mientras esa familia sufría tal ultraje.
Este es el clima de nuestro tiempo. Nos acomodamos indiferentes al orden que han impuesto los conquistadores. La gente acude a misa en turnos, compra el pan de cada día, intenta pasear con soltura, habla poco y susurra mucho. Saludamos con deferencia a la nueva guardia pretoriana, que devuelve un movimiento de cabeza o, cuando se trata de una doncella, levanta con dos dedos su kepi y guiña un ojo con lascivia.
Madame Litwak, que atiende la patisserie de la rue Dedieu, insiste que algunas de mis compañeras, las más osadas, se han vuelto cortesanas de los ocupadores. El martes pasado, cuando fui por croissants, manoteaba desde el mostrador, dirigiéndose a la vieja Urowitz.

– Están pudriendo nuestra cultura kosher, Miriam. No sólo es traición, es un pecado ignominioso.

No entendí el término, pero me dio una razón más para aborrecer a estos usurpadores que se dicen puros. Lo peor es el toque de queda, porque nos ha arrebatado el placer de festejar el verano. Apenas anochece, cierran los bares que solíamos frecuentar cuando simulábamos la mayoría de edad (ja! los dueños sabían que mentíamos, pero igual nos despachaban licor barato). Fumar está prohibido después de las veinte horas y cualquier francotirador se sabe autorizado para volarle los sesos a quien se atreva a encender un pitillo. Escondemos los aparatos de radio y, pese a que no alcanzan a sintonizar la BBC, preferimos tenerlos a buen volumen en la radio oficial, para evitar delaciones de algún vecino necesitado. Pienso – como Thérèse, la hija del conserje – que esto es lo que designan como “état de siège“, que inferíamos por las aventuras de los comuneros de París, producto de nuestras lecturas vedadas; aquellas que solíamos intercambiar a hurtadillas de pequeños.

Leer se ha vuelto algo incierto; lo sabemos. Con Raphaël y Antoine nos identificamos una y otra vez en nombre del Mersault de L’étranger, que hemos leído en secuencia desde Febrero, cuando nos hicimos con un ejemplar. Medrosos y desconfiados, así transcurren nuestras jornadas, bajo la umbría de un extraño desamparo. Escogemos con cuidado las horas vespertinas para jugar pelota con los chicos del Croix-Rousse, cuando los flics duermen la siesta y no buscan pretextos para intimidarnos.

Mamá nos pidió que seamos cautelosos. Le repetí con agravio que lo somos, no sé porqué insistía tanto. Evitamos a los soldados, nos cambiamos de acera o sencillamente, buscamos refugio en alguna tienda cuando pasan. Quizá lo dijo porque ella misma estaba muy esquiva, como si se hubiese transformado de la mujer hacendosa que escribía después de ordenar la casa a esa nueva personalidad, que se desvelaba hasta la madrugada y tenía reuniones con gente desconocida.

Semanas atrás hizo algo muy raro. De buenas a primeras se ofreció a pasear al bebé de Vera Aronovich. Sí, la dependienta de la mercería que está cerca de la Place Ollier. Sara y yo la acompañamos. Nos condujo por un recorrido demasiado largo, siempre empujando la carriola y cuidando el sueño de la criatura; acabamos hartos y aburridos. Pero ella, con inusitado sigilo, iba dejando unos paquetes que escondía bajo el toldo en diferentes comercios, la mayoría propiedad de goyim. Cuando preguntamos qué era eso, nos callaba con deferencia pero enérgica, arguyendo que ya nos lo explicaría en casa.

La explicación nunca llegó. Tan pronto empezaron las lluvias, aquella aciaga tarde de Septiembre, mamá no volvió más. Habíamos preparado una ensalada y arenques para organizar el venidero Rosh Hashana, nuestro año de 5704. A ella le gustaba señalar esas fechas inefables con anticipación. Sara decoró las ventanas con algunas menorahs que recortó de revistas y viejos panfletos; quería hacer un juego de adivinanzas. Cuando dieron las once, llamé a mi tío. Su esposa sollozaba sin consuelo en el teléfono; unos milicianos lo llevaron preso a golpes la noche previa. Le advirtieron que si se presentaba a la gendarmería, no podían garantizar su vida. Mis primos estaban ya en camino de Nimes, tratando de huir del terror.

Los días siguientes han sido funestos, aunque trato de disipar la angustia con mi dedicación. Mientras Sara se queda con la Sra. Urowitz cerca de la estación de trenes, yo recorro incansablemente las casas de amigos y conocidos, las postes de police y algunas iglesias para indagar su paradero. Casi no comemos y me resulta imposible conciliar el sueño. Trazo rutas en la ciudad vieja, sigo hasta donde recuerdo sus pasos por aquella enigmática caminata que parece ser el origen de toda esta calamidad. Pero es inútil. Las madrugadas me llenan de miedo, un espectro ha ensombrecido nuestras precoces existencias.

Además, las redadas se han acentuado. Los vecinos afirman que el mismo Klaus Barbie está cerrando el círculo. No sé que quieren decir con eso. Pero esta noche, más que otras, escucho ruidos amenazantes por cualquier rendija.

Ya están aquí. De varios culatazos han vencido el portón y despertado a todo el edificio. Aterrada, mi hermana se sumerge en mis brazos. Oímos sus botas subir los peldaños, golpes ominosos, gritando como salvajes: Juden, juden, aufwachen! Schnell!*

Conteniendo las lágrimas, Sara me susurra al oído: – Irene y las otras niñas dicen que allá donde nos llevan hace mucho frío, hermano, ¿qué zapatos me pongo?

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* ¡Judíos, judíos, levántense, rápido!

PS. Hace 75 años, el 16 y 17 de julio de 1942, trece mil ciento cincuenta y dos judíos, todos ellos ciudadanos franceses, fueron arrestados en París por la policía local y encerrados en el Velodrome d’Hiver en Drancy. La tercera parte eran niños. Ningún soldado nazi participó en la redada. Bajo las órdenes de su gobierno colaboracionista y la indiferencia de sus conciudadanos, fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Menos de cien de esas víctimas del oprobio sobrevivieron. La herida sigue abierta en el corazón de Francia.

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