Es preferible pensar

Es preferible pensar

Una editorial en JAMA hace una semana (1) me trajo de nuevo a la mente los numerosos equívocos en que incurrimos los médicos, sobre todo cavando en las trincheras de la atención primaria.
El Dr. Sinha recurre al símil del portero de futbol durante la pena máxima, que se siente obligado a lanzarse hacia un lado, cuando estadísticamente si se quedara en medio tendría mejores probabilidades de detener el balón. Eso sí, ningún guardameta se sentiría cómodo manteniéndose quieto ante el nerviosismo de sus compañeros y el partido en juego.
De manera análoga, los doctores tendemos a actuar – más de una vez por inercia – sin comprensión reflexiva de lo que estamos combatiendo. Con ello quiero insistir en que no bastan los conocimientos sólidos, ni siquiera la educación médica continua, si no sabemos individualizar cada caso y ponderar los derroteros fisiopatológicos que tenemos delante.
Como en la situación de un penalti, estudiamos el ángulo del jugador que lo va a tirar, su intención, su nerviosismo o entereza aparentes, la dirección de su mirada (con la que nos pretende engañar) y los dos o tres pasos que anteceden al puntapié decisivo; pero no podemos predecir su trayectoria hasta que el balón está en juego.
Los años de experiencia clínica nos permiten salvar la burocracia de nuestro oficio. Es decir, ya no detallamos en la anamnesis detalles que aprendimos como estudiantes o residentes porque nos resultan insustanciales (¿cuántas habitaciones tiene su casa? ¿de qué edades son sus tíos? ¿cuáles son sus pasatiempos?). Nuestra historia clínica es más precisa, no se anda por las ramas y busca e incluso anticipa el meollo del problema que aqueja a nuestros pacientes. Rara vez tenemos que detenernos en pormenores que no atañen al padecimiento actual, eso lo discernimos con el interrogatorio orientado por sistemas y no pocas veces, durante la exploración física.
Aún así, se nos escapan algunas cosas. Hacemos uso racional de las pruebas paraclínicas y los estudios de imagen, sopesando precio, reproducibilidad o valor diagnóstico. Apelamos a las guías clínicas y los llamados “estándares de oro”, pero no somos ni seremos nunca infalibles. La humildad y la autocrítica siguen siendo nuestras mejores herramientas.
En la editorial en cuestión se analiza el empleo desmedido de hemocultivos en situaciones donde no hay evidencia de bacteremia o se trata de enfermos inmunocompetentes. La evidencia ha demostrado que menos del 7% de los cultivos sanguíneos resultan positivos en pacientes con neumonía adquirida en la comunidad, pese a que se consideraba un procedimiento obligado hasta hace pocos años.
En el Centro Médico de Yale-New Haven, donde trabaja el autor, se practican alrededor de 180 mil hemocultivos al año (a un costo individual de 138 dólares por prueba) de los cuales sólo el 10% da resultados confiables.
Carentes de estadísticas que nos hagan frenar los bajos instintos, en México adolecemos de numerosos lances a los costados, cuando sería mucho mejor preguntar, consensar, regresar a los libros o no hacer nada; sobre todo cuando no nos asiste la razón o dudamos de nuestro juicio clínico. He repetido muchas veces que la peor enfermedad que puede sufrir un médico es el engreimiento (como diría el Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan: “The disease of conceit” (2)).
Además del empleo innecesario de cultivos cuando no se cuenta con muestras confiables (caso del esputo que es sólo saliva, coprocultivos en ausencia de diarrea, hemocultivos sin bacteremia evidente y otros dardos al azar), me permito enumerar una serie de intervenciones que habitualmente producen gastos innecesarios y resultados iatrogénicos o paupérrimos.
A) El empleo de esteroides en alergia o inflamación no crítica. Nuestro país se “pinta solo” en el abuso de cortisona y sus derivados sintéticos. Se usan sin reflexión alguna en infecciones respiratorias (virales u otherwise); en urticarias, angioedemas, osteoartritis, Zika, Chikungunya, herpes zoster, “prevención de cicatrices queloides”, mialgias, y un sinfín de etcéteras. La mayoría de las veces careciendo de confirmación diagnóstica.
B) Perfil reumático. En diversas oportunidades, en vivo y a todo color, he repudiado el uso de este panel de estudios como una pérdida de tiempo y dinero. En los consultorios de primer contacto se pide con tanta frecuencia, que los laboratorios clínicos han hecho un negocio (poco ético, debo añadir) de este tamizaje sin pies ni cabeza.
C) Funduplicaturas tipo Nissen o colecistectomías sin justificación terapéutica. Hemos dejado atrás las épocas en que la decisión del médico era inapelable. Es preferible contemplar que “el paciente siempre tiene la razón” antes de que nos hundamos en la espiral inflacionaria de las demandas y la Medicina defensiva que priva en otros países (aunque dudo que en nuestro medio, tan corrupto, la voz de los enfermos resulte audible para todos).
D) Estudios de imagen sin examen clínico adecuado. En la medida en que la tecnología ha rebasado con mucho la agudeza de nuestros sentidos, se piden estudios (TAC, MRI, PET, ultrasonidos y gamagramas) sin intención de confirmar la sospecha derivada de una semiología acuciosa y una exploración rigurosa. No es falta de tiempo, sino abulia e indolencia; pecados capitales en la práctica médica. Andar “norteado” en Medicina y sondear sin dirección en un cuerpo humano nos regresa en el tiempo, hasta los chamanes o los nigromantes, cuando los ensalmos precedían a la ciencia.
E) Prescripción de antibióticos sin cultivo o frotis previo (o en condiciones más precarias, sin un minucioso análisis clínico y epidemiológico). Acaso éste es el error más inquietante de la Medicina actual. Las cifras de gérmenes multirresistentes van en aumento exponencial; la gente muere más por Clostridum difficile (bacteria intestinal oportunista) provocado por antibioticoterapia en los países desarrollados que por cualquier otro germen; y en el Tercer Mundo, el abuso de antimicrobianos de amplio espectro es más que alarmante. Si consideramos que más del 70% de los cuadros respiratorios en gente sana y casi la mitad de las infecciones intestinales son causadas por virus (sobre todo en invierno), el uso de antibióticos al primer estornudo o ante una evacuación diarreica, es una estupidez de consecuencias potencialmente graves.
F) Hospitalizaciones injustificadas. Del mismo modo que se abusa de la tecnología diagnóstica, el internamiento (más aún si es prolongado) de enfermos ambulatorios es una transgresión ética injustificable. En los hospitales privados, eso “califica” a los doctores porque se favorecen los ingresos y el negocio prospera. Pero un paciente internado está expuesto a muchos más riesgos que si se le atiende en casa, excepto en los casos donde su vida corre peligro o la hospitalización, intervención o confinamiento mejoran su pronóstico. Los criterios de ingreso en cada especialidad dependen con mucho de la gravedad estimada del padecimiento, la oportunidad de la intervención diagnóstica y terapéutica, aunque también suele prevalecer la integridad moral del médico tratante para evaluar si el enfermo se verá genuinamente beneficiado dentro de un nosocomio. Esta ley no escrita es fundamental, tanto como el principio hipocrático de “primum non nocere”, porque ningún juramento nos indujo al lema de “magis pecuniam”.

El ejercicio de la Medicina requiere de conocimientos, integridad, respeto por y para los enfermos, además de actualización, inteligencia y destrezas forjadas con la experiencia. Los errores ocurren, pero ningún doctor puede esconderse de sí mismo y del juicio que sigue a su incompetencia (3, 4).

Referencias.
1. JAMA Intern Med. Published online August 21, 2017. doi:10.1001/jamainternmed.2017.3628
2. Bob Dylan. Disease of conceit. Canción del album “Oh Mercy” lanzado el 18 de septiembre de 1989 por Columbia Records.
3. Philip C. Hébert. Doing right: a practical guide to ethics for medical trainees and physicians. Oxford University Press, UK 2009.

4. Saul J. Weiner, Alan Schwartz. Listening for what matters. Oxford University Press, New York, 2016.

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Slippery slope

Slippery slope

El siguiente crimen fue ejecutado con tal pericia que no dio lugar a especulaciones.

La paciente, Emily Everett, septuagenaria con síndrome de Meigs, cursando su segundo día postoperatorio, amaneció muerta sin causa aparente. Horas antes – pese a las metástasis y pésimo pronóstico – sus signos vitales eran estables y se recuperaba con un mínimo de asistencia en Terapia Intermedia. Nada parecía justificar este deceso prematuro.

Sus hijos la lloraron a mares, pero aceptaron el desenlace como una bendición; todos – desde luego ella – se habían ahorrado una dolorosa agonía.

Tras bambalinas, el equipo quirúrgico convocó a una junta extraordinaria. Se analizaron los marcadores tumorales, las imágenes y condiciones preoperatorias de la enferma, los parámetros de anestesia, la cuenta de gasas y la pérdida de sangre hasta la última gota. Los radiólogos trazaron reconstrucciones tridimensionales del abdomen y demostraron con vehemencia que no hubiese perforación de vísceras huecas. El jefe de cirugía argumentó a su vez que la intervención fue enteramente limpia y que, fuera de las biopsias, no se intentó nada riesgoso. La oncóloga en turno trajo consigo cifras y estadísticas que ratificaban lo inusitado del suceso. Satisfechos de que los errores humanos parecían descartados, la reunión se cerró en medio de una atmósfera de incertidumbre. La supervisora de enfermería, en actitud defensiva, aceptó a regañadientes la auditoría que dispuso el director. Las notas y detalles de cada jornada estarían disponibles para un investigador privado y se esperaban careos poco agradables.

Caía la noche cuando el doctor Marcus se arrellanó en su sillón favorito y prendió el televisor. Afuera, las hojas secas revoloteaban con la ventisca y, tanto como el embrujo otoñal, el galeno podía aspirar esa paz del deber cumplido. En ningún momento se sintió bajo escrutinio, sus colegas conocían de su templanza y profesionalismo. Desde su llegada al hospital como profesor adjunto de Anestesia, el reconocimiento lo rodeó con un halo protector.

Durante la junta, donde permaneció atento y en silencio, estudiaba los gestos de inquietud que seguían a cada uno de los participantes de tan fatídica operación. Marcus había asignado a dos anestesiólogas de su confianza, que revisaron con cuidado y a la vista de todos cada minuto de la inducción anestésica, la extubación y la recuperación de la paciente. Él mismo hizo las preguntas más agudas respecto de las dosis y la indicación de cada fármaco. Las conminó a cooperar con el detective y modificó el calendario de vacaciones de una de ellas para que estuviera disponible en las siguientes semanas.

Rememorando en la penumbra de su sala, Marcus se atrevió a encender un puro para acompañar su bebida. Mientras exhalaba las bocanadas de humo, repasó cada paso de la eutanasia. Estaba convencido de que una sobredosis de insulina era casi imposible de detectar, aún cuando los auditores exigieran una autopsia. Lo tenía todo previsto; como antes, como siempre. Había evaluado con fruición las desventuras de Jack Kevorkian, un neófito insaciable cuya torpeza le valió el juicio público y el encarcelamiento.

  • A mí no me ocurrirá eso, nadie me calificará de “ángel de la muerte” – se dijo, mientras sorbía un áspero trago de malta.

Los días sucesivos fueron de recelo en los quirófanos y la administración del hospital. El investigador, un hombre de facciones secas y pocas palabras, trajo consigo dos grabadoras, un detector de mentiras y una joven asistente de mirada incisiva que se dedicó a entrevistar a todo el personal involucrado en el caso con mordacidad de abogada. Las enfermeras y las anestesiólogas se sintieron ultrajadas porque revisaron su historia familiar sin consentimiento. Salió a la luz un romance clandestino entre un cirujano y una instrumentista que recorrió los pasillos como lava ardiente. La incompetencia de un enfermero resultó en su despido sin más preámbulos, pese a que ni siquiera conoció a la enferma.

Marcus entretanto cooperó en todos sentidos. Se entrevistó dos veces con los detectives y repitió su versión de los hechos como si se tratara de un texto memorizado con algunas variantes. En efecto, visitó a la Sra. Everett la madrugada de su fallecimiento, para cerciorarse de que las notas de anestesia y las indicaciones de Terapia estuvieran en orden. Su meticulosidad le valió los halagos del director – insistió. Amparó su coartada con la versión de Maggie,  la enfermera de guardia, que lo conocía y sabía de su empeño con los pacientes recién operados.

La detective Moriarty lo observaba detenidamente y reparó en cada gesticulación e inflexión de voz. A su lado, el jefe escribía en una minúscula libreta sin proferir palabra. Ambos agradecieron su disponibilidad y lo despidieron entre sonrisas.

  • Tal vez lo tengamos que molestar nuevamente, doctor. Espero que no resulte inconveniente – dijo por fin el investigador, con voz rasposa.
  • Estoy a sus órdenes – externó Marcus, deslizando la vista como si quisiera escabullirse de aquellos inquisidores.

Varias semanas después, durante la sesión general del nosocomio, el director anunció con alivio que el informe pericial descartaba cualquier sospecha y que se consideraría una muerte accidental, aunque fuese la segunda víctima inexplicable en cuatro meses. Agradeció la cooperación del personal médico y paramédico, e insistió en que los estándares de calidad se mantuvieran incólumes.

Sentado en un bar cercano al hospital – como siempre, solo ante el cantinero – Marcus disfruta lentamente de su jaibol mientras hace anotaciones mentales.

  • Su demencia se ha profundizado mucho y ahora llega de sorpresa esta neumonía – dice su vecino de barra en tono lánguido. Está charlando con dos amigos que lo escuchan atentamente, rostros compungidos.
  • ¿No hay nada que hacer? – pregunta su interlocutora, una mujer de cabello corto, entrecano, que da la espalda al médico.
  • Nada – insiste el primero . – Come apenas y traga con dificultad, su peso ya es crítico. Es un espanto ver como sufre. Me cuesta decirlo, pero quisiera que todo acabara.

La mujer se inclina para abrazarlo, y Marcus puede observar las pesadas lágrimas que surcan la cara del hombre, quien se deja apaciguar, ojos cerrados y gimiendo en silencio.

Deja su vaso, un billete de propina y se despide del barman con familiaridad. Al pasar detrás del grupo, se detiene y se dirige a los tres con fingida humildad.

  • Perdonen ustedes la impertinencia, pero no pude evitar escuchar su penosa situación. Soy anestesiólogo del San Lucas, Dr. Marcus Slachter, para servirles. Si puedo ayudar en algo, no duden en contactarme.

Visiblemente conmovidos, los tres afectados sonríen y estrechan la mano del médico con gratitud.

En la puerta del bar, Marcus se cierra el abrigo y ajusta la bufanda ante el embate del viento helado de Octubre. Repite el número de la habitación y el nombre del paciente para sí, una especie de ritual que lo prepara para su siguiente inmolación. Emprende el camino entre sombras, bajo una escarcha fina que abrillantan los faroles entre la bruma. La calle está desierta salvo por un mendigo que se cubre a medias y tirita tendido sobre cajas de cartón y cobijas malolientes.

  • El mundo será mejor con mi esfuerzo – piensa con jactancia, tras detectar al indigente.

Al otro lado de la ciudad, la detective Irene Moriarty traza un perfil del asesino, convencida de que no dejó nada al azar. Ha dedicado noches enteras a imaginar al perpetrador de aquellas muertes. Debe tratarse de un individuo calificado – medita -, versado en el suicidio asistido y con acceso a pacientes y medicamentos sin restricción. Cierra la ventana de su departamento para mitigar las sirenas de patrullas y el aire viscoso de comida hindú que suelen perturbar su sueño. Cuelga sus últimos post-it al margen de recortes de diarios e informes grafológicos de quienes atendieron a las victimas “accidentadas”. Papeles de tamaño y colores diversos saturan el pizarrón de corcho. De pie frente a su collage, recogido el cabello y ataviada en pijama, bebe un largo trago de té mientras ordena sus ideas. Sabe que está por rastrear las huellas del ángel o demonio que repta en los rincones del St. Luke’s Medical Center. Éste será su cometido, su destino.

Los emigrantes

Los emigrantes

 

There is no antidote for the opium of time.                                                                           Thomas Browne (Hydriotaphia, 1658)

Lo esperaba en la cama todas esas noches, semidesnuda, hasta que perdió la fuerza. Arropado en su cuerpo sudoroso, bajo la oscuridad eterna, disipaba su melancolía y se dejaba arrastrar, con ese parsimonioso oleaje que conocen los amantes. Degustaba sus besos, las caricias que permitían delinear su carne blanda, siempre añorada. Era tanto como ausentarse, dar la espalda al día, renunciar al clima o la época del año. Desoír el barullo de las calles y de sus propios pensamientos, que hubiesen querido asaltarlo y trastocar la mansedumbre que se permitía por unas horas escasas y esporádicas.

Conocía las vetas erógenas de su cuello, aquella adusta reticencia hasta que sucumbía al fragor de su aliento. Deslizaba las manos por su espalda y encontraba la curva exacta de los glúteos, tensos ante el tacto súbito y arrojado. Ella se permitía el abrazo, esa envoltura tierna; y de pie ante la cama, lo tomaba del sexo para adueñarse de su virilidad y del tiempo. Era entonces como sumergirse en un océano incierto, donde sólo el jadeo rítmico dictaba el oleaje y el instante de entregarse o postergar el rictus; dentro, más dentro…hasta colmarse.

De tanto en cuanto, el golpeteo del LP girando en la tornamesa, un relámpago distante o una pelea de gatos los despertaba a media noche. Besar su cuello era una confirmación de la complicidad, de la imperturbable rendición del deseo. La mujer salía apenas del letargo y se frotaba contra sus piernas con el sexo húmedo, para encenderlo y retenerlo.

Con aquellos desencuentros se fueron haciendo añejos. Resuelta, ella devino escritora con pulso propio y viajó hacia el mar, donde sólo la brisa podía perturbarla. Conoció la felicidad de ser madre, e incluso acunó a un hijo adoptivo que la vida había abandonado a su suerte. Se puede decir que enfrentó sola las tempestades, recogiendo redes cuando sus playas eran azotadas por la furia de los vientos o de los hombres. Sobrevivió, pese a todo. Su fragilidad fue como esos lirios que soportan las tormentas, y una vez que abre el cielo, se recuperan casi intactos cuando a su derredor los árboles y las hojas han caído.

Los hijos crecieron y volvieron a la ciudad, con sus avatares y sus preguntas a cuestas. Ella los alentó a marcharse y se mostró entera; lloró para sí, en silencio y sin confesarlo a nadie. Gradualmente vació los armarios y los estantes. Los reemplazó con libros, recuerdos, las mismas fotografías de antaño y una gata que envejeció a su lado, más aprisa, indiferente al ocaso.

El hombre, en cambio, se sumergió en un torbellino. Menos reflexivo, escaló montañas hasta romperse las costillas, peleó batallas ajenas y curó las cicatrices en lechos efímeros, como hacen los gladiadores. Crió familias, edificó casas que abandonó cuando era hora, impelido por sus ambigüedades y su pasión irredenta, abriendo sendas, deshojando anhelos.

Llegó el día en que se aplacó su tenacidad. Lo advirtió al despertar y detallarse como un cadáver recién descubierto ante el espejo. Estaba en un baño de hotel en Delft: desde la habitación contigua resonaba el sopor de una extraña. A través de los ojos lánguidos, trazados con ese rojo amanecer de la ebriedad, se concentró en su anatomía. Había perdido el brillo de cualquier juventud, incluso la sonrisa se había extenuado hasta perderse entre arrugas. Los brazos fláccidos apenas sostenían el torso y constató otra vez esa respiración entrecortada, de fumador, de simple veteranía.

Pasó la tarde solo, contemplando el cuadro de Rembrandt que muestra al Dr. Tulp mientras inicia la disección del ladronzuelo Aris Kindt en el Waaggebouw. En esa imagen profética, sus alumnos miran el diagrama que sostiene otro científico invitado, René Descartes, alguna vez versado en el cuerpo y la caducidad del alma. La mano expuesta e invertida fue un error deliberado del pintor – se aduce – para revelar la naturaleza malsana de la víctima durante tal ejercicio patológico. Supo entonces que era imposible volver. Que aquellas oportunidades – en un bosque, frente a las puertas de un quirófano – eran ya territorios olvidados. Ambos torcieron el rumbo, quizá fruto de un magnetismo recíproco, que los mantuvo atraídos pero distantes. De nada sirve amar cuando hay tempestades que ahogan los sueños y náufragos que deliran en la soledad de la noche.

Han transcurrido pocas décadas. A diferencia de mi padre, yo decidí quedarme en la ciudad que me vio nacer. Son épocas difíciles, la práctica ha cambiado y los enfermos escasean. Las exigencias de la vida adulta me pusieron en el derrotero del consultorio, la atención hospitalaria y, a pesar de los atolladeros citadinos, sigo haciendo visitas a domicilio para mis entrañables pacientes. Trato de diversificar mis recursos. Compré una pastelería –  incipiente negocio familiar – y ahorro como contraparte de la inflación que no cesa. Acumulo historias y entre ellas, algunas que atañen al duelo.

Cuando Eva vino a consulta aquella tarde, le pregunté por su madre.

  • Está bien – me dijo complacida – aún escribe sonetos y se refugia en los libros. Es independiente, siempre lo fue y supongo que lo será hasta su muerte.

Sonreí y proseguí con el interrogatorio, fingiendo discreción.

  • Tengo anotado que estás tomando cien microgramos, además de los fármacos para el colesterol y tu reemplazo hormonal. ¿Tienes alguna molestia nueva?
  • No, todo bien. ¿Y tu padre? – inquirió, envite que no esperaba.
  • Hmmm – murmuré pensativo – creo que murió feliz, a pesar de su deterioro físico. Le gustaba el beisbol y un día, sin más preámbulos, notó ciertas contracciones en una pierna. A poco de ese síntoma inquietante, apareció la debilidad en los brazos y, para ahorrarte su lenta progresión, empezó a tragar con dificultad y la voz se le fue agrietando…

Me mira con ojos bien abiertos, apenada.

  • No sabía – musita – ¡qué pena que sufriera tan terrible enfermedad!
  • Perdona, Eva, me dejé llevar por el recuerdo. Es un devastador trastorno neurológico; le llaman la enfermedad de Lou Gehrig, en honor a un gran beisbolista que la padeció.
  • Pero tu padre ¿volvió a México? – me pregunta en un tono que me remite a las descripciones relativas a su madre.
  • A la sombra de su nostalgia. Un diletante en busca de sí mismo.

Ambos callamos; nos une una fraternidad curiosa, que es preferible no ahondar. Reviso su tiroides, me detengo en las molestias respiratorias que la aquejan y le advierto de algunos nevos que tendrá que vigilar para evitar riesgos. Tras escribir la receta y señalar los exámenes de seguimiento, me incorporo.

  • Te veo en dos meses, querida. Saluda a tu mamá con mucho cariño. Evítale detalles, si es posible.

Al verla partir, me pregunto si se encontraron antes de que él muriera. Si la quiso tanto como me confesó cuando estuve a punto de divorciarme y rastreé su consejo.

  • En la vida lo valioso está en sumar, hijo mío – me espetó.
  • ¿La extrañas? – pregunté al garete.

De forma súbita, el rostro de mi viejo se desencajó y los ojos pétreos se empañaron.

  • Sin ella nunca hubo tierra…ni fronteras – alcanzó a decir, sotto voce, antes de alejarse. Me prodigó un abrazo, que en cierto modo conservo como testimonio de que el afecto fue un enigma que trató de descifrar inútilmente.

Supongo que lamentaba que aquella delicada mujer que le enseñó a salir de sí mismo, a invalidar sus desventuras, no pasara el resto de sus días leyendo a W.G. Sebald frente a él. En especial “Los anillos de Saturno”, que fueron de algún modo la metáfora de los satélites fragmentados que gravitaron en su entorno.

Lecturas recomendadas.

Nina Siegal. The anatomy lesson: a novel. Anchor Books, New York 2014.

Brown RH & Al-Chaladi A. Amyotrophic lateral sclerosis. N Eng J Med 2017; 377: 162 – 172.

Winfried Georg Maximilian Sebald. The rings of Saturn. New directions, New York 2016.

También sugiero esta interesante lectura acerca de la vida y muerte de W.G. Sebald: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/el-caso-sebald (publicado por Rodrigo Fresán el 31 de Julio de 2003)

 

 

Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

Al este del paraíso

Al este del paraíso

La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó mareado y escupió por la rendija, no sin antes azuzar al perro con el pie descalzo, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba en silencio. Entre los trapos y persianas de carrizo que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.
– ¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó de golpe, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.
– Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, igual que los otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que sus contertulios, empujó a Manuel con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.
– ¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.
– ¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía la ambición, el desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, ese carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y, con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Román, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al correr del tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.
– Ahora viene nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.
– Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque ande crudo, nunca me falla.

Está a unos pasos de acceder al auto, cuando lo acosa una voz chillona: – ¡Señor Chilapa, señor Chilapa! Por instinto, el hombre se lleva la mano a la espalda, para empuñar el arma que carga bajo el cinturón. Apenas girarse, desiste. Es un niño en bicicleta, precedido del rechinar de ruedas y pedales oxidados. Explica con aliento entrecortado que su madre está a punto de parir y necesita dinero. Obsequioso, el capo extrae una billetera “de marca” y extiende varios billetes de quinientos. El niño, un tanto aturdido por el gesto, lo abraza reclinando la cabeza en su abdomen y se despide entre sollozos. Las veredas están secas y huelen a letrina, un hedor penetrante de orina y despojos que lo envuelve todo. El taxista arranca el coche y desfila a baja velocidad entre las casuchas; vigila, escudriña y exhibe el dominio que prohija con su acompañante. Transformado en su alias, el pasajero fuma con la ventanilla abierta, fingiendo desinterés hacia las miradas de los transeúntes. Puede sentir el temor que exuda, ese asombro que ha trascendido de sobra el respeto de antaño, cuando servía en lugar de mandar. Es quien mantiene seguras las calles, segrega a los chulos y proxenetas (aquí no se vende carne – les ha advertido), previene los atracos a domicilio y distribuye las ganancias con justicia selectiva. No hay autoridad como la suya, que atañe a todos los vecinos, que penetra todos los rincones y que mantiene al margen – y bien correspondido – a cualquier policía. Baches y piedras rasantes, polvo por doquier, la irregularidad del camino; autos desvencijados en cualquier sentido, perros sin dueño y a la deriva, el paso de bicicletas y de mujeres obesas que cargan cubetas o vuelven del mercado, obligan a trazar una ruta sinuosa. El jefe no tiene prisa, éste es su territorio y disfruta el recorrido. Varios minutos después, alcanzan el eje central. Humberto pisa el acelerador y enciende el aire acondicionado. Mira de reojo a su amigo encumbrado, quien marca una y otra vez el teléfono móvil para prorrumpir órdenes perentorias.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impolutos, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, jazmines, bugambilias y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una joven trigueña en leggins y tankini trota ante las miradas lascivas de los jardineros, absorta con sus audífonos blancos, inmune al ronroneo fugaz de los BMW o Acura y a las conversaciones a su paso.
Román desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 100 gramos (- que son  menos de sesenta después de “deshuesarlos” – alardea en tono burlón ante sus secuaces). Su sonrisa es flamante y reviste un aspecto seductor e inofensivo. Ingresa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo entonces pasan a su lado.
El mesero se dirige al penthouse de la Torre Siete, donde servirá el brunch para un empresario del DF, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando supervisó la cena durante la Navidad pasada y su perfume, tan estridente como su voz. Revive en un momento la insignificante propina que ha recibido y el odio que le guarda a esta mujer con su petulancia y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre mientras su mente viaja hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada de varios años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Barra Vieja y, con su poder incontestable, le besarán los pies; incluso estos fantoches que se creen dueños del mundo.