Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

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