Envejecer

Envejecer

A la memoria de mi padre

Recién extirpado el cáncer, Mikel me emplazó para que le ayudara a reescribir su historia. “Hace años – afirma con un gesto venerable – que me distinguen los cambios de piel y los achaques. En efecto, noto como las arrugas y el léntigo solar anuncian mi declive. A la par, pierdo inexorablemente la masa muscular y la destreza. Cuando encuentro a algún contemporáneo y despliega el fatídico “¡pero qué bien te ves!”, me sirve de espejo que deforma y que recoge cada rastro del pasado para arrojármelo a la cara con ironía.
No obstante, me siento joven, porque mantengo una lucidez de crucigrama y sudoku, leo en cuatro idiomas y hablo con dificultad en cinco, pero me defiendo. Este cáncer cayó como una maldición que ya no pude negar, como lo hice con la hipertensión y la osteoartrosis. Acarreo desde hace años un bloqueo de rama izquierda que me define frente a la mirada complaciente de mi cardiólogo, quien sabe que el reloj no deja de avanzar. He dejado de fumar, es cierto, y pese a mi reticencia para trotar contra el aire frío, me muevo, subo y bajo escaleras con cierta agilidad y ante todo, ingiero mis fármacos con fervor religioso.
Ha caído en mis manos el libro de Julian Barnes (1), autor que admiro, donde alude a su propia decadencia con una mezcla de cinismo y erudición. Declara en “Nada que temer” que como agnóstico no le atemoriza el juicio final, se sabe caduco e irrepetible, y tal vez eso es suficiente para otorgarle valor a una existencia. En cierto modo comulgo con Barnes, y creo que si mis padres claudicaron a la espiritualidad en su vejez fue por falta de aplomo en algo tan terrenal como la ternura. Supongo que la indiferencia les cobró la cuota y sólo volteando hacia lo beatífico (ella al amparo del templo; él emulando a Spinoza) pudieron hacer su languidez más soportable.
Ahora me da por recordar, no por resarcir, sino por el deleite de saberme frágil y aceptar mis estupideces y mis errores con más compasión que culpa. Las heridas que involuntariamente – por narcisismo o terquedad – infringí a mis amantes, en especial aquellas que me rindieron su esperanza como oleaje fresco, hasta porfiado, me arden hoy en carne propia”.

En este punto irrumpe en escena Sharon, su compañera de dieciséis años quien, a juzgar por su expresión lacónica, ha tolerado un sinfín de desvaríos. Se convida sola a la entrevista. Mientras se reclina mesuradamente en el sillón contiguo, me mira con descaro para calibrar mi complicidad. A todas luces tiene su propia versión del ocaso de su marido. Éste prosigue su relato, más atemperado.

“¿Sabes? La seducción de las sirenas es una metáfora universal, porque el telar de Penélope entraña algo atávico y definitivo. Ella urde la trama a sabiendas de que la vejez no te deja otra alternativa que transigir y atestiguar como se diluye el tiempo. El perro delata al recién llegado, andrajoso, cansado. Como es obvio, ahí termina el drama y queda sólo un remanente del aventurero, un vano espectro que Homero prefirió no retratar. Pienso también en esa imagen que dibuja Hemingway acerca del viejo que, derrotado por la voracidad de los escualos, regresa a soñar con leones en la playa, símbolos que evocan su vigor desgastado palmo a palmo por el mar.

Mi padre solía decir que en la vejez lo que más apreciamos son los ojos y los pies. Se cayó poco y, que yo recuerde, nunca sufrió una fractura; pero la vista fue su espada de Damocles. Creo en cambio que la lucidez es el mayor tesoro de la ancianidad, porque nos permite reconvenir e imbuir la volatilidad del presente con la gravidez de lo vivido.

Tampoco concuerdo del todo con el cinismo de Luis Buñuel (2), que acusaba a la vida de arrebatarle numerosos placeres, si bien sostenía que el tabaco y el alcohol serían sus compañeros de armas hasta la muerte. Para mí el erotismo (la pulsión de vida, si nos atenemos a la teoría psicoanalítica), la literatura y la música serán siempre indispensables. De ahí derivan todos los demás goces que hacen delirar a los seres humanos. Hay algo innombrable en un andante de Mozart o Brahms que se injerta bajo la piel y sacude el espíritu, si es que existe tal entelequia. Una frase acuñada con inteligencia a la mitad de un relato policiaco, esa que conjuga el humor negro y la especulación, recoge el sentido de inmortalidad que todos los hombres anhelamos pese a que la sabemos perdida. Debo admitir que la egolatría me ganó y rocé el poder mundano en otra época. Como el pequeño que deja que su curiosidad lo acerque al fuego, me quemé las manos y el prestigio, que se chamuscó diligentemente entre las llamas de la codicia.

Sin ánimo de aburrirte, permíteme rememorar ese momento carnal en la penumbra de mi adolescencia, con aquella mujer morena que me educó en el arte de moderar la pasión en pro de la ternura. Ahora sé que lo aprendí demasiado tarde y, necio, desvié incontables veces el rumbo para saciar mi arrogancia y confirmar de nuevo la verdad de esa premisa. Pero uno tiene que sumergirse en algún pantano para ratificar el conjuro de lo etéreo, eso se lo debemos a nuestra naturaleza, por simple virilidad”.

Ahora es su nieta quien interrumpe la narración. Es una niña de ojos acuáticos y manifiesta vitalidad que se abalanza sobre el abuelo sin reparar en quienes lo rodeamos. Su pelo ensortijado cubre la rodilla de Mikel, quien sonríe y cae en la marea de las caricias sin proferir palabra.

  • No sabía que pudieras derramar lágrimas de conmoción, camarada – le digo, para sacarlo del embrujo.

Sin desembarazarse de la pequeña, me observa con cierto desdén y retoma su crónica:

“El otro postulado que deriva de la Odisea es el imperativo de viajar. Al margen de las instantáneas que uno pudiese recoger por razones patéticas, percibir otras lenguas, constatar la relatividad de la idiosincrasia y asombrarse del alcance del pensamiento y la inventiva humanas hacen de cualquier periplo una proeza. En efecto, yo acepté viajar desde niño. Al principio me atraían los olores (arcaico sentido el del olfato) y las tonalidades de la geografía y sus habitantes, pero gradualmente fui descubriendo el lenguaje no verbal, el galanteo y el desaire, cada cual con su peso específico. Aprendí a escuchar no sólo las palabras extranjeras, sino las inflexiones de voz y la emoción con que eran o no vertidas. En los ojos de la gente y su opacidad encontré mensajes insospechados y ambiciones remotas, que se hacían patentes con sólo estirar la mano. Conocí la maldad, engendro primigenio que nubla el entendimiento pero que a la vez rescata al individuo de sus profundidades. Ante esa aparición, es imposible sustraerse del encantamiento y la religiosidad, pero subvertí tal flaqueza al leer a Burton Russell (3) y a Susan Neiman (4), quienes desmenuzan el mal con la elegancia que a mí me falta.

Alguna vez recé para pedir por un mundo más sensato, o para ahuyentar la muerte cuando me sabía asolado; uno apela a lo divino cuando se cierran los senderos y se cimbra la vida con el fragor de las propias tempestades. Pero no hubo respuesta y comprendí de inmediato que nacemos desamparados y moriremos solos, enfrentados al piélago de los secretos que cada cual lleva consigo. No acepto la piedad porque detrás de ella se esconde la displicencia que acarreamos por todo lo distinto. En ese mismo sentido, la bondad me despierta mucha suspicacia. Prefiero la franqueza porque es como la transparencia del aire, que no deja nada al tanteo y si se envilece, se comporta como un huracán sin freno. Mejor así, de frente y libre de embozos”.

Sharon y la pequeña Aitana se han ido, un tanto hastiadas del monólogo. La tarde ha caído sin percatarnos y hace frío; se acumulan los nubarrones que auguran la nevada a la distancia.  Mi viejo amigo se asoma por la ventana y carraspea; los álamos están secos y el riachuelo ofrece un color entre pardo y gris, paisaje que se antoja sepulcral. De espaldas, es un hombre exhausto, atravesado por grietas y excrecencias, cuya mano sobre el dintel revela el vasallaje del dolor y la erosión del tiempo. Pero sonríe – puedo advertir su reflejo en el cristal humedecido – y no hay duda de que aprecia los elementos que se agregan ante sus sentidos aún despiertos. Después de unos minutos, se gira hacía mí, la nariz enrojecida por el aire gélido y, sin ocultar su gozo, termina:

“Como puedes ver, la vejez es un cúmulo de derrotas superadas, nos encorva porque el cuerpo sabe reflejar la gravedad con la que hemos sopesado el desamparo y la eterna búsqueda del consuelo del otro, pero también nos enseña gradualmente a desprendernos de todo bagaje. Hoy en día regalo libros, no tomo fotografías, aspiro menos oxígeno y recorro pocas calles. Persiste mi anhelo de viajar, conocer, despertar cada mañana con una sorpresa, pero mi horizonte se ha reducido, y con ello mis ambiciones y alcances. Un amigo me dijo con cierta razón que prefiere leer las novelas que disfrutó antaño, porque ahora adquieren otro resplandor y le transmiten imágenes que lo reencuentran con su ingenuidad o asombro, lo que desaparezca primero. Como él, me atengo a mi recuerdos más placenteros, repito anécdotas que mis parientes objetan como parte del deterioro cognitivo, aunque en realidad me deleito en su fastidio. Lo cierto es que “estoy bien dentro de mi piel” – como dicen los franceses -, si bien la mía ha perdido su fulgor y me basta la placidez de cada jornada para no envidiarle la lozanía a mis congéneres. Me hace falta la contención amorosa, lo admito sin falacias, aunque a otros les resulte un viejo decrépito y necesitado. Pero no la pido, la inhalo cuando está cerca y la añoro en mi soledad; a esta edad la dimensión de las cosas es más que subjetiva.

No es retórica; te puedo insinuar que no me angustia la agonía. Mi carcinoma y antes un vahído que me hizo perder la conciencia me han enseñado que morir es cerrar la puerta y apreciar como se instala la oscuridad, sencillamente. Después no hay desolación, miedo o pesar. El alma es un remanente que se entreteje en el deseo de quienes nos amaron, por un instante o por un periodo de duelo, según la veracidad del vínculo. Existe sólo en el ánimo ajeno y se evapora, siempre, sin remedio. Como sentenció el poeta: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”(5).

Cargo con la desdicha de no acompañar a mis padres cuando expiraron, pues hasta cierto punto cabía anticipar su deceso. Me acobardé, no supe hacerle frente a la impotencia y llevarlos de la mano hasta la barca de Caronte. Me lo reprocho de madrugada, cuando mis fantasmas se insinúan como un sudor que cala hondo, destemplando los huesos. En ese tenor soy un alma en pena; ellos descansan, ajenos al mundanal ruido y a mis culpas.  Habré de morir sin arrastrar a nadie, sin pedir compasión y procurando saldar mis deudas, para que lo que quede de mí – transitoriamente, como el aliento de los difuntos – sea una ausencia grata y acaso sugerente”.

Bibliografía recomendada:

  1. Julian Barnes. Nothing to be frightened of. Vintage, New York 2009.
  2. Luis Buñuel. Mi último suspiro. Editorial Debolsillo, Madrid 2008.
  3. Jeffery Burton Russell. The prince of darkness. Radical evil and the power of good in History. Cornell University Press, New York 1988.
  4. Susan Neiman. Evil in modern thought: an alternative history of philosophy. Princeton University Press, New Jersey 2015.
  5. Amado Nervo. Poesía reunida. Tomos I y II. Secretaría de Cultura, México 2010.
  6. Richard J. Bernstein. Radical evil: a philosophical interrogation. Polity, London, UK 2002.
  7. Nancy A. Pachana. Ageing: a very short introduction. Oxford University Press, Oxford, UK 2017.
  8. Wilhelm Schmid. Sosiego: el arte de envejecer. Kairós, Madrid 2013.
  9. John Green. The fault in our stars. Penguin Books, New York 2014.
  10. Joseph Roth. La marcha Radetzky. Edhasa, Madrid 2009.
  11. Cory Taylor. Dying: a memoir. Tin House Books, Portland, OR 2017
  12. Atul Gawande. Being mortal: Medicine and what matters in the end. Picador, New York 2017.
  13. Simone de Beauvoir. La vejez. Editorial Debolsillo, Madrid 2016. (“Desde el fondo del espejo me acecha la vejez…).

 

“Me duele todo”

“Me duele todo”

Con esta frase introductoria y a la vez confusa, si nos atenemos al correlato anatómico, recibo varios pacientes por semana. Escucho con atención y voy hilvanando las características semiológicas del discurso para adecuarlo a la nosología y darle forma. Pero reconozco que me conmueve esta versión del sufrimiento. Es una queja, en el verdadero sentido afectivo; una queja que está vertida en el cuerpo, que habla por él.

Me pregunto, mientras articulo los datos clínicos y los exámenes de laboratorio (habitualmente excesivos), si se trata más bien de una sintomatología sexual, resultante de la inadecuación del placer, que invade todo el horizonte somático. Para estos pacientes, la lesión dejó de ser visible, no se localiza más en el espacio corporal: se traduce en una órbita de sufrimiento que opera y define la cotidianidad.

Son individuos que en la actualidad comprenden un número creciente de los enfermos con dolor miofascial, fibromialgia y fatiga crónica. Despliegan, con diverso gradiente, un montante de dolor físico y sufrimiento emocional. Su malestar cinestésico y su pesadumbre hacen complejo el diagnóstico y el tratamiento. No sorprende que terminen martirizados por diversos médicos, víctimas de un cierto sadismo inconsciente, que los deja crucificados en su dolor.

Se trata mayoritariamente de mujeres jóvenes atravesadas por una melancolía innombrable, asediadas por síntomas neurovegetativos que demandan expresión y explicación; todos ellos acordonados en una marcada tensión muscular. Enfermas cuya ansiedad, por intensamente somatizada que esté, da la impresión inmediata de un pesar subjetivo. El sufrimiento con frecuencia se anuda con otras quejas circunstanciales (conyugales, económicas, familiares, situacionales, etc.).

La experiencia ha demostrado que la respuesta sintomática es insuficiente para mitigar el drama en tanto súplica que las aqueja. Si bien los inhibidores de recaptura de serotonina abaten la ansiedad, tanto como los relajantes musculares aflojan las contracturas y la pregabalina añade un efecto sedante, la narrativa del padecimiento circunscribe y edita la vida del sujeto que es presa de la fibromialgia o el síndrome miofascial crónico. Todos sabemos – dolientes y escuchas por igual, recurrentemente defraudados – que la cura no radica en la farmacoterapia.

A la luz de su relato, estas pacientes parecen más inhibidas en lo psíquico que en lo físico, como empobrecidas en su deseo, que se vierte disfrazado del dolor que les concierne. Acuden a la mirada del clínico extenuadas por una depauperización afectiva, por un remoto deseo latente que las hace sentir empobrecidas e incompletas. Desde tal negación, su dolor físico las legitima y les permite estar en el mundo. El sufrimiento permea las barreras del territorio psicosomático, brota cual hemorragia displacentera y arrastra consigo a los otros procesos psicológicos. Percibo una herida que mana quebranto psíquico hasta quedar exangüe. En efecto, habría quien lo compare con los síntomas funcionales que convergen en el periodo menstrual (que solemos denominar peculiarmente como PMS, por sus siglas en inglés).

La co-morbilidad propia de estos padecimientos se caracteriza por lo que solemos denominar epifenómenos. Es decir, alteraciones del sueño, fatiga, disautonomía, ataques de pánico, colon irritable, migrañas o cefalea tensional, dispareunia, y, con peculiar incidencia, trastornos de la personalidad. El denominador común es el montante de angustia que permanece enquistada en la historia de cada paciente. Tal vez un conato de abuso sexual, una seducción frustrada, la percepción de abandono o, sencillamente, el desamor experimentado como una falta que exige reclamo y satisfacción perentoria. Llanto ahogado que no puede traducirse salvo en tensión que se acumula, que no cesa.

Aunque le atribuyamos mapas y denominaciones, este dolor que marchita las fibras y tendones no puede significarse. Aparece como atrapado bajo la piel, indiscernible al clínico, pululando sin un patrón definido entre músculos y meridianos de acupuntura; como un trastorno de la economía del goce en el sentido metapsicológico. Muchos pacientes acusan de incomprensión a quienes los han atendido (y des-atendido, por supuesto): “Todos terminan con que yo sola me provoco los dolores” o “Me dijeron que necesito un psiquiatra“, suelen decir. Es como una fuerza instintiva que se mantiene sin cesar, a punto de resolverse pero que fluye reiterativamente hacia lo somatosensorial, negándose a ser satisfecha. Se ha trastocado en un lenguaje, un idioma que se reedita en el cuerpo tumefacto y que interpela a todo aquel que le rodea.

Una viñeta clínica puede ayudar a iluminar estos señalamientos. Gracia es una mujer de apariencia vulnerable a sus veintisiete años. Viene sumida en un manto de quejas somáticas: ardor difuso, dolor neurálgico en secuencia, sensación de opresión muscular en ambas piernas, cambios térmicos, disuria y cefalea intermitente. Su discurso, de tenue resonancia afectiva, está enmarcado por una mirada suplicante, pero sin llanto (“agotada de lágrimas” –pensé yo cuando la conocí). Una mirada que parece vindicar en todo tiempo el retorno de algo perdido.

Como tantos otros pacientes como ella, trae una carpeta de estudios radiográficos y neurofisiológicos, exámenes químicos e inmunológicos, y recetas de diversa procedencia. Parece denunciar que su lenguaje corporal sigue sin descifrarse, drenando continuamente su calidad de vida.

Viste con recato. Pese a su edad, parece una adolescente atemorizada de su sexualidad, del intercambio de afectos que suscita. Todo su ser está en involución, sujeto de un drenaje interno que la sustrae del mundo. Al poco de conocerla, damos con el origen de su duelo: recuerda que siendo una niña de nueve años, la dejan al cuidado de su hermanito de tres. En su precoz comprensión ambivalente, decide llevarlo a jugar a la azotea. Un descuido momentáneo provoca que el hermanito “se desprenda de sus brazos” y caiga de poca altura para fracturarse costillas y una pierna, víctima también de una contusión cerebral. Gracia pasa las siguientes semanas atribulada por un clamor inconsciente que le reprocha la maldición edípica.

Sin atreverse a incriminarla del todo, sus padres urdieron una cúpula de ingenuidad para encubrir el suceso y mantener a los chicos aislados de sus demonios e intemperancias. El resultado fue que Gracia se enclaustró en un capullo emocional y creció asustada de su propia sexualidad. Prefirió seguir siendo una niña ajena a toda responsabilidad o compromiso, adolorida  por un cuerpo que le exigía reconocimiento, contacto con los peligros del mundo y las veleidades del deseo. Una criatura forzada a la inocencia y a la vez atrapada en una piel de mujer que la impelía a sentir y a ser sentida.

Se entiende así que todo analgésico resulte exiguo, antes Gracia sufrirá los efectos indeseables de cualquier sedante o narcótico, que acceder a esta herida que la determina. Su dolor es el correlato subjetivo de perder todo amor, toda restitución, que antecede a la zozobra del aserto sexual y despunta como una fuerza mortífera tras la que sucumben las terminaciones nerviosas en un vaivén de neurotransmisores. Dolor persistente e inefable, que traduce el drama de la separación absoluta de lo venerado e idealizado, justo donde se juega la certidumbre existencial del sujeto.

Apoyada en un trabajo psicoterapéutico, Gracia aprendió a representar lo que había exiliado de su conciencia. Pudo descubrir gradualmente la envidia que le despertó el nacimiento de su hermano en primer plano, seguida de una urgencia seductora que configuró su lenguaje corporal de niña, debatiéndose entre el deseo vicariante hacia sus padres. Reconoció con mucho dolor (ahora sí, ligado a una emoción y no disperso en el cuerpo) que su herida narcisista se suplió con la fantasía de ser admiraba por su belleza física, pero nunca destinataria de afecto. Con este valioso esfuerzo, ha dejado gradualmente los fármacos y parece poner en su lenguaje otra dimensión que no sea solamente su llanto soterrado.

Queda un largo trecho por andar, pero mi paciente habla y va soltando las amarras de su cuerpo. Entre otros eslabones sueltos, falta significar su caída en des-Gracia (lo que se designa como comprensión aprés-coup), que no es poca cosa. Sus fantasmas asesinos aún la acosan de noche y de tanto en cuanto sueña con una madre persecutoria que la intenta someter en la cocina. Pero, en su horizonte onírico han aparecido delfines sumergiéndose en el mar, como esperando a que su feminidad se deje humedecer con otros nombres.

Bibliografía recomendada:

Tommy Fu, Hilary Gamble, Umar Siddiqui & Tomas L. Schwartz (2012). Psychiatric and personality disorder survey in patients with Fibromyalgia. Annals of Depression and Anxiety 2: (6): 1 – 5, 2015.

Marilyn S. Jacobs (2015). The mind and body in pain: psychoanalytic work and the phenomenology of suffering. http://www.californiapainmedicinecenter.com/wp-content/uploads/2015/08/the.phenomenology.of_.suffering.2015.docx.pdf

Paula J. Oliveira & Maria Emília Costa (2012). Psychosocial factors in fibromyalgia: a qualitative study of life stories and meanings of living with fibromyalgia. http://cdn.intechopen.com/pdfs/25603/InTech-Psychosocial_factors_in_fibromyalgia_a_qualitative_study_on_life_stories_and_meanings_of_living_with_fibromyalgia.pdf

Howard B. Pikoff (2010). A study in psychological mislabelling: the rise and (protracted) fall of psychogenic fibromyalgia. International Muskuloskeletal Medicine 32 (3): 129 – 132, 2010.

El cantor de Muro

El cantor de Muro

Uno se puede morir en cualquier momento, me dijo, y no volver jamás a la tierra que te vio nacer.

Desde aquel campanario donde soplaba la Tramontana y en días claros podía verse Puerto Pollença, el anciano escuchaba absorto el canto de su hijo. Éste, en el centro de la plaza, erguido sobre un pedestal centenario, entonaba las canciones que aprendió en el campo, ésas que las mujeres repetían a sus hombres en los días frescos para recoger patatas o segar olivos farragosos.
El mar estaba revuelto a lo lejos y se anunciaba un largo invierno. Los almendros, ajados como las paredes del pueblo, despedían a los forasteros – muy pocos – y a los que ansiaban otros horizontes con más promesa.
La idea de “hacer la América” se escuchaba entre los jóvenes como un portento. Guiem se reunió ese Lunes, como tantos otros, para comentar el partido de fútbol previo con sus contertulios; el pan con sobrasada su único desayuno. No era la primera vez que se proponían dejar la isla para siempre. Las ofertas de trabajo y la derrota del Ebro auguraban tiempos inciertos para quienes no fuesen vencedores ni vencidos.
Esa mañana emprendieron el rumbo a Can Axartell como si persiguieran la cima del Himalaya.  El fresco de la mañana se abatía contra sus mejillas y hacía más difícil el ascenso. Se apearon de sus enmohecidas bicicletas y caminaron entre resoplidos y el trino incesante de las alondras. La idea compartida era reunir pesetas suficientes para sufragar su exilio. El camino hasta la Masía estaba enlodado por el rocío y el paso de las bestias; olía a pinos y azucenas.

A la distancia, el gorjeo de las aves de corral y el ladrido de los perros anunció su llegada. La mestresa, una mujer enlutada de largo cabello blanco y de boca ahogada entre arrugas, acudió a recibirlos. Su cerrado acento la delataba, oriunda de Llucmajor.

– Son tard, xicots- dijo, sin cumplidos, mirándolos de pies a cabeza como si fuesen bandoleros.

Trabajaron hasta que cayó la última nevada, talando árboles – esos que ya no daban sombra -desde temprana hora, forjando pacas de madera para alimentar el horno de la propiedad contigua y mirando atónitos como se horneaban ladrillos para edificar Sa Pobla, Muro, Alcudia, Inca y otros pueblos vecinos. Pernoctaban en un cuarto oscuro ocupado por catres y ruidos de ratones, asediado además por la ventisca que ululaba a través de las rendijas.

Con el paso de las jornadas, la patrona (cuyo nombre nadie supo) le tomó un recatado cariño a Enric, el más joven de los exiliados. Lo acogió bajo sus alas y le pidió que ayudara a desbrozar el campo, arara con la mula y el tractor, delineara los surcos y plantaran juntos la hortaliza. Mientras los más robustos cargaban troncos sin descanso hacia el horno, Enric y la vieja salían al amanecer, después de alimentar a las gallinas y los conejos. Separaban con cuidado las semillas y regaban los cauces con una destreza que podría calificarse de poética, observando cómo el agua se deslizaba naturalmente por la pendiente y regresaba surco a surco hasta bañarlo todo. El joven agradeció siempre ese acto de creación conjunta, hacer de la tierra un remanso de coles, arvejas, guindillas y tomates mientras despuntaba la primavera y el cielo recuperaba su luz auspiciado por el aroma de los almendros que apenas floreaban.

Cuando el vergel estuvo saturado de colores y verduras, Manel anunció que se marchaban; el mar los reclamaba. La patrona preparó esa postrer cena bajo un aire de melancolía. Junto a la cazuela perenne que decoraba la chimenea, rebanó con delicadeza la hogaza de pan para hacer sopas mallorquinas. Eligió sus mejores coles y cebollas, asó los tomates que había recogido con Enric, pidiéndole que los sopesara, uno a uno, antes de partirlos. Fue un rito silencioso de despedida, a sabiendas de que ninguno volvería a confraternizar en esta vida. Sólo el más joven, que tras esa intimidad de huerto y parto, entendía el desamparo de la mujer, la acompañó en su tristeza. Le pidió a Guiem que entonara antiguas baladas de Mallorca y Cataluña, con esa voz de tenor que todos admiraban. Sólo el chico imberbe, otra vez, reparó en las lágrimas de la patrona, que se incorporó de golpe para ocultar su duelo.

  • Lluny d’aquells terrats, on els gorríons s’estimen i canten, i les monges estenen els pecats del món i la roba blanca…ai! i la roba blancaaaa!

No salió de su habitación por la mañana; los muchachos reconocieron tal gesto de displicencia para evitarle más pesares. Guiem y Enric voltearon hacia la ventana alta de la Masía cuando dejaban el camino pedregoso. Ambos creyeron ver una sombra lánguida que quizá los bendecía. Canturrearon de camino al pueblo para tomar el tren desvencijado de dos vagones que los llevaría a Palma y a conquistar su sueño. Rieron como niños durante el trayecto cuando Agustí se apeó para orinar y sin prisa, regresó trotando hasta el vagón que viajaba así de lento.

– ¡Coranta putes! – gritaban, entre carcajadas y arengas.

El barco estaba listo para zarpar: primero Ceuta, la Gran Canaria, Cuba, Puerto Ordaz, Santos y finalmente Buenos Aires, donde atracarían después de dos meses de privaciones. Los días se encendían con un calor inclemente, que los expulsaba del camarote de tercera clase que habían podido costear con sus ahorros. Manel, el mayor y más experimentado, pues procedía de una familia de pescadores de Sóller, les sugirió que comieran poco, bebieran lo indispensable y evitaran dormitar durante el día. Tras dos semanas de intercambiar historias, fumar sin ganas y aburrirse hasta el desvelo, la irritabilidad los carcomía. Como solución se emplearon de grumetes,  para lavar la cubierta, dar de comer a la tripulación del carguero y separar la pesca del día. El pago era en dólares, que hasta entonces desconocían, pero que brillaban como oro en cualquier puerto. Sus cuerpos se aceraron con la brisa y las manos, ampulosas, dieron cuenta al fin de su odisea. Sólo el sudor los refrescaba de día y el estupor del alcohol les permitía salvar las noches húmedas de estrellas. Aprendieron a dormir desnudos, a liar tabaco rústico y hablar poco; además de afrontar las mareas y las tormentas como todo hijo de la mar.

En los puertos del Caribe probaron la piel de una mujer mulata por vez primera, delirantes de aguardiente y de cansancio. Ahi en La Habana perdieron a Enric, quien decidió seguir la voz de una sirena que lo sedujo durante tres noches seguidas. Tomó su pequeño alijo, se bañó con agua sucia por última vez sobre cubierta y abrazó a sus compañeros, barba con barba, dejándoles un beso en la mejilla al pie de la escalinata. Sin pesadumbre alguna, conteniendo la euforia, por fin les dijo: – Mi destino está aquí, camaradas, quiero tener hijos que huelan a caña, que corran libres por el monte y que conquisten otras tierras. Los añoraré siempre, hermanos; acaso algún día las olas nos reencuentren.

Los tres restantes atestiguaron cómo el joven se reunió a lo lejos con su amada, una morena desgarbada y de un perfil irresistible. Ya no se giró a despedirlos, la suerte estaba echada. Durante muchas de las jornadas siguientes cantaron al unísono en su nombre y bautizaron un montículo cerca de Puerto Ordaz con una botella de ron como “la roca d’Enric”, ahogando los sollozos y acompañados de tres meretrices, igual de ebrias, que no alcanzaron a descifrar de qué se trataba aquel ritual.

Cuando desembarcaron en la boca del río argentado, eran hombres curtidos por la sal y el viento. No bien caminaron unos pasos, los deslumbró el señorío, la elegancia, la música taciturna en contraste con los barrios de colores, la locura desbordada por el fútbol y la bonanza. Era ese el territorio más rico del mundo, sobraba la carne y manaba el vino; había trabajo en los muelles, las haciendas y las pampas. Cada cual tomó su rumbo en aquel vastísimo paraje de montañas y viñedos. En un ruidoso bar de Palermo cruzaron las copas antes de marcharse a procurar fortuna y familia. Nunca más pasarían penurias.

Sólo la voz exquisita de Guiem, el cantor de Muro, permitió que toleraran aquel viaje interminable hasta el fin del mundo.

Llorar por dentro

Llorar por dentro

Marina acude a mi consultorio después de un largo periplo. Es una mujer joven, de tez mortecina, que viene bañada en quejas. Ha visitado tantos especialistas que acarrea un talante adverso contra quien la confronte. Su gesto es de rencor, muy lejos de la aquiescencia que uno espera – narcisista al fin – de un nuevo paciente.

  • Estoy cansada de tomar antiespasmódicos y probar dietas infames, doc – exclama, como monólogo de apertura. – Espero que usted tenga más inventiva.

El reto me seduce más que inquietarme, quizá porque tengo años de ver pacientes con síndromes que no encajan en ningún examen químico o inmunológico, y sin embargo, son fuente innegable de sufrimiento para quienes los padecen. Antes que nada me apresto a escucharla, a desnudar con respeto la narrativa de sus dolores, a sondear donde se perdió el hambre y la voz en los meandros del deseo insatisfecho.

¿Qué son entonces los trastornos funcionales digestivos?

Con este nombre, tan fastuoso como eufemístico, los doctores conocemos a los diversos problemas que irritan el tubo digestivo, sin causa aparente. Me refiero a las esófago-duodenitis, las dispepsias y el colon irritable (y quizá incluso el reflujo neonatal), que suelen ocupar más del 15% de la consulta de primer contacto. ¿En qué consisten? ¿Porqué son tan frecuentes?

La denominación de “trastorno funcional” ha motivado repetidas discusiones sobre su origen y sus consecuencias. En ausencia de hallazgos histopatológicos o de laboratorio que justifiquen su existencia, se han elaborado los criterios médicos de Roma, que caracterizan cada padecimiento según su modalidad o presentación; pero ante todo, por carecer de elementos estrictamente tangibles. Estos criterios salvan a los clínicos de ahogarse en el vacío nosológico, pero ayudan poco a los pacientes, porque no aclaran de dónde viene tanto desarreglo. Por lo pronto, aquí los tienen:

http://www.romecriteria.org/assets/pdf/19_RomeIII_apA_885-898.pdf

Menos sensible aún es la Psiquiatría, que se ha dedicado a buscar asociaciones con rubros clasificados en su manual de padecimientos de la esfera mental, en su última versión, DSM-V. Por ejemplo, la gastritis tiene que ver con ansiedad, 32% de los enfermos con dispepsia tienen alteraciones psiquiátricas, y el colon irritable coexiste con una prevalencia de 60 % de trastornos afectivos, particularmente ataques de pánico o temores hipocondriacos. Como los psicofármacos no acallan del todo estos síntomas, el panorama que nos pintan es bastante pesimista.

En efecto, estos problemas (TFDs para abreviar) recaen fuera de la órbita de lo consciente. No los hacemos sino que los padecemos, dicen los enfermos. Son agruras, inflamación de vientre, espasmos de dolor, diarreas sin explicación, estreñimiento crónico y meteorismo recurrente, que alteran la vida y producen aprensión. Muchos pacientes consultan porque hacen miserable su cotidianidad y nos traen el síntoma digestivo como una encrucijada puesta en el deseo.

En principio, nadie se sorprende cuando vinculamos tales molestias con los sollozos del lactante por hambre o incomodidad al defecar. Resulta obvio que nuestro sistema nervioso autónomo nos avisa de la cercanía de mamá (su pecho que apacigua), del tránsito de las heces (renuente o dócil) y del vaciamiento del estómago o de la saciedad (sensación de oquedad o de plenitud), como un lenguaje que aprendemos antes de eslabonar palabras. Añado esas metáforas entre paréntesis para que reparen en la importancia de la percepción visceral para la construcción de representaciones psíquicas de lo somático.

La afección funcional que no se refleja en exámenes de laboratorio y que no tiene un sustrato distinguible en los tejidos, puede considerarse como una “actuación” de sentimientos que toman la forma de dolor o acumulación de tensión en el territorio orgánico. Es un “hacer algo” desde el cuerpo a cambio de reprimir las emociones, cuyo propósito sería dispersar la sobrecarga afectiva. A diferencia de lo psicosomático, donde el cuerpo imprime al espacio inefable sus propias dimensiones, transformándolo en imaginario, los TFDs nos guían al deseo reprimido. Si la angustia es una señal del sujeto ante la inminencia de una falta – llámese objeto de amor, goce sexual, castración -, la situación ideal sería que nada falte, que no tengamos que enfrentarnos nunca a pérdida alguna. La neurosis es una estrategia inconsciente para preservar la dimensión del deseo, sea que se exprese como ansiedad o como malestar intestinal. Se trata de escenificar la falta, pues ella remite al deseo, perdurable y omnisciente, como cuando éramos bebés y confiábamos en la satisfacción plena. Los espasmos de dolor o la sensación ardorosa que va y viene ilustran esa dinámica inconsciente de ofrecerse para luego sustraerse, manteniendo el deseo bajo el modo de insatisfacción permanente.

Por eso no sirven los antiespasmódicos o los ansiolíticos, porque el sujeto deseante que padece TFDs existe por y para la preservación de esa carencia arcaica. Sus síntomas digestivos son la formulación no hablada de tal conflicto. En términos emocionales, el paciente con TFDs está buscando la encarnación de un amo mítico que le resuelva el problema, que conteste a su delirio autonómico. Como lo que desea es un ideal, cualquier gastroenterólogo está destinado a fracasar ante sus síntomas vociferantes. Todo médico especialista devendrá como un constructo imaginario del sujeto (lo que equivale a decir, estéril en su oficio) y claudicará en su intención de reparar el deseo incesante, sumergido entre las criptas intestinales. La supuesta objetividad del científico falla porque, ante la mirada aguda del enfermo, no puede encubrir su ineludible subjetividad. El paciente “sabe” –con esa hipersensibilidad inconsciente- desde la primera entrevista, si el doctor que está consultando se articula a partir de la omnipotencia, la perversión o la seducción. Y elige o desecha según el caso.

Bajo esta lógica suplicante, se produce un vínculo social que enfatiza la imposibilidad del propósito. La pérdida originaria debe expresarse como una demanda, dirigida al semejante: el cuerpo imaginario no tiene culpa alguna, simplemente reclama, exige y busca consuelo. Los pacientes se conocen de ida y vuelta todos los fármacos: los inhibidores de la motilidad, los procinéticos, aquellos que mitigan náusea o dolor, los que “protegen la mucosa gástrica” y los que facilitan el vaciamiento. Con el correr del tiempo, se hacen más expertos que sus médicos. Lactulosa o Lubiprostone para el estreñimiento, Trimebutina o Lidamidina para la diarrea, Tegaserod para los cólicos, Rifaximina para los gases, antidepresivos para lo que sea… Quizá sólo les faltan las estadísticas, pero lo novedoso decae antes de probar su efectividad.

Es llamativo lo que se logra con psicoterapias breves en algunos enfermos para mitigar sus síntomas, cuando puede aflorar el lenguaje verbal y los fantasmas adquieren corporeidad. Tal vez el reclamo se enhebra de significación para diluirse en lo simbólico. Acaso libera al sujeto deseante de su esclavitud; aunque me atrevo a decir que quizá sólo la subvierte.