Un dios indiferente

Un dios indiferente

 

El Señor es el dios eterno, el creador de los confines de la Tierra.

No desfallece ni se cansa; su entendimiento es inefable”

(Isaías 40:28)


Afuera llueve y Daniel siente que su monólogo apenas se escucha. Sube la voz gradualmente, sin enojo. Quizá un poco, admite, porque su analista mantiene la ventila abierta y el ruido no lo deja pensar. Le cuenta acerca de su dolor para vivir, su alcoholismo irredento, las decepciones de su familia, la separación y la soledad consecuente. A sus espaldas, ella atiende. ¿Estará distraída, oteando su celular, pensando en otra cosa?

Al cumplirse el plazo, se levanta del diván y recoge el impermeable, despidiéndose a regañadientes. Uno sustituye a sus fantasmas, y además paga por ello. ¡Qué necesidad! Salvando charcos y conductores imprudentes, aborda el autobús para acudir a su reunión de doble A. Faltarán muchos con este aguacero, conjetura, pero ha aprendido a disciplinarse a fuerza de perderlo todo.

Apenas llega, le avisan que el local de la escuela primaria donde se reúnen tiene una gotera; la junta se hará en la casa contigua, un almacén de licores donde reside un vecino que cuida la empresa. ¡Qué paradoja – piensa Daniel -, morirse de sed junto a la fuente! Al entrar, se sacude las gotas excedentes como un perro, cuelga el gabán en el primer perchero a su paso y se dirige a su asiento con discreción, saludando apenas al semicírculo que atiende el relato de Victoria. Es una mujer morena, delgada, con cabello rizado y ojos tibios de melancolía. Viste con ropa holgada, oscura, escondiendo su feminidad, aunque sus rasgos deslumbran; son firmes por entereza y delicados a la vez. Mantiene los puños apretados sobre el regazo, como si contuviera una profunda pena, que se escapa en hilos trenzados, igual que sus pulseras.

  • …descubrí la sexualidad apenas entré a la Facultad – continúa -, antes no conocía el término ni sus implicaciones.

La frase lo toma por sorpresa y recorre rápidamente los rostros de los presentes para constatar sus reacciones. Mayra se muerde el labio inferior, empática. Diego vuelve de su distracción para observarla fijamente. El más viejo, Simón, parece confuso, y frunce el entrecejo, tratando de comprender. Justo frente a ella, Georgina abre la boca y se le humedecen los ojos. Ramiro, a quien llaman facilitador, un término siempre ambiguo para Daniel, la conmina a continuar con un gesto paternal, mostrando las palmas. Victoria se percibe visiblemente ofendida y se lo reprocha con la vista. Aquí no hay lugar para condescendencias.

  • Ustedes – dice con firmeza – creen en esa entelequia freudiana, como si el desarrollo sexual y el erotismo fuesen ámbitos que se suceden naturalmente en las sociedades modernas, “liberales” – y gesticula con los dedos para simbolizar las comillas. – De verdad suponen que las mujeres que crecemos en barrios y habitaciones hacinados tenemos espacio para desplegar nuestras inquietudes sexuales con la misma libertad que en las novelas rosas o las películas románticas. Ni siquiera el término “violación” adquiere un sentido devastador; la norma es ceder el cuerpo, aceptar la condición animal de ser ultrajada, fornicada, tratada como objeto de uso y desecho.

En este punto, Mayra se tapa la boca con ambas manos y Georgina rompe en llanto. Silencio. Los demás la escuchamos en contrariada impotencia, sin atinar a recular hacia dentro por vergüenza de género o intentar un frase de consuelo, que por cierto ella no admitiría jamás. “Su lástima es una mierda” la hemos oído decir con encono.

  • En estos tiempos se habla del abuso sexual como si fuera un invento o una provocación. Las que verdaderamente hemos sufrido vejaciones por lustros, por décadas, no buscamos su comprensión. Eso de suyo es indigno. Se trata de exponer a los perpetradores, a los criminales en casa, a los hermanos, tíos y padres o padrastros abyectos; a los viejos que se descubren los genitales en las calles o se masturban en el transporte público.

Desde su silla, Simón se incorpora, asustado, y señala con timidez el baño. Ramiro levanta una mano, para sugerir que permanezca en su sitio. Con la pesadumbre que me inunda, yo agradezco el gesto.

  • ¿Se han percatado siquiera del horror que es vivir en una sociedad – cualquiera, pretendidamente “civilizada” (de nuevo enfatiza con la flexión de dedos) – donde las niñas tienen que cuidarse de propios y extraños? ¿Dónde redondear el cuerpo equivale a sufrir insultos, miradas obscenas, tocamientos y acosos?

Ahora sí, nos precipitamos en la vergüenza, presos de culpa existencial. Volteamos al suelo, sin atrevernos a confrontar sus ojos que acusan, por complicidad y estupor, a todos los hombres y mujeres que han solapado esa miseria moral en todos los tiempos y en todos los órdenes.

  • Me atrevo a afirmar que escasísimos niños han sufrido estas atrocidades. Si en la India nos abortan, aquí nos usan como maniquíes para saciar su bestialidad. No hay preguntas porque no hay respuestas. Cuando por fin salimos al mundo, no sabemos cómo acercarnos al género opuesto, porque nunca hubo recato ni ternura, tampoco seducción o reciprocidad. Una se limpiaba simplemente, lavaba su ropa – de sangre, de semen, de asco – para enterrar el atropello y callaba; así era siempre y no había nada que objetar.

Estamos sumidos en nuestros lugares, dolidos, señalados entre los sollozos incesantes de Georgina y Mayra.

  • Claro, una aprende a negarlo cuando se percata de que así no va la cosa – se gira a ver a Georgina, que elude su atisbo -. Cuando otras chicas se sonrojan, murmuran acerca de los muchachos que les atraen, de cómo sería besarse o sentirse abrazadas por esos músculos. Es obvio que nunca han sentido el peso de un cuerpo jadeante que ahoga, que aplasta, que te produce náusea por su aliento de alcohol o de tabaco. Que te penetran sin más, tan torpes como ciclópeos. ¡Qué difícil entender qué pasa! Cómo es que ellas desconocen el sudor, la carne vieja, las tenazas que impiden cualquier reconocimiento, cualquier asomo de cariño.
  • Pero, ¿cuándo? – alcanza a proferir Mayra, entre balbuceos.
  • ¿Cuándo me di cuenta, dices?

Su interlocutora asiente, sonándose y enjugando las lágrimas.

  • Como les dije, al terminar el bachillerato, ese verano del 2006. Estaba convencida de estudiar Psicología, un mucho por curiosidad, otro tanto para exorcizar mis demonios (sonríe por primera vez y voltea a ver a Ramiro, que inclina la cabeza). Asistí a una conferencia en la Facultad que trataba de las nuevas formas de erotismo en esta época de internet y redes sociales. Pensé con ingenuidad que hablarían de cómo entender y matizar los mensajes de los adolescentes, población a la que pensaba dedicar mis esfuerzos cuando me graduara. Para mi alarma y revelación, se habló del acoso sexual, de estadísticas de violaciones, de embarazos no deseados, del trauma psíquico que acarreamos las mujeres como yo, congeladas en el tiempo y la negación. Empecé a beber con los chicos de mi barrio, a probar drogas cada vez más fuertes, a esconderme del miedo y la vergüenza. Sólo así pude mantenerme en contacto con mis afectos, narcotizada, abandonada a mis interrogantes. Por fortuna, la Facultad iniciaba entonces un programa de apoyo psicoterapéutico a los alumnos, parte currículum académico y, por supuesto, parte interés antropológico.

Aquí ríe de golpe a expensas de su broma sarcástica, pero encuentra un pesado silencio entre nosotros.

  • Todos los que estamos aquí – un día a la vez, solemos repetir – hemos logrado detener el hábito por alguna razón u otra. Los oigo con respeto cada semana, comulgo con sus tragedias personales, pero no puedo apelar a su doctrina. En mi caso, el desamparo que arrastro de cualquier divinidad o mentor es imperdonable; sólo yo, con mi rabia y mi lucidez, puedo hacerle frente a estas cicatrices, que no por antiguas han dejado de hacerse visibles cada noche y cada mañana.

Con ánimo de cumplir la rutina de las despedidas, Victoria se dejó abrazar por los asistentes, pero sentí que no estaba ahí más que de cuerpo, cumpliendo la premisa para no destruirse más. Afuera hacía frío, soplaba una brisa sucia y el barullo del tráfico atenuaba la culpa que gravitaba en el ambiente. Fuimos las últimas en salir. La acompañé hasta la puerta y como mujer homosexual, le confesé que nunca antes me había sentido tan identificada, tan modesta frente al dolor de otros, tan deseosa de ser instruida en la sexualidad que he dado siempre por sentada. Ella me extendió la mano y me presentó a su compañero, que me pareció un apóstol, caminando sobre el agua en esa noche húmeda y de contornos vagos. Los vi alejarse tomados de la cintura, uno soporte del otro, como un espejismo para aquellos que tenemos prometido el paraíso.

A paso lento

A paso lento

Nos reunimos esa tarde invernal en The Spaniards, el pub más icónico del Heath, para despedir a Raúl, que regresaba a México porque se agotaba su beca. Su familia se había adelantado unos meses, a falta de dinero para la renta, y él alternaba entre dormitorios: colegas solteros, la habitación de Josephine (una matrona que lo acogió como hijo) y alguna aventura sin futuro.

Con talante pesaroso, nos contaba cómo dejaba trunco el doctorado y tendría que hacer frente a la escasez que lo aguardaba en la otra orilla. En aquel periodo de estudiantes, no había cabida para el ahorro y el poco sobrante que lográbamos acumular, lo destinábamos a un viaje corto por Europa occidental con frugalidad y avidez de poetas. Raúl se destacaba porque además de invertir tiempo en sus investigaciones, era un gran lector y un amante del hedonismo. No había espacio de sensualidad que desaprovechara ni rastro de historia que no absorbiera con delectación. Esa tarde nos relató un poco de la biografía de García Lorca – nosotros difícilmente nos dábamos tiempo para ir al cine –  que había publicado unas semanas antes el hispanista Ian Gibson, con detalles que ni sus coterráneos habían desenterrado aún.

  • Es un regalo de Fátima, para que no se nos ocurra olvidar este amor frustrado.

Lo decía entre sonrisas, pero quienes estábamos de frente, y podíamos constatar sus gestos alumbrados por el viejo candil del fondo, advertimos esa opacidad melancólica que encubrían sus ojos. Se refería a una compañera de Málaga, codiciada no tanto por su belleza como por su aplomo entre los hombres. De sobrada inteligencia, presumía de haberse sacudido la mordacidad de los ingleses, sin dales nada a cambio. En cierto modo, era el alma del grupo de hispanohablantes que nos reuníamos a tomar café todas las tardes en el Instituto de Ciencias.

Giré a ver la cara de Alex, que lo miraba absorto, y quien – aunque nunca le confesó su arrobamiento – solía secundarlo en todas sus tropelías. Los otros tres bromeaban, espetándole que se le había escapado esa doncella andaluza y que con ello dejaba el nombre de los seductores latinoamericanos mal parado. Me coloqué en lugar de observador, refugiado en un silencio cómplice, porque sabía que a Raúl le dolía separarse de este mundo inhóspito que, no obstante, había fungido como nuestro hogar por casi un lustro.

Con el paso de las horas y tras la sexta ronda de Foster’s y ginebra, nos confió una anécdota que decidí grabar (con mi Sonny portátil, recién adquirida) porque me pareció digna de conservarla para otro encuentro en algún lugar del mundo a donde nos encaminaran nuestras musas. La escuchamos en silencio, extasiados y ebrios con su monólogo, que nos recordó de algún modo y por distintas razones el desenlace de la infancia.

Aquí la transcribo sin alteraciones para darle crédito a mi amigo, incomparable cronista que se despidió aquella noche:

“Los recuerdos de primaria generan mucha ambivalencia. Parece inevitable que uno recuerde los castigos, las tareas vespertinas, la pesadumbre de los domingos por la tarde, cuando se avecinaba la obligación y el fin de semana caía en desgracia.

Pocos amigos retenemos de esos años, y si acaso encontramos a uno que otro en la travesía, renovamos la amistad en función de una solidaridad lejana pero incierta, de la que no se habla más.

Los galardones pierden significado con el tiempo, y si algo destaca, es aquel sentimiento de aborrecer el uniforme, la pertenencia a una casta que nos aislaba más que integrarnos. Queda también el olor del baño, característico del descuido que uno nunca permitiría en su vida privada, pero donde se libraron las batallas más tenaces y se ocultaron los secretos o la primera oteada a revistas prohibidas.

El sabor atávico de la tiendita de golosinas, con sus tacos y gorditas rezumantes, que nadie olvidará. Aquel profesor de matemáticas que disertaba sus ecuaciones en medio de mordidas de fritangas, o el que nos hacía lavar la cara en los inviernos al menor bostezo.

Quizá la memoria del primer noviazgo, cuando las declaraciones eran preparadas una y otra vez, para terminar en un inevitable tartamudeo. Por supuesto, la transgresión mayor: un cigarrillo fumado en grupo a escondidas, que valió un castigo ejemplar, pero sin duda quedó la hazaña a prueba de inconsistencias.

En la soledad, acariciando mi violonchelo, lo que me ha venido a la mente es el recuerdo del fin de curso, cuando desfilaban quienes se despedían de la primaria, con esa solemnidad única, para recorrer el patio paso a paso hasta ocupar su lugar: antes del diploma, el aplauso o las lágrimas de la abuela.

Cuando volví a escuchar el crescendo con el tenue retumbo de los timbales al fondo que precede al tema, me emocioné como antaño. La imagen acudió con un escalofrío: Esperábamos de pie, a cada lado del patio y en taciturno silencio, la columna de compañeros y compañeras que nos graduábamos. Habíamos ensayado esa señal de partida incontables veces, el ritmo pausado, la ingravidez de nuestros pasos. Pero llevarlo a cabo en el momento preciso, frente a las miradas de nuestras familias, helaba la sangre con expectación. Los oboes, cornos y flauta se van sucediendo en cadencia, aumentan su intensidad, se extienden, llenan el ámbito, hasta que, de pronto, con un suspiro, entran las cuerdas al unísono con toda su fuerza. Ahí dimos el primer paso hacia nuestra madurez, un rito inadvertido hasta muchos años después, cuando volteamos hacia esa mañana y fuimos los herederos del mundo, a poco más de cinco minutos del cuarto movimiento.

https://youtu.be/fhHb-62Bfpl

Brahms tardó catorce años en detallar esta maravillosa sinfonía. Se dice que sentía el peso de Beethoven sobre sus hombros, al grado que a la luz de su estreno en 1876, la tacharon de “la Décima”. Es una pieza gloriosa en más de un sentido. Inicia lento, insinuándose con un contrapunto cromático que se conecta expresivamente a la Pasión de San Mateo de J.S. Bach. El tema no es único, porque amalgama los instrumentos de aliento y cuerdas con tal armonía que se difunde en varias líneas musicales para entrelazarse. El cuarto movimiento lo define todo: el compositor nos arrastra en un Adagio sublime, que escala gradualmente y anticipa una caída a lo desconocido. Pero la niebla de los alientos se despeja con un corno desde las alturas (que Brahms equiparó a los ecos de las cumbres suizas) y asoma en un deslumbrante Do mayor, para dar paso a esa melodía heroica y triunfante que nos empujó aquella mañana a la propia eternidad.

Me senté en el lugar asignado, suspirante aún, atisbando a lo lejos a mis padres y hermanos. Ya nada sería igual: nos habían coronado con la majestuosa voz del siglo diecinueve, con la sinfonía exquisita, con el hambre de éxito que las notas, paso a paso, nos depositaron para la vida”.

Por fin, el tabernero nos conminó a salir del local, más debido a nuestra ebriedad que a la hora tardía. Caminamos rondando el Heath, tambaleantes, en espera de que pasara el N5 o, con suerte, el último 168 para desplazarnos a nuestros respectivos albergues. Raúl nos aseguró que se encontraba bien, aunque un poco mareado, y que regresaba de madrugada al laboratorio para terminar un experimento. La marea había anegado el muelle; esa víspera sería el remate de nuestra atesorada complicidad. Nadie imaginaba que no nos volveríamos a encontrar.

El fin de la inocencia

El fin de la inocencia

Remember when the days were long
And rolled beneath a deep blue sky
Didn’t have a care in the world
With mommy and daddy standing by

(Bruce Hornsby & Don Henley)

Nos sentamos en semicírculo, anochecía y se intuía el aire otoñal desde la entrada. Germán admitió antes de comenzar que estaba perdiendo la memoria. Al momento y sin esperar detalles, recibió un abucheo velado de sus admiradores, incapaces de aceptar tal incongruencia.

Alejandra y yo nos miramos en complicidad. Ella, filósofa y yo, presunto conocedor del alma, sabiendo que no mentía; su deterioro cognitivo se había hecho patente en las últimas reuniones.

La última convocatoria giraba en torno al relato de Adán y Eva, subrayado en diversas lecturas, además del Génesis. Empecé yo, que había propuesto el tema. Me pareció pertinente retomar el libro más reciente de Stephen Greenblatt (1), comparado con las apreciaciones de un artículo tangencial de Osman (2) y por fin, mis propias ideas en torno al mito del origen.

“La pregunta ancestral de la cultura occidental respecto del origen de la humanidad se verifica desde luego en los cuestionamientos de los niños alrededor de los 6 años (¿quién es el papá de mi mamá? Y mi abuela, ¿tuvo también papá?). También emerge en la discusión bizantina relativa a la existencia de un ser superior creador de todo lo cognoscible. Veneramos a nuestros ancestros, construimos dogmas que apoyan (sin refutación posible) la verdad religiosa que da contingencia a la incertidumbre de la vida y la muerte, invocamos o renunciamos al mal como una forma de construir un arquetipo ético y además, santificamos o deificamos ciertas escenas que ocultan y modulan nuestros deseos más primitivos.

Desde la Ilustración, la creciente acumulación de conocimiento antropológico, geológico y biomédico ha devaluado el axioma del Génesis para proponerlo como una historia sin andamiaje, refrendada sólo por los más adeptos. En este sentido, San Agustín postulaba que la transgresión de Eva consiste precisamente en desobedecer la literalidad de las órdenes de Dios. Como todo preceptor apasionado, admite que las metáforas bíblicas (proceder del lodo, ceder una costilla, comerse una manzana que revela toda lucidez) son necesarias para el vulgo, tanto como es y será siempre imperdonable cuestionar las prohibiciones del creador.

No obstante, la persistencia del mito y su acepción universal depende de inquietudes más profundas que la estirpe del ombligo. Ante todo, resuenan las motivaciones entrañablemente humanas; a saber, el acatamiento de las leyes versus la transgresión, la vergüenza y la culpa, la utopía del linaje, el deber y la autonomía, la diferencia sexual y la mitología de uno o más paraísos terrenales. Todas ellas dignas de una continua reflexión filosófica y moral.”

Mis interlocutores escuchan atentos, algunos incluso toman apuntes o me graban con su teléfono celular. La posición de maestro no me incomoda, cierto, pero tampoco ofrezco nada nuevo; en todo caso es un resumen crítico de ciertas conjeturas que he recopilado con el tiempo. La única que me mira con vacilación es justamente Alejandra, quien sostiene una copia del libro de Bettleheim (3) sobre su regazo.

“Podemos presumir – continué, perturbado por su mirada inquisitiva – que las sociedades occidentales, pese a su puritanismo y espiritualidad, han sufrido un cierto desencanto del mito frente a los avances de la ciencia. Naturalmente, hablar de hoyos negros, caldos primigenios y evolución de las especies implica aceptar ciertas leyes que sólo los científicos detentan, tanto como las saben defender y difundir. En ese sentido son sacerdotes de dogmas comprobados por métodos estadísticos o inferenciales; si bien lo que los salva es su confiabilidad matemática o su reproducibilidad en condiciones experimentales…”

Estoy a punto de tomar un respiro cuando Alejandra me interrumpe.

  • Pienso que dejas de lado un eslabón fundamental, Ernesto – me dice, para sorpresa de todos, excepto para mí, que lo anticipaba.

Me reclino en mi asiento, pongo mis notas delicadamente a mi lado en el suelo y la conmino a tomar la palabra, con un “casi termino, sigue tú, por favor”.

Ella desestima mi petulancia y, tras aclarar la garganta, se dirige en especial a las mujeres del grupo.

“La mitología – empieza, con una fortaleza de carácter que yo desconocía – reviste una enseñanza, tan humana como no lo son sus personajes, porque de lo contrario quedarían en simples anécdotas. Los dioses, sus enviados los ángeles, sus encarnaciones (héroes o profetas) son inefables, carentes de sustancia y sólo se sostienen en el dogma y la fe. Así, es función del clérigo o del pastor asegurarse de que las escrituras sean imperecederas, inviolables. Que transmitan – por los siglos de los siglos – el mensaje divino como un canon axiológico que no puede objetarse porque entraña las prohibiciones fundamentales de nuestra especie. No matarás y venerarás a tu dios antes que a nada ni nadie; regla fundamental que civiliza, que dicta la adherencia al credo y a la preservación de la comunidad. No desearás a la mujer de tu prójimo, en sus diversas acepciones, apunta sin reparo hacia la continuidad de la herencia y la proscripción del adulterio, éste un elemento que desorganiza la estructura social de suyo tan endeble frente al deseo. Se añaden algunos mandatos que procuran en mayor o menor medida la tolerancia, aspiración de toda comunidad civilizada (el veto al robo o a la codicia, la devoción hacia los padres, la lealtad al semejante).

Sin embargo, destacan numerosas derivaciones de dicha censura que gobiernan la sexualidad humana desde el origen de los tiempos. Una vez que Eva sucumbe a la seducción (encarnada en una serpiente, escurridiza y ponzoñosa como la verdad, ni más ni menos), apremia a su compañero para que juntos desobedezcan el mandato divino y adquieran el conocimiento que les ha sido vedado para conservar la ingenuidad y el Paraíso. No debe sorprendernos que recaiga en la mujer la responsabilidad de despertar la zozobra sexual en el hombre. Nos han etiquetado – afirma con una sonrisa que encuentra consenso inmediato – como las hechiceras, las brujas, las engatusadoras a lo largo de la Historia.

– En todo caso las inteligentes, las que develamos los secretos, quienes no nos dejamos engañar – interviene Frida, joven antropóloga, con voz socarrona.

“Volviendo al Génesis – prosigue Alejandra –  su primera revelación es que están desnudos, que ya no son niños y que sus juegos sexuales albergan el erotismo y el goce. Se cubren con pieles de animales, ¿qué más elemental que eso, que da cuenta de su procedencia y bestialidad?

A cambio del mundo que se les revela con dolor y trabajo, deben abandonar la provisión de frutos, certidumbres y cuidados que toda madre (en este caso, el Padre Creador) les ofrendaba gratuitamente. Habrá sudor y desgarros para parir cualquier producto, les reprocha al expulsarlos. Se percatan entonces de que se han vuelto humanos: sangre y carne, frío y deseo, muerte y agonía; todo como pago a su codicia, a su desacato.

La pérdida de esta candidez, ilustrada de una manera u otra, está presente en todas las religiones y en los cuentos que mostramos a nuestros pequeños como planteamientos éticos, como lecturas inconscientes para moderar el deseo sexual y aceptar los preceptos que rigen la convivencia social.

Eva se mira en el espejo de Adán y viceversa. Es decir, se descubren mediante esos ojos despiertos a la lujuria, miradas anhelantes que le imprimen una carga erótica a los senos, los genitales, los labios. Sin más, el cuerpo desnudo se manifiesta y se ilumina con el deseo del otro. Todas esas zonas erógenas se encienden de repente con el conocimiento, se saben existentes y ávidas de contacto, de saturación.

El paraíso terrenal se desvanece  (como la credulidad en los niños) ante la evidencia de que el cuerpo es seductor y seducible. Tras la expulsión del jardín de las delicias, nunca más nos observaremos con candor; hemos destapado la lascivia y nuestros sentidos perciben al otro con un apetito nuevo que reclama satisfacción. Nos cubrimos, sí, pero siempre con la tentativa de insinuar lo prohibido. La vergüenza, que hasta ahora desconocíamos, será en adelante un velo que arrope nuestra endeblez, que se tramite en la dialéctica de la culpa, en las márgenes de la pasión y el erotismo.

La primera mujer, y todas las que la siguen, se dejan penetrar por su hombre, al fin libre de puerilidad y pudor, para dar fluidez a la estirpe y diferenciarse a fuerza de encumbrar el deseo.

Los mitos, queridos colegas, son la fuente de la ética, del deber ser, del imperativo categórico y también de todo misterio que describe nuestra inquietud sexual”.

Con ello, Alejandra deja su discurso en suspenso. Callamos. A lo lejos se escucha el latido de la ciudad, con sus disonancias y exabruptos. Aquí, en medio de esta reunión, hemos desentrañado un peculiar misticismo, ese que cree en la fragilidad humana, en todo lo tangible, y que añora por momentos la inocencia.

Referencias bibliográficas.

  1. Stephen Greenblatt. The rise and fall of Adam and Eve. W.W. Norton & co. New York / London, 2017.
  2. M.P. Osman. The Adam and Eve story as exemplar of an early-life variant of the oedipus complex. J Am Psychoanal Assoc. 2000; 48 (4): 1295 – 1325.
  3. Bruno Bettleheim. The uses of enchantment. Vintage, New York 2010 (se tradujo como “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, Editorial Crítica, Madrid, 2013).
  4. Jack Katz. The social psychology of Adam and Eve. Publicado en línea por la Universidad de California en Los Ángeles. http://www.sscnet.ucla.edu/soc/faculty/katz/pubs/AdamAndEve.pdf

 

La muerte se lleva dentro

La muerte se lleva dentro

Habíamos tomado la carretera de vuelta con un poco de retraso. Alastair McLeod iba tarareando una vieja tonada que yo desconocía, aunque se interrumpía para recordarla.

Lo describo en esa imagen furtiva contra el paisaje: es un hombre rollizo, taciturno, que se rasura el bigote con delicadeza y se pinta el pelo con regularidad, pero sus arrugas y sus ojos cansados delatan su creciente vejez. Viste con elegancia, si bien anticuada: gazné, chaquetas de pana o tweed y pantalones de lana. Aspira con frecuencia para ocultar la barriga, cada año más péndula, y suele garraspear antes de emitir cualquier palabra. Eso sí, es un espléndido conversador, lee con fruición y sabe reír y hacer reír con sorprendente ligereza.

Hemos sido amigos por cinco décadas, cuando nos encontramos en aquella maestría en Exeter y ambos proveníamos de un despecho y de una región poco valorada por nuestros petulantes compañeros de cátedra. Él fumaba tan pronto nos daban un descanso para el café matutino o el obligado té de media tarde, y se le veía ansioso a toda hora. Al principio me costó entenderlo. Saltaba de un tema a otro con locuacidad, insistía en el valor universal del socialismo y el cricket como si fuesen gestas intercambiables. Hablaba de Glasgow y el poeta Robert Burns con sincera admiración, matizando su discurso con algunas estrofas y recuerdos de su ciudad natal. Ingería té como si en ello se le fuera la vida y nunca mostró otra adicción que el tabaco y las proezas de su amada Escocia.

Una tarde en que llovía y nos refugiamos en el Double Locks – nuestro asiduo pub – me confesó sotta voce que era homosexual y que había vivido en el armario para evitar la discriminación de sus coterráneos. Su graciosa huida al sur – pese al desprecio que guardaba hacia los conquistadores – se debía al clima de tolerancia que había respirado en los ambientes académicos, lejos del machismo de su propia cultura.

Me habló de Oscar Wilde y Leonardo como si yo necesitara una justificación para seguirlo admirando y respetando. Levanté mi tarro de Guiness y, chocándolo contra su enésima taza de Darjeeling, le espeté:

  • Ya era hora, cobarde. Nos conocemos hace meses y hasta hoy me entregas tu confianza.

Creo que derramó una lágrima, porque se giró apenado para invitarme otra cerveza. Antes de que pudiera negarme, regresó a la pequeña mesa con dos tarros de Bitter y exclamó:

  • Cheers! Por las amistades asimétricas.

Así hemos mantenido un distante cercanía. Alastair vive ahora en Norfolk y yo he vuelto a Mérida, con mi mujer y mis hijos, lugar próximo a donde recorríamos esa carretera vecinal en busca de un buen hotel para pasar la noche.

De manera súbita, se desorientó. Empezó a farfullar en Gaelic y a chasquear los dedos con fruición. Cuando entendí que no bromeaba, sino que era presa de automatismos, detuve el coche y lo tranquilicé dándole un masaje en los hombros mientras lograba serenarse. Le sugerí que regresáramos a la ciudad para buscar un médico, pero me rechazó, ofendido, alegando que se sentía perfectamente.

Esa madrugada sufrió la primera convulsión. El tabernero me despertó porque había oído golpes en su habitación, contigua a la mía. Armados con la llave maestra, empujamos la puerta que se resistía con el peso del cuerpo de mi amigo. Lo encontramos con espuma en la boca, a medio vestir y tendido sobre un charco de orina. Tenía golpes en los brazos y se veía aletargado, jadeante. Lo levantamos con cuidado hasta la cama y llamé al doctor del pueblo, que tardó media hora en acudir y quien no sabía nada de fenómenos ictales o sus causas.

Cuando por fin recuperó la conciencia, estaba aún más confuso que esa tarde. Me reconoció a medias y preguntó en un inglés gutural si se había perdido el seminario de William Butler Yeats, lo que le apenaba mucho. Despaché al médico con cordialidad, sin ocultar mi frustración por su incompetencia, y llamé a su hermana en Aberdeen desde su celular. Eran cerca de las 10 de la mañana en el Reino Unido, así que supuse que la encontraría en casa.

El viaje nos tomó varios días porque era época de vacaciones y los vuelos disponibles hacia Europa escaseaban. Tuvimos que hacer conexión en Amsterdam y Londres, antes de volar a Edimburgo, donde ya nos esperaban en el Instituto de Neurociencias. Yo había tomado la precaución de hacerlo ver por un neurólogo local, quien le dio una “dosis de carga” de valproato de sodio y me puso en las manos dos ampolletas de Valium, que recibí como si fueran dos granadas a punto de estallar.

  • Sólo en caso necesario – me dijo. Nos fuimos de ahí desconcertados, sentenciados al patíbulo.

Al igual que otras tres cuartas partes del año, llovía en las orillas del Water of Leith cuando por fin abordamos la ambulancia que Leslie había destinado a nuestro arribo. Nos esperaba sobre el asfalto de aterrizaje con su torreta en rojo bajo la lluvia incesante. Alastair estaba inusualmente cansado pero no había convulsionado durante ese interminable periplo. Lo hizo, para sorpresa de todos, como si hubiese soltado amarras, justo en el vestíbulo del hospital.

En el curso de las siguientes cuarenta horas, sin descanso para nadie, llegaron a un diagnóstico. En tono pesimista, los médicos nos conminaron a una pequeña sala que olía a té y a humedad de catástrofes. Me asombraron las batas – casi alcanzaban los pies – y la serenidad de los doctores para comunicar un mal presagio.

Para quienes no sabemos nada de Medicina, un ataque epiléptico es como un relámpago que cambia la existencia de todo lo concebible. No siempre mata, nos dicen, pero refleja que la electricidad del cerebro ha perdido su control y su rumbo. Es indicio singular de algo terriblemente destructivo, que carcome, que suplanta.

Como niños a punto de aprender los secretos del cosmos, nos sentamos en silencio, invitados por la voz paternal del jefe de Epilepsia. Las ventanas estaban perladas de rocío y se alcanzaba a ver la Mezquita Central más allá de la calle Potterow. Lo viví como un presentimiento, porque no hay muchos asideros para un agnóstico condenado a muerte.

Las siguientes semanas hemos acompañado a Alastair en su debacle. Una prolongada cirugía para resecar el grueso de su GBM (glioblastoma multiforme; ¡qué nombre de engendro mitológico!). Extirpación nunca suficiente para el neurocirujano, apenas la necesaria para el oncólogo. Verlo salir de su coma anestésico con afasia y caminar con él los primeros días hasta recuperar un balbuceo apenas inteligible, una marcha estable y una precaria lucidez que atraviesan descargas de frustración y enojo. Acceder a las sesiones de quimioterapia y aprovechar para leerle The Economist, The Guardian, o algunos de sus poemas favoritos (Auden, Burns, Elliott, Plath)  pausadamente, constatando que se sumerjan de nuevo – hojas de otoño – en su conciencia ultrajada.

He cruzado el Atlántico varias veces desde aquel funesto día, acarreando mi pesadumbre entre desconocidos y recalando en mi familia por unos días de respiro antes de volver a la carga. Todos, pero antes que nadie mi amigo, sabemos que se cierne sobre él una cruel agonía, irremediable, que nos deja inermes y de la que sólo podemos ser amables testigos. Hemos aprendido a acompañarlo sin hacer preguntas obvias, ocultando nuestra impotencia y trivializando los síntomas que lo aquejan. Ante todo, yo he logrado abrigar su inteligencia, aunque la vea esfumarse con el avance del tumor y su declive.

Se han cumplido los cuatro meses ominosos y, bajo el protocolo de Temozolomide – al que accedió a participar – mi amigo parece haber recuperado algo de su humor sojuzgado por el cáncer. Con aguda ironía, me relata las hazañas de su abuelo en aquel “Bloody Friday”, cuando trabajaba en los astilleros de Glasgow y arremetieron contra el ejército inglés hasta que los sometieron a golpes, no sin antes dejarles brindar por el clamor de independencia que veían frustrado.

  • Sí, los asuntos de Escocia en manos de los escoceses, aunque cien años después – me dice, exhalando un suspiro.

Esa misma noche, después de salir de su cuarto y dejarlo roncando bajo su palidez y descomposición física, el corazón de Alastair dejó de latir. La muerte entraba cuando yo salía, supongo. La misma que nos acompaña a todos, aunque pretendemos que dormita y que nos permite de tanto en cuanto atisbar entre los árboles y merodear cual infantes en pos de la ternura.

Las mariposas tiritan bajo la nieve

Las mariposas tiritan bajo la nieve

Para empezar el año, abro mi agenda y reviso los pocos pacientes citados; quienes han vuelto con reticencia de vacaciones o porque el frío arremete una vez más contra su autonomía. Inicia mi vigilia y su via crucis, donde habremos de desentrañar nuevos cambios en su narrativa, la evolución perentoria de sus síntomas, el rechazo a los corticosteroides – incierto enemigo por sus efectos, si bien indispensable como el aire, como mitigar el dolor y ahuyentar la muerte.

Me tomo el tiempo para repensar la consulta previa de una joven enferma que debutó con su enfermedad autoimmune este último otoño, una metáfora de las hojas muertas, que se desprenden sin orden y anuncian la invalidez o la sequía.

Acudió con su madre, una chica desenvuelta pero temerosa del curso de la consulta. Había visitado a otros dos médicos – suele suceder – que desmerecieron sus síntomas. El primero lo atribuyó a un proceso infeccioso y acomodó una receta para eliminar un germen saprófito de la faringe, a falta de mejor entendimiento. El segundo propuso un dilema mecánico; prescribió inmovilización seguida de ejercicios que sólo prolongaron las molestias y se adosaron de fatiga y desengaño. En pleno siglo veintiuno, con millones de mensajes controversiales en Internet y todos los impulsos que derivan de tanta información errática, seguimos haciendo mala medicina.

Mientras charlaba, observé su cabello, esa ausencia de brillo, y su fragilidad comenzó a revelarse. Las lesiones distintivas en la cara, sombreando el trazo del sol en el dorso de la nariz y las mejillas. El borde bermellón como una caligrafía en torno a los labios, casi imperceptible, una discreta imagen del estrago. Al gesticular, las manos – que reconocí tumefactas al saludarla – mostraban su incipiente deformidad, “justo en las coyunturas”, diría ella. La madre escuchaba, más atenta a mis reacciones que al contenido del relato, seguramente repasado varias veces. Advertí su dificultad al incorporarse, si bien se rehízo de inmediato, enmascarando la torpeza.

Durante la primera entrevista, suelo inclinar la balanza del historial clínico hacia una conversación que indaga acerca de las emociones, la vida instintiva, el ámbito social, la espiritualidad y las creencias de mis pacientes. Ella se dejó llevar en tal diálogo, para franquear juntos la marea de lo ominoso. Me contó de su novio, su carrera frustrada en las artes plásticas, algún resentimiento que atribuía al origen de sus malestares.

  • ¿Usted cree en eso? – preguntó, probando mi sensibilidad o mi rigidez.

Con genuina comprensión de su dilema, correspondí a su pregunta.

  • Las enfermedades autoinmunes, hasta donde alcanza nuestra ignorancia, son producto de un desarreglo en muchos sitios de nuestro bagaje genético. Se trata de señales de información alteradas, nucleótidis averiados o, si prefieres, la correspondencia equívoca de varios genes que actúan en desconcierto, como una orquesta mal afinada. Muchos investigadores hemos planteado que las emociones pueden detonarlas, un hecho de observación repetida, aunque el vínculo ha sido difícil de hilvanar. Somos mente y cuerpo indisolublemente ligados, pero creo que hemos estudiado estos problemas desde dos orillas, a veces incluso contrapuestas. Parece que no hemos aprendido nada del dualismo cartesiano.

Aquí Laura me observa con extrañeza; sonrío para convidarle empatía, tratando de sugerir que no me tome en serio.

  • Volviendo al asunto de los mensajeros en desorden – sean o no dictados por lo inconsciente – , algunos de ellos tienen que ver con la replicación celular, otros con la finitud de las células (marcadores de apoptosis, solemos decir) y otros más con la fluidez de las interacciones subcelulares que dictan las respuestas inmunológicas. El caso es que provocan que nuestros anticuerpos y glóbulos blancos ataquen e inflamen los propios órganos, desconociendo los tejidos que los conforman. Alguna vez apelamos a estos trastornos como enfermedades del tejido conectivo, porque recaen en esas proteínas de unión que están en la pared de las venas y arterias, las fibras musculares, la piel o las mucosas. De ahí que pierdas cabello, se te manche la cara o aparezcan lesiones rojas en el borde de tus uñas; que te duelan las articulaciones y los músculos, que te salgan fuegos en la boca…

Me interrumpí, sin atinar a discernir si la agobiaba con mi perorata o estaba planteándose la longevidad de su calvario. De cualquier forma, les pedí a ambas que pasáramos a mi sala de exploración, insistiendo en que podían externar cualquier duda en todo momento. No lo hicieron, a todas luces estaban confundidas y temerosas.

La exploración física mostró lo ineludible: sinovitis, eritema en áreas expuestas, linfadenopatía, edema periférico, quizá un dudoso frote pericárdico que habrá que confirmar con estudios más detallados. Standard procedure on a unique human sufferer – pensó mi alter ego gabacho.

  • Contratransferencia, en todo caso – corregí en susurro, al volver de nuevo a mi oficina frente a sus miradas de inquietud, que atisbaban por encima del monitor.

Antes de proferir el diagnóstico, que sé por experiencia que desata un torrente de lamentos y sobresaltos, preferí tomarme unos minutos para contarles la historia de Henrietta Aladjem, aquella emigrante de Bulgaria, que escribió “El sol es mi enemigo” (1), la primera biografía que protagoniza el lupus eritematoso. Les explico además que dada la profusión de mensajeros y anticuerpos en juego, el Lupus es un trastorno que se expresa de manera peculiar en cada paciente, y que con esa singularidad lo trataremos.

(El lobo es taimado – pensé al tiempo -, y anda solo por estepas y bosques, siempre acechando).

La confirmación cayó como un balde de agua helada, aún cuando la madre asentía, confirmando sus sospechas más ingratas. Laura me observó largamente, sopesando la gravedad de un apelativo tan largo, tan ominoso; antes de romper en llanto.

Tengo confianza en que volverán, pese a que la despedí escurriendo lágrimas junto al sosiego de su madre. Me retiré discretamente de ese cobijo y ese duelo, ambos sabíamos que comenzaba un viaje tortuoso para vencer la enfermedad.

Dos de cada diez seres humanos sufren alguna forma de enfermedad autoinmune. Las hay limitadas a un órgano (tiroiditis, vitiligo, neuromielitis óptica, pancreatitis); aquellas que afectan un sistema (esclerosis múltiple, poliendocrinopatías, vasculitis), o padecimientos generalizados (lupus eritematoso, esclerodermia, artritis reumatoide y sus amalgamas).  El lenguaje común entre ellas es una inserción en el bastimento genético (en forma de polimorfismos, SNPs, alelos de histocompatibilidad, translocaciones o hipermutaciones) que confieren susceptibilidad por herencia. Tal yerro engendra alguna forma de desconocimiento de lo propio; lo que en su momento se denominó “diátesis autoinmune” o mejor aún, proclividad para atacar los propios tejidos con linfocitos, cuyo trabajo idealmente sería protegernos del exterior.

Pero si la verificación del fuero interno es fisiológica, incluso homeostática (equilibradora, dirían los puristas), ¿porqué pierde el orden y desencadena lesiones en un cuerpo que lo necesita?

Las hipótesis varían desde algo tan mágico como el mimetismo molecular (un fragmento bacteriano “se parece” a una estructura autóctona) hasta versiones mejor apuntaladas como los trastornos de regulación de la progenie celular o la perpetuación del proceso inflamatorio, pero nadie ha dado en el clavo.

En cualquier caso, una tempestad de anticuerpos o una clona (la descendencia de un linfocito) que putativamente perdió el rumbo, ignoran ciertas lipoproteínas de superficie y, a fuerza de incidir en ellas, convocan una arremetida de inflamación. El resultado es una acumulación de células en conflicto, emitiendo señales como un coro de disonancias que termina por lacerar las vénulas, generar proliferación anormal del tejidos de sostén o, sencillamente, destruir otras células que pasan por ahí. En resumen, el sistema inmune – en su miopía – ve defectos ahí donde antes todo parecía familiar y manso.

Suena como un artificio o una secuencia cinematográfica de fantasía, pero nuestro equipamiento de defensas trabaja por impulsos, por “memoria” (improntas de señales que hacen repetir el ataque) o por afinidad, a falta de recursos más exquisitos para modular esa frontera en el espejo.

Cuando se pone en marcha la tormenta, poco se puede hacer: los síntomas (vgr. la patología) son su advertencia, los primeros relámpagos. Los cambios subcelulares han traspuesto el umbral de lo inefable y ahora brillan los focos rojos a manera de dolor, inflamación o alteraciones en la función del cuerpo y sus órganos.

Así, se articula una narrativa. El afectado en silencio se convierte en enfermo, su lenguaje se inscribe en el cuerpo y con ello zarpa en una travesía sin destino conocido a la que se adhiere un navegante, un potencial sanador, porque se ha gestado la confianza y ambos comparten el optimismo y el temor de fracasar. La última frase reduce la ecuación de la alianza terapéutica al mínimo. Lo que sigue estará lleno de avatares y si se rige por la verdad, cada vez más alejado de falsas promesas.

Los lestrigones acechan y el canto de las sirenas (que aquí podríamos equiparar a la charlatanería) no cejará en su empeño por disuadir al enfermo respecto de que nada es inequívoco en el camino del dolor y el sufrimiento. Habrá naufragios, aguas tórridas y bestias que asomen cuando se nuble el horizonte. Pero también la sólida convicción de que siempre amanece y que el viento cesará de abatir nuestros aparejos.

  • Aquí estamos – le dije al despedirla; así en plural, para disfrazar el narcisismo. – Siéntete en libertad de llamar cuando lo necesites.

Deseo y Necesidad, esas dos grandes quimeras de la fatalidad humana.

Bibliografía sugerida:

  1. Aladjem, Henrietta. The sun is my enemy. Prentice-Hall, New York 1972.
  2. Wang L, Wang FS, Gershwin ME. Human autoimmune diseases: a comprehensive update. J Intern Med 2015; 278 (4): 369 – 395.
  3. Chen L, Morris DL, Vyse TJ. Genetic advances in systemic lupus erythematosus: an update. Current Op Rheumatol 2017; 29 (5): 423 – 433.
  4. Kuhn A, Bousmann G, Andres H-J, et al. The diagnosis and treatment of systemic lupus erythematosus. Deutsches Ärzteblatt Int 2015; 112 (25): 423 – 432.
  5. Kayser MS, Dalmau J. The emerging link between autoimmune disorders and neuropsychiatric disease. J Nueropsychiatry Clinical Neurosci 2011; 23 (1): 90 – 97.