La única historia

La única historia

Seguidor de Julian Barnes, me recargo en su última novela (*), escrita en prosa exquisita, para trazar la historia de un romance que me contó – síntoma principal – una paciente con aire de tormento. La idea no es hacer una apología de este relato, sino emplearla con toda discreción e ilustrar así las dificultades que atraviesan los adolescentes para encontrar el sendero estable de la sexualidad.

Matilde – la llamaremos – es una joven de 22 años, de ojos inquietos y dos pinceladas por labios, delgada hasta la languidez, que arrastra su duelo como un atavío. Conoció a Patricio en la secundaria pero, siempre tímida, merodeó por su campo visual durante varios años hasta que su desarrollo físico la hizo más y más atractiva. Algo mayor que ella, él la trató al principio como una niña, un tanto indiferente, otro tanto altanero, pero sin perder la cercanía. Se alejaron temporalmente cuando él se fue al extranjero y ella optó por concluir sus estudios para decantarse por la literatura clásica. Las orillas se complicaron con marejadas, porque Patricio, en su búsqueda irredenta, cayó presa de las drogas – cada vez más próximo al abismo – mientras que Matilde vivía sus propias tragedias en el hogar familiar.

Cuando las puertas se cerraron en Perugia, el joven regresó abatido por una pericarditis que se catalogó de origen viral (en buena medida procurada por sus hábitos nocivos), armado con una dotación de poesía mediocre, hablando con fluidez el italiano y dispuesto a retomar la vida con menos contingencia.

Una rara inclinación, tal vez una pulsión que lo salvó de más de un descalabro, lo orientaron a la escuela de enfermería. “Quería salvar vidas” – recuerda Matilde, con una mueca de desilusión. “No lo vi a su llegada, pero estuve atenta, lo añoraba”. Al escucharla pienso por un momento en la raíz etimológica de la nostalgia: dolor de ausencia, ansia del regreso.

Siguiendo destinos paralelos, estudiaban a menos de tres kilómetros aparte, percibiéndose, haciéndose las mismas preguntas, pero sin coincidir. Por fin, una tarde veraniega, de esas que se debaten entre lluvia y ráfagas de sol apremiante, ella se animó a visitarlo en la clínica.

  • Fue un reencuentro atropellado – indica Matilde, mirando en lontananza a través de mi ventana. – Me llamó con el pretexto de haberme soñado y, cuando arribé al hospital, me sorprendió cuánto lo deslumbré. Ni yo misma me había percatado de que era capaz de despertar esa excitación en un hombre.

Ciertamente, Matilde es una chica muy bella, reconozco al atenderla. Sus ojos verdes, que brillan a pesar de la tristeza, se encienden cuando habla y la develan como una mujer refinada, bien plantada, y seductoramente femenina. El cabello – de un negro rotundo – y recogido en una cola, ofrece un rostro de iconografía, de esos que uno se resiste a evocar. Puedo imaginar que para un muchacho de su edad, su belleza fuese todo un descubrimiento. Como salir de la sombra de una adolescencia de rastrojos y árboles caídos, al claro de un bosque encantado.

Con ojos entrecerrados, sumergida en la calidez de sus remembranzas, Matilde me relata que ese primer momento dio paso a una pasión vertiginosa. Deja de lado su timidez para contarme cómo se besaban en los lugares públicos, ajenos a las miradas y la vergüenza. Cómo caminaban tomados de la mano hacia su fonda favorita y compartían las viandas y el vino barato desatentos al ritmo de los otros; meseros, comensales o caras conocidas que se difuminaban en su abrazo recurrente, en su sed del otro, en su deseo. Cautivados por la inteligencia y la ligereza mutuas, se prometieron amarse “hasta el horizonte” – bromeaba él, remedando los viejos Westerns – , leerse las mismas novelas (de preferencia McEwan, Modiano y Elena Ferrante en dos idiomas), empuñar las mismas convicciones y viajar juntos, allí donde el mar desnuda a los que vacilan. Hicieron el amor en la penumbra de una oficina, en el asiento de un coche, a pleno día, burlándose del puritanismo de un mundo que no los admitía. En un arrobo, dijo él que gestarían tres hijos, una casa de campo, tiempo para crecer sin reveses, horarios protegidos para destejer su obra maestra y un balcón bien amplio para ungir de café cada domingo.

  • Pero no pudo ser – implora, con voz entrecortada por el sollozo. – Pato se marchó, tomó un derrotero que ambos sabíamos que era insalvable. Como si un océano nos separara, a pesar de todos los momios que habíamos hecho coincidir.

Y uno, en efecto, puede suponer que es una historia que ha oído en otras muchas variantes: – Against all odds – me viene a la mente. Pero eso es un descrédito inaceptable. Las lágrimas de Matilde son únicas, sin réplica. Su pérdida es la de una Penélope que ya no aspira al regreso de su compañero, y no porque las sirenas se lo hubiesen arrebatado, no. Tampoco porque haya sido carne de lestrigones o cíclopes hambrientos. Metáforas aparte, una miocarditis mal diagnosticada dio lugar al Lupus, enfermedad que se atrevieron a negar hasta que Patricio, una noche que escuchaban a Mark Knopfler (mi otro novio, chanceaba ella), expectoró sangre con un rugido de tos.

Los días siguientes fueron su calvario. Terapia Intensiva, inmunosupresores que conjuraban la autoinmunidad pero que acarrearon infecciones, tejidos infectados que dejaron de responder y trajeron a su vez ese vendaval que los doctores denominaron “falla multiórganica”.

Los amigos acudieron a donar sangre y montaron guardia permanente en la sala de espera. Ágatha, su “roomie”, vino a acompañarla, pero cayó muda de temor y sólo supo orar en silencio. Todo en vano. En medio de tal huracán de emociones y tropiezos,  aparecieron unos padrastros surgidos de la nada – vociferantes, repulsivos -; con ellos la sentencia de muerte y la respiración de su amado Pato, que se agotaba perceptiblemente, llevándose sus besos y su risa.

  •  Las exequias fueron de pesadilla – resume -, como si un gran manto de oscuridad sepultara aquella devoción, las madrugadas de sábanas revueltas, los tragos de tequila que antecedían a nuestros desvaríos y el ronroneo de las bestias, que se alertagaban sólo de sabernos tan íntimos, tan briosos.

Se retiró de la funeraria antes de que lo cremaran; “no hay ceniza que retenga su aliento ni el perfume de su piel y menos aún el vigor con que se injertaba tan adentro de mi cuerpo” – me dice, conteniendo el llanto, detrás de muchas humedades.

Apelo a esta mujer, desde su prematura viudez, para acogerla, porque no tengo palabras de consuelo que siembren luz en su vacío. Se me ocurre aquello de que “la sombra del objeto cae…”, pero me lo guardo por respeto a su lucidez, a la oquedad que percibo. Puedo fantasearlos de perfil contra una pared opaca, los dedos acaso entrelazados; ella va detrás, tratando de achicar su prisa por tragarse la existencia de un bocado, ansioso y desafiando fronteras.

Tras varios desaciertos, me limito a decir que aquí podrá condolerse hasta que su conmoción adquiera forma y pueda representarse, más allá de los sepulcros y la ausencia. Que estaré atento, no sólo conmiserativo o empático, que de nada sirve. Consigo con ello despertar su ingenuidad de niña, un gesto regresivo que pretende entender cómo es que todo lo que se sueña termina por desvanecerse.

  •   ¿Verdad que cuando una dice “mi amor”, así, en un suspiro inconsciente, algún ángel bate sus alas y la eternidad escucha?

Una voz atávica me conminó a tomarla de las manos, a cobijar su desamparo. Por supuesto, me contuve. Creo que asentí sin meditarlo mucho, carente de otro idioma.

Recordamos el pasado con candor porque valida nuestra existencia de un modo u otro. En retrospectiva, no todos los reordenamientos de la vida son tan oportunos. Nos columpiamos en el amor impasibles ante la falta de una red que atenúe cualquier caída. De eso se trata; extender las alas y confiar que el viento sople por ventura, más allá de todo infortunio. A ciegas, bajo el mar y sin aliento, donde la luz se derrame en haces y el tiempo se detenga y ondule, lento y armonioso.

Me pregunto, al atestiguar su drama, su quebranto, si somos fruto solamente de lo inevitable o a veces, por destellos, nos guía una chispa de voluntad. Somos la inercia del impulso, la saeta insospechada de nuestra prehistoria. ¿Acaso podemos torcerle el apremio al deseo?

Pensé que nada termina ni se olvida si nos ha tocado tan profundo. Uno deambula lesionado y conserva en secreto la merma – no por pudor, ni siquiera por vigencia – para no herir a otros.

La tarde se opacaba mediante un manto de nubes que hacían más pesarosa nuestra entrevista. Después de un prolongado silencio, escuchándola suspirar entre lágrimas, la miré con indulgencia y le propuse vernos en unos días, cuando el dolor le permita asomarse a través de las sombras y yo, por mi lado, sepa qué hacer con tanta pena.

* “The only story” de Julian Barnes, se publicó en Gran Bretaña por Jonathan Cape el primero de Febrero de este 2018. En la contraportada del libro se puede leer la célebre frase del poeta Alfred Lord Tennyson que el autor retoma para sí: ‘Tis better to have loved and lost than never to have loved at all.

Nada más ominoso

Nada más ominoso

Es un trayecto que he recorrido por años y que no alcanza a ser del todo familiar. Los pasillos de linoleum y los rincones que albergan puertas disimuladas, hoy están ocupados por algunas caras conocidas. Varios transeúntes me saludan, si bien nunca hemos cruzado más de una frase afable, pero compartimos la cotidianidad obligada: este joven del mantenimiento – siempre atareado -, la mesera que acarrea su equilibrada charola por los ascensores, algún colega que no he visto en meses. Todos urgidos bajo el frenesí de pacientes que salen del laboratorio a temprana hora o los familiares que los escoltan. El frío no ha cedido del todo y la fila de los anhelantes de café se alarga hacia la entrada. Un buen amigo, neurólogo que destila gentileza y prestigio, me detiene con su amabilidad habitual y me conmina a seguir leyendo. Sonrío halagado y empuño con convicción mis dos novelas, que esta mañana me acompañan.

Al trasponer la puerta de vidrio, la encuentro de frente. Esmeralda me aguarda con semblante aprehensivo; una paciente que lleva varios años prometiendo que dejará de fumar. Sus pulpejos ocres y su perenne aliento a tabaco la delatan. Ha intentado varios esquemas (parches, CBT, hipnosis, vareniclina) sin mucha convicción y pasó ya por el cigarro electrónico con fugaz inapetencia. Todos mis esfuerzos por conminarla, convencerla o amenazarla han sido en vano.

Sin embargo, hoy la veo distinta. Parece ausente y el beso en la mejilla tiene un tinte aciago. Es una mujer distinguida, con voz ronca y labios carnosos, que se perfuma con mesura, viste con refinamiento y que pese a haber dejado atrás su mejor silueta, se conserva atractiva, desafiando el climaterio.

– Esme, ¿en que puedo ayudarle? – pregunto, tomándola del brazo para encaminarla hasta mi consultorio con ese afecto que refrendan las batallas compartidas.

– No son mis pulmones esta vez, doctor – me dice, los ojos húmedos y puntualmente tristes. – Hoy en la mañana, mientras me duchaba, me toqué una bolita en el pecho. Usted sabe que mi mamá murió de cáncer, así que presiento lo peor.

Lejos de menospreciar los temores de mis pacientes -frivolidad narcisista que tengo bastante analizada -, he aprendido a observar y escuchar, a descifrar el tono de voz y, ante todo, a estimar sin objeciones su narrativa.

Un nódulo aislado, cerca de la axila, con ganglios, que tiene ciertas calcificaciones y bordes poco definidos…el universo vital parece reducirse a ese enemigo pertinaz que asalta toda esperanza y se mofa del futuro.

Por tratarse de una neoplasia tan común en mujeres, el cáncer de mama es una preocupación ingente de salud pública. En países desarrollados, 10 a 20% de las mujeres con carcinoma de mama o de ovario tienen un familiar de primero o segundo grado con esta enfermedad. Eso implica que, para una incidencia anual de alrededor de 30 neoplasias malignas por cada cien mil mujeres, debemos esperar seis más en sus familiares cercanos. Este último 2017, sólo en Estados Unidos, se estima que más de un cuarto de millón de cánceres de mama fueron diagnosticados (15% del total de tumores malignos en mujeres) y que casi 41 mil de estas pacientes murieron por ello (como apunta la estupenda página del Instituto Nacional de Cáncer (NCI): http://www.cancer.gov/cancertopics/types/breast.

Diversas mutaciones genéticas se han asociado con la susceptibilidad para desarrollar cáncer de seno. Las más relevantes son BRCA1 y BRCA2, localizadas en los cromosomas 17 y 13 respectivamente, y que confieren entre 60% y 85% de probabilidad de padecerlo (más factible con carga familiar múltiple). Además, ciertos oncogenes pueden amplificar su expresión y su gravedad (c-erb-B2 y c-myc, entre otros). Algunos genes menores se han invocado como colaterales, y una observación reciente añade al receptor 1 de angiotensina (AGTR1, reconocido como blanco terapéutico en la hipertensión). Eso sin descontar que los factores de riesgo reconocidos siguen siendo:

  1. Exposición prolongada a estrógenos. Es decir, menopausia tardía, pocos o ningún embarazo, no amamantar, uso de hormonas de reemplazo.
  2. Tabaquismo y alcoholismo habituales (por el efecto de oxidación y la absorción de sustancias cancerígenas).
  3. Densidades o hiperplasia mamaria atípicas. Evidenciados por mamografía repetida o biopsia con aguja fina.
  4. Dieta rica en grasas y obesidad como factores endocrinos independientes.

Quienes especulan que el cáncer de mama tiene que ver con factores dietéticos, fruto de una conspiración, se decepcionarán al saber que ciertos alimentos satanizados por su presunto contenido hormonal, NO se asocian con esta enfermedad maligna, como muestran diversos estudios, entre ellos este: (http://cme.medscape.com/viewarticle/704523_print  ) que verificó la dieta de más de 300 mil mujeres en Europa, sin observar mayor incidencia de cáncer por consumo de cárnicos, huevos o lácteos.

¿Es verdad que ciertos alimentos protegen contra el cáncer de mama? Otro estudio de 73 mil mujeres en Shangai, analizó 592 incidentes de cáncer, y sugiere que el consumo de soya (por ello, de bioflavonoides) protege contra el cáncer mamario antes de la menopausia. Aquí habría que señalar que el seguimiento fue limitado a poco más de 7 años, y queda por confirmar qué otros componentes nutricionales o genéticos contribuyen a tal efecto protector.

El Colegio Americano de Ginecología y Obstetricia (ACOG) ha emitido diversas recomendaciones acerca del cáncer de mama que aquí les compendio:

  1. La mastografía y el examen ginecológico de senos deben practicarse al menos cada dos años en mujeres de 40 a 49, y anualmente después de los 50. Si se tienen factores de riesgo o calificación radiológica sospechosa (BI-RADS 3), debe adelantarse cada seis meses.
  2. La probabilidad estimada de desarrollar cáncer de acuerdo a la edad va de 1 en 2044 mujeres a los 20 años, sube dramáticamente a 1 en 67 a los 40 años, y para los 60 años es de 1 en 29 mujeres, sin agregarle más riesgos.
  3. Un carcinoma invasivo duplica su carga celular cada 128 días, y si ha hecho metástasis, lo hace cada 85 días. Dicho de otra manera, en 3 o 4 meses, una “bolita” pequeña ya es un tumor de considerable agresividad.
  4. El reemplazo hormonal para mitigar síntomas climatéricos (bochornos, cambios de ánimo, libido abatida) está justificado solamente 3 a 4 años después de la menopausia, cuando no hay historia familiar de cáncer.
  5. Es obligación del ginecólogo orientar a sus pacientes respecto del uso de Tamoxifen o cirugía ablativa (quitar ovarios o tejido mamario) en personas con carga genética importante para desarrollar cáncer.
  6. Los llamados “reguladores selectivos de receptor de estrógenos” (SERMs) se recomiendan en mujeres con osteoporosis postmenopáusica, si no tienen factores que condicionen trombosis venosa.
  7. Con base en un metanálisis del NCI se ha concluido que los abortos espontáneos NO aumentan la probabilidad de cáncer mamario.
  8. La incidencia de cáncer en adolescentes es muy baja (menos de un caso en cien mil mujeres hasta los 24 años) y no hay ninguna evidencia que suponga que el “piercing” en los pezones, los implantes mamarios, la mastopatía fibroquística o el uso limitado de anticonceptivos aumente el riesgo de padecerlo.

Como pueden apreciar, este enemigo reptante está al acecho, pero no es imbatible. Es trabajo del médico y su paciente alertar sobre los condicionantes, sean genéticos, hormonales o tóxicos, que lo hacen más proclive. Lo ominoso no es el mal, sino la insensatez para ejercerlo.

Tras preguntarle si me permite explorarla (nada es implícito en la clínica), recorro su mama con delicadeza y palpo el nódulo, clamando muerte, multiplicándose. La biopsia es inminente y tendremos que afrontar juntos la mutilación que salvará su vida pero a la vez quebrantará su feminidad para siempre.

– Vístase con calma, Esmeralda. Tenemos que platicar – le digo, quitándome los guantes y mirándola al tiempo con deferencia.

Me recluyo en mi oficina, en tanto me armo de entereza para transmitir la sospecha de malignidad y no resbalar en las aguas pantanosas del infortunio. Toda paciente que encara lo inefable merece prudencia, consideración  ante sus creencias y expectativas, y la cordura elemental para sopesar sus fantasías con respeto. Si no es así, ¿de qué sirve entonces la relación terapéutica?

El infierno está vacío

El infierno está vacío

para Gonzalo y Gemma, afectuosamente  

Hell is empty and

All the devils are here…

(Ariel to Prospero,

The Tempest; scene 1)

Un cielo de invierno me cobija. Incluso las alondras piaron con timidez esta mañana y las tórtolas se guarecen bajo el sol tenue y escanciado. He notado que me falla la memoria – ¡al menos lo noto! -, que se disipan nombres, incidentes, remembranzas de poco peso. Olvido las llaves, abotonarme la camisa, echar candado al zaguán o la razón de acudir al mercado hasta que me descubro cargando una canasta vacía y una lista borroneada durante la víspera.
Pero mantengo la calma, de nada sirve la histeria cuando alguien te señala que llevas calcetines dispares o no te has peinado. He aprendido a trashumar con ese velo de invisibilidad que me permite entrar y salir de cualquier reunión sin que me reconozcan. Hace años que no me debo a nadie.
La semana pasada sucedió algo portentoso. Un hombre joven me abordó en la calle armado con un puñal. Lo vi acercarse embozado en una chaqueta con gorro a unos cuarenta metros, saliendo del umbral de un viejo edificio en ruinas que flanquea mi camino diario. Llevaba las manos en los bolsillos y caminaba franco, con evidente tensión en los músculos y el paso. Dejé que se aproximara hasta verle los ojos ardientes, encendidos de rabia contra todo, como un demonio. En el instante en que se cruzaron nuestras miradas, blandió el cuchillo con el puño crispado y profirió varios insultos que escuché como ladridos sin coherencia, aullados con todo el resentimiento social que acarrea desde su infancia ruin y arrebatada.
Di unos pasos hacia atrás, y me dejé caer hacia un lado, llevándome la mano al pecho. Él se quedó pasmado y ahora sí descubrí sus facciones, una cicatriz en la mejilla izquierda, corte de pelo al ras y la nariz desfigurada como un boxeador que ha perdido todas las batallas. Ante su desconcierto, saqué el arma y disparé, buscando el corazón para no desfigurarlo más.
Había poca gente en la acera de enfrente, pero nadie se detuvo hasta que oyeron las detonaciones. El chico soltó el arma y cayó desplomado chorreando sangre por el pecho, los ojos – antes embravecidos – ahora inertes en una súplica de agonía. Me incorporé y lo miré sin piedad alguna mientras se desangraba. En ambos lados de la avenida, la gente se aglomeraba lentamente para presenciar la escena, sin atreverse a intervenir. Alguien a mis espaldas gritó: “¡Llamen a la policía!” y en ese instante caí en cuenta de mi posición vulnerable. Me abrí paso entre los curiosos, pistola en ristre, y abordé de golpe un taxi que se detuvo para ver que sucedía entre aquel tumulto.
Varias personas exclamaron al unísono: “¡Deténganlo! ¡Asesino!” pero nadie se movió a tiempo salvo para amagar al auto que arrancaba. El hombre al volante (Germán, de acuerdo a su tarjetón con fotografía), me preguntó qué había pasado antes de indagar a dónde me dirigía. Le mentí, confiado de que no me había visto guardar el revólver: – Creo que se trata de un suicidio, ya sabe usted cómo es la gente. En lugar de ayudar, estorban.
A ello siguió una conversación bastante torpe respecto de la calidad humana. Me contó una anécdota irrisoria donde él había ayudado a sus vecinos en el reciente terremoto, dándose ínfulas de heroísmo. Cuando estaba por cambiar de tema, me percaté de que transitábamos por un rumbo desconocido, lejos de mi destino.
– ¿Qué haces, a dónde vamos? – le espeté, iracundo.
– ¡Ah! Perdone usted, señor. Aprovecho el viaje para recoger a mi señora, que acude a misa por este barrio. Enseguida retomo su ruta.
– Debiste preguntarme – dije, más atemperado.

El hombre inclinó la cabeza con humildad y renovó sus disculpas. Seguimos avanzando unos minutos y yo palpé el arma en mi cintura en caso de que la situación se complicara. La mujer estaba esperando en una bocacalle en penumbra. Me pareció un barrio marginal, con casuchas en desorden y ratas merodeando por los rincones: – Seguramente su iglesia es un galpón derruido – pensé, con desprecio.

Detuvo el taxi con cautela, para no rociarla de basura acumulada en el arroyo y, con afecto, la conminó a subir:- Apúrate, Eve, que tengo pasaje.
De pronto, la mujer abrió mi portezuela, ostentando una amplia sonrisa. Cuando iba a saludarla, se abalanzó súbitamente sobre mí y me clavó el punzón de dos golpes sucesivos en el costado. Antes de que pudiera reaccionar, el aire se me escapaba, y perdí la fuerza por completo. Entre jalones, los dos me desnudaron, se rieron de mi impotencia y se regocijaron al encontrar el arma y mi cartera henchida de billetes. Tras golpearme el rostro abusiva y repetidamente, me arrojaron en un canal abandonado para que contemplara la muerte.
– ¿Porqué no le diste un tiro de gracia, Germán? ¿Qué tal si lo encuentran? – preguntó Evelia, contando el dinero y descifrando la marca del reloj.
– Cuando lo encuentren, será un cadaver, no seas ridícula. Como si fuese la primera vez…
Al voltear para increparla, Germán descuida el volante. De súbito, repara en la sombra que se atraviesa frente al coche. Gira brutalmente la dirección pero no puede evitar arrollar al transeúnte que se ve catapultado hacia los autos que vienen en sentido contrario.
La pareja de asaltantes, sin control, choca a gran velocidad contra un muro y un árbol que cae destrozado por el impacto. Una nube de vapor escapa del capó doblado, se derrama el aceite por doquier y del parabrisas en fragmentos emerge el torso exánime de la mujer, quien retiene en el puño aplastado el reloj de oro.
Los primeros peatones se acercan con miedo al taxi humeante y destartalado, en tanto que otros auxilian al hombre que yace en el asfalto.
Sin mediar palabra, un chico – con gorra deportiva y pantalones rotos – arranca el reloj de la señora agónica y corre con él hasta desaparecer en los callejones aledaños. Dos más – probablemente sus cómplices – se lanzan al asiento delantero para hurtar los billetes regados en las vestiduras con sangre.
La escena es tan macabra que los asistentes son incapaces de reaccionar. El único que emprende una acción violenta e inesperada es Germán, que con el tórax atrapado por el volante, se incorpora a medias y hiere de muerte a uno de los ladronzuelos.

– Todo ocurrió con tal rapidez y locura que me quedé atónito frente al cuerpo comprimido del conductor, quien tras disparar la pistola, exhaló su última bocanada de baba ensangrentada.

El usurero está reclinado con los codos a sus anchas en la barra de la cantina; ante sí el tercer vaso de Johnny Walker’s. El aire espeso de tabaco nos envuelve.

– ¿Se quedó usted a declarar a la policía? ¿Qué pasó con los otros rateros? – inquiero, alarmado de que tales crímenes queden impunes.

Desde el otro rincón de la barra, el cantinero – un tipo rudo con tatuajes en los antebrazos, que gruñe en vez de asentir- nos observa con recelo, mientras seca los tarros de cerveza. Debemos resultar bastante conspicuos, hablando de crímenes y bebiendo como dos cómplices de la vileza de nuestros congéneres.

– Desde luego que no – responde, engullendo el licor con todo y hielos -. Bastante problema tengo con mis deudores. No está usted para saberlo, pero esta tarde tuve que desalojar a una familia que aduce que su padre, un jubilado decrépito e irresponsable, sufrió hace unos días un secuestro. Lo apuñalaron y abandonaron en un barrio de mala muerte. Insisten en que lo perdió todo, ¡imagínese que arrogancia! ¡Tratar de engañarme a mi con ese cuento!

Estoy por indagar más detalles, aburrido de mi vida y de la suya, bastante ebrio, pero me distrae un enorme perro negro que pasa frente a la entrada. Parece que la bestia me conoce, horror, pues se detiene a mirarme, jadeante y con la lengua de fuera. Un escalofrío me recorre la espalda. La atmósfera se infecta, puedo sentir la asfixia; se avecina una tragedia.

Fumando espero…

Fumando espero…

Play it again, Sam” podría decir un melancólico Humphrey Bogart, su eterna colilla pendiendo del labio; mientras Greta Garbo, esculpida en seda, largaba el humo en la noche con implacable sensualidad.

Pocos productos han causado tanto revuelo y convocado tantas regulaciones sanitarias como el tabaco. Esa droga permitida que se vincula al espejismo de autonomía y que hace de la adicción lo cotidiano. ¿De qué se trata este idilio narcótico con el tabaco?

La relación con el tabaco empezó mal, porque el primer europeo que lo consumió, Rodrigo de Jerez, miembro de la flotilla de Cristóbal Colón, fue denunciado por su esposa a la Inquisición como “un hombre vicioso, que traga fuego, exhala humo y está poseído por el diablo”. El rey Felipe II, intrigado ante el fervor de los indígenas americanos por mascar hojas de tabaco, envió a un médico, Francisco Fernández, para que trajera hojas y semillas en 1558. Un año después, Jean Nicot (de cuyo nombre deriva la nicotina), embajador francés en Portugal, lo introdujo en la corte de Catalina de Medici, quien adujo que esta planta portentosa le curaba sus migrañas.

El consumo excesivo del tabaco se remonta a principios del Siglo XVII en Europa, donde la llamada “bebida seca” ya se había difundido por sus propiedades adictivas entre la nobleza. Las pipas se convirtieron en una insignia de lujo y los doctores prescribían el tabaco como remedio en bálsamos y pastillas, para tratar síntomas tan dispares como el hipo, la imbecilidad, la ictericia y la fatiga. Los cigarrillos, en contraste, fueron diseñados por los mendigos de Sevilla en papel de desecho, a falta de recursos para adquirir las afamadas cachimbas o para liarlos en materiales más finos.

Más tarde, el Imperio Británico hizo del cultivo del tabaco en las colonias norteamericanas una fuente de ingresos formidable, además de un paradigma de esclavitud y sometimiento industrial. Tanto, que uno de los actos subversivos que marcaron la Independencia de los Estados Unidos fue la quema simbólica de los cargueros ingleses. Pero el vicio se había implantado ya entre los colonos de América.

La manufactura de cigarrillos, embrión de la actual industria tabacalera, empezó en forma durante la Guerra Civil norteamericana (1861 – 1865), cuando los productores turcos y griegos afincados en Nueva York empezaron a liar tabaco importado para los terratenientes. Su popularidad remontó al de pipa y puro hasta 1950, cuando los cigarrillos, impulsados por la propaganda de la posguerra, pero sobre todo desde las películas de Hollywood, constituyeron al fin el 80% del consumo masivo. En cuanto a la producción, las cifras son escandalosas: un taller artesanal de mediados del siglo XIX podía forjar hasta 18,000 cigarrillos por semana, pero la revolución industrial dio el gran salto. Para 1895, se producían cuatro mil millones (!!) anuales de cigarrillos, que escalaron a 124 mil millones después de la primera Guerra Mundial. El maridaje del tabaco (así como otras adicciones) y la industria bélica no deja de ser llamativo.

En 1970, favorecida por el consumo entre los jóvenes y a pesar de la primera advertencia sanitaria sobre sus efectos nocivos (que data de 1964), la producción de cigarrillos, sólo en Estados Unidos, rebasó el medio billón. Hoy, una sola compañía, tan famosa por sus atávicas campañas como por la muerte de sus prototipos*, genera para el consumo de “su mundo Marlboro” más de 100 mil millones de cajetillas al año. A contramano, el Senado norteamericano pasó en 2009 la legislación más exhaustiva de su historia respecto del tabaquismo, lo que supuso una cierta desilusión, pues se confiaba en que las mayores restricciones en su venta, composición y distribución abrogaría el consumo entre adolescentes. Por supuesto, las compañías tabacaleras, uno de los lobbies más poderosos del mundo, encontraron la manera de subvertir tales impedimentos con modelos más sutiles de seducción y campañas que solapan lo políticamente correcto. Desde el origen de los tiempos, siempre habrá quien satisfaga el hambre de muerte, como el anhelo de luz a un invidente.

Para quienes todavía sienten la necesidad de prender un cigarrito, expongo otros datos reveladores. El cáncer pulmonar es la principal causa de muerte por neoplasia maligna en el mundo. Las dos formas más frecuentes son el carcinoma de células pequeñas (15%) y el carcinoma de células no-pequeñas (cerca del 85% de los casos). A pesar de su detección temprana, la mortalidad y su diseminación son un grave problema de salud. ¿La razón? El consumo de tabaco sigue siendo el factor único más vinculado a los tres tipos histológicos de cáncer pulmonar: el de células escamosas, el de células grandes y el adenocarcinoma, en ese orden. Existe suficiente evidencia clínica y molecular para relacionar el consumo de cigarrillos, puros y pipa con la transformación molecular que conduce a cáncer de laringe, cavidad oral, esófago, páncreas, estómago, riñón, vejiga, cérvix uterino y leucemia aguda mieloide.

Estamos ante una situación compleja. Por un lado, una presión mercantil e industrial para incentivar el consumo permanente de una sustancia, que por su potencial adictivo, es una mina de oro entre los nuevos fumadores (de ahí la intensidad cautivadora de las campañas orientadas a jóvenes). Por otro lado, los efectos a largo plazo del consumo de tabaco no se aprecian suficientemente. Muchas evidencias epidemiológicas muestran que los fumadores jóvenes – quienes se iniciaron en la adolescencia – reducen su expectativa de vida 20 a 25 años, y que, cuando cumplan 40 tendrán un riesgo 5 veces mayor que sus coetáneos no fumadores de morir de infarto cardiaco prematuro. Eso sin importar su peso, su trabajo, su vida conyugal o su gusto por el ejercicio.

La mitad de las defunciones atribuibles al tabaquismo ocurren entre los 35 y 65 años de edad, lo que supone la principal causa de muerte en adultos de edad media en los países industrializados. En los países pobres, el panorama es peor, porque el hábito del cigarro (y su entorno social) compensa muchas otras actividades recreativas que no están disponibles, por falta de educación para la salud o sencillamente, por falta de ingresos y oportunidades. La cultura del tabaco es dominante: penetra los sitios de reunión de los adolescentes, los vincula solidariamente con el riesgo y el desafío; invade los antros, los salones de juego, los espacios públicos (ahora rincones donde la identificación entre fumadores se reconoce), y se condensa en torno a las mesas de muchos espectáculos.

Hoy es más riesgoso fumar que hace tres décadas. El movimiento para disminuir el alquitrán de los cigarrillos (los célebres low-tar cigarrettes) promovido en los años 1960s ha tenido consecuencias inesperadas, afirman diversos científicos. Un estudio multiccéntrico que analizó las tendencias de fumadores en Estados Unidos y Australia, demostró que la incidencia del adenocarcinoma pulmonar (tradicionalmente, el cáncer menos vinculado al consumo de tabaco) aumentó hasta convertirse en el 70% de los nuevos cánceres diagnosticados en Estados Unidos, no así en Australia, donde permanece por debajo del 40%. Ello se debe a que los marcas norteamericanas contienen más de 20% de nitrosamina, un conocido cancerígeno, en comparación a los cigarros australianos. Además, se sabe que los fumadores de cigarrillos “bajos en nicotina” tienden a inhalar con mayor fuerza, compensando la cantidad de radicales libres y otros tóxicos que incorporan a sus tejidos, como se puede advertir en sus desechos urinarios. A continuación unos cuantos datos crudos:

  • El cigarrillo tiene 92% componente gaseoso y 8% componente sólido (tar).
  • Fase de brea > 1017 radicales libres por gramo.
  • Fase gaseosa > 1015 radicales libres por fumada.
  • Causa daño oxidativo creciente en el epitelio pulmonar y despulimiento de moléculas sobre el endotelio vascular.
  • Promueve la peroxidación de lípidos, induce mutagénesis celular y aumento de fibrinógeno (que favorece la microtrombosis arterial).

Para colmo, ahora sufrimos el alud de los E-cigarrettes, verdaderos petardos de toxicidad que han demostrado reiteradamente que acarrean riesgos a la salud de todo aquel que pretende “fumar menos y sin darle el golpe”. Eufemismos aparte, toda adicción es un síntoma. De carencia de afecto, de ansiedad compulsiva, de oquedad, de goce profundamente insatisfecho o simple tendencia hacia el abismo. Mientras no encontramos el remanso en el anhelo de vivir – con todas sus limitaciones y desencantos – como respuesta a nuestra esencial fragilidad, habrá siempre en el afuera algo que nos haga sentir que somos giralda de tormentas.

(* Tres de los personajes que protagonizaron al hombre Marlboro: Don McLaren, David McLean y Dick Hammer, murieron de cáncer pulmonar, lo que derivó en que los Marlboro rojos se bautizaran como “Cowboy Killers”).

PS. Una nota más dirigida a los escépticos o quienes aducen “fumar sólo socialmente”. Este metanálisis reciente del BMJ (http://www.bmj.com/content/360/bmj.j5855) demuestra que aún en cantidades mínimas, fumar tabaco es un suicidio.