para Gonzalo y Gemma, afectuosamente  

Hell is empty and

All the devils are here…

(Ariel to Prospero,

The Tempest; scene 1)

Un cielo de invierno me cobija. Incluso las alondras piaron con timidez esta mañana y las tórtolas se guarecen bajo el sol tenue y escanciado. He notado que me falla la memoria – ¡al menos lo noto! -, que se disipan nombres, incidentes, remembranzas de poco peso. Olvido las llaves, abotonarme la camisa, echar candado al zaguán o la razón de acudir al mercado hasta que me descubro cargando una canasta vacía y una lista borroneada durante la víspera.
Pero mantengo la calma, de nada sirve la histeria cuando alguien te señala que llevas calcetines dispares o no te has peinado. He aprendido a trashumar con ese velo de invisibilidad que me permite entrar y salir de cualquier reunión sin que me reconozcan. Hace años que no me debo a nadie.
La semana pasada sucedió algo portentoso. Un hombre joven me abordó en la calle armado con un puñal. Lo vi acercarse embozado en una chaqueta con gorro a unos cuarenta metros, saliendo del umbral de un viejo edificio en ruinas que flanquea mi camino diario. Llevaba las manos en los bolsillos y caminaba franco, con evidente tensión en los músculos y el paso. Dejé que se aproximara hasta verle los ojos ardientes, encendidos de rabia contra todo, como un demonio. En el instante en que se cruzaron nuestras miradas, blandió el cuchillo con el puño crispado y profirió varios insultos que escuché como ladridos sin coherencia, aullados con todo el resentimiento social que acarrea desde su infancia ruin y arrebatada.
Di unos pasos hacia atrás, y me dejé caer hacia un lado, llevándome la mano al pecho. Él se quedó pasmado y ahora sí descubrí sus facciones, una cicatriz en la mejilla izquierda, corte de pelo al ras y la nariz desfigurada como un boxeador que ha perdido todas las batallas. Ante su desconcierto, saqué el arma y disparé, buscando el corazón para no desfigurarlo más.
Había poca gente en la acera de enfrente, pero nadie se detuvo hasta que oyeron las detonaciones. El chico soltó el arma y cayó desplomado chorreando sangre por el pecho, los ojos – antes embravecidos – ahora inertes en una súplica de agonía. Me incorporé y lo miré sin piedad alguna mientras se desangraba. En ambos lados de la avenida, la gente se aglomeraba lentamente para presenciar la escena, sin atreverse a intervenir. Alguien a mis espaldas gritó: “¡Llamen a la policía!” y en ese instante caí en cuenta de mi posición vulnerable. Me abrí paso entre los curiosos, pistola en ristre, y abordé de golpe un taxi que se detuvo para ver que sucedía entre aquel tumulto.
Varias personas exclamaron al unísono: “¡Deténganlo! ¡Asesino!” pero nadie se movió a tiempo salvo para amagar al auto que arrancaba. El hombre al volante (Germán, de acuerdo a su tarjetón con fotografía), me preguntó qué había pasado antes de indagar a dónde me dirigía. Le mentí, confiado de que no me había visto guardar el revólver: – Creo que se trata de un suicidio, ya sabe usted cómo es la gente. En lugar de ayudar, estorban.
A ello siguió una conversación bastante torpe respecto de la calidad humana. Me contó una anécdota irrisoria donde él había ayudado a sus vecinos en el reciente terremoto, dándose ínfulas de heroísmo. Cuando estaba por cambiar de tema, me percaté de que transitábamos por un rumbo desconocido, lejos de mi destino.
– ¿Qué haces, a dónde vamos? – le espeté, iracundo.
– ¡Ah! Perdone usted, señor. Aprovecho el viaje para recoger a mi señora, que acude a misa por este barrio. Enseguida retomo su ruta.
– Debiste preguntarme – dije, más atemperado.

El hombre inclinó la cabeza con humildad y renovó sus disculpas. Seguimos avanzando unos minutos y yo palpé el arma en mi cintura en caso de que la situación se complicara. La mujer estaba esperando en una bocacalle en penumbra. Me pareció un barrio marginal, con casuchas en desorden y ratas merodeando por los rincones: – Seguramente su iglesia es un galpón derruido – pensé, con desprecio.

Detuvo el taxi con cautela, para no rociarla de basura acumulada en el arroyo y, con afecto, la conminó a subir:- Apúrate, Eve, que tengo pasaje.
De pronto, la mujer abrió mi portezuela, ostentando una amplia sonrisa. Cuando iba a saludarla, se abalanzó súbitamente sobre mí y me clavó el punzón de dos golpes sucesivos en el costado. Antes de que pudiera reaccionar, el aire se me escapaba, y perdí la fuerza por completo. Entre jalones, los dos me desnudaron, se rieron de mi impotencia y se regocijaron al encontrar el arma y mi cartera henchida de billetes. Tras golpearme el rostro abusiva y repetidamente, me arrojaron en un canal abandonado para que contemplara la muerte.
– ¿Porqué no le diste un tiro de gracia, Germán? ¿Qué tal si lo encuentran? – preguntó Evelia, contando el dinero y descifrando la marca del reloj.
– Cuando lo encuentren, será un cadaver, no seas ridícula. Como si fuese la primera vez…
Al voltear para increparla, Germán descuida el volante. De súbito, repara en la sombra que se atraviesa frente al coche. Gira brutalmente la dirección pero no puede evitar arrollar al transeúnte que se ve catapultado hacia los autos que vienen en sentido contrario.
La pareja de asaltantes, sin control, choca a gran velocidad contra un muro y un árbol que cae destrozado por el impacto. Una nube de vapor escapa del capó doblado, se derrama el aceite por doquier y del parabrisas en fragmentos emerge el torso exánime de la mujer, quien retiene en el puño aplastado el reloj de oro.
Los primeros peatones se acercan con miedo al taxi humeante y destartalado, en tanto que otros auxilian al hombre que yace en el asfalto.
Sin mediar palabra, un chico – con gorra deportiva y pantalones rotos – arranca el reloj de la señora agónica y corre con él hasta desaparecer en los callejones aledaños. Dos más – probablemente sus cómplices – se lanzan al asiento delantero para hurtar los billetes regados en las vestiduras con sangre.
La escena es tan macabra que los asistentes son incapaces de reaccionar. El único que emprende una acción violenta e inesperada es Germán, que con el tórax atrapado por el volante, se incorpora a medias y hiere de muerte a uno de los ladronzuelos.

– Todo ocurrió con tal rapidez y locura que me quedé atónito frente al cuerpo comprimido del conductor, quien tras disparar la pistola, exhaló su última bocanada de baba ensangrentada.

El usurero está reclinado con los codos a sus anchas en la barra de la cantina; ante sí el tercer vaso de Johnny Walker’s. El aire espeso de tabaco nos envuelve.

– ¿Se quedó usted a declarar a la policía? ¿Qué pasó con los otros rateros? – inquiero, alarmado de que tales crímenes queden impunes.

Desde el otro rincón de la barra, el cantinero – un tipo rudo con tatuajes en los antebrazos, que gruñe en vez de asentir- nos observa con recelo, mientras seca los tarros de cerveza. Debemos resultar bastante conspicuos, hablando de crímenes y bebiendo como dos cómplices de la vileza de nuestros congéneres.

– Desde luego que no – responde, engullendo el licor con todo y hielos -. Bastante problema tengo con mis deudores. No está usted para saberlo, pero esta tarde tuve que desalojar a una familia que aduce que su padre, un jubilado decrépito e irresponsable, sufrió hace unos días un secuestro. Lo apuñalaron y abandonaron en un barrio de mala muerte. Insisten en que lo perdió todo, ¡imagínese que arrogancia! ¡Tratar de engañarme a mi con ese cuento!

Estoy por indagar más detalles, aburrido de mi vida y de la suya, bastante ebrio, pero me distrae un enorme perro negro que pasa frente a la entrada. Parece que la bestia me conoce, horror, pues se detiene a mirarme, jadeante y con la lengua de fuera. Un escalofrío me recorre la espalda. La atmósfera se infecta, puedo sentir la asfixia; se avecina una tragedia.

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