Seguidor de Julian Barnes, me recargo en su última novela (*), escrita en prosa exquisita, para trazar la historia de un romance que me contó – síntoma principal – una paciente con aire de tormento. La idea no es hacer una apología de este relato, sino emplearla con toda discreción e ilustrar así las dificultades que atraviesan los adolescentes para encontrar el sendero estable de la sexualidad.

Matilde – la llamaremos – es una joven de 22 años, de ojos inquietos y dos pinceladas por labios, delgada hasta la languidez, que arrastra su duelo como un atavío. Conoció a Patricio en la secundaria pero, siempre tímida, merodeó por su campo visual durante varios años hasta que su desarrollo físico la hizo más y más atractiva. Algo mayor que ella, él la trató al principio como una niña, un tanto indiferente, otro tanto altanero, pero sin perder la cercanía. Se alejaron temporalmente cuando él se fue al extranjero y ella optó por concluir sus estudios para decantarse por la literatura clásica. Las orillas se complicaron con marejadas, porque Patricio, en su búsqueda irredenta, cayó presa de las drogas – cada vez más próximo al abismo – mientras que Matilde vivía sus propias tragedias en el hogar familiar.

Cuando las puertas se cerraron en Perugia, el joven regresó abatido por una pericarditis que se catalogó de origen viral (en buena medida procurada por sus hábitos nocivos), armado con una dotación de poesía mediocre, hablando con fluidez el italiano y dispuesto a retomar la vida con menos contingencia.

Una rara inclinación, tal vez una pulsión que lo salvó de más de un descalabro, lo orientaron a la escuela de enfermería. “Quería salvar vidas” – recuerda Matilde, con una mueca de desilusión. “No lo vi a su llegada, pero estuve atenta, lo añoraba”. Al escucharla pienso por un momento en la raíz etimológica de la nostalgia: dolor de ausencia, ansia del regreso.

Siguiendo destinos paralelos, estudiaban a menos de tres kilómetros aparte, percibiéndose, haciéndose las mismas preguntas, pero sin coincidir. Por fin, una tarde veraniega, de esas que se debaten entre lluvia y ráfagas de sol apremiante, ella se animó a visitarlo en la clínica.

  • Fue un reencuentro atropellado – indica Matilde, mirando en lontananza a través de mi ventana. – Me llamó con el pretexto de haberme soñado y, cuando arribé al hospital, me sorprendió cuánto lo deslumbré. Ni yo misma me había percatado de que era capaz de despertar esa excitación en un hombre.

Ciertamente, Matilde es una chica muy bella, reconozco al atenderla. Sus ojos verdes, que brillan a pesar de la tristeza, se encienden cuando habla y la develan como una mujer refinada, bien plantada, y seductoramente femenina. El cabello – de un negro rotundo – y recogido en una cola, ofrece un rostro de iconografía, de esos que uno se resiste a evocar. Puedo imaginar que para un muchacho de su edad, su belleza fuese todo un descubrimiento. Como salir de la sombra de una adolescencia de rastrojos y árboles caídos, al claro de un bosque encantado.

Con ojos entrecerrados, sumergida en la calidez de sus remembranzas, Matilde me relata que ese primer momento dio paso a una pasión vertiginosa. Deja de lado su timidez para contarme cómo se besaban en los lugares públicos, ajenos a las miradas y la vergüenza. Cómo caminaban tomados de la mano hacia su fonda favorita y compartían las viandas y el vino barato desatentos al ritmo de los otros; meseros, comensales o caras conocidas que se difuminaban en su abrazo recurrente, en su sed del otro, en su deseo. Cautivados por la inteligencia y la ligereza mutuas, se prometieron amarse “hasta el horizonte” – bromeaba él, remedando los viejos Westerns – , leerse las mismas novelas (de preferencia McEwan, Modiano y Elena Ferrante en dos idiomas), empuñar las mismas convicciones y viajar juntos, allí donde el mar desnuda a los que vacilan. Hicieron el amor en la penumbra de una oficina, en el asiento de un coche, a pleno día, burlándose del puritanismo de un mundo que no los admitía. En un arrobo, dijo él que gestarían tres hijos, una casa de campo, tiempo para crecer sin reveses, horarios protegidos para destejer su obra maestra y un balcón bien amplio para ungir de café cada domingo.

  • Pero no pudo ser – implora, con voz entrecortada por el sollozo. – Pato se marchó, tomó un derrotero que ambos sabíamos que era insalvable. Como si un océano nos separara, a pesar de todos los momios que habíamos hecho coincidir.

Y uno, en efecto, puede suponer que es una historia que ha oído en otras muchas variantes: – Against all odds – me viene a la mente. Pero eso es un descrédito inaceptable. Las lágrimas de Matilde son únicas, sin réplica. Su pérdida es la de una Penélope que ya no aspira al regreso de su compañero, y no porque las sirenas se lo hubiesen arrebatado, no. Tampoco porque haya sido carne de lestrigones o cíclopes hambrientos. Metáforas aparte, una miocarditis mal diagnosticada dio lugar al Lupus, enfermedad que se atrevieron a negar hasta que Patricio, una noche que escuchaban a Mark Knopfler (mi otro novio, chanceaba ella), expectoró sangre con un rugido de tos.

Los días siguientes fueron su calvario. Terapia Intensiva, inmunosupresores que conjuraban la autoinmunidad pero que acarrearon infecciones, tejidos infectados que dejaron de responder y trajeron a su vez ese vendaval que los doctores denominaron “falla multiórganica”.

Los amigos acudieron a donar sangre y montaron guardia permanente en la sala de espera. Ágatha, su “roomie”, vino a acompañarla, pero cayó muda de temor y sólo supo orar en silencio. Todo en vano. En medio de tal huracán de emociones y tropiezos,  aparecieron unos padrastros surgidos de la nada – vociferantes, repulsivos -; con ellos la sentencia de muerte y la respiración de su amado Pato, que se agotaba perceptiblemente, llevándose sus besos y su risa.

  •  Las exequias fueron de pesadilla – resume -, como si un gran manto de oscuridad sepultara aquella devoción, las madrugadas de sábanas revueltas, los tragos de tequila que antecedían a nuestros desvaríos y el ronroneo de las bestias, que se alertagaban sólo de sabernos tan íntimos, tan briosos.

Se retiró de la funeraria antes de que lo cremaran; “no hay ceniza que retenga su aliento ni el perfume de su piel y menos aún el vigor con que se injertaba tan adentro de mi cuerpo” – me dice, conteniendo el llanto, detrás de muchas humedades.

Apelo a esta mujer, desde su prematura viudez, para acogerla, porque no tengo palabras de consuelo que siembren luz en su vacío. Se me ocurre aquello de que “la sombra del objeto cae…”, pero me lo guardo por respeto a su lucidez, a la oquedad que percibo. Puedo fantasearlos de perfil contra una pared opaca, los dedos acaso entrelazados; ella va detrás, tratando de achicar su prisa por tragarse la existencia de un bocado, ansioso y desafiando fronteras.

Tras varios desaciertos, me limito a decir que aquí podrá condolerse hasta que su conmoción adquiera forma y pueda representarse, más allá de los sepulcros y la ausencia. Que estaré atento, no sólo conmiserativo o empático, que de nada sirve. Consigo con ello despertar su ingenuidad de niña, un gesto regresivo que pretende entender cómo es que todo lo que se sueña termina por desvanecerse.

  •   ¿Verdad que cuando una dice “mi amor”, así, en un suspiro inconsciente, algún ángel bate sus alas y la eternidad escucha?

Una voz atávica me conminó a tomarla de las manos, a cobijar su desamparo. Por supuesto, me contuve. Creo que asentí sin meditarlo mucho, carente de otro idioma.

Recordamos el pasado con candor porque valida nuestra existencia de un modo u otro. En retrospectiva, no todos los reordenamientos de la vida son tan oportunos. Nos columpiamos en el amor impasibles ante la falta de una red que atenúe cualquier caída. De eso se trata; extender las alas y confiar que el viento sople por ventura, más allá de todo infortunio. A ciegas, bajo el mar y sin aliento, donde la luz se derrame en haces y el tiempo se detenga y ondule, lento y armonioso.

Me pregunto, al atestiguar su drama, su quebranto, si somos fruto solamente de lo inevitable o a veces, por destellos, nos guía una chispa de voluntad. Somos la inercia del impulso, la saeta insospechada de nuestra prehistoria. ¿Acaso podemos torcerle el apremio al deseo?

Pensé que nada termina ni se olvida si nos ha tocado tan profundo. Uno deambula lesionado y conserva en secreto la merma – no por pudor, ni siquiera por vigencia – para no herir a otros.

La tarde se opacaba mediante un manto de nubes que hacían más pesarosa nuestra entrevista. Después de un prolongado silencio, escuchándola suspirar entre lágrimas, la miré con indulgencia y le propuse vernos en unos días, cuando el dolor le permita asomarse a través de las sombras y yo, por mi lado, sepa qué hacer con tanta pena.

* “The only story” de Julian Barnes, se publicó en Gran Bretaña por Jonathan Cape el primero de Febrero de este 2018. En la contraportada del libro se puede leer la célebre frase del poeta Alfred Lord Tennyson que el autor retoma para sí: ‘Tis better to have loved and lost than never to have loved at all.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s