Oda al aire

Oda al aire

Ven, no corras, ciclón, trueno de brujas:

Soplo que fuerza, viento que llaga;

Imperativo, ingobernable, elusivo y tiránico,

Brisa salvaje, encarnizada.

Fuerza del norte, Borasco del mar de medianía, 

Torbellino, tramontana,

Céfiro que busca el sol,

Cordonazo inesperado,

Aire suculento y anhelado.

Haúr que aúllas sobre las estepas,

Gregal de los Balcanes lacerados,

Kamasaka que rasgas como un cuchillo, 

Leste rojo de las Canarias

– vaporosa alfombra con sus silbidos -.

Huracán que azotas las palmeras y caminos, 

Lombarda de los Alpes que reclamas el estío;

Medina de la orilla del mundo, 

Santa Ana de su precipicio.

Levante que traes los guijarros, 

Siroco del Magreb que desquicias a los vivos;

Y tú, vendaval enrarecido, tráeme ese golpe de sangre

En esta hora que ahoga y no acierto a batir las alas…

El corazón más oscuro

El corazón más oscuro

Los tiranos conducen monólogos por encima de un millón de soledades
Albert Camus

Nevaba esa tarde en Berlín y el anfitrión, Otto von Bismarck, podía saborear el pastel que se repartirían los poderes de Europa. El continente oscuro, como se le conocía desde la Edad Media, quedaba trazado por los límites de la voracidad. Tras bambalinas, los agentes del rey Leopoldo II de Bélgica ataban los cabos para adjudicarse la cuenca del Río Congo y sus tributarios; un territorio que abarcó treinta mil kilómetros cuadrados, setenta y siete veces más grande que su modesto reino y comparable a un tercio de la superficie de Norteamérica.

Durante los dos años que precedieron a esa cumbre de invierno en 1884, el astuto rey había cabildeado con lisonjas y regalos a los gobiernos de Francia, Alemania y Estados Unidos para obtener su aprobación. Cegados por su propia avaricia y la rivalidad imperial con las otras potencias, todos (el presidente Chester Arthur, el primer ministro Jules Ferry y el propio Canciller von Bismarck) cayeron en las redes de Leopoldo.

De manera sutil y aprovechando sus alianzas y deudores, Leopoldo II, a la sazón dueño y “Regente del estado libre del Congo” se nutrió de la avidez de algunas empresas privadas que obtendrían parte del festín de insumos naturales que abundaban en el centro de África. Siempre con una tajada jugosa para el rey, no menor del 50% de sus ganancias.

A sus casi cincuenta años, Leopoldo era un sagaz manipulador de ojos penetrantes y larga barba. Nunca puso un pie en África y sin embargo, fue el tirano más poderoso que ultrajara la vida de la población nativa y los recursos de ese continente. Su artífice y testaferro fue Sir Henry Morton Stanley, un explorador galés que con lujo de violencia se abrió paso desde el delta del río Congo hasta el este del continente, arrasando villas y sobornando jefes tribales para ganarse el vastísimo territorio de su patrocinador.

Además de implementar por primera vez las ametralladoras y los barcos de vapor, sus huestes inventaron el chicotte, un látigo recortado de las ancas de hipopótamo con el que azotaban a los esclavos que se sublevaban o tropezaban al acarrear sus pertrechos. De manera perversa se anticiparon a los kapos que patrullaban los campos de concentración nazi, autorizando a los propios congoleses (cuya aversión tribal se habría agudizado con la sujeción al poder blanco) para que castigaran con el infame chicote a sus coterráneos. Amparado con el eufemismo de su “proyecto filantrópico”, Leopoldo creó un ejército de mercenarios (la llamada Force Publique) que contaba casi veinte mil hombres ubicados en guarniciones a lo largo y ancho del territorio conquistado. Sus excesos contra las tribus autóctonas (Sanga, Boa, Luba, Chokwe, Budja y tantas otras) son un horrendo precedente del Holocausto y las matanzas en Rwanda un siglo después. Los niños de esas etnias fueron reclutados como ganado durante dos largas décadas para dejarlos en manos de misioneros católicos y reubicarlos para poblar zonas designadas por el rey. Muchos de ellos huérfanos en el sentido de que sus padres habían sido asesinados por las balas de la Force Publique.

En medio de toda esta historia, un joven emprendedor de origen polaco, Konrad Korzeniowski, estaba convencido del valor civilizatorio que el rey Leopoldo había instrumentado para el continente negro. Así, se embarcó como oficial de un naviero mercante – el Roi des Belges– para conocer y auxiliar en tan noble empresa.  Su travesía duró seis meses, hasta que renunció a la comandancia del barco, harto de las atrocidades que atestiguó en el Congo belga. Su relato de este desafío, transformado en una novela de 144 páginas bajo el nom de guerre Joseph Conrad, es el epítome con el que se infirieron durante buena parte del siglo XX los motivos y monstruosidades de Leopoldo II en África central. Su narrador, Marlow (el alter ego de Conrad), describe su llegada a Stanley Pool con la elocuencia de un viajero que no esperaba tanta oscuridad:

“Remontar ese río era como volver en el tiempo hasta sus orígenes, cuando la vegetación sublevaba la tierra y los árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era húmedo, denso, abrumador. No sentías el alivio del sol. Podías perder el rumbo en ese río como en un desierto y chocar contra sus bancos como embrujado y ausente de todo lo que hubieses conocido”.

El otro personaje central es Mr. Kurtz, un agente de la compañía naviera que se rodeaba de toneladas de marfil, a quien Marlow rastrea para rescatarlo y traerlo de vuelta de su salvajismo. La novela ha servido por ciento veinte años para reflexionar sobre el mal, el colonialismo, la ingenuidad victoriana y temas que rayan hasta Freud y las motivaciones inconscientes. La egregia película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now!), trasplantada a la guerra de Vietnam, es un tributo a la odisea de Conrad (Marlow) en busca de aquel navegante errático y sanguinario.

Pero se cree que el verdadero Kurtz fue un capitán de la Force Publique, León Rom, que comandaba la guarnición de Stanley Falls. Su expedición contra los grupos rebeldes que se oponían al imperialismo belga, resultó en una masacre de la que alardeó con ecos internacionales, colocando veintiún cabezas de sus súbditos como decoración al frente de su casa. Se aproximaba la Navidad de 1898 y Conrad, el escritor, navegante decepcionado de los asesinos blancos, leyó aquella espantosa descripción en The Saturday Review  de la capital británica. Acaso ese retrato siniestro le sirvió para concebir al despiadado Kurtz.

Como todos nosotros, Joseph Conrad reconoció el ultraje que hizo Leopoldo II en el Congo, describiendo a Kurtz en su lecho de muerte, cuando exclama: “The horror! The horror!”. Sin embargo, como argumentara el novelista nigeriano Chinua Achebe, el verdadero mensaje del libro debe ser: “Mantente fuera del África o sufre las consecuencias. Mr. Kurtz debió escuchar esta advertencia y el horror agazapado en su corazón hubiese permanecido encadenado a su madriguera. Pero se expuso al llamado irresistible de la selva y la oscuridad lo atrapó”.

Fue el descubrimiento de las viñas de hule, que ocupaban más de la mitad de la superficie del Congo, lo que despertó el desenfreno de los inversionistas extranjeros. El hallazgo de que el caucho podía suavizarse con azufre por Charles Goodyear (en 1839) apareado con la producción masiva de neumáticos por la compañía Dunlop en 1890, redundó en un éxito económico insospechado para el rey belga. Las dineros fluían a la calle Bréderobe, justo atrás del palacio imperial, auspiciadas por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company (ABIR) con ganancias de hasta 700% respecto de lo que se pagaba por su extracción con trabajo esclavizado.

Los pobladores de esos bosques tropicales se resistían a recoger la sabia pegajosa y a las formidables jornadas de trabajo en condiciones infrahumanas. Para obligarlos, los oficiales de las compañías europeas secuestraban a sus mujeres y niños, y enajenaban los alimentos del poblado. Tales “Consejos prácticos” redactados ulteriormente en un manual por el propio capitán Léon Brom y otros gobernantes del Congo, aludían a las frecuentes amputaciones de manos para quienes se cansaban de trabajar o la guillotina para aquel que no aportaba la cuota requerida.

El terror del hule, como se le conoció después, sirvió para financiar los excesos del rey. Parques, alamedas, estatuas y galerías retocaron el reino de Bélgica, particularmente en Bruselas y la costa favorita de Leopoldo, Ostende. Pero no todo eran albricias para el tirano. Su hermana Carlota, a quien acogió en su château de Leaken, había regresado de México con una paranoia incontrolable, y él mismo desarrollaba un trastorno hipocondriaco que hacía de su cotidianidad un martirio. Salía a pasear con una bolsa de plástico para que su barba no atrapara humedades, comía con rigurosa exactitud y exigía inspeccionar sus alimentos y bebidas con obsesión de enfermo.

Pese a ello, su avidez por la riqueza natural de sus dominios no cejaba. Hizo traer trabajadores de China, Barbados, Zanzíbar y Sierra Leona para procurar todo el hule que la revolución industrial reclamaba. Mandó construir una vía férrea que en sus dos primeros años cobró la vida de casi cinco mil personas entre disentería, malaria, viruela y beriberi. Como aduce una metáfora que se ideó en aquel tiempo, “cada durmiente costó la existencia de un africano y por cada poste telegráfico murió un europeo”. En 1898, tras ocho años de desastrosa labor, la primera máquina de vapor llevó dos vagones desde Matadi a la poza de Stanley (unos 370 kilómetros). Ante su fastuosa inauguración, se develó una estatua que mostraba a tres cargadores negros, uno con el bulto sobre la cabeza y los otros dos exhaustos al suelo. La inscripción en la base rezaba: “El ferrocarril los liberó de su carga”. Evidentemente, nadie aludió a quién habría colocado esa carga en un principio.

El Estado Independiente del Congo duró veintitrés años. Establecido en 1885 y hasta la muerte de su dueño y dictador, se asentó sobre un genocidio permanente. Las masacres, la supresión de guerrillas, la esclavitud y el sacrificio de cientos de miles de trabajadores para satisfacer la avaricia del rey fueron su tinte y su razón de ser. Las repercusiones de ese holocausto siguen reptando en los ríos y las selvas dilapidadas de África hasta la fecha.

Como reportó gráficamente  Michael Herr al citar a un soldado norteamericano en la guerra de Vietnam: “Arrancamos los arbustos y quemamos las cabañas, volamos con dinamita los pozos y matamos cada cerdo, pollo y vaca en esa jodida aldea. Si no podemos dispararle a sus pobladores, ¿qué carajos estamos haciendo aquí?”.

Bibliografía recomendada:

Chinua Achebe. “An Image of Africa: Racism in Conrad’s ‘Heart of Darkness'”. Massachusetts Review 18, 1977

Joseph Conrad. Heart of darkness. Everyman´s library, New York 1993.

Martin Ewans. European atrocity, African catastrophe: Leopold II, the Congo Free State and its aftermath.  Routledge, New York 2015.

Michael Herr. Dispatches. Vintage, New York 1991.

Adam Hochschild. King Leopold’s ghost. Houghton, Mifflin & Harcourt, Boston 1998.

Frank McLynn. Stanley: dark genius of African exploration. Vintage, London 2012.

Quimeras en Medicina

Quimeras en Medicina

Me atrevo a sugerir que este tópico controversial levantará cejas y despertará ambigüedades; pero es tanta la influencia de la práctica y la categorización clínicas emanadas de Estados Unidos, que tendemos a adoptar ciegamente sus criterios. Por ello me parece necesario discutir brevemente lo que podríamos considerar ficciones o delirios de la Medicina contemporánea.

La práctica de la Medicina en este siglo XXI le teme a los avatares psicológicos de los pacientes. Por lo menos recurre a subterfugios para evadirlos. Un enfermo que acude con síntomas mal sistematizados, con dolores o malestares que no tienen correlato biológico, cae pronto en tierra de nadie. Se le califica de problemático y se le resta interés.

En algún tiempo se les denominó trastornos funcionales (típicamente el colon irritable, la hipertensión reactiva, las cefaleas por estrés, la fatiga crónica, etc.), pero como tales definiciones no satisfacían al gremio médico y estigmatizaban a los pacientes, se optó por crear grupos de consenso que elaboraran criterios y justificaran así su ignorancia y falta de profundización en la esfera psicosomática.

Un ejemplo actual que invoco aquí es el Síndrome de Fatiga Crónica, también llamado “encefalitis miálgica” y, por carecer de fundamentos de certeza, ahora se propone bautizarlo como las siglas en inglés SEID (enfermedad sistémica por intolerancia al esfuerzo), como señala la siguiente editorial.

http://www.nationalacademies.org/hmd/~/media/Files/Report%20Files/2015/MECFS/MECFS_ReportBrief.pdf

Lo inverosímil es que ningún experto en trastornos afectivos (otro constructo del DSM-V) tuvo peso en este panel de internistas y neurólogos. Si bien la propuesta pasó como un temporal sin dejar mucha huella, indica que la Medicina norteamericana sigue insistiendo en crear entelequias estadísticas o por consenso para justificar sus fallas de juicio.

Me explico. La fatiga es una manifestación somática bien reconocida. Ocurre en enfermos crónicos – por insuficiencia hepática, cardiaca o renal -, en aquellos que tienen daño cardiopulmonar (enfermedad coronaria, fibrosis pulmonar, EPOC), en quienes padecen enfermedades autoinmunes (lupus, artritis, miopatías o esclerosis múltiple) como marcador de inflamación y de manera conspicua, en quienes sufren de cáncer, sobre todo cuando la malignidad avanza, cuando crece la masa tumoral e involucra varios órganos.

Dicho lo anterior, la fatiga también es una manifestación extraordinariamente común de la depresión y la melancolía. Los pacientes que adolecen de un trastorno afectivo o una enfermedad bipolar experimentan cansancio (que podríamos denominar anhedonia o abulia), lo que con frecuencia es su motivo principal de consulta. Ante todo, porque la desazón, el llanto o la incapacidad para emprender de nuevo la vida no son siempre obvios para el enfermo deprimido.  Máxime si su abatimiento suscita respuestas favorables o de preocupación entre sus seres queridos. A ello se le ha dado en calificar como “ganancia secundaria”. Pero tal mecanismo debe entenderse como una conducta de rescate y no necesariamente como un intento de manipulación.

De ahí que el concepto de una fatiga crónica como quimera resulte cuestionable. No se diga caer enfermo por no tolerar esfuerzos o viceversa.

“A nadie le gusta sentirse enfermo”, solemos afirmar. Pero es innegable que para muchos  pacientes con carencias afectivas, pérdidas o duelos, la fatiga es un síntoma y un recurso que reclama contención. Más aún si produce un eco significativo y con ello se obtiene lo que en apariencia subsana el vacío o la falta.

Después de muchos años de practicar Medicina y tras haberme adentrado en los derroteros de la psicodinamia, he aprendido a evaluar con mirada crítica los manifestaciones que proyectan tanto las enfermedades crónicas como los trastornos emocionales. Incluso puedo señalar que a veces se confunden y que para muchos colegas son temas que resultan inquietantes o despreciables. No falta quien diga que tiene un paciente difícil o incómodo que exige atenciones sin cesar. Asimismo, he escuchado ocasionalmente a quien se queja del enfermo que no sigue las indicaciones porque pretende hacer las cosas a su modo.

Si lo meditan, son las dos caras de la misma moneda. Es decir, el paciente “incómodo” acude porque necesita comprensión y afecto, independientemente del mal físico que lo trae a consulta. Quizá tiene un problema de carácter, una historia de abusos o un conflicto existencial que no sabe resolver. A su vez, quien pasó por alto la materia de Psicología Médica, me argumentará que “no estudió Medicina para eso”. Acaso replicará que su especialidad lo convoca a profundizar y desentrañar el origen del proceso patológico, de tal suerte que todo lo anímico le estorba. Objeto categóricamente: estudiamos Medicina para ver y atender enfermos, para resolver sus  padecimientos (no siempre sus enfermedades) en lo posible y en lo mejor de nuestras capacidades y destrezas. Eso presupone desde luego saber escuchar, creerles y, cuando no sabemos o nos sentimos incompetentes, referirlos con un colega que pueda ofrecerles una perspectiva más clara.

¡Ah! Pero eso no implica que ante cualquier queja o exigencia nos saquemos el problema de encima y espetemos que “usted necesita ver a un psiquiatra”. Esta afirmación, por muy cierta que resulte, no merece ser emitida sin respeto y consideración por el trauma que atraviesa el paciente que tenemos delante. De la misma manera que uno puede referir a un enfermo con colon irritable al gastroenterólogo o alguien que sufre de taquicardias inconstantes podría beneficiarse de una evaluación cardiológica, el paciente que aqueja dolencias del alma amerita ser escuchado y orientado en pos de su solución, antes que deshacerse de él o tildarlo de neurótico.

No quiero recurrir a tecnicismos, por respeto a quienes carecen de conocimientos psicoterapéuticos, pero debo decir que cuando uno atiende a un paciente – sea ésta la primera consulta o la última – pone en juego sus expectativas emocionales, que están dictadas, nos guste o no, por la propia experiencia afectiva y nuestras relaciones más tempranas.

Así, cabe preguntarse si este señor que suscita en mí un cierto desprecio por su actitud displicente, remeda aquello que de suyo me ha disgustado de otras personas en mi vida familiar o social. Si lo que parece cuestionarse es mi credibilidad o mi valía (aceptemos ahora sí el término narcisismo), es plausible que la respuesta sea de desagrado, de rechazo o peor aún, de sadismo. ¿Cuántas veces hemos abandonado a un enfermo difícil o demandante para no seguir oyendo sus diatribas?  ¿Cuántas otras hemos atestiguado colegas que con cierta saña imponen estudios o medidas excesivas a un paciente que les exige atenciones especiales?

Tenemos la fortuna de ejercer en un país donde aún la confianza prevalece en la relación terapéutica. Aquí las demandas por mala práctica – si bien han aumentado – no son frecuentes. Los médicos mexicanos podemos ejercer saludablemente sin presiones más allá de nuestro compromiso académico o gremial. Por ello nada justifica una conducta de rechazo o de humillación hacia un paciente.

En la comodidad de mi consultorio privado, flanqueado por mis libros, un café y la computadora como ventana al mundo, atiendo esta mañana a una paciente que podría adjetivar de compleja. Padece de fibromialgia (dicho sea de paso, otra entelequia) y sus síntomas principales son dolores que no encuentran sustento anatómico y una fatiga que “no la deja ni pensar”. Acude a su tercera visita indignada porque mis medicamentos no han dado resultado. Tal reclamo exige atención, no se trata de un agravio contra mi persona o mi competencia. Mientras la escucho, observo su lenguaje corporal.  Se muestra rígida, irritada y a punto de romper en llanto. Parece que increpara a un padre que no ha sabido contenerla. Al oír su reproche, me doy tiempo para mitigar mis reacciones transferenciales. Cuando ella toma un respiro, le pregunto: ¿Y cómo están las cosas en casa, Eulalia?

Me cuenta, sollozando, que su marido está bebiendo a diario, que ha descuidado su trabajo y que un hijo abandonó la escuela y se encierra en su habitación. Para colmo, su madre ha tenido una recaída de su enfisema y no hay quien le ayude a cuidarla. De repente, todo su reclamo cobra sentido.

Es obvio que no tengo los medios para resolver esta crisis, pero puedo servir de interlocutor, medicarla en la medida de sus síntomas y comprender ante todo que no es a mí a quien dirige sus demandas afectivas. Pero aquí me tocó estar, ante esta encrucijada, y mi compromiso hipocrático me obliga a escuchar, comedir y ofrecer una salida, por momentánea que resulte, para su sufrimiento emocional. No emitiré un diagnóstico que satisfaga mis limitaciones o su sintomatología. Ahora entiendo con claridad que no viene a buscar un cuadro clínico que le acomode o englobe su predicamento. Lo que quiere, como todo aquel que se sabe desvalido, es un encuentro de confianza y de esperanza, anhelos tan esenciales como la vida misma.

Los tiempos, ¡ay! están cambiando

Los tiempos, ¡ay! están cambiando

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don’t criticize
What you can’t understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly agin’.
Please get out of the new one
If you can’t lend your hand
For the times they are a-changin’.

 Se acercan ominosamente las elecciones y, querámoslo o no, todos estamos implicados. Durante semanas interminables he escuchado la alharaca histérica que insiste en que el país se irá a pique si gana el candidato de la izquierda (dividida, como ya es habitual) y que tendremos que elegir de manera pusilánime al “menos peor” de los restantes. No falta quien sugiere que habrá que optar por el “sálvese quien pueda” si tenemos condición física para saltar el muro ignominioso de Trump. Parece que el fallido ejercicio democrático que debutó con la elección de Vicente Fox (un empresario de botas y arenga populista) no dejó ninguna lección palpable.

Dos sexenios después, sin advertir del todo cómo la Iglesia católica retomó posiciones,  en la comodidad de nuestros hogares y saboreando los placeres del discurso liberal, debemos admitir que éste ha sido siempre un país injusto.  Terriblemente injusto y despreciable. Los tonos raciales siguen dictando el orden social y si padecemos cada día una pseudo-revolución violenta que surge del infierno del narcotráfico, es en buena medida gracias a que no hemos sabido zanjar las diferencias de clase y hemos prohijado un clima de revancha y descontento. ¡Cuidado, que ahí vienen los nacos!

Nos quejamos con amargura de la calidad de la educación pero costeamos a los maestros como si fueran peones de campo. Lamentamos la vena corrupta de todas las policías y su adherencia delictiva con la mafia de las drogas (¡el descubrimiento de Al Capone!), pero les pagamos sueldos que nunca les han permitido vivir dignamente o aspirar a trabajos más edificantes (aunque el cuidado del pueblo debería serlo de suyo). Mantenemos relaciones feudales con las trabajadoras domésticas, a quienes extirpamos de sus lugares de origen porque tampoco nos dio la gana desarrollar y tecnificar el campo desde 1940; resultaba más cómodo exportar y expoliar.

Ahora tenemos miedo. De que nos quiten los privilegios, de que expropien nuestras caudalosas cuentas (como si el peso tuviera fuerza alguna en el mercado internacional), de que se revierta la reforma energética, hacendaria o lapidaria. Se avecina una tormenta y lo único que se nos ocurre es huir y descalificar a quienes se han organizado mejor que nosotros para pedir un cambio en el estado de cosas.

No es a tales cambios que debemos temerles, sino a la estulticia de permanecer impávidos cuando los políticos de cualquier signo roban a manos llenas, cuando mueren niños de enfermedades que fueron curadas en el siglo XX, cuando no hay caminos seguros ni empleos bien remunerados, cuando no hay futuro para nuestro jóvenes.

En este 2018, los profesionales tenemos una responsabilidad social inusitada. Es ahora o nunca que los médicos, ingenieros, abogados, maestros y licenciados de todo género estamos obligados a emprender acciones para que México tenga un gobierno digno y limpio. El signo es lo de menos; ni AMLO tiene el poder dictatorial que se le asigna, ni Meade es el mesías moderno que salvará a esta tierra del suicidio político.

Pero no olvidemos ni por un instante que los que no se graduaron de una universidad, quienes sobreviven del subempleo, los campesinos, los obreros, los trabajadores olvidados de las plataformas marítimas o las minas dilapidadas y los vendedores ambulantes también tienen voz y voto. Están hartos de sufrir décadas de escarnio e injusticia, de ser la cloaca donde la aristocracia política y económica de este país deposita sus desechos y expía sus culpas. Están cansados del México que les hemos vendido, donde todos aquellos que gozamos de ciertas ventajas sociales – adquiridas o heredadas, da lo mismo – nos hacemos de la vista gorda para que nada pase y nada cambie. ¿Cómo es posible que hayamos tolerado por tantos sexenios el robo y la corrupción mientras permanecemos callados frente a la miseria y el desempleo?

Si la marea ha subido a tal extremo – como canta Bob Dylan -, mejor aprendamos a nadar antes que a cacarear como gallinas asustadas que está por hundirse el barco.

A pesar de todo y de todos los que hemos callado por décadas, este país tiene instituciones, prensa libre (y también vendida), Suprema Corte y tribunales electorales. Pero ante todo tiene hombres y mujeres dignos, trabajadores, dispuestos a emprender cambios – algunos dolorosos, otros incómodos – para ofrecerles un mejor país y un futuro a sus hijos.

Espero que mis colegas, amigos y lectores sean congruentes con su ideología y su visión de la realidad. No se trata de desechar al “Peje” o elegir al bonito o al pinto, no. El primero de Julio ofrece una oportunidad para decidir democráticamente quién merece gobernarnos y a quién, al elegirlo, tendremos que mantener a raya y en cintura. Eso es lo que se espera de nosotros, sea que vivamos en suburbios de lujo o en chozas a la orilla del camino. Pensemos en los indígenas, en los abuelos y abuelas, en los que dependen de nuestro voto (niños, indigentes, minusválidos, los condenados de la tierra) y ejerzamos la libertad de protestar, proponer, ser escuchados y con suerte, lograr que gane aquel que más se acerque a nuestros paladares.

En países más civilizados que el nuestro, la alternancia política es bienvenida. Siempre habrá vencedores y vencidos, así es la Historia, pero no puede ser que antes de emitir el voto ya estemos huyendo del destino. Nuestro compromiso como ciudadanos de una democracia imperfecta está en vigilar que las urnas no se alteren, no se inflen, no se escondan. Que los sistemas de recuento sean confiables y transparentes. Y que, llegada la hora, gane solamente el que cuente con más apoyo popular.

Por cierto, aquí nunca ha ganado la primera magistratura una mujer. Pese al ejemplo laudable de Chile, Nicaragua, Brasil, Argentina y numerosos países de Europa, Asia y Oceanía; aquí rayamos en el machismo retrógrado de pensar que el poder es patrimonio de los testículos. Quizá por eso seguimos reducidos a bestias de carga y acarreo. Ni siquiera podemos alternar perspectivas humanas.

Los debates políticos y las injurias mediáticas son el circo que alimenta a un pueblo hambriento pero indiferente. De nada sirve descalificar a quien no se conoce por los hechos y cuya trayectoria u honestidad no puede examinarse a la luz pública. El que predica inocencia que lance la primera piedra…pero que se comprometa y deje atrás el canto de las sirenas en favor de los testimonios que pueden constatarse.

Como trabajador de clase media, educado en la universidad pública y dedicado a un oficio que vela por la salud de los demás, me indigna escuchar testaferros fanáticos y proclamas histéricas por igual. No obstante, admito sin ingenuidad que así es la política, que se nutre de vituperios, slogans y rumores. Cuando está en juego la presidencia de un país, lo que se espera es una teatralización de los más bajos instintos. Así ha sido desde que la polis ateniense inventó otros mecanismos de decisión en el siglo V antes de nuestra era.

La educación de un pueblo es su inteligencia colectiva. Puesta en funciones, es la capacidad para elegir con juicio, la entereza para obligar a sus candidatos a rendir cuentas (antes o después de ser votados) y  la tolerancia para aceptar que no siempre se obtiene lo que se anhela.

Setenta cuadras y un río

Setenta cuadras y un río

                  Para Mariel y Klaus, con gratitud y cariño

La brisa disipó el bochorno justo cuando el médico tendía un abrazo al caudillo. Los demás se incorporaron en deferencia a los dos viejos, que acudieron solos, disculpando a sus mujeres y amantes por igual.
El escándalo de aves en las copas de los árboles los obligaba a alzar la voz para hacerse audibles. El caudillo – como un jeque dueño del espacio – los dejaba hablar, observándolos en turno; su palabra siempre resultaba terminante. Replicado por varias orejas que seguían de cerca el encuentro, Fidel escudriñaba las reacciones como una espesa sombra desde la capital.
Deslizaron sus bebidas habituales junto a un plato de tismiche al ajillo sin perturbar la charla y, ante la orden tácita de un gesto, los meseros se retiraron con sigilo; en esa mesa se dirimía el destino del pueblo.
– Los tiempos cambian – afirmó el doctor, con afectación, la mirada encendida. – Durante décadas hemos tolerado a estos corruptos. Traigo la promesa de los agricultores, la gente de pesca y los ganaderos que no se opondrán a nuestra decisión. Les pido discreción y también mantenerse al margen. El que no tenga vela en este entierro…
Parecía un discurso redactado por el propio líder, de modo que asintieron a cada frase y, con un chasquido de vasos, brindaron por el futuro.
Al extremo oeste del pueblo, cuando la bruma ascendía mansamente entre los manglares y descobijaba los lirios en penumbra, Demetrio se acercó al cayuco y vertió el cianuro – doce mililitros exactos – en la garrafa de aguardiente que mantenían en cubierta.
Como todos los domingos, el síndico se embarcó a pescar con su acompañante. Iban armados, los rumores de que podrían atentar contra su vida no cesaban desde la zafra. Aún adormilado, el hombre – corpulento y despótico – se encaramó en el bote y colocó el revólver a su lado. Chacho arrancó el motor y acomodó las cañas de pescar y los anzuelos en la proa.
A esa hora, yo recorría las calles longitudinalmente fingiendo desconocer la conjura. Los muros de colores se sucedían mientras dejaba el panfleto del candidato rebelde bajo las puertas de madera, alguna de ellas recién pulida. Pasaban de largo los primeros transeúntes, ajenos a mi tarea sediciosa. Todos me deparaban los buenos días, yo me limitaba a asentir con una sonrisa tonta. Tenía una misión que cumplir. Una mujer salió a mi encuentro, tan súbita su aparición que derramé el atado de folletos a sus pies.
– ¿Qué se traen, jovencito? – me increpó.
– Estamos pro…proponiendo un cambio – tartamudeé. Hubiese deseado confesarle que habría mártires y sacrificios, pero me contuve. Mis ínfulas de libertario se quedaron revueltas sobre la acera.
Unas cuadras más adentro, pocas garzas alzaban su primer vuelo y el río se iluminaba a ritmo apacible. Un solo cayuco surcaba sus aguas. Después de perder paciencia y desechar varios robalos por escuálidos, Don Andrés Almeida, síndico de Tlacotalpan, siempre fiel a su costumbre, se acercó la garrafa de aguardiente a los labios hinchados de pereza y tomó un buen trago mañanero. La violenta reacción no se hizo esperar. El hombre se dobló sobre sí mismo, volteó los ojos desorbitados, la cara se le tiñó de rojo cereza y empezó a arquear con tanta fuerza que cayó al río, manoteando y gimiendo de asfixia. Su rapto tomó a Chacho por asombro de modo que, tras titubear unos segundos, se lanzó al agua en pos de su jefe. Nada pudo hacer. Don Andrés tragó agua en espasmos y se hundió como un fardo ante los intentos vanos de rescate del empleado. Un collar de burbujas efímeras siguió su trayecto y desapareció entre el oleaje verde. Agotado y jadeante, Chacho nadó como pudo hasta la lancha y se sentó a pensar en las consecuencias de tal desatino. ¿A quien culpar? Si dificilmente podía hacerse una idea de lo que había ocurrido ante su mirada atónita. Remó hasta la orilla para no hacer ruido y se dirigió a la Presidencia Municipal para dar cuenta del deceso.

Se detuvo en la plaza. Varias unidades de la policial estatal tenían sitiado el inmueble y una docena de gendarmes entraba al tiempo que el pescador avanzaba chorreando agua desde el embarcadero. La escena era dantesca, porque no había nadie en la calle para ofrecer resistencia o servir siquiera de comparecencia ante los hechos.

En pocos minutos, el Licenciado Cebrián, flamante dirigente local, salió maniatado por varios policías – sus facciones ocultas con pasamontañas – que lo jaloneaban hacia el vehículo blindado. Para entonces, unos cuantos curiosos que emergieron de la iglesia y los cafés contiguos, se hacían las mismas preguntas en silencio.

Me acerqué cautelosamente por la avenida Juan Enríquez hasta situarme bajo los arcos enmohecidos del mercado. Desde ahí, más allá del kiosko que irradiaba los primeros rayos, Chacho – desaliñado y tiritando – enfrentó mi mirada y nos supimos de inmediato culpables; él de complicidad y yo de traición al Estado. Sin dejar de observarme, se retiró detrás de la Iglesia; no lo volveríamos a ver, había cumplido su fechoría. Al instante, tres camiones verde olivo se alinearon al fondo con estruendo de motores  y escupieron una veintena de soldados en ropa de camuflaje que se situaron en orden y con paso redoblado flanqueando la plaza. Entendí que el golpe estaba en marcha y no éramos sino peones de una gran conflagración.

Como si se tratara de una maldición de proporciones bíblicas, los días siguientes llovió sin cesar. El Papaloapan se desbordó en varias riberas, arruinando muebles, instalaciones eléctricas, recámaras y pisos. Hacía décadas que no atestiguábamos un diluvio similar. Nos refugiamos en las casas alzando muebles y desahogando rincones atentos también a las alimañas que reptaban buscando la superficie. Hubo que pintar varias fachadas. Eran días interminables donde sólo la lucha contra los elementos nos mantenía despiertos.

Las noticias vuelan mientras cunde el tedio y por esas fechas me enteré de que Demetrio Rosales, el perpetrador del crimen, había sido encontrado de bruces contra una pared en un barrio aislado de Santiago Tuxtla. Parecía un monigote: tenía los brazos inanes al lado del torso, reclinado de rodillas y con más de siete puñaladas entre pecho y lomo. ¡Pobre diablo! No pudo siquiera gastar su tajada. Más aún, el secretario de Cebrián fue encarcelado en el puerto ante la denuncia de una chica de dieciséis años por acoso sexual repetido. El padre de la adolescente prometió matarlo así se refugiase en el centro de la Tierra.

Con el paso de los meses, la vida en el pueblo retornó a la normalidad. El caudillo convenció a los terratenientes y aristócratas que la mejor decisión era entronizar a Víctor, su primogénito, que mantendría el orden y los privilegios. Su elección incontestada se engalanó con jaraneros que acudieron de toda la región, emulando las fiestas de la Candelaria o de San Miguelito. Al tirano y sus secuaces se les veía radiantes, repartiendo abrazos y lisonjas entre la gente de cierto poder.

Cuando sobrevino la sequía, yo seguía oculto en la casa de los Aparicio, atendiendo las labores domésticas y cuidando la propiedad bajo la connivencia del Dr. Manzur. Era el secreto a voces de la revuelta fallida.

En esas épocas de oscuridad, añoraba las veladas donde mi tío Fayo, laureado repentista, hilvanaba décima tras décima para condecorar a todo aquel que se atrevía a desafiarlo. Después, las mujeres se ataviaban a la mejor usanza jarocha – collares vistosos, peineta y abanico en alto – y bailábamos hasta bien entrada la madrugada, si es que nadie más se animaba a versear. No había reparos ni reticencia, éramos una gran familia dispuesta a celebrar la vida.

Pero la cotidianidad transcurre a contramano, se puede decir que a un compás bastante predecible. Al menguar el día, el rio se tiñe de oro, surcan los aires las golondrinas y Tlacotalpan florece de nuevo. Salen niños de todos los rincones, huele a guisado, pizza o esquites; se venden juguetes baratos y el barullo de conversaciones y encuentros impregna el ambiente. Los veteranos juegan voleibol como si se les fuere la vida en ello ante las miradas esquivas de algunas viejas que vuelven a casa con la cena y se detienen a rumiar su pesadumbre. Los bares están abiertos y rebosantes de tertulia o discusiones sin rumbo. Hay televisores proyectando partidos de futbol que nadie atiende, pero que sirven de candileja para el teatro humano que ahí se recrea.

Esa última tarde, leía yo el periódico bajo la pérgola de bugambilias saboreando el calor y un café recién horneado que me habían traído de Coatepec. El gorjeo de los pichones me arrullaba y la atmósfera era de remanso, pese a la humedad y el hastío. Emilio entró sin anunciarse desde la calle. Sus pasos eran firmes y rompieron el silencio vespertino. Vestía una guayabera elegante en azul cielo que no le conocía. Somos amigos desde la infancia pero nunca lo había visto tan cariacontecido. Me relató de prisa que la situación política seguía muy explosiva y que seguramente tendría que ocultarme fuera del estado para evitar represalias. Le reproché su falta de argucias en todo este asunto y la tediosa circunstancia de mi exilio. Me miró de frente y se llevó la mano a la espalda baja para rascarse. Con un gesto cínico y acercándome la cara hasta casi tocar nariz con nariz, me dijo: – El problema es que sabes demasiado, Beto. No bien terminada la frase, se enjugó el sudor de la frente, y añadió : – Lo siento deveras, hermano. Fue entonces que sentí el disparo llameante enmedio del abdomen.