Para Mariel y Klaus, con gratitud y cariño

La brisa disipó el bochorno justo cuando el médico tendía un abrazo al caudillo. Los demás se incorporaron en deferencia a los dos viejos, que acudieron solos, disculpando a sus mujeres y amantes por igual.
El escándalo de aves en las copas de los árboles los obligaba a alzar la voz para hacerse audibles. El caudillo – como un jeque dueño del espacio – los dejaba hablar, observándolos en turno; su palabra siempre resultaba terminante. Replicado por varias orejas que seguían de cerca el encuentro, Fidel escudriñaba las reacciones como una espesa sombra desde la capital.
Deslizaron sus bebidas habituales junto a un plato de tismiche al ajillo sin perturbar la charla y, ante la orden tácita de un gesto, los meseros se retiraron con sigilo; en esa mesa se dirimía el destino del pueblo.
– Los tiempos cambian – afirmó el doctor, con afectación, la mirada encendida. – Durante décadas hemos tolerado a estos corruptos. Traigo la promesa de los agricultores, la gente de pesca y los ganaderos que no se opondrán a nuestra decisión. Les pido discreción y también mantenerse al margen. El que no tenga vela en este entierro…
Parecía un discurso redactado por el propio líder, de modo que asintieron a cada frase y, con un chasquido de vasos, brindaron por el futuro.
Al extremo oeste del pueblo, cuando la bruma ascendía mansamente entre los manglares y descobijaba los lirios en penumbra, Demetrio se acercó al cayuco y vertió el cianuro – doce mililitros exactos – en la garrafa de aguardiente que mantenían en cubierta.
Como todos los domingos, el síndico se embarcó a pescar con su acompañante. Iban armados, los rumores de que podrían atentar contra su vida no cesaban desde la zafra. Aún adormilado, el hombre – corpulento y despótico – se encaramó en el bote y colocó el revólver a su lado. Chacho arrancó el motor y acomodó las cañas de pescar y los anzuelos en la proa.
A esa hora, yo recorría las calles longitudinalmente fingiendo desconocer la conjura. Los muros de colores se sucedían mientras dejaba el panfleto del candidato rebelde bajo las puertas de madera, alguna de ellas recién pulida. Pasaban de largo los primeros transeúntes, ajenos a mi tarea sediciosa. Todos me deparaban los buenos días, yo me limitaba a asentir con una sonrisa tonta. Tenía una misión que cumplir. Una mujer salió a mi encuentro, tan súbita su aparición que derramé el atado de folletos a sus pies.
– ¿Qué se traen, jovencito? – me increpó.
– Estamos pro…proponiendo un cambio – tartamudeé. Hubiese deseado confesarle que habría mártires y sacrificios, pero me contuve. Mis ínfulas de libertario se quedaron revueltas sobre la acera.
Unas cuadras más adentro, pocas garzas alzaban su primer vuelo y el río se iluminaba a ritmo apacible. Un solo cayuco surcaba sus aguas. Después de perder paciencia y desechar varios robalos por escuálidos, Don Andrés Almeida, síndico de Tlacotalpan, siempre fiel a su costumbre, se acercó la garrafa de aguardiente a los labios hinchados de pereza y tomó un buen trago mañanero. La violenta reacción no se hizo esperar. El hombre se dobló sobre sí mismo, volteó los ojos desorbitados, la cara se le tiñó de rojo cereza y empezó a arquear con tanta fuerza que cayó al río, manoteando y gimiendo de asfixia. Su rapto tomó a Chacho por asombro de modo que, tras titubear unos segundos, se lanzó al agua en pos de su jefe. Nada pudo hacer. Don Andrés tragó agua en espasmos y se hundió como un fardo ante los intentos vanos de rescate del empleado. Un collar de burbujas efímeras siguió su trayecto y desapareció entre el oleaje verde. Agotado y jadeante, Chacho nadó como pudo hasta la lancha y se sentó a pensar en las consecuencias de tal desatino. ¿A quien culpar? Si dificilmente podía hacerse una idea de lo que había ocurrido ante su mirada atónita. Remó hasta la orilla para no hacer ruido y se dirigió a la Presidencia Municipal para dar cuenta del deceso.

Se detuvo en la plaza. Varias unidades de la policial estatal tenían sitiado el inmueble y una docena de gendarmes entraba al tiempo que el pescador avanzaba chorreando agua desde el embarcadero. La escena era dantesca, porque no había nadie en la calle para ofrecer resistencia o servir siquiera de comparecencia ante los hechos.

En pocos minutos, el Licenciado Cebrián, flamante dirigente local, salió maniatado por varios policías – sus facciones ocultas con pasamontañas – que lo jaloneaban hacia el vehículo blindado. Para entonces, unos cuantos curiosos que emergieron de la iglesia y los cafés contiguos, se hacían las mismas preguntas en silencio.

Me acerqué cautelosamente por la avenida Juan Enríquez hasta situarme bajo los arcos enmohecidos del mercado. Desde ahí, más allá del kiosko que irradiaba los primeros rayos, Chacho – desaliñado y tiritando – enfrentó mi mirada y nos supimos de inmediato culpables; él de complicidad y yo de traición al Estado. Sin dejar de observarme, se retiró detrás de la Iglesia; no lo volveríamos a ver, había cumplido su fechoría. Al instante, tres camiones verde olivo se alinearon al fondo con estruendo de motores  y escupieron una veintena de soldados en ropa de camuflaje que se situaron en orden y con paso redoblado flanqueando la plaza. Entendí que el golpe estaba en marcha y no éramos sino peones de una gran conflagración.

Como si se tratara de una maldición de proporciones bíblicas, los días siguientes llovió sin cesar. El Papaloapan se desbordó en varias riberas, arruinando muebles, instalaciones eléctricas, recámaras y pisos. Hacía décadas que no atestiguábamos un diluvio similar. Nos refugiamos en las casas alzando muebles y desahogando rincones atentos también a las alimañas que reptaban buscando la superficie. Hubo que pintar varias fachadas. Eran días interminables donde sólo la lucha contra los elementos nos mantenía despiertos.

Las noticias vuelan mientras cunde el tedio y por esas fechas me enteré de que Demetrio Rosales, el perpetrador del crimen, había sido encontrado de bruces contra una pared en un barrio aislado de Santiago Tuxtla. Parecía un monigote: tenía los brazos inanes al lado del torso, reclinado de rodillas y con más de siete puñaladas entre pecho y lomo. ¡Pobre diablo! No pudo siquiera gastar su tajada. Más aún, el secretario de Cebrián fue encarcelado en el puerto ante la denuncia de una chica de dieciséis años por acoso sexual repetido. El padre de la adolescente prometió matarlo así se refugiase en el centro de la Tierra.

Con el paso de los meses, la vida en el pueblo retornó a la normalidad. El caudillo convenció a los terratenientes y aristócratas que la mejor decisión era entronizar a Víctor, su primogénito, que mantendría el orden y los privilegios. Su elección incontestada se engalanó con jaraneros que acudieron de toda la región, emulando las fiestas de la Candelaria o de San Miguelito. Al tirano y sus secuaces se les veía radiantes, repartiendo abrazos y lisonjas entre la gente de cierto poder.

Cuando sobrevino la sequía, yo seguía oculto en la casa de los Aparicio, atendiendo las labores domésticas y cuidando la propiedad bajo la connivencia del Dr. Manzur. Era el secreto a voces de la revuelta fallida.

En esas épocas de oscuridad, añoraba las veladas donde mi tío Fayo, laureado repentista, hilvanaba décima tras décima para condecorar a todo aquel que se atrevía a desafiarlo. Después, las mujeres se ataviaban a la mejor usanza jarocha – collares vistosos, peineta y abanico en alto – y bailábamos hasta bien entrada la madrugada, si es que nadie más se animaba a versear. No había reparos ni reticencia, éramos una gran familia dispuesta a celebrar la vida.

Pero la cotidianidad transcurre a contramano, se puede decir que a un compás bastante predecible. Al menguar el día, el rio se tiñe de oro, surcan los aires las golondrinas y Tlacotalpan florece de nuevo. Salen niños de todos los rincones, huele a guisado, pizza o esquites; se venden juguetes baratos y el barullo de conversaciones y encuentros impregna el ambiente. Los veteranos juegan voleibol como si se les fuere la vida en ello ante las miradas esquivas de algunas viejas que vuelven a casa con la cena y se detienen a rumiar su pesadumbre. Los bares están abiertos y rebosantes de tertulia o discusiones sin rumbo. Hay televisores proyectando partidos de futbol que nadie atiende, pero que sirven de candileja para el teatro humano que ahí se recrea.

Esa última tarde, leía yo el periódico bajo la pérgola de bugambilias saboreando el calor y un café recién horneado que me habían traído de Coatepec. El gorjeo de los pichones me arrullaba y la atmósfera era de remanso, pese a la humedad y el hastío. Emilio entró sin anunciarse desde la calle. Sus pasos eran firmes y rompieron el silencio vespertino. Vestía una guayabera elegante en azul cielo que no le conocía. Somos amigos desde la infancia pero nunca lo había visto tan cariacontecido. Me relató de prisa que la situación política seguía muy explosiva y que seguramente tendría que ocultarme fuera del estado para evitar represalias. Le reproché su falta de argucias en todo este asunto y la tediosa circunstancia de mi exilio. Me miró de frente y se llevó la mano a la espalda baja para rascarse. Con un gesto cínico y acercándome la cara hasta casi tocar nariz con nariz, me dijo: – El problema es que sabes demasiado, Beto. No bien terminada la frase, se enjugó el sudor de la frente, y añadió : – Lo siento deveras, hermano. Fue entonces que sentí el disparo llameante enmedio del abdomen.

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