Come mothers and fathers
Throughout the land
And don’t criticize
What you can’t understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly agin’.
Please get out of the new one
If you can’t lend your hand
For the times they are a-changin’.

 Se acercan ominosamente las elecciones y, querámoslo o no, todos estamos implicados. Durante semanas interminables he escuchado la alharaca histérica que insiste en que el país se irá a pique si gana el candidato de la izquierda (dividida, como ya es habitual) y que tendremos que elegir de manera pusilánime al “menos peor” de los restantes. No falta quien sugiere que habrá que optar por el “sálvese quien pueda” si tenemos condición física para saltar el muro ignominioso de Trump. Parece que el fallido ejercicio democrático que debutó con la elección de Vicente Fox (un empresario de botas y arenga populista) no dejó ninguna lección palpable.

Dos sexenios después, sin advertir del todo cómo la Iglesia católica retomó posiciones,  en la comodidad de nuestros hogares y saboreando los placeres del discurso liberal, debemos admitir que éste ha sido siempre un país injusto.  Terriblemente injusto y despreciable. Los tonos raciales siguen dictando el orden social y si padecemos cada día una pseudo-revolución violenta que surge del infierno del narcotráfico, es en buena medida gracias a que no hemos sabido zanjar las diferencias de clase y hemos prohijado un clima de revancha y descontento. ¡Cuidado, que ahí vienen los nacos!

Nos quejamos con amargura de la calidad de la educación pero costeamos a los maestros como si fueran peones de campo. Lamentamos la vena corrupta de todas las policías y su adherencia delictiva con la mafia de las drogas (¡el descubrimiento de Al Capone!), pero les pagamos sueldos que nunca les han permitido vivir dignamente o aspirar a trabajos más edificantes (aunque el cuidado del pueblo debería serlo de suyo). Mantenemos relaciones feudales con las trabajadoras domésticas, a quienes extirpamos de sus lugares de origen porque tampoco nos dio la gana desarrollar y tecnificar el campo desde 1940; resultaba más cómodo exportar y expoliar.

Ahora tenemos miedo. De que nos quiten los privilegios, de que expropien nuestras caudalosas cuentas (como si el peso tuviera fuerza alguna en el mercado internacional), de que se revierta la reforma energética, hacendaria o lapidaria. Se avecina una tormenta y lo único que se nos ocurre es huir y descalificar a quienes se han organizado mejor que nosotros para pedir un cambio en el estado de cosas.

No es a tales cambios que debemos temerles, sino a la estulticia de permanecer impávidos cuando los políticos de cualquier signo roban a manos llenas, cuando mueren niños de enfermedades que fueron curadas en el siglo XX, cuando no hay caminos seguros ni empleos bien remunerados, cuando no hay futuro para nuestro jóvenes.

En este 2018, los profesionales tenemos una responsabilidad social inusitada. Es ahora o nunca que los médicos, ingenieros, abogados, maestros y licenciados de todo género estamos obligados a emprender acciones para que México tenga un gobierno digno y limpio. El signo es lo de menos; ni AMLO tiene el poder dictatorial que se le asigna, ni Meade es el mesías moderno que salvará a esta tierra del suicidio político.

Pero no olvidemos ni por un instante que los que no se graduaron de una universidad, quienes sobreviven del subempleo, los campesinos, los obreros, los trabajadores olvidados de las plataformas marítimas o las minas dilapidadas y los vendedores ambulantes también tienen voz y voto. Están hartos de sufrir décadas de escarnio e injusticia, de ser la cloaca donde la aristocracia política y económica de este país deposita sus desechos y expía sus culpas. Están cansados del México que les hemos vendido, donde todos aquellos que gozamos de ciertas ventajas sociales – adquiridas o heredadas, da lo mismo – nos hacemos de la vista gorda para que nada pase y nada cambie. ¿Cómo es posible que hayamos tolerado por tantos sexenios el robo y la corrupción mientras permanecemos callados frente a la miseria y el desempleo?

Si la marea ha subido a tal extremo – como canta Bob Dylan -, mejor aprendamos a nadar antes que a cacarear como gallinas asustadas que está por hundirse el barco.

A pesar de todo y de todos los que hemos callado por décadas, este país tiene instituciones, prensa libre (y también vendida), Suprema Corte y tribunales electorales. Pero ante todo tiene hombres y mujeres dignos, trabajadores, dispuestos a emprender cambios – algunos dolorosos, otros incómodos – para ofrecerles un mejor país y un futuro a sus hijos.

Espero que mis colegas, amigos y lectores sean congruentes con su ideología y su visión de la realidad. No se trata de desechar al “Peje” o elegir al bonito o al pinto, no. El primero de Julio ofrece una oportunidad para decidir democráticamente quién merece gobernarnos y a quién, al elegirlo, tendremos que mantener a raya y en cintura. Eso es lo que se espera de nosotros, sea que vivamos en suburbios de lujo o en chozas a la orilla del camino. Pensemos en los indígenas, en los abuelos y abuelas, en los que dependen de nuestro voto (niños, indigentes, minusválidos, los condenados de la tierra) y ejerzamos la libertad de protestar, proponer, ser escuchados y con suerte, lograr que gane aquel que más se acerque a nuestros paladares.

En países más civilizados que el nuestro, la alternancia política es bienvenida. Siempre habrá vencedores y vencidos, así es la Historia, pero no puede ser que antes de emitir el voto ya estemos huyendo del destino. Nuestro compromiso como ciudadanos de una democracia imperfecta está en vigilar que las urnas no se alteren, no se inflen, no se escondan. Que los sistemas de recuento sean confiables y transparentes. Y que, llegada la hora, gane solamente el que cuente con más apoyo popular.

Por cierto, aquí nunca ha ganado la primera magistratura una mujer. Pese al ejemplo laudable de Chile, Nicaragua, Brasil, Argentina y numerosos países de Europa, Asia y Oceanía; aquí rayamos en el machismo retrógrado de pensar que el poder es patrimonio de los testículos. Quizá por eso seguimos reducidos a bestias de carga y acarreo. Ni siquiera podemos alternar perspectivas humanas.

Los debates políticos y las injurias mediáticas son el circo que alimenta a un pueblo hambriento pero indiferente. De nada sirve descalificar a quien no se conoce por los hechos y cuya trayectoria u honestidad no puede examinarse a la luz pública. El que predica inocencia que lance la primera piedra…pero que se comprometa y deje atrás el canto de las sirenas en favor de los testimonios que pueden constatarse.

Como trabajador de clase media, educado en la universidad pública y dedicado a un oficio que vela por la salud de los demás, me indigna escuchar testaferros fanáticos y proclamas histéricas por igual. No obstante, admito sin ingenuidad que así es la política, que se nutre de vituperios, slogans y rumores. Cuando está en juego la presidencia de un país, lo que se espera es una teatralización de los más bajos instintos. Así ha sido desde que la polis ateniense inventó otros mecanismos de decisión en el siglo V antes de nuestra era.

La educación de un pueblo es su inteligencia colectiva. Puesta en funciones, es la capacidad para elegir con juicio, la entereza para obligar a sus candidatos a rendir cuentas (antes o después de ser votados) y  la tolerancia para aceptar que no siempre se obtiene lo que se anhela.

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