Los tiranos conducen monólogos por encima de un millón de soledades
Albert Camus

Nevaba esa tarde en Berlín y el anfitrión, Otto von Bismarck, podía saborear el pastel que se repartirían los poderes de Europa. El continente oscuro, como se le conocía desde la Edad Media, quedaba trazado por los límites de la voracidad. Tras bambalinas, los agentes del rey Leopoldo II de Bélgica ataban los cabos para adjudicarse la cuenca del Río Congo y sus tributarios; un territorio que abarcó treinta mil kilómetros cuadrados, setenta y siete veces más grande que su modesto reino y comparable a un tercio de la superficie de Norteamérica.

Durante los dos años que precedieron a esa cumbre de invierno en 1884, el astuto rey había cabildeado con lisonjas y regalos a los gobiernos de Francia, Alemania y Estados Unidos para obtener su aprobación. Cegados por su propia avaricia y la rivalidad imperial con las otras potencias, todos (el presidente Chester Arthur, el primer ministro Jules Ferry y el propio Canciller von Bismarck) cayeron en las redes de Leopoldo.

De manera sutil y aprovechando sus alianzas y deudores, Leopoldo II, a la sazón dueño y “Regente del estado libre del Congo” se nutrió de la avidez de algunas empresas privadas que obtendrían parte del festín de insumos naturales que abundaban en el centro de África. Siempre con una tajada jugosa para el rey, no menor del 50% de sus ganancias.

A sus casi cincuenta años, Leopoldo era un sagaz manipulador de ojos penetrantes y larga barba. Nunca puso un pie en África y sin embargo, fue el tirano más poderoso que ultrajara la vida de la población nativa y los recursos de ese continente. Su artífice y testaferro fue Sir Henry Morton Stanley, un explorador galés que con lujo de violencia se abrió paso desde el delta del río Congo hasta el este del continente, arrasando villas y sobornando jefes tribales para ganarse el vastísimo territorio de su patrocinador.

Además de implementar por primera vez las ametralladoras y los barcos de vapor, sus huestes inventaron el chicotte, un látigo recortado de las ancas de hipopótamo con el que azotaban a los esclavos que se sublevaban o tropezaban al acarrear sus pertrechos. De manera perversa se anticiparon a los kapos que patrullaban los campos de concentración nazi, autorizando a los propios congoleses (cuya aversión tribal se habría agudizado con la sujeción al poder blanco) para que castigaran con el infame chicote a sus coterráneos. Amparado con el eufemismo de su “proyecto filantrópico”, Leopoldo creó un ejército de mercenarios (la llamada Force Publique) que contaba casi veinte mil hombres ubicados en guarniciones a lo largo y ancho del territorio conquistado. Sus excesos contra las tribus autóctonas (Sanga, Boa, Luba, Chokwe, Budja y tantas otras) son un horrendo precedente del Holocausto y las matanzas en Rwanda un siglo después. Los niños de esas etnias fueron reclutados como ganado durante dos largas décadas para dejarlos en manos de misioneros católicos y reubicarlos para poblar zonas designadas por el rey. Muchos de ellos huérfanos en el sentido de que sus padres habían sido asesinados por las balas de la Force Publique.

En medio de toda esta historia, un joven emprendedor de origen polaco, Konrad Korzeniowski, estaba convencido del valor civilizatorio que el rey Leopoldo había instrumentado para el continente negro. Así, se embarcó como oficial de un naviero mercante – el Roi des Belges– para conocer y auxiliar en tan noble empresa.  Su travesía duró seis meses, hasta que renunció a la comandancia del barco, harto de las atrocidades que atestiguó en el Congo belga. Su relato de este desafío, transformado en una novela de 144 páginas bajo el nom de guerre Joseph Conrad, es el epítome con el que se infirieron durante buena parte del siglo XX los motivos y monstruosidades de Leopoldo II en África central. Su narrador, Marlow (el alter ego de Conrad), describe su llegada a Stanley Pool con la elocuencia de un viajero que no esperaba tanta oscuridad:

“Remontar ese río era como volver en el tiempo hasta sus orígenes, cuando la vegetación sublevaba la tierra y los árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era húmedo, denso, abrumador. No sentías el alivio del sol. Podías perder el rumbo en ese río como en un desierto y chocar contra sus bancos como embrujado y ausente de todo lo que hubieses conocido”.

El otro personaje central es Mr. Kurtz, un agente de la compañía naviera que se rodeaba de toneladas de marfil, a quien Marlow rastrea para rescatarlo y traerlo de vuelta de su salvajismo. La novela ha servido por ciento veinte años para reflexionar sobre el mal, el colonialismo, la ingenuidad victoriana y temas que rayan hasta Freud y las motivaciones inconscientes. La egregia película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now!), trasplantada a la guerra de Vietnam, es un tributo a la odisea de Conrad (Marlow) en busca de aquel navegante errático y sanguinario.

Pero se cree que el verdadero Kurtz fue un capitán de la Force Publique, León Rom, que comandaba la guarnición de Stanley Falls. Su expedición contra los grupos rebeldes que se oponían al imperialismo belga, resultó en una masacre de la que alardeó con ecos internacionales, colocando veintiún cabezas de sus súbditos como decoración al frente de su casa. Se aproximaba la Navidad de 1898 y Conrad, el escritor, navegante decepcionado de los asesinos blancos, leyó aquella espantosa descripción en The Saturday Review  de la capital británica. Acaso ese retrato siniestro le sirvió para concebir al despiadado Kurtz.

Como todos nosotros, Joseph Conrad reconoció el ultraje que hizo Leopoldo II en el Congo, describiendo a Kurtz en su lecho de muerte, cuando exclama: “The horror! The horror!”. Sin embargo, como argumentara el novelista nigeriano Chinua Achebe, el verdadero mensaje del libro debe ser: “Mantente fuera del África o sufre las consecuencias. Mr. Kurtz debió escuchar esta advertencia y el horror agazapado en su corazón hubiese permanecido encadenado a su madriguera. Pero se expuso al llamado irresistible de la selva y la oscuridad lo atrapó”.

Fue el descubrimiento de las viñas de hule, que ocupaban más de la mitad de la superficie del Congo, lo que despertó el desenfreno de los inversionistas extranjeros. El hallazgo de que el caucho podía suavizarse con azufre por Charles Goodyear (en 1839) apareado con la producción masiva de neumáticos por la compañía Dunlop en 1890, redundó en un éxito económico insospechado para el rey belga. Las dineros fluían a la calle Bréderobe, justo atrás del palacio imperial, auspiciadas por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company (ABIR) con ganancias de hasta 700% respecto de lo que se pagaba por su extracción con trabajo esclavizado.

Los pobladores de esos bosques tropicales se resistían a recoger la sabia pegajosa y a las formidables jornadas de trabajo en condiciones infrahumanas. Para obligarlos, los oficiales de las compañías europeas secuestraban a sus mujeres y niños, y enajenaban los alimentos del poblado. Tales “Consejos prácticos” redactados ulteriormente en un manual por el propio capitán Léon Brom y otros gobernantes del Congo, aludían a las frecuentes amputaciones de manos para quienes se cansaban de trabajar o la guillotina para aquel que no aportaba la cuota requerida.

El terror del hule, como se le conoció después, sirvió para financiar los excesos del rey. Parques, alamedas, estatuas y galerías retocaron el reino de Bélgica, particularmente en Bruselas y la costa favorita de Leopoldo, Ostende. Pero no todo eran albricias para el tirano. Su hermana Carlota, a quien acogió en su château de Leaken, había regresado de México con una paranoia incontrolable, y él mismo desarrollaba un trastorno hipocondriaco que hacía de su cotidianidad un martirio. Salía a pasear con una bolsa de plástico para que su barba no atrapara humedades, comía con rigurosa exactitud y exigía inspeccionar sus alimentos y bebidas con obsesión de enfermo.

Pese a ello, su avidez por la riqueza natural de sus dominios no cejaba. Hizo traer trabajadores de China, Barbados, Zanzíbar y Sierra Leona para procurar todo el hule que la revolución industrial reclamaba. Mandó construir una vía férrea que en sus dos primeros años cobró la vida de casi cinco mil personas entre disentería, malaria, viruela y beriberi. Como aduce una metáfora que se ideó en aquel tiempo, “cada durmiente costó la existencia de un africano y por cada poste telegráfico murió un europeo”. En 1898, tras ocho años de desastrosa labor, la primera máquina de vapor llevó dos vagones desde Matadi a la poza de Stanley (unos 370 kilómetros). Ante su fastuosa inauguración, se develó una estatua que mostraba a tres cargadores negros, uno con el bulto sobre la cabeza y los otros dos exhaustos al suelo. La inscripción en la base rezaba: “El ferrocarril los liberó de su carga”. Evidentemente, nadie aludió a quién habría colocado esa carga en un principio.

El Estado Independiente del Congo duró veintitrés años. Establecido en 1885 y hasta la muerte de su dueño y dictador, se asentó sobre un genocidio permanente. Las masacres, la supresión de guerrillas, la esclavitud y el sacrificio de cientos de miles de trabajadores para satisfacer la avaricia del rey fueron su tinte y su razón de ser. Las repercusiones de ese holocausto siguen reptando en los ríos y las selvas dilapidadas de África hasta la fecha.

Como reportó gráficamente  Michael Herr al citar a un soldado norteamericano en la guerra de Vietnam: “Arrancamos los arbustos y quemamos las cabañas, volamos con dinamita los pozos y matamos cada cerdo, pollo y vaca en esa jodida aldea. Si no podemos dispararle a sus pobladores, ¿qué carajos estamos haciendo aquí?”.

Bibliografía recomendada:

Chinua Achebe. “An Image of Africa: Racism in Conrad’s ‘Heart of Darkness'”. Massachusetts Review 18, 1977

Joseph Conrad. Heart of darkness. Everyman´s library, New York 1993.

Martin Ewans. European atrocity, African catastrophe: Leopold II, the Congo Free State and its aftermath.  Routledge, New York 2015.

Michael Herr. Dispatches. Vintage, New York 1991.

Adam Hochschild. King Leopold’s ghost. Houghton, Mifflin & Harcourt, Boston 1998.

Frank McLynn. Stanley: dark genius of African exploration. Vintage, London 2012.

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