Un hombre es un dios en ruinas

Un hombre es un dios en ruinas

La frase que tomo por título se debe a Ralph Waldo Emerson, emitida para invocar la fragilidad del ser humano. A su vez, la tradición hindú cita al odio y al deseo como las dos condiciones que caracterizan la ruindad de nuestra especie. De modo que recurro aquí a un relato ejemplar para disentir.

Elsa, madre divorciada, decoradora de interiores, se levanta con la noticia de que unos padres en California torturaban con inmersiones de agua fría a sus hijos, en un perverso ejercicio para someterlos  y disciplinarlos. La policía local está atónita con esta trama criminal sin precedentes. Le viene a la mente la tragedia de Eurípides – ficción o mito – donde Medea desata sus celos y su abandono contra dos de sus hijos.

Cuando baja a tientas, la cocina está en penumbra y abre el refrigerador casi por instinto. Piensa por un momento en la rutina del desayuno, sus hijos atenazados de rebeldía y las eternas dificultades económicas. Puede percibir de nuevo esa soledad que entra como un ventarrón cada mañana y hace más pertinaz la ausencia de un compañero. Pone tres platos sobre la mesa, muele los granos de café y siente con encono ese desamparo, la falta de cobijo y reciprocidad.

A veces desearía volver al pasado, pese a las diferencias y la infidelidad de Mario, con tal de inclinar la balanza con más equidad. A veces…

Claudia y Héctor entran de prisa, a empellones y jalones, una escena repetida hasta el cansancio. Los mira con abulia; a la sazón dos chicos resentidos que habitan un hogar roto, que se tienen el uno al otro para descargar su ira.

  • Tanto esfuerzo por educarlos de manera civilizada – piensa, y se limita a freír los huevos, pedirles que sirvan el jugo y se peinen.

Ante sus protestas, hay algo de hartazgo que la obliga a observarlos con rencor; su ingratitud es desconcertante, por mucho que entienda su impulsividad de adolescentes. Siente una lenta lágrima correr por sus mejillas y sorbe el enojo para no actuarlo otra vez, para no dejarse arrastrar por la impaciencia.

Al verla compungida, los hijos se detienen y callan por unos minutos. Se respira un aire triste, que todos comparten en silencio. Frente a sus bocados frugales, comen con cierta inapetencia. Se miran sin atinar a quién depositar responsabilidades por esa atmósfera incómoda que anticipa más dolor, ése que no se repara nunca del todo. Atenta a sus afectos, Elsa se recompone. Los despide con cariño y les ruega – una vez más – que no peleen, que sean más solidarios entre sí.

Recoge como puede la cocina y sube a su recámara, planeando el día. Se arregla con esmero: delineador, cabello suelto para ocultar las canas, labial discreto y un traje sastre que la hace verse profesional y entera. Hace calor, pero prefiere usar medias para disimular los repuntes de vello que no ha podido depilarse. La oferta de trabajo es tentadora pero tendrá que competir con mujeres más jóvenes, quizá con más presencia para suplir su inexperiencia. Está bien recomendada, pero el mundo es injusto para quien ha visto pasar el oleaje de sus mejores años.

La oficina de reclutamiento está plagada de mujeres ataviadas en sus mejores atuendos. Las hay muy jóvenes, casi niñas, sumidas en sus iPad mientras esperan la entrevista. La mayoría tienen aspecto de burócratas o empresarias; difícil distinguirlas en este contexto. Sin duda, Elsa es la mayor y no hay forma de obviarlo.

Se sienta al lado de una señorita que revisa su teléfono móvil con ansiedad, oteando al reloj de pared de tanto en cuanto. Tal vez programó más de una entrevista y no anticipó la cantidad de solicitantes que encontraría a su paso. Elsa toma distraídamente una revista de la mesa contigua y la hojea analizando a sus contrincantes por encima de las letras.

Exactamente a las nueve treinta, emerge una secretaria de la puerta central y pronuncia cuatro nombres del primer grupo. Las señaladas se incorporan al unísono, se arreglan la falda o la chaqueta, y se dan un retoque al cabello. Como si fuese una señal de rivalidades, las demás sacan sus espejos, lápices labiales o cepillos para darse una “manita de gato” antes de ser requeridas.

Quienes la preceden salen cabizbajas, frunciendo el ceño o con una tímida sonrisa. Algunas llevan entre manos un sobre que podría contener su currículum y su solicitud rechazada. El ambiente se espesa; pese a que todo anticipa una sensación ineludible de fracaso, Elsa se tranquiliza: nada tiene que perder.

Los minutos se hacen eternos. Por fin, con el cuarto grupo de candidatas, pasa ella. Por sus antecedentes y su edad, adivina a donde se dirige. La destinan a un cubículo al fondo de un pasillo donde la espera un individuo malencarado, que asoma detrás de una pantalla de computadora, con la corbata a medio hacer y con una persiana sucia a sus espaldas. Su actitud es despreciable, escudriña a Elsa con lascivia y la invita a sentarse con un gruñido. De golpe, se advierte sujeta a un interrogatorio en tono policiaco.

  • Y usted, ¿qué nos ofrece? – le dice, casi increpándola.

Ella se endereza en su lugar, alcanza la bolsa que ha dejado a su lado, extrae el revólver y lo engatilla, apuntándole directamente al pecho. Visiblemente enfurecida, le pregunta:

  • ¿Ya no te acuerdas de mí, marrano?

El hombre se ha puesto pálido, con ojos como platos y una expresión de muerte inminente. Se empuja hacia atrás en su silla giratoria y da un tumbo contra la persiana, que se agita con el peso de su cuerpo, ansioso por huir, por saltar hacia el vacío.

  • ¡Quédate quieto! – le grita Elsa, roja de rabia. El hombre acata, perlado de sudor.
  • Te voy a refrescar la memoria, animal. Hace tres años, en el bar Rinaldi, tú y dos de tus gorilas me atacaron afuera del baño de mujeres. Tardé meses en recuperarme de aquel ultraje y esa vergüenza sexual, esta abominación me ha costado también mi matrimonio. He pasado por varias psicoterapias con muy poco éxito; pero hace varias semanas me decidí. Mis agresores pagarían por el daño que me ocasionaron. Para tu desdicha, sólo he podido localizar a dos de ustedes. El primero, Rogelio, ¿lo recuerdas? (El hombre asiente, tembloroso). Bueno, debo decirte que descansa sin mucha paz, porque tuve tiempo de torturarlo hasta que confesó y rogó de arrepentimiento.
  • Pe..pero, yo no soy ése. Ni siquiera conozco el bar que dices.
  • Ahora sí, rata. El miedo te hace mentir. Pero en aquel momento te reías a carcajadas mientras tus secuaces me violaban. Nunca olvidaré tu cara, Mateo Palmieri, ¡Nunca!

Al decir esto, Elsa saca un cojín de costura de su bolso y a través de él, dispara dos veces a corta distancia justo al pecho del hombre, que cae desplomado hacia su lado izquierdo. Antes de que puedan reaccionar en las oficinas contiguas, guarda la pistola y sale de prisa hacia el vestíbulo, donde espera el último grupo de solicitantes. A sus espaldas se escuchan gritos de horror y alguien que conmina a los demás para llamar a la policía.

Frente al edificio, Elsa retoma su paso con calma. Se confunde entre los peatones y, tan pronto puede, arroja el arma homicida en un basurero al borde de la avenida. Se asegura de que nadie la sigue y toma un taxi en dirección hacia la escuela de sus hijos. El tráfico discurre con fluidez y ella enciende su teléfono para avisar que se trata de una emergencia familiar, que los chicos deben salir antes de su horario habitual. La secretaria está por preguntar de qué se trata, pero se contiene. El tono de voz de Elsa es parco y rebosa templanza. Cuelga sin más. Enseguida, cambia de celular y marca con toda calma el número de Carlota, su amiga más cercana.

  • Aló, ¿eres tú, Elsa?
  • Sí, te aviso que nos vamos de viaje con los chicos, amiga. Está hecho. Como acordamos, tú no sabes nada. Me habías notado distante y contrariada, pero suponías que eran mis problemas económicos. Jamás imaginaste que fuese capaz de lastimar a nadie.
  • Lo sé, amiga. No te preocupes, esta tarde saco los valores de tu casa y estaré pendiente de tus noticias.
  • Te aviso en cuanto estemos instalados, Carlota. Gracias por todo.

El taxista parece distraído y como habló con su interlocutora en italiano, Elsa confía en que el hombre habrá perdido el hilo de la conversación. No obstante, entabla una charla ligera con él para cerciorarse de que no sospecha nada. Está dispuesta a borrar cualquier rastro. Ahora nada puede detenerla.

Se apea del vehículo tras dejar una buena propina y confirma con alegría que sus hijos la esperan en la entrada del colegio.

  • ¿Qué pasa, mamá? ¿A dónde vamos? – pregunta Claudia, con preocupación.
  • Les tengo una sorpresa, hijos – dice, con una sonrisa amplia para sosegarlos. – He planeado un lindo viaje durante meses. Vendí algunas cosas que no necesitábamos y alquilé un chalet en el Caribe. No pregunten más, queridos. Vamos a ser muy felices.

Bajo las sombras de las jacarandás, Elsa abraza a los muchachos, que se dejan sumergir en su ternura, un tanto sorprendidos de esta nueva actitud de su madre, optimista y asertiva, a quien habían perdido en el ahogo de su melancolía.

Por estos canales aún corre la sangre

Por estos canales aún corre la sangre

Trenzados de los brazos, Thijs y su amiga caminan por la plaza del mercado, bajo un sol opacado por la cúpula de nubes perennes que acarrea la tramontana. Ambos simulan contarse chistes y ríen aparentemente distraídos, ante las miradas de la guardia de ocupación que vigila su paso. Son dos soldados en uniforme gris que observan todo en su derredor con absoluta desconfianza, sabedores de que pisotean un país sometido y bastante receloso. Pese a su edad e inocencia, los detienen bajo la estatua de Coster y los interrogan en un alemán altanero y cáustico.

– Cómo quisiera grabarles la A qué inventó nuestro prócer en el pecho y borrar de una vez su arrogancia – dice el muchacho en holandés, entre dientes.

– ¿Qué masculla este chico insolente? – pregunta el de mayor rango, tratando de descifrar su tono.

Ella responde con calma, evidentemente asustada y en su alemán quebrado; pero al fin consigue disuadirlos de otras averiguaciones al mostrar sus cartas de estudiantes.

  • Vamos a aniquilar la resistencia en todo este país innoble – explota otro soldado, poco mayor que ellos, con ojos llameantes.

Thijs lo mira sin ocultar su desprecio, pero calla para evitar más sospechas. Tras registrarlos y palparlos como si fuesen delincuentes, los “mangas” (moffen) los dejan ir, no sin antes chasquear las botas y emitir el saludo nazi.

Con la Grote Kerk a sus espaldas, los chicos emprenden el camino hacia Jansstraat para internarse en la ciudad vieja y engañar a los posibles delatores. Desde una ventana abierta se escuchan los acordes de la Tempestad en re menor de Ludwig van Beethoven, con ciertos errores que el oído de Mareijke sabe detectar y tolerar sin apremio. En estos días de otoño, el frío ayuda a ocultarse y también pasar entre las faldas y abrigos algunas armas cortas que requiere la resistencia.

¡Cuánto durará esta guerra interminable! Las emisiones erráticas de la BBC aseguran que se acerca el asalto final, que los generales Eisenhower y Montgomery desataron la mayor ofensiva de la historia en las playas de Normandía antes del verano; que avanzan liberando pueblo tras pueblo hacia la frontera maldita. Para nosotros, los olvidados, no hay siquiera ventisca de liberación. En los campos de concentración y en los Urales mueren millones de civiles y soldados en espera de una tregua que no llega nunca. A veces de madrugada escuchamos el paso de bombarderos a lo lejos sin discernir si son de la RAF o la Luftwaffe. Aquí en Haarlem, al otro extremo de esta Europa asolada, las calles pululan con hombres de raza aria cuya juventud ha sido arrebatada y que desquitan su inquina y frustración contra nosotros. ¿Qué culpa tenemos de haber caído bajo su paso destructor?

Tras un rodeo por Schapenplein y Smedestraat para eludir a la Gestapo, llegan a toda prisa a la casa Ten Boom, donde la familia acogió a varios ciudadanos judíos. El lugar está desolado desde Febrero cuando un delator llevó a los invasores para arrestar al viejo relojero, a sus hijas Betsie y Corrie, y a otros treinta y cuatro refugiados. Por fortuna, los seis amigos judíos se ocultaron en el escondite tras la pared del vestíbulo, que los soldados pasaron por alto. Casper, el padre, un buen cristiano y siempre magnánimo, cayó preso y no toleró el maltrato, murió en la prisión oprobiosa de Den Haag, antes de que enviaran a sus hijas a Ravensbrück. Una muerte providencial, si me preguntan.

Persignándose al pasar frente a la puerta trancada, los chicos avisan a los vecinos de la captura de civiles a las afueras de Putten, donde la Knokploeg logró asestar un golpe de gracia a las tropas alemanas los primeros días de Octubre. En un rapto de furia, el intendente nazi ordenó acarrear como ganado a la población hacia los crematorios de Auschwitz. Los francotiradores huyeron rumbo al refugio clandestino de Utrecht, pero se dice que quieren montar una escalada contra los invasores y detener la masacre de ciudadanos inocentes.

El cuartel general de la resistencia, que denominamos LO (Landelijke Organisatie voor hulp aan onderduikers) ha sugerido que conservemos la calma; que estamos ante  una etapa de reorganización, no de contraataque. El invierno se aproxima y se esperan refuerzos de Bélgica y Francia, donde los partisanos están mejor pertrechados. Los asesinos pagarán por sus crímenes, lo sabemos, aunque todavía no podamos garantizarlo.

Han pasado diez semanas desde aquel ultraje desesperado de los nazis, temiendo su destrucción y con ello justificar su crueldad. No se han replegado, porque las órdenes de su Führer es que resistan, que la victoria les pertenece. Aquí sabemos que tal alarde es una insensatez; que su Tercer Reich se está derrumbando, pero su odio sigue cobrando vidas inocentes.

Este invierno ha sido una catástrofe, más aún porque estamos por cumplir un lustro de vasallaje. La falta de alimentos y el frío inclemente que azotó desde el mar del Norte nos ha traído hambre y muerte cuando esperábamos la redención. Las tropas alemanas siguen estacionadas en Amsterdam, Groningen, Delft, tantas otras ciudades, y hacen la vida imposible. A su vez, la Gestapo actúa cada vez con más saña y alevosía, sin importar el sufrimiento que padecemos todos.

Los pocos ciudadanos judíos que pudimos salvar han huido o cayeron prisioneros al buscar otras latitudes más seguras. Muchos barcos de refugiados fueron hundidos por los submarinos alemanes no bien zarpaban de las costas que alguna vez fueron neutrales. La desolación salió del mar también y no sólo de los campos de batalla y los pueblos ocupados. Nos mantenemos encerrados a cal y canto para ahuyentar el aire helado y la ignominia. Pero la realidad está rota; se ha marchitado la confianza.

Apenas amanece y mi hermana toca repetidamente los acordes de Salut d’Amour de Edward Elgar como si con ello pudiese atraer a los aliados para salvarnos. Me hace llorar en silencio. Pienso en Mareijke y Thijs, agonizando de gripe española, emaciados, y aún con ojos anhelantes, cuando me entregaron sus tarjetas de racionamiento y dos cajas de cartuchos de Luger que ya no pudieron depositar en la casa de seguridad de Overveen. Caía una nieve sucia, con olor a muerte, cuando me despedí de ellos, dejándoles una cobija más mientras tiritaban sin reposo. Todos hemos perdido a alguien querido en esta guerra: deportados, asesinados, aplastados por las detonaciones, sumidos en la melancolía o la desesperación.

A través de las redes de la resistencia nos llega una sola noticia alentadora: Corrie ten Boom se escapó de la prisión de Ravensbrück apenas despuntar este 1945. ¿Será un milagro que anticipa el fin de tanto oprobio?

Los árboles y los arroyos están secos o tronchados. Mi madre ha salido a buscar pasto o bulbos de tulipán a falta de otras proteínas. Estamos exhaustos de todo esto; contamos anécdotas que no son nuestras para acortar los días. Dormimos apretados en el rincón más cálido del departamento y comemos nuestras raciones con un vacilante sentido de subsistencia. Hemos tapiado los vidrios rotos con cartón, cierto, pero la atmósfera es siempre gélida y ominosa. Nos ahoga el silencio; para disiparlo, enciendo la radio y sintonizo las noticias del frente, cuidando el volumen para no atraer a los traidores.

  • Lotte, ¡toca más fuerte! ¡repite ese impromptu! Presiento que ya vienen los soldados yanquis; ya verás cómo todo vuelve a ser como cuando éramos niños.

 

PD1. Cornelia ten Boom, “Corrie”, la única sobreviviente de la familia heroica que albergó judíos, perseguidos políticos y miembros de la resistencia durante la ocupación nazi, relató su odisea en el libro “De Schuilplaats” (El escondite). Su casa en Haarlem es hoy uno de los museos del Holocausto más visitados de Europa.

PD2Cuando los Países Bajos fueron invadidos el 10 de Mayo de 1940, la población resultó tiranizada por la ocupación que duraría cinco largos años. Las acciones criminales de los Nazis eran incomprensibles para los holandeses, dada su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. Tras la invasión, los judíos nativos fueron capturados y torturados como parte de una estrategia focal tendiente hacia la Solución Final en manos del Reichskommisar Arthur Seys-Inquart, dispuesto a aniquilar a todo aquel que frenara el avance del Tercer Reich. Pese a ello, no se dio una respuesta unificada. Del mismo número de holandeses que se aliaron a la resistencia para combatir a los invasores desde la clandestinidad, otro tanto colaboró con las fuerzas de ocupación y delató a sus conciudadanos. No obstante, la milicia popular tuvo alcances insospechados y abrió las puertas a los ejércitos aliados para liberar Holanda poco antes de que avanzaran hacia Frankfurt en la primavera de 1945.

Vértigo

Vértigo

 El fastuoso Mall se inauguró hace pocas semanas. Se citan en el restaurante cantonés de moda, donde él ha reservado una mesa hacia el fondo, tratando de ser discreto. Es un hombre maduro, delgado y bien parecido, con barba rala, cabello entrecano y un toque de Botox. Usa lentes de deportista, aunque lo cierto es que los requiere por presbicia. Hoy se ha vestido con elegancia: camisa de algodón abierta, pantalón negro de pana y una chaqueta de tweed que ostenta el salario de varios meseros que lo atienden. Pide una ginebra al estilo rústico y “peina” el salón principal en busca de conocidos no bien se sienta. Es jueves y abundan los jóvenes; hacia la entrada algunas parejas que parecen celebrar. Un político con quien alguna vez entabló negocios pasa a su lado, pero no lo reconoce.

El aire se espesa cuando entra Laura. Viste una falda corta y una blusa tejida con cuello alto y sin mangas que realza su figura. El perfil de una doncella, que desfila con garbo y frescura, despiertan la curiosidad de las mesas contiguas. La pretendida circunspección se va al garete con su devaneo.

Leonardo se incorpora para cederle la silla con caballerosidad y resiente las miradas de los comensales que tratan de indagar si sólo son padre e hija o están ante un incesto. El beso furtivo en los labios parece confirmar sus comidillas. Una mujer en la mesa veintisiete tiene la osadía de señalar la argolla de matrimonio que Leonardo olvidó retirarse antes de seducir a su amante en turno. Dos meseros se aproximan para atenderles y la velada discurre sin mayores contratiempos.

Su caso no es excepcional. La vanidad está en apogeo y la hermosa chica parece sacarle jugo a la partida narcisista destinada al fracaso y de la que es ávida tributaria, en tanto su añejo pretendiente no pierda la cabeza.

Los observo mientras hablan en idiomas de distintas épocas y tratan de subsanar la brecha generacional que los separa con flirteos y manjares caros. Él se revuelve en una charla que parece amena pero la chica se distrae con cierta frecuencia y ha recurrido al incesante truco de polvearse la nariz para tomar un respiro. Todo hace sugerir que preferiría estar bailando y riendo con sus contemporáneos.

Cuando se queda solo en la mesa, el hombre extrae su teléfono móvil y se pierde en imágenes, frunce el seño, se pasa la mano por el cabello y se ajusta la solapa. En otro momento, saca un aerosol bucal de la chaqueta y se lanza dos disparos, procurando no resultar conspicuo. Ordena una nueva botella de vino y bebe con fruición, como si quisiera ahogar la velada antes de tener que rendir cuentas. Cada vez que Laura regresa del baño, se incorpora y le acomoda la silla, siempre solícito. Ella se deja mimar y vuelve a la carga. Una dinámica que augura poco éxito y que en cierto modo parece un ejercicio existencial bastante estéril.

Sin conciencia de haberme visto antes, acude a mi consultorio unos días después recomendado por otro paciente con trastorno de carácter. Como es obvio, procuro no emitir juicios ni diagnósticos durante las primeras entrevistas para no contaminar la transferencia. Esta vez viste con recato, un traje gris y corbata guinda; incluso su talante parece menos afectado y lleva otras gafas, más acordes con su edad.

  • Por favor tome asiento, Señor Hickmann – le digo, señalando uno de los dos sillones que uso para las sesiones frente a frente.
  • Gracias, doctor – contesta, revisando con rapidez el entorno: diván, escritorio, lámpara encendida y con aguda suficiencia, mi librero.

Se reclina para probar el respaldo y deja un momento de silencio para observarme, acaso evaluar mi soltura, antes de comenzar.

  • Estoy aquí porque ya no tolero a mi mujer.

Inevitablemente pienso: ¿cuál de ellas?

  • Tenemos cerca de treinta años de matrimonio y nuestra relación se ha deteriorado desde que crecieron los hijos y emprendieron sus vidas académicas. Ella se muestra implacable, me critica y es obvio que ha dejado de respetarme. No soy un hombre violento, doctor, pero no puedo más. Claramente ha dejado de quererme y tiene arrebatos hormonales.
  • ¿Arrebatos? – pregunto, para darle hilo a su narración.
  • Sí, claro. Como si se tratara de una madre que regaña al único hijo que le queda en casa – sonríe con tinte irónico al decirlo.
  • Mmmm – emito, sin dejar de mirarlo.

En este punto, le pido que me haga una pequeña reseña de su vida personal; su procedencia, los avatares de su infancia, su fallido matrimonio en mayor detalle. Sin rumbo fijo, como él prefiera contármelo. (Lo usual es que los pacientes pongan más énfasis en el trance que los afecta, pero imperceptiblemente se reclinan en las raíces o las vertientes de su neurosis. Dado que se trata de una versión matizada por este primer encuentro, la tomo con muchas reservas).

Durante su relato autobiográfico, que resulta algo rígido – como tarjetas postales, arquetipos enmarcados una y otra vez – me asalta la impresión de que estoy ante un náufrago, que oscila en su balsa maltrecha con el oleaje de sus emociones. No se ha detenido a reparar en sus motivaciones y parece justificar todos los envites que emprende como si se tratara de una consecuencia natural, de la que es el único merecedor.

Tras aclarar qué horarios tengo disponibles y el costo aproximado de la terapia, lo despido sin extender la mano, esperando que él establezca la pauta de nuestro contacto. Se despide algo cabizbajo, como si hubiese dejado la mitad de sus secretos en custodia.

Tengo unos minutos antes de la siguiente sesión, así que aprovecho para reflexionar en el caso y articular algunas ideas.

Destaca en su discurso inaugural la necesidad de admiración y reconocimiento que ya no percibe procedente de su esposa. Es evidente que busca estos méritos sin cesar en otros ojos, si bien el sacrificio – como pude constatar en el restaurante – requiere un montante de energía que él ha depositado en un falso estar, un embozo a la medida del espejo. Puede pensarse como una adicción, que tapa el duelo por momentos, pero a cada tropiezo lo hace más profundo e inefable.

Nacemos desvalidos, anhelantes de alimento y cobijo. Esa premisa nos define, nos obliga a trascender los espejismos y buscar el amor (o algo parecido al amparo) cuando nos invade la melancolía o se llaga la autoestima. El lenguaje psicoterapéutico recurre al concepto de “herida narcisista” para explicar ese hiato en la subjetividad que busca ser reparado a toda costa y cabalga por la compulsión a repetir conductas, a sacrificar lo mucho por lo inmediato, la plenitud por el goce.

Me resulta bastante claro que Leonardo se resiste a envejecer; que prefiere ver a su mujer de tantos años como una madre que lo reprime y lo somete antes que aceptar que las arrugas, las canas y la disfunción eréctil son el precio inevitable que pagamos por existir. Es curioso cómo no se detuvo en su profesión (- soy abogado de una firma muy prestigiosa – dijo, como de paso) y omitió referirse a otros intereses que pudieran enriquecer su hastío o la soledad que acarrea la inminencia de su deterioro físico e intelectual. Me pregunto si un hombre tan pagado de sí mismo se da tiempo para leer, escuchar música, viajar; a cambio de estar puliendo y ornamentando su imagen. Simula un Dorian Grey dispuesto a congelar el tiempo para saborear lo que la edad y su renacida madre (ese imagen que proyecta) le prohíben.

Desde luego, acercarse a un proceso analítico es un buen comienzo. Después de todo, las aguas pantanosas del narcisismo no tienen piso y la sensación de ahogo es opresiva. ¿Será una culpa anticipada la que lo hizo venir? O, más bien, la sospecha inconsciente de que sus alas ya no remontarán tan lejos como augura su deseo.

Sea como fuere, estimo que su demanda de tratamiento es genuina, que sus noches en compañía o en la incomodidad de sus desvelos ya no concilian la ausencia. Puedo imaginarlo frente al espejo, untándose la crema de afeitar cada mañana, tratando de retocar su decrepitud y preguntándole a la vida: – ¿Qué hacer para no morir de languidez y de amor propio?

¿Dónde estás ahora, mamá?

¿Dónde estás ahora, mamá?

Dormitando en un lecho de hospital, las persianas a medio abrir y cediendo a la fatiga, el recuerdo de su madre se agudiza. Alguna vez le cantó en su idioma natal, y ella supone que la facilidad con la que se comunica ahora con estas enfermeras, toscas y exactas en su trato, también puede agradecérsele, aunque no la escuche. Acaso el dolor se mitiga poco a poco, mientras pasa las manos en una tímida caricia sobre su vientre, recordando su tacto fino, su presencia suficiente.

Está sola en este cuarto en penumbra y apenas define el ronroneo de los autos a la distancia. Ha sido un día intenso de visitas, que no pudo rechazar por cortesía o pereza, qué más da. El suero cae en silenciosas gotas que penetran, también calladas, en su vena rubicunda e inerte. No hay paz en este sitio – medita – pero al menos se sienta acogida por la higiene y el esmero. Pese a su divorcio, no faltan los amigos, aunque a veces sospecha que se conducen más por lástima que solidaridad. Carmen es su confidente, pero hoy tiene que cuidar a los niños; otra desterrada de la leyenda conyugal.

Acude nítido a la memoria aquel ritual donde ella, sentada en una silla bajita, la observa mientras se acicala para el trabajo. El toque preciso de labial, la elección del rubor y ante todo, sus guiños desde el espejo, en divertida complicidad. Después, la aúpa dulcemente y, colgando de su regazo, la peina sin prisa, con largas pinceladas que son mimos.

Estrenar un vestido bajo su mirada aprobatoria era debutar en el mundo, ufana y sin competencia.

¿Cuántas veces el alivio se invocaba tan sólo verla entrar con el jarabe flanqueado por el te y la magdalena humeantes?

Eso le queda de ella: sensualidad, un semblante difuso, su perfume en oleadas y la disposición de vivir, que no ceja.

Habitaron en una isla, donde las gaviotas no faltaban al encuentro matutino. Ella, niña inquieta, dejaba caer suavemente sus pies sobre las huellas que iba dejando mamá en la arena; como hubiese querido seguirla siempre, sin horizontes, sin mañana.

Era su confidente entonces, cuando los gemelos dormían la siesta y el olor a leche se había quedado en casa, junto con los celos. Papá se haría cargo por esos minutos preciados de connivencia. Nada ni nadie importunaba ese solaz frente al baño del mar, bajo el sol tempranero.

Mamá cantaba canciones de la Provence – en langue d’Oc a veces – y ella repetía las estrofas vacilante, tratando de fijar el acento, la inflexión de voz, cada pausa. El vestido de lino ondulaba con la brisa y Matilde la seguía, paso a paso, embelesada. Cuando llegaban al faro, la luz penetraba las nubes y ella la tomaba de la mano, señal silenciosa de que había que volver, sin prisa, para retomar la realidad y acudir a la escuela por unas horas. Ese contacto furtivo era para ella la afirmación de que la vida tenía continuidad y que la jornada podía proseguir una vez desprovista de magia: su festejo íntimo, su magia.

Cuando mamá enfermó, sintió que las paredes se desplomaban. Fue un día de Octubre, lo recuerda porque había olvidado su abrigo y la ventisca otoñal auguraba una gripe y un cierto desasosiego. Abrió el zaguán esperando encontrarla de brazos abiertos al pie de la escalera. El patio estaba vacío y no se respiraba olor alguno desde la cocina.

Entró a la casa con cierto titubeo y encontró a Martha, la vecina, que le describió en palabras torpes el desmayo, el sangrado, la llamada urgente al hospital y la ambulancia;  sin darle tiempo a sopesar cada escena y ponerla en el contexto de la tragedia que se avecinaba. Se dejó caer en la mecedora aún boquiabierta y se dio un minuto para pensar en esa anticipada orfandad, en el aire marítimo que ya no las tendría, que ya no volvería por ellas.

Años después, como pediatra, recordaba ese momento al cobijar a un recién nacido y reconocer su fragilidad al tiempo que tomaba las muestras necesarias para documentar su agammaglobulinemia. Sangre vulnerable, exigua. El fármaco estaba listo, con todas las precauciones, a dosis minúsculas, para evitar una muerte prematura por microbios ambientales. ¡Qué imperativo y vital el flujo de anticuerpos a través de la placenta para otorgarnos los recursos para subsistir! – pensó, y recordó de nuevo a su madre, flotando frente a ella en el calor de la playa.

Ahora, enfrentada a su leucemia aguda, todo parece cobrar sentido. Esta infección, el hambre de amor que acarrea, y la luz; como si sus ojos la miraran otra vez desde aquel tiempo perdido y repitieran – entre sonrisas y cantos :  “Vamos, Mati, se hace tarde y nos esperan”.

PS. Sabemos que el legado materno, que precede a la impronta de sentimientos e identificaciones, discurre por la placenta en forma de anticuerpos. Tanto es el mensaje prístino de inmunidad, que estamos protegidos de incontables infecciones hasta que las vacunas nos refuerzan la memoria linfocitaria. Aparte del epifenómeno, ese influjo de defensas modula también la microbiota intestinal al grado de proveer un pertrecho molecular hasta la vida adulta.

Podría decirse que el mensaje de mamá perdura. Metáfora o transfusión, su cuerpo en el nuestro es dote y algo de destino.

El color del napalm

El color del napalm

Hace días que llueve sin cesar. Es una cortina constante de agua que nos sigue por doquier y que lo anega todo. No hay senderos, sólo la misma jungla que se abre y se cierra de inmediato a nuestro paso. Humedad constante, irrespirable. 

Dormitamos en pares, turnándonos para extraer el agua de la trinchera, agazapados bajo los manglares y con las botas viradas para mantenerlas medianamente secas. Los pies macerados ya no son tema de queja, es algo más que todos compartimos. 

No hay luz suficiente en ningún momento para despertar el ánimo. A la distancia se oye el repicar intermitente de los morteros día y noche. Las raras veces que estamos en territorio seguro, bajo el fulgor mortecino del tabaco, sacamos fotos de alguna novia, recortes de revistas humedecidas o un panfleto militar y las pasamos de mano en mano para conocernos mediante reacciones y comentarios soeces. Sólo da para eso nuestra intimidad.

Además, avanzar es una odisea que no termina. Desde que nos depositaron en la última LZ, habremos recorrido siete u ocho millas entre raíces, campos de arroz, y selva cerrada y agreste. Marchamos con una lentitud insufrible. Las emboscadas – que tanto tememos – aún no se producen, pero fuimos advertidos de que podrían suceder en cualquier instante. 

Los grunts Jamal y Perkins, un ferviente musulmán de Evanston y un redneck de Tulsa, que me hubiesen forzado a cambiar de acera de habérmelos topado en cualquier ciudad, son aquí mis hermanos de sangre. Mantenemos contacto visual en todo momento para no apartarnos durante el día y compartimos raciones de Babe Ruth como niños macilentos. Aquí todos nos regimos por el lema no escrito de supervivencia: “I’ve your back, Cherry”.

Jamal habla poco y se detiene a orar hacia la Meca (aún no sé cómo la sitúa) cada tres noches. Se rehúsa a comer carne seca y la intercambia con nosotros por latas de Campbell’s o trozos de chocolate. Tampoco fuma, pero tolera nuestro único vicio cuando el perímetro y la visibilidad lo permiten. Su piel es casi azul y sólo sus ojos lánguidos brillan en la noche cuando monta la guardia. Perkins en cambio, es parlanchín y muestra en cualquier momento su ingenuidad de campesino. Creo que no está preparado para la sangre, porque vomita ante la simple mención de escaramuzas previas entre los veteranos. 

Anoche nos llevamos un buen susto. Perkins estaba de guardia y nos despertó de un golpe de culata porque oyó que algo se arrastraba entre la maleza impenetrable. Yo podría jurar que era un escuadrón de Charlie que tomaba posiciones. Armamos la metralleta al borde de nuestro agujero y nos preparamos para enfrentar la muerte. Cuando estaba a punto de jalar el gatillo, aparecieron dos jabalíes mojados olfateando entre nuestras raciones. Jamal cayó de nalgas en la trinchera y disparó al aire, despertando a toda la compañía. Nos quitaron dos raciones de goma de mascar por nuestra impericia; pero todavía esta mañana no parábamos de reír al recordar la escena. 

Lo peor no ha empezado siquiera. Al cruzar un ancho campo de hierba alta flanqueado por dos montículos recibimos las primeras ráfagas de ametralladora que tanto temíamos. Las balas entraron con silbidos agudos entre las ramas y Jimmy G., el operador de radio, cayó fulminado por un certero tiro que le abrió en dos la carótida. Torrance, su compañero de equipo, nada pudo hacer para salvarlo. Quedó salpicado en sangre como si a él mismo lo hubieran mutilado. 

Nos arrojamos brutalmente al suelo pantanoso y tomamos posiciones como el aire nos dio a entender. Bien a bien no sabíamos si las descargas venían de ambos lados de nuestro perímetro. Oí a Perkins sollozar a unos metros y supuse que lo habrían alcanzado. De golpe, el chubasco se detuvo y salió un largo velo de sol que parecía nuestro aliado. Torrance tomó el radio y en voz baja pero enérgica indicó las coordenadas para bombardear al enemigo. Tendríamos que movernos de inmediato fuera de ese claro, a riesgo de morir chamuscados. 

La columna se recompuso tras el momentáneo alto al fuego y nos ordenaron avanzar en zigzag hacia el borde norte del terreno. No podía ver ni mis pies, me abría paso a golpe de fusil entre la espesa hierba. Jamal y un marine que llevaba tres tours seguidos en Nam cubrieron nuestra retirada. Unas cien yardas más adelante nos alcanzaron. Mi compañero venía cargando al marine que había sido herido en el vientre y ambas piernas. Se desangraba. Clamé a gritos por soporte médico tratando de aplicarle un torniquete y manteniendo la cabeza baja entre la metralla. Los medics tardaron en llegar varios minutos que me parecieron interminables. Montaron como fardo a Laurie (ahí Jamal nos compartió su nombre) en una camilla y dieron la orden de evacuación a la retaguardia. Lo más escalofriante era la certeza de que el Minh seguía nuestros movimientos de cerca. Un sombra ominosa, camuflada entre todas las sombras que nos rodean.

Cam Matthews, sargento segundo forjado en la ofensiva Tet y el único sobreviviente de su batallón, nos reunió en un semicírculo bajo la lluvia que escanciaba. Si su idea era imprimirnos un sentido de heroísmo, su aspecto no ayudó en nada. Una bala le había atravesado el brazo izquierdo en sedal y tenía la camisa rota de sus idas y venidas para reagruparnos. Sudaba profusamente – lo que resalta la cicatriz de bayoneta que distingue su cuello –  y tosía con frecuencia para aclarar la voz crispada. Es un hombre recio, de cabello rojo cortado al ras, que no sabe sonreír, y que lleva en el pecho una docena de tags de sus compañeros caídos; de modo que podemos oírlo cuando se acerca como un gato con cascabel. 

Nos miró uno a uno, ensopados y ateridos. Nos recordó que estamos aquí para frenar el avance del comunismo en el mundo y que los gooks son demonios amarillos dispuestos a violar a nuestras novias y decapitar a nuestros padres. Vernon y Altuve, que en Los Ángeles habrían sido enemigos a muerte, se incorporaron de golpe y, tal como si estuvieran acicateando a un público en un partido del Coliseum, emitieron en coro una de las arengas que aprendimos en Tigerland (para los que pretenden olvidarlo: Fort Polk, Louisiana).

Entusiasmados de pronto, nos pusimos de pie para lanzar aullidos de batalla dispuestos a enfrentar a los VC ocultos por el follaje. Entonces, de manera cruel e inesperada, cayó una granada caliente en medio del grupo festivo que conformábamos. Un muchacho muy blanco de Fort Benning que apenas conocía, se quitó el casco en actitud teatral y cubrió la explosión con su cuerpo. Su hazaña evitó que muriéramos y no quisiera recordarlo así, sin piernas y agonizando en un charco de sangre y despojos. Varias esquirlas alcanzaron a tres soldados, que tuvieron que ser evacuados al DMZ esa misma noche, mal heridos y con fiebres incontrolables. Pero los demás, otros quince, volteamos al unísono a revisarnos el  abdomen, los muslos, los pies intactos. Nos tocábamos las caras para cerciorarnos de que aún sentíamos y éramos parte de este paisaje inhóspito y hostil. Habíamos sobrevivido de milagro, dijo persignándose el irlandés McMurray al tiempo que se dejó caer de rodillas.

La andanada de fuego no se hizo esperar. Varios Hueys se escucharon aproximándose en formación, sus aspas a un mismo ritmo disipando el humo que provocaban los lanzallamas. Con altavoces, los pilotos nos conminaban a correr hacia el oeste para evitar el baño de napalm. Apestaba a gasolina y a carne quemada por millas en nuestro derredor.

La temperatura subió drásticamente al grado que ansiábamos boquiabiertos la caricia fresca de la lluvia que ya había amainado. Creí oír gritos a la distancia, aullidos de horror de los Victor Chucks abrasados en sus guarniciones. Jamal, el chicano Altuve y otros tres corrían despavoridos frente a mí  golpeándose la espalda con sus cuarenta libras de bultos y armamento. Nadie volteaba a cerciorarse de que otros hubiesen caído en el trayecto. Sabemos bien que el fuego no respeta nada que respire.

Me percaté entonces de que Torrance se había quedado atrás. Sólo él podría detener por radio a los helicópteros en su paso destructivo. Sin su voz, acotando las coordenadas del ataque, no quedaría un ser vivo en toda esa planicie carbonizada.

Ése fue mi último recuerdo. Desfigurado de brazos y abdomen, supe después por la indiscreción de un enfermero en el hospital naval que toda mi columna había muerto calcinada. Imaginé los cuerpos entre las cenizas de Pompeya; presos en el tiempo en posturas grotescas, huyendo o sorprendidos cuando la lava del Vesubio arrasó sus casas y templos.

Esta mañana aguardo la dolorosa curación de mis heridas y ampollas. Sólo el consuelo de Vicky, la delicada auxiliar de West Virginia, con su acento de hillbilly, hace más llevadera la agonía.

PD. La preparación abrasiva que se conoce como napalm, fue diseñada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Harvard en 1942. Se trata de un compuesto altamente flamable confeccionado con gasolina mezclada con ácidos nafténico y palmítico. Su uso militar (o más bien, criminal) se estrenó en Berlín 1945 y se difundió en el conflicto de Corea. El ejército norteamericano arrojó 388 mil toneladas de esta sustancia incendiaria sobre el territorio y los poblados de Vietnam durante los diez años de guerra de ocupación. 

Bibliografía recomendada. 

Karl Marlantes. Matterhorn. A novel of the Vietnam war.  Grove Press, Chicago 2011. 

Robert Mason. Chickenhawk. Penguin Books, New York 2005. 

Jonathan Neale. A people’s history of the Vietnam war.  The New Press, New York 2001. 

Tim O’Brien. The things they carried. Mariner Books, New York 2011. 

Geoffrey C. Ward & Ken Bunrs. The Vietnam war: an intimate story. Alfred Knopf & sons. New York 2017.

Del rigor científico al rigor mortis

Del rigor científico al rigor mortis

Como tantas otras semanas, el comienzo de mi jornada laboral incluye un debate en torno a las terapias alternativas. Menos vehemente que en otros ayeres, escucho atento las cualidades de la fórmula mágica en turno y trato de ponerla en contexto, antes que refutarla sólo por su carencia de cientificismo. De otro modo, un dogma se va de bruces contra otro dogma en una inerte disputa bizantina. 

De lo que se trata, al fin y al cabo, es de ofrecer la mejor opción para cada padecimiento cuidando los efectos indeseables y procurando el resultado más sólido en el menor tiempo posible. Una fórmula económica, cabría decir, que les ha dado a la farmacoterapia y a la prevención un lugar privilegiado en el seno de la clínica contemporánea.

Más aún porque el padecimiento, a diferencia de la entidad nosológica, es una travesía singular e irrepetible. Cada enfermo deviene su propia Odisea.

Pero antes de caer en sofismas, debemos admitir que los seres humanos nos alimentamos de ilusiones. Así, el paciente que inquiere si el factor de transferencia (un supuesto inmunoestimulante) puede servir para su Lupus Eritematoso Generalizado (enfermedad donde se desboca el sistema inmune) confunde la causa con el efecto. Reconozco por supuesto su candor, pero de mi efusividad y experiencia depende que no deje el tratamiento inmunosupresor – que corrige su enfermedad autoinmune pese al costo físico o emocional que le acarrea – en pos de una quimera que puede acercarlo más a la muerte. 

Por razones obvias, trataré de recular en circunstancias que me son comunes.

Un ejemplo es el de los suplementos vitamínicos. Promovidos por la iniciativa industrial de la mitad del siglo XX para subsanar la deficiente nutrición de la posguerra, se añadieron a cereales, enlatados y alimentos de todo tipo. Los bioquímicos norteamericanos exportaron su fantasía a tantas otras latitudes que la recibieron con avidez y promovieron su beneficio universal. Las vitaminas recién sintetizadas habían mostrado sus bondades ya en la reparación de varias deficiencias adquiridas. Pensemos en la erradicación del escorbuto o el diagnóstico de la anemia megaloblástica que tantos estragos causaron en los siglos precedentes. Pero tendemos a asociar por afinidad, no por inferencia. De modo que la cultura popular afirma que la vitamina C protege las mucosas (que se desgarran con el escorbuto) y la cobalamina mitiga cualquier dolor neuropático (síntoma cardinal en la anemia antes descrita).  Pero un efecto anticipado en la corrección de una deficiencia vitamínica no tiene porqué aplicarse a situaciones similares donde la causa es otra. La medicina contemporánea se ha construido a base de muchos esfuerzos por precisar lo que llamamos indicaciones terapéuticas; vgr. encontrar el medicamento óptimo para cada etiología. Las úlceras orales producidas por disbiosis o quimioterapia no tienen porqué mejorar con Redoxón, como tampoco una neuropatía diabética se beneficiará en absoluto con inyecciones de Bedoyecta. 

Debo insistir: las vitaminas no curan la fatiga, no recobran el ánimo ni “aumentan” las defensas.  Es claro que tienen un lugar en el desarrollo nutricional, en la prevención de estados carenciales e incluso le han valido el Premio Nobel a sus investigadores (Albert Szent-Györgyi y Walter Norman Haworth en 1937 por la síntesis el ácido ascórbico, y seis premios más relacionados directa o indirectamente con el descubrimiento y aislamiento de la vitamina B12). Asumir que por sus cualidades preventivas adquieren providencialmente un efecto curativo es una ilusión. Su empleo se limita, como es obvio, a sus indicaciones suplementarias (las famosas RDA – recommended daily allowances – del mercado alimenticio en nuestro vecino del norte).

Otra muestra es el intento denodado para “curar” el cáncer ( o mejor dicho, las diversas neoplasias malignas) con recursos no probados. Leáse el escorpión azul de Cuba, la raíz de uña de gato, el cloruro de magnesio, el mejillón de labio verde de Nueva Zelanda y más recientemente, por sus propiedades infumables, los extractos de marihuana. Por principio, debemos señalar que un melanoma, una leucemia mieloblástica o un adenocarcinoma de páncreas, pese a que tienen en común la replicación excesiva de sus componentes celulares, no tienen parecido alguno entre sí. Emanan de tejidos diferentes y sus motores de maduración son también distintos. De modo que quererlo subsanar todo con una panacea (por definición, remedio para cualquier mal) es una tarea estéril que acarrea falsas ambiciones.

La comprensión de que las telomerasas, los oncogenes, las mutaciones puntuales, las adhesinas y algunas tirosincinasas están detrás del crecimiento anómalo de ciertas estirpes celulares ha expandido como nunca antes nuestro conocimiento de los mecanismos de reproducción y el alcance metastásico de los tumores. Gracias a estas invaluables contribuciones científicas, hemos encontrado recursos específicos para inhibir la expresión y expansión de muchos cánceres que eran mortales hasta hace pocas décadas. Si bien su costo es todavía prohibitivo (algo que las compañías biotecnológicas tendrán que considerar frente a su tenacidad mercenaria), se prevé que la inmunoterapia será el modelo de tratamiento del cáncer en el futuro inmediato, sin descontar la utilidad de la cirugía (para remover la masa tumoral), la quimioterapia clásica y la radioterapia en tumores cuyos mecanismos de agresividad permanecen ocultos.

La intención justamente es enfatizar que desde que se introdujeron las vacunas y las medidas de higiene ambiental, las ciencias biomédicas no habían logrado tantos adelantos como en las últimas tres décadas. Desde la segunda mitad del siglo veinte, las bacteremias y la tuberculosis no nos matan; podemos cuidar a nuestros enfermos moribundos – de cáncer, de SIDA – sin temor a contagiarnos; abrimos cráneos y abdómenes para extirpar neoplasias que clasificamos y tratamos con certidumbre patológica. En efecto, asistimos a una época de esperanza y confianza en nuestros alcances. ¿Porqué entonces seguimos apostando a remedios “naturales”, arquetipos culturales y pócimas secretas para tratar lo incurable?

Escribíamos más arriba que para la mayoría de la gente abrigar una fantasía es un medio necesario que les permite lidiar con la inefabilidad de la vida y de la muerte. Sabemos que somos caducos, pero nos resulta inadmisible renunciar a la eternidad. Quisiéramos asegurar que nuestra semilla se expande y disuelve con el fulgor etéreo y que hay algo más que nos mitiga la ausencia. Desde bebés, esperamos con ansiedad ese trago de leche que trae la existencia, promesa de sobrevivir al frío y al desamparo.  Intuimos cómo buscar en el aliento y la mirada del otro (habitualmente la madre) ese consuelo que garantiza la continuidad y en su momento, un primer barrunto de autonomía. Sin percatarnos del camino, aprendemos a desear, a esperar anhelantes ese sustento crucial que nos dota de seguridad y nos devuelve la convicción de que poco se ha perdido. Es, como suponen bien, un proceso inconsciente, que nos impele a transitar a ciegas hasta que las constricciones sociales nos dictan normas y expectativas. Como resulta obvio, mientras más reflexivos, menos torpes seremos entre tales derroteros.

La evidencia científica es compleja, y no siempre grata al oído. Ha costado siglos de ensayos y errores, de perfeccionar métodos de indagación, derogar creencias y hábitos, sumar números y consensos, para que gocemos en la actualidad de un bagaje de conocimientos que permiten afirmar que la cirrosis hepática deriva en cáncer, que la enfermedad coronaria puede predecirse o que la esclerosis múltiple se trata con inhibidores selectivos de linfocitos.

De ahí que suponer que un remedio tradicional o extraído de plantas cuyos alcaloides no se han refinado es la perla mágica que estábamos esperando resulte tan poco plausible. Piensen por un momento en la corteza del sauce llorón. Nadie se la comería a puños para mitigar una cefalea, pero una vez sintetizada y refinada, de esa misma madera se extrae el ácido acetilsalicílico (la insigne aspirina) que tantos dolores de cabeza le ha abreviado a la humanidad. Lo mismo puede decirse de la digoxina, imprescindible para la insuficiencia cardiaca, o de la penicilina y sus derivados sintéticos. Lo “natural”- como suele preconizarse – no es necesariamente lo más sano ni lo más sensato. ¡Cuántos individuos han muerto por no reconocer las propiedades tóxicas del cornezuelo del centeno, las amanitas o la toxina botulínica!

La imagen que les muestro al principio de esta entrada es de suyo elocuente. Junto a los artilugios que definen el conjuro del chamán, están las pastillas de menta, el paquete de tabaco, los tenis y una lámpara sorda en exótico sincretismo. (Los inciensos, cirios, jaculatorias y panes sagrados son extensiones de lo mismo). Prueba de que los humanos no podremos nunca escapar a nuestra condición de mortales, seres sensibles, necesitados.

Desde luego, uno podría preguntarse qué sería de nosotros sin esa dosis mínima de espiritualidad y espejismos. ¿Podríamos acaso tolerar el vacío existencial y discurrir hacia la agonía con indiferencia o aplomo? Delante de mi paciente lo dudo. Y atiendo de nuevo a su contumacia de que el Inmunocal Platinum (presunto extracto de leche que mejora el rendimiento, con todo lo que eso implica) le devolverá la energía para afrontar su fragilidad herida.

Si apelamos a los cuatro vientos, al fragor de la naturaleza o al soplo divino es porque padecemos una insatisfacción ontológica. Quizá por ello nuestra creatividad trasciende fronteras y existencias. Y hemos dejado, pese a todo, un legado secular al que recurrimos cuando el hambre acecha o la enfermedad nos pone frente al espejo inequívoco de la muerte.