Como tantas otras semanas, el comienzo de mi jornada laboral incluye un debate en torno a las terapias alternativas. Menos vehemente que en otros ayeres, escucho atento las cualidades de la fórmula mágica en turno y trato de ponerla en contexto, antes que refutarla sólo por su carencia de cientificismo. De otro modo, un dogma se va de bruces contra otro dogma en una inerte disputa bizantina. 

De lo que se trata, al fin y al cabo, es de ofrecer la mejor opción para cada padecimiento cuidando los efectos indeseables y procurando el resultado más sólido en el menor tiempo posible. Una fórmula económica, cabría decir, que les ha dado a la farmacoterapia y a la prevención un lugar privilegiado en el seno de la clínica contemporánea.

Más aún porque el padecimiento, a diferencia de la entidad nosológica, es una travesía singular e irrepetible. Cada enfermo deviene su propia Odisea.

Pero antes de caer en sofismas, debemos admitir que los seres humanos nos alimentamos de ilusiones. Así, el paciente que inquiere si el factor de transferencia (un supuesto inmunoestimulante) puede servir para su Lupus Eritematoso Generalizado (enfermedad donde se desboca el sistema inmune) confunde la causa con el efecto. Reconozco por supuesto su candor, pero de mi efusividad y experiencia depende que no deje el tratamiento inmunosupresor – que corrige su enfermedad autoinmune pese al costo físico o emocional que le acarrea – en pos de una quimera que puede acercarlo más a la muerte. 

Por razones obvias, trataré de recular en circunstancias que me son comunes.

Un ejemplo es el de los suplementos vitamínicos. Promovidos por la iniciativa industrial de la mitad del siglo XX para subsanar la deficiente nutrición de la posguerra, se añadieron a cereales, enlatados y alimentos de todo tipo. Los bioquímicos norteamericanos exportaron su fantasía a tantas otras latitudes que la recibieron con avidez y promovieron su beneficio universal. Las vitaminas recién sintetizadas habían mostrado sus bondades ya en la reparación de varias deficiencias adquiridas. Pensemos en la erradicación del escorbuto o el diagnóstico de la anemia megaloblástica que tantos estragos causaron en los siglos precedentes. Pero tendemos a asociar por afinidad, no por inferencia. De modo que la cultura popular afirma que la vitamina C protege las mucosas (que se desgarran con el escorbuto) y la cobalamina mitiga cualquier dolor neuropático (síntoma cardinal en la anemia antes descrita).  Pero un efecto anticipado en la corrección de una deficiencia vitamínica no tiene porqué aplicarse a situaciones similares donde la causa es otra. La medicina contemporánea se ha construido a base de muchos esfuerzos por precisar lo que llamamos indicaciones terapéuticas; vgr. encontrar el medicamento óptimo para cada etiología. Las úlceras orales producidas por disbiosis o quimioterapia no tienen porqué mejorar con Redoxón, como tampoco una neuropatía diabética se beneficiará en absoluto con inyecciones de Bedoyecta. 

Debo insistir: las vitaminas no curan la fatiga, no recobran el ánimo ni “aumentan” las defensas.  Es claro que tienen un lugar en el desarrollo nutricional, en la prevención de estados carenciales e incluso le han valido el Premio Nobel a sus investigadores (Albert Szent-Györgyi y Walter Norman Haworth en 1937 por la síntesis el ácido ascórbico, y seis premios más relacionados directa o indirectamente con el descubrimiento y aislamiento de la vitamina B12). Asumir que por sus cualidades preventivas adquieren providencialmente un efecto curativo es una ilusión. Su empleo se limita, como es obvio, a sus indicaciones suplementarias (las famosas RDA – recommended daily allowances – del mercado alimenticio en nuestro vecino del norte).

Otra muestra es el intento denodado para “curar” el cáncer ( o mejor dicho, las diversas neoplasias malignas) con recursos no probados. Leáse el escorpión azul de Cuba, la raíz de uña de gato, el cloruro de magnesio, el mejillón de labio verde de Nueva Zelanda y más recientemente, por sus propiedades infumables, los extractos de marihuana. Por principio, debemos señalar que un melanoma, una leucemia mieloblástica o un adenocarcinoma de páncreas, pese a que tienen en común la replicación excesiva de sus componentes celulares, no tienen parecido alguno entre sí. Emanan de tejidos diferentes y sus motores de maduración son también distintos. De modo que quererlo subsanar todo con una panacea (por definición, remedio para cualquier mal) es una tarea estéril que acarrea falsas ambiciones.

La comprensión de que las telomerasas, los oncogenes, las mutaciones puntuales, las adhesinas y algunas tirosincinasas están detrás del crecimiento anómalo de ciertas estirpes celulares ha expandido como nunca antes nuestro conocimiento de los mecanismos de reproducción y el alcance metastásico de los tumores. Gracias a estas invaluables contribuciones científicas, hemos encontrado recursos específicos para inhibir la expresión y expansión de muchos cánceres que eran mortales hasta hace pocas décadas. Si bien su costo es todavía prohibitivo (algo que las compañías biotecnológicas tendrán que considerar frente a su tenacidad mercenaria), se prevé que la inmunoterapia será el modelo de tratamiento del cáncer en el futuro inmediato, sin descontar la utilidad de la cirugía (para remover la masa tumoral), la quimioterapia clásica y la radioterapia en tumores cuyos mecanismos de agresividad permanecen ocultos.

La intención justamente es enfatizar que desde que se introdujeron las vacunas y las medidas de higiene ambiental, las ciencias biomédicas no habían logrado tantos adelantos como en las últimas tres décadas. Desde la segunda mitad del siglo veinte, las bacteremias y la tuberculosis no nos matan; podemos cuidar a nuestros enfermos moribundos – de cáncer, de SIDA – sin temor a contagiarnos; abrimos cráneos y abdómenes para extirpar neoplasias que clasificamos y tratamos con certidumbre patológica. En efecto, asistimos a una época de esperanza y confianza en nuestros alcances. ¿Porqué entonces seguimos apostando a remedios “naturales”, arquetipos culturales y pócimas secretas para tratar lo incurable?

Escribíamos más arriba que para la mayoría de la gente abrigar una fantasía es un medio necesario que les permite lidiar con la inefabilidad de la vida y de la muerte. Sabemos que somos caducos, pero nos resulta inadmisible renunciar a la eternidad. Quisiéramos asegurar que nuestra semilla se expande y disuelve con el fulgor etéreo y que hay algo más que nos mitiga la ausencia. Desde bebés, esperamos con ansiedad ese trago de leche que trae la existencia, promesa de sobrevivir al frío y al desamparo.  Intuimos cómo buscar en el aliento y la mirada del otro (habitualmente la madre) ese consuelo que garantiza la continuidad y en su momento, un primer barrunto de autonomía. Sin percatarnos del camino, aprendemos a desear, a esperar anhelantes ese sustento crucial que nos dota de seguridad y nos devuelve la convicción de que poco se ha perdido. Es, como suponen bien, un proceso inconsciente, que nos impele a transitar a ciegas hasta que las constricciones sociales nos dictan normas y expectativas. Como resulta obvio, mientras más reflexivos, menos torpes seremos entre tales derroteros.

La evidencia científica es compleja, y no siempre grata al oído. Ha costado siglos de ensayos y errores, de perfeccionar métodos de indagación, derogar creencias y hábitos, sumar números y consensos, para que gocemos en la actualidad de un bagaje de conocimientos que permiten afirmar que la cirrosis hepática deriva en cáncer, que la enfermedad coronaria puede predecirse o que la esclerosis múltiple se trata con inhibidores selectivos de linfocitos.

De ahí que suponer que un remedio tradicional o extraído de plantas cuyos alcaloides no se han refinado es la perla mágica que estábamos esperando resulte tan poco plausible. Piensen por un momento en la corteza del sauce llorón. Nadie se la comería a puños para mitigar una cefalea, pero una vez sintetizada y refinada, de esa misma madera se extrae el ácido acetilsalicílico (la insigne aspirina) que tantos dolores de cabeza le ha abreviado a la humanidad. Lo mismo puede decirse de la digoxina, imprescindible para la insuficiencia cardiaca, o de la penicilina y sus derivados sintéticos. Lo “natural”- como suele preconizarse – no es necesariamente lo más sano ni lo más sensato. ¡Cuántos individuos han muerto por no reconocer las propiedades tóxicas del cornezuelo del centeno, las amanitas o la toxina botulínica!

La imagen que les muestro al principio de esta entrada es de suyo elocuente. Junto a los artilugios que definen el conjuro del chamán, están las pastillas de menta, el paquete de tabaco, los tenis y una lámpara sorda en exótico sincretismo. (Los inciensos, cirios, jaculatorias y panes sagrados son extensiones de lo mismo). Prueba de que los humanos no podremos nunca escapar a nuestra condición de mortales, seres sensibles, necesitados.

Desde luego, uno podría preguntarse qué sería de nosotros sin esa dosis mínima de espiritualidad y espejismos. ¿Podríamos acaso tolerar el vacío existencial y discurrir hacia la agonía con indiferencia o aplomo? Delante de mi paciente lo dudo. Y atiendo de nuevo a su contumacia de que el Inmunocal Platinum (presunto extracto de leche que mejora el rendimiento, con todo lo que eso implica) le devolverá la energía para afrontar su fragilidad herida.

Si apelamos a los cuatro vientos, al fragor de la naturaleza o al soplo divino es porque padecemos una insatisfacción ontológica. Quizá por ello nuestra creatividad trasciende fronteras y existencias. Y hemos dejado, pese a todo, un legado secular al que recurrimos cuando el hambre acecha o la enfermedad nos pone frente al espejo inequívoco de la muerte. 

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