Dormitando en un lecho de hospital, las persianas a medio abrir y cediendo a la fatiga, el recuerdo de su madre se agudiza. Alguna vez le cantó en su idioma natal, y ella supone que la facilidad con la que se comunica ahora con estas enfermeras, toscas y exactas en su trato, también puede agradecérsele, aunque no la escuche. Acaso el dolor se mitiga poco a poco, mientras pasa las manos en una tímida caricia sobre su vientre, recordando su tacto fino, su presencia suficiente.

Está sola en este cuarto en penumbra y apenas define el ronroneo de los autos a la distancia. Ha sido un día intenso de visitas, que no pudo rechazar por cortesía o pereza, qué más da. El suero cae en silenciosas gotas que penetran, también calladas, en su vena rubicunda e inerte. No hay paz en este sitio – medita – pero al menos se sienta acogida por la higiene y el esmero. Pese a su divorcio, no faltan los amigos, aunque a veces sospecha que se conducen más por lástima que solidaridad. Carmen es su confidente, pero hoy tiene que cuidar a los niños; otra desterrada de la leyenda conyugal.

Acude nítido a la memoria aquel ritual donde ella, sentada en una silla bajita, la observa mientras se acicala para el trabajo. El toque preciso de labial, la elección del rubor y ante todo, sus guiños desde el espejo, en divertida complicidad. Después, la aúpa dulcemente y, colgando de su regazo, la peina sin prisa, con largas pinceladas que son mimos.

Estrenar un vestido bajo su mirada aprobatoria era debutar en el mundo, ufana y sin competencia.

¿Cuántas veces el alivio se invocaba tan sólo verla entrar con el jarabe flanqueado por el te y la magdalena humeantes?

Eso le queda de ella: sensualidad, un semblante difuso, su perfume en oleadas y la disposición de vivir, que no ceja.

Habitaron en una isla, donde las gaviotas no faltaban al encuentro matutino. Ella, niña inquieta, dejaba caer suavemente sus pies sobre las huellas que iba dejando mamá en la arena; como hubiese querido seguirla siempre, sin horizontes, sin mañana.

Era su confidente entonces, cuando los gemelos dormían la siesta y el olor a leche se había quedado en casa, junto con los celos. Papá se haría cargo por esos minutos preciados de connivencia. Nada ni nadie importunaba ese solaz frente al baño del mar, bajo el sol tempranero.

Mamá cantaba canciones de la Provence – en langue d’Oc a veces – y ella repetía las estrofas vacilante, tratando de fijar el acento, la inflexión de voz, cada pausa. El vestido de lino ondulaba con la brisa y Matilde la seguía, paso a paso, embelesada. Cuando llegaban al faro, la luz penetraba las nubes y ella la tomaba de la mano, señal silenciosa de que había que volver, sin prisa, para retomar la realidad y acudir a la escuela por unas horas. Ese contacto furtivo era para ella la afirmación de que la vida tenía continuidad y que la jornada podía proseguir una vez desprovista de magia: su festejo íntimo, su magia.

Cuando mamá enfermó, sintió que las paredes se desplomaban. Fue un día de Octubre, lo recuerda porque había olvidado su abrigo y la ventisca otoñal auguraba una gripe y un cierto desasosiego. Abrió el zaguán esperando encontrarla de brazos abiertos al pie de la escalera. El patio estaba vacío y no se respiraba olor alguno desde la cocina.

Entró a la casa con cierto titubeo y encontró a Martha, la vecina, que le describió en palabras torpes el desmayo, el sangrado, la llamada urgente al hospital y la ambulancia;  sin darle tiempo a sopesar cada escena y ponerla en el contexto de la tragedia que se avecinaba. Se dejó caer en la mecedora aún boquiabierta y se dio un minuto para pensar en esa anticipada orfandad, en el aire marítimo que ya no las tendría, que ya no volvería por ellas.

Años después, como pediatra, recordaba ese momento al cobijar a un recién nacido y reconocer su fragilidad al tiempo que tomaba las muestras necesarias para documentar su agammaglobulinemia. Sangre vulnerable, exigua. El fármaco estaba listo, con todas las precauciones, a dosis minúsculas, para evitar una muerte prematura por microbios ambientales. ¡Qué imperativo y vital el flujo de anticuerpos a través de la placenta para otorgarnos los recursos para subsistir! – pensó, y recordó de nuevo a su madre, flotando frente a ella en el calor de la playa.

Ahora, enfrentada a su leucemia aguda, todo parece cobrar sentido. Esta infección, el hambre de amor que acarrea, y la luz; como si sus ojos la miraran otra vez desde aquel tiempo perdido y repitieran – entre sonrisas y cantos :  “Vamos, Mati, se hace tarde y nos esperan”.

PS. Sabemos que el legado materno, que precede a la impronta de sentimientos e identificaciones, discurre por la placenta en forma de anticuerpos. Tanto es el mensaje prístino de inmunidad, que estamos protegidos de incontables infecciones hasta que las vacunas nos refuerzan la memoria linfocitaria. Aparte del epifenómeno, ese influjo de defensas modula también la microbiota intestinal al grado de proveer un pertrecho molecular hasta la vida adulta.

Podría decirse que el mensaje de mamá perdura. Metáfora o transfusión, su cuerpo en el nuestro es dote y algo de destino.

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