El fastuoso Mall se inauguró hace pocas semanas. Se citan en el restaurante cantonés de moda, donde él ha reservado una mesa hacia el fondo, tratando de ser discreto. Es un hombre maduro, delgado y bien parecido, con barba rala, cabello entrecano y un toque de Botox. Usa lentes de deportista, aunque lo cierto es que los requiere por presbicia. Hoy se ha vestido con elegancia: camisa de algodón abierta, pantalón negro de pana y una chaqueta de tweed que ostenta el salario de varios meseros que lo atienden. Pide una ginebra al estilo rústico y “peina” el salón principal en busca de conocidos no bien se sienta. Es jueves y abundan los jóvenes; hacia la entrada algunas parejas que parecen celebrar. Un político con quien alguna vez entabló negocios pasa a su lado, pero no lo reconoce.

El aire se espesa cuando entra Laura. Viste una falda corta y una blusa tejida con cuello alto y sin mangas que realza su figura. El perfil de una doncella, que desfila con garbo y frescura, despiertan la curiosidad de las mesas contiguas. La pretendida circunspección se va al garete con su devaneo.

Leonardo se incorpora para cederle la silla con caballerosidad y resiente las miradas de los comensales que tratan de indagar si sólo son padre e hija o están ante un incesto. El beso furtivo en los labios parece confirmar sus comidillas. Una mujer en la mesa veintisiete tiene la osadía de señalar la argolla de matrimonio que Leonardo olvidó retirarse antes de seducir a su amante en turno. Dos meseros se aproximan para atenderles y la velada discurre sin mayores contratiempos.

Su caso no es excepcional. La vanidad está en apogeo y la hermosa chica parece sacarle jugo a la partida narcisista destinada al fracaso y de la que es ávida tributaria, en tanto su añejo pretendiente no pierda la cabeza.

Los observo mientras hablan en idiomas de distintas épocas y tratan de subsanar la brecha generacional que los separa con flirteos y manjares caros. Él se revuelve en una charla que parece amena pero la chica se distrae con cierta frecuencia y ha recurrido al incesante truco de polvearse la nariz para tomar un respiro. Todo hace sugerir que preferiría estar bailando y riendo con sus contemporáneos.

Cuando se queda solo en la mesa, el hombre extrae su teléfono móvil y se pierde en imágenes, frunce el seño, se pasa la mano por el cabello y se ajusta la solapa. En otro momento, saca un aerosol bucal de la chaqueta y se lanza dos disparos, procurando no resultar conspicuo. Ordena una nueva botella de vino y bebe con fruición, como si quisiera ahogar la velada antes de tener que rendir cuentas. Cada vez que Laura regresa del baño, se incorpora y le acomoda la silla, siempre solícito. Ella se deja mimar y vuelve a la carga. Una dinámica que augura poco éxito y que en cierto modo parece un ejercicio existencial bastante estéril.

Sin conciencia de haberme visto antes, acude a mi consultorio unos días después recomendado por otro paciente con trastorno de carácter. Como es obvio, procuro no emitir juicios ni diagnósticos durante las primeras entrevistas para no contaminar la transferencia. Esta vez viste con recato, un traje gris y corbata guinda; incluso su talante parece menos afectado y lleva otras gafas, más acordes con su edad.

  • Por favor tome asiento, Señor Hickmann – le digo, señalando uno de los dos sillones que uso para las sesiones frente a frente.
  • Gracias, doctor – contesta, revisando con rapidez el entorno: diván, escritorio, lámpara encendida y con aguda suficiencia, mi librero.

Se reclina para probar el respaldo y deja un momento de silencio para observarme, acaso evaluar mi soltura, antes de comenzar.

  • Estoy aquí porque ya no tolero a mi mujer.

Inevitablemente pienso: ¿cuál de ellas?

  • Tenemos cerca de treinta años de matrimonio y nuestra relación se ha deteriorado desde que crecieron los hijos y emprendieron sus vidas académicas. Ella se muestra implacable, me critica y es obvio que ha dejado de respetarme. No soy un hombre violento, doctor, pero no puedo más. Claramente ha dejado de quererme y tiene arrebatos hormonales.
  • ¿Arrebatos? – pregunto, para darle hilo a su narración.
  • Sí, claro. Como si se tratara de una madre que regaña al único hijo que le queda en casa – sonríe con tinte irónico al decirlo.
  • Mmmm – emito, sin dejar de mirarlo.

En este punto, le pido que me haga una pequeña reseña de su vida personal; su procedencia, los avatares de su infancia, su fallido matrimonio en mayor detalle. Sin rumbo fijo, como él prefiera contármelo. (Lo usual es que los pacientes pongan más énfasis en el trance que los afecta, pero imperceptiblemente se reclinan en las raíces o las vertientes de su neurosis. Dado que se trata de una versión matizada por este primer encuentro, la tomo con muchas reservas).

Durante su relato autobiográfico, que resulta algo rígido – como tarjetas postales, arquetipos enmarcados una y otra vez – me asalta la impresión de que estoy ante un náufrago, que oscila en su balsa maltrecha con el oleaje de sus emociones. No se ha detenido a reparar en sus motivaciones y parece justificar todos los envites que emprende como si se tratara de una consecuencia natural, de la que es el único merecedor.

Tras aclarar qué horarios tengo disponibles y el costo aproximado de la terapia, lo despido sin extender la mano, esperando que él establezca la pauta de nuestro contacto. Se despide algo cabizbajo, como si hubiese dejado la mitad de sus secretos en custodia.

Tengo unos minutos antes de la siguiente sesión, así que aprovecho para reflexionar en el caso y articular algunas ideas.

Destaca en su discurso inaugural la necesidad de admiración y reconocimiento que ya no percibe procedente de su esposa. Es evidente que busca estos méritos sin cesar en otros ojos, si bien el sacrificio – como pude constatar en el restaurante – requiere un montante de energía que él ha depositado en un falso estar, un embozo a la medida del espejo. Puede pensarse como una adicción, que tapa el duelo por momentos, pero a cada tropiezo lo hace más profundo e inefable.

Nacemos desvalidos, anhelantes de alimento y cobijo. Esa premisa nos define, nos obliga a trascender los espejismos y buscar el amor (o algo parecido al amparo) cuando nos invade la melancolía o se llaga la autoestima. El lenguaje psicoterapéutico recurre al concepto de “herida narcisista” para explicar ese hiato en la subjetividad que busca ser reparado a toda costa y cabalga por la compulsión a repetir conductas, a sacrificar lo mucho por lo inmediato, la plenitud por el goce.

Me resulta bastante claro que Leonardo se resiste a envejecer; que prefiere ver a su mujer de tantos años como una madre que lo reprime y lo somete antes que aceptar que las arrugas, las canas y la disfunción eréctil son el precio inevitable que pagamos por existir. Es curioso cómo no se detuvo en su profesión (- soy abogado de una firma muy prestigiosa – dijo, como de paso) y omitió referirse a otros intereses que pudieran enriquecer su hastío o la soledad que acarrea la inminencia de su deterioro físico e intelectual. Me pregunto si un hombre tan pagado de sí mismo se da tiempo para leer, escuchar música, viajar; a cambio de estar puliendo y ornamentando su imagen. Simula un Dorian Grey dispuesto a congelar el tiempo para saborear lo que la edad y su renacida madre (ese imagen que proyecta) le prohíben.

Desde luego, acercarse a un proceso analítico es un buen comienzo. Después de todo, las aguas pantanosas del narcisismo no tienen piso y la sensación de ahogo es opresiva. ¿Será una culpa anticipada la que lo hizo venir? O, más bien, la sospecha inconsciente de que sus alas ya no remontarán tan lejos como augura su deseo.

Sea como fuere, estimo que su demanda de tratamiento es genuina, que sus noches en compañía o en la incomodidad de sus desvelos ya no concilian la ausencia. Puedo imaginarlo frente al espejo, untándose la crema de afeitar cada mañana, tratando de retocar su decrepitud y preguntándole a la vida: – ¿Qué hacer para no morir de languidez y de amor propio?

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